Viernes, 9 de diciembre de 2016

| 2008/07/22 00:00

Y hubo mil conciertos como este...

La Mesa, Cundinamarca, fue uno de los más de mil municipios donde se celebró el Gran Concierto Nacional. No estuvieron artistas que venden millones de discos en el mundo, pero el virtuosismo de los grupos locales probó el valor de estas iniciativas. Por Eduardo Arias, editor de cultura de Semana.

La Carranga del Viejo Santi interpretó temas propios y un par de clásicos de Jorge Velosa. Foto: Ricardo Arias Callejas, Eduardo Arias

Alejados de las cámaras de televisión y en las antípodas de la atención de mediática, en más de mil pequeños y medianos municipios de todo el país también se llevó a cabo el Gran Concierto Nacional.
 
Como la esencia original del evento era mostrar la diversidad cultural del país, la mejor manera de ver si el experimento daba resultado era ver su desarrollo en alguno de estos lugares donde, calladamente, músicos profesionales y aficionados se encargan de mezclar influencias de los rural y lo urbano, las raíces y lo contemporáneo.
 
La Mesa, Cundinamarca, en la región del Tequendama, es un pueblo de clima medio, construido sobre una meseta con vista privilegiada a los valles de los ríos Bogotá, Apulo, Magdalena y a los contrafuertes de la sabana de Bogotá. En este municipio, a unos 70 kilómetros por carretera de Bogotá, se cumplió esa premisa. En el atrio de la iglesia, con sus dos altas torres y un Cristo Redentor que recuerda el Corcovado de Río de Janeiro, los músicos ofrecieron un repertorio de una gran diversidad.

Durante la tarde se oyeron desde adaptaciones de piezas clásicas y el tema de Indiana Jones hasta cumbias y música carranguera. También hubo bambuco, pasillo y guabina, cumbias, pajarillos de los Llanos, sonidos de quena, charango y bombo característicos de los Andes del sur, música carranguera, chucuchucu; un par de artistas del karaoke cantaron balada pop y canciones de despecho. Músicos de todos los niveles. Desde niños de los programas de formación del municipio de La Mesa que recién comienzan a familiarizarse con las flautas dulces, las cuerdas, los cobre y la percusión, hasta intérpretes de gran trayectoria.

A lo largo de las cuatro horas que duró el evento, el público le pedía bises a los músicos de más cancha y aplaudía con compresión a los niños que apenas comienzan a enfrentar el miedo escénico.

No hubo demasiado público (unas 200 personas) porque el final de la marcha coincidió con la misa de 12, así que el párroco sólo permitió que el concierto arrancara casi una hora después. Por este motivo mucha gente se dispersó y se quedó viendo por televisión los megaconciertos de las grandes ciudades.

En La Mesa no se vieron grandes intérpretes que venden millones de discos en el mundo. Pero sí fue emocionante compartir con los músicos y el público la soleada tarde de domingo. Quedó claro, una vez más, que en Colombia el entusiasmo por la música no es sólo por oírla y rumbiársela sino también por interpretarla, adaptarla, manipularla. Por hacerla parte integral de la vida de la gente.

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