Miércoles, 7 de diciembre de 2016

| 2007/07/28 00:00

Homenaje a los desplazados

En el marco del Encuentro Nacional de Víctimas se rindió un homenaje a los desplazados, en la plaza de Bolívar de Bogotá. El acto simbólico reunió a organizaciones que trabajan por los derechos humanos, artísticas, étnicas entre otras.

Homenaje a los desplazados

El piso duro de la plaza de Bolívar se vio tapizado de una capa de tierra negra. Encima instalaron las matas de plátano, pencas de sábila, plantas ornamentales y troncos de árboles esmirriados. En algunas partes, teniendo cuidado de las estética, habían instalado letreros con frutas, en los cuáles se podía leer “no más desplazamiento”, o frases en contra de la guerra, o que pedían el intercambio humanitario.

En la mitad, enhiesta, se encontraba una choza hecha con cuatro estacas y le escurría un techo de paja. A la entrada había uno de esos troncos esmirriados, pero no tenía frutas, de sus chamizos secos colgaban hojas de papel, mensajes que pedían un cese al fuego y hacían reclamos de reparación y justicia. Era “el árbol de la memoria”. Todo el que quería, marcador en mano, podía dejar su mensaje como constancia de su llamado. Y era que todo cuanto había en la plaza tenía un mensaje metafórico, pero evidente: el campo está quedando abandonado.

En la parcela instalada, desplazados, curiosos, artistas, miembros de organizaciones sociales, intelectuales, entre otros, se dieron cita el viernes 27 de julio para hacer un reconocimiento a la población desplazada. “Siembra y canto en la plaza”, se llamó el evento que convocó diferentes sectores y estuvo acompañado de artistas como Totó la Momposina, Jorge Veolosa y otros. A pesar de los bloqueos que los taxistas hicieron a las principales calles de la ciudad, desde muy temprano la gente empezó a llegar.

Un recorrido por la plaza permitía conocer algunas de los procesos para cultivar. Los representantes de las comunidades desplazadas explicaban a la gente la importancia del campo y de su trabajo como cultivadores. No faltó el despistado que preguntó “¿qué están vendiendo?”, o ¿a cómo el café? Pero el lugar estaba disfrazado de plaza de mercado, no para vender algo, sino para llamar la atención sobre los problemas que padecen los grupos indígenas, afro descendientes y campesinos que han sido expulsados de sus tierras viéndose obligados a entrar en el casco urbano.

Los imponentes edificios de piedra fueron testigos del ropaje verde con el que se vistió la plaza por unas horas. Las palomas parecían en su salsa, escarbaban la tierra como buscando lombrices. En unos corrales habían encerrados conejos, gallinas y piscos. Los niños citadinos se acercaban con curiosidad para observar. Mientras tanto, la música sonaba armonizando lo que parecía una feria pueblerina. En una de las chozas repartían chicha en totuma a manera de homenaje a los ancestros. El humo de una olla puesta sobre una fogata, se elevaba en espirales al cielo.

A la tarima se subió Feliciano Valencia, líder indígena de la Asociación de Cabildos Indígenas del Norte del Cauca . Con una voz acompasada, emitió un discurso que por su tono y composición parecía la voz de un profeta. Habló de la necesidad de “conocernos”, se refería a esos “países”, distintos que conviven mutuamente: citadinos y campesinos, pobres y ricos, blancos y negros. Invocó la unidad de la esperanza, música, escritura, cultura y memoria colectiva. Anotó que el problema de este país era un problema, incluso de los ricos: “ellos viven con angustias también”, dijo.

Él llegó a la plaza junto con los casi 2 mil indígenas del Cauca que llegaron a Bogotá después de un recorrido por Cali, Armenia, Ibagué y Melgar . Con los bastones de chonta, que representan la autoridad indígena, erigidos al cielo, los indígenas estuvieron atentos al discurso y luego se fueron en las 18 chivas en las que se viajaban en “una visita por el país que queremos”. El gobernador del cabildo de Tacueyó, Hernando Mesa, estuvo a punto de perderse entre la multitud. “Es que esta ciudad es un monstruo”, dijo.

Una chirimía entonaba música folclórica de la costa Pacífica. Al ritmo de tambores y gaitas un grupo de mujeres vestidas de azul y hombres de blanco bailaban. Había que estar atento porque una de estas mujeres de caderas rítmicas podía sacar a bailar a alguien del público. Pero también se escuchó música llanera y carranguera, entre una gran variedad. Fue una muestra de la heterogeneidad colombiana.

Además, hubo muestras de pinturas alusivas al tema del horror de la guerra. Todo tenía un propósito y era, de una manera simbólica y elocuente, desde la sociedad civil, increpar a los grupos armados y al Estado, para poner fin al conflicto y sus consecuencias.

Antes de empezar a caer la noche, un grupo de mujeres caminó entre la gente. Las presidían tres que llevaban sus cuerpos pintados con mensajes llamativos (ver galería de fotos). Detrás caminaban otras vestidas de negro y con estandartes que rezaban “las mujeres no parimos hijos para la guerra”. Otro grupo sostenía extendida, una gran colcha de retazos de colores. Cada retazo evocaba un mensaje de esperanza o denunciante.

La noche llegó, pero no fue el fin de la jornada, porque aún hacían falta grupos musicales por su presentación. Fue una jornada organizada de música y color. Un día en que las víctimas dejaron su voz en la plaza, frente al congreso, con su campo y su música, buscando encontrar quién los oiga.







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