Lunes, 23 de enero de 2017

| 2007/12/21 00:00

Ingrid como símbolo y como realidad

Rodrigo Uprimny, Director de DeJuSticia (*), argumenta que la conmovedora carta de Ingrid Betancourt puede convertirse en una suerte de Diario de Ana Frank del drama del secuestro en Colombia.

Íngrid Betancourt secuestrada por las Farc.

La carta de Íngrid Betancourt a su madre es un texto que en una primera lectura conmueve y provoca rabia e indignación; sus palabras expresan el dolor, la desesperanza y el cansancio de una persona que se sabe cruel e injustamente retenida por las Farc y que se siente abandonada por nuestra indiferencia y la indolencia de un gobierno que antepone el cálculo político a las consideraciones humanitarias.
 
Pero es una carta que en una segunda lectura suscita sobre todo admiración y esperanza, pues es al mismo tiempo un texto pleno de lucidez, de fortaleza y especialmente de amor. Que una persona en condiciones tan horrorosas e inhumanas sea capaz de escribir líneas tan hermosas y humanas no sólo lo llena a uno de admiración por Íngrid sino que genera esperanza sobre la capacidad de resistencia y dignidad que subsisten en muchos colombianos.

Por esas características, la carta de Íngrid me recuerda en parte otro texto igualmente desgarrador, escrito en circunstancias igualmente difíciles: el diario de Ana Frank.

Como se sabe, ese libro recoge las notas que esta adolescente judía escribió durante dos años, cuando estuvo escondida junto con dos familias en una buhardilla en Holanda, con la vana ilusión de poder escapar a los nazis. Es un texto que también suscita rabia y esperanza; enfurece por la cruel injusticia a que fue sometida Ana Frank, pero también despierta esperanzas, por la propia capacidad de esta adolescente por asumir su dura cotidianeidad y no perder sus sueños.

Las diferencias entre la carta de Íngrid y el diario de Ana Frank y entre la situación de una y otra son obvias; las atrocidades y las lógicas de actuación de las Farc y de los nazis son también diversas.
 
Pero no quiero detenerme en esas distinciones sino resaltar las similitudes que existen entre la carta de Íngrid y el Diario de Ana Frank; en especial quiero subrayar el valor ejemplarizante que ambos textos adquieren como símbolos de atrocidades inaceptables y como denuncias demoledoras contra dichas atrocidades.

El Diario de Ana Frank, a pesar de las recurrentes polémicas sobre su autenticidad, sigue siendo uno de los testimonios más devastadores contra la crueldad nazi y por ello se reedita incesantemente. La razón no es que ese libro detalle las atrocidades nazis pues sus páginas no describen torturas ni ejecuciones ni cámaras de gas. El valor ejemplarizante de la denuncia del libro reside en su capacidad de darle una cara, un sentimiento y una voz a las víctimas del Holocausto, que dejan de ser cifras anónimas. Podemos entonces comprender que cada uno de los millones de judíos asesinados vivieron dramas y sueños semejantes a los de Ana Frank. La injusticia nazi aparece así inmensa.

La carta de Íngrid y su largo cautiverio desempeñan un papel análogo: le han dado también, en especial ante la opinión europea, una cara y una realidad humanas al drama del secuestro en Colombia. De esa manera Ingrid, con su ejemplo de resistencia digna y con esta desgarradora carta, simboliza los dramas y los sueños de los secuestrados colombianos y de sus familias. Su carta tiene un valor ejemplarizante pues nos permite comprender que los miles de secuestrados en Colombia viven sufrimientos y comparten esperanzas semejantes a los de Ingrid. La injusticia de las Farc aparece también inmensa.

La conversión de Íngrid en una especie de símbolo del drama del secuestro en Colombia es importante, pues ayuda a movilizar esfuerzos nacionales e internacionales de condena al secuestro como método de guerra y de búsqueda de salidas humanitarias a favor de quienes hoy se encuentran cautivos.

Pero la Ingrid símbolo no nos debe hacer olvidar a la Íngrid conmovedoramente humana. Su drama y el de su familia, que son únicos e irrepetibles, como lo es todo sufrimiento, no pueden desvanecerse en la abstracción propia de los símbolos.

La Íngrid símbolo tampoco nos debe hacer olvidar a los demás secuestrados, en especial a aquellos cautivos que son más anónimos pero igualmente sufrientes. Mientras su drama persista, la indignación y la presión ciudadanas e internacionales no pueden cesar en caso de que –ojalá– Íngrid fuese liberada prontamente.

La Íngrid símbolo debería recordarnos también a las otras víctimas de nuestro atroz conflicto; sería triste que los miles de desaparecidos o de masacrados y los millones de desplazados no logren conmover ni movilizar a la opinión nacional e internacional, únicamente por carecer de una cara tan visible como la de Íngrid.

Por lo que conozco de Íngrid y por lo que ella misma ha expresado, estoy convencido de que no pretende que su drama invisibilice el sufrimiento de los otros secuestrados ni el de las víctimas de las otras atrocidades cometidas en Colombia. Ojalá su hermosa y desgarradora carta y su propio ejemplo de dignidad sean un elemento de movilización ciudadana no sólo contra el secuestro y a favor del intercambio humanitario sino contra todas las crueldades que a diario se cometen en nuestro país, sin generar mucho escándalo, lo cual es realmente escandaloso.


(*) El Centro de Estudios de Derecho, Justicia y Sociedad –DeJuSticia– (www.dejusticia.org) fue creado en 2003 por un grupo de profesores universitarios, con el fin de contribuir a debates sobre el derecho, las instituciones y las políticas públicas, con base en estudios rigurosos que promuevan la formación de una ciudadanía sin exclusiones y la vigencia de la democracia, el Estado social de derecho y los derechos humanos.


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