Jueves, 8 de diciembre de 2016

| 2005/07/24 00:00

La cara oculta de la guerra

Las viudas de los soldados y policías muertos en combate se vieron obligadas un día a enfrentar la vida solas gracias a un conflicto que no terminan de entender.

Las viudas de los soldados y policías son la cara oculta de esta guerra. No se sabe a ciencia cierta cuántas son. Pero si se tiene en cuenta que entre abril de 2004 y marzo de 2005 murieron 553 miembros de la Fuerza Pública, se puede tener una idea de la cantidad de mujeres que en solo un año quedaron con sus familias incompletas por culpa de un conflicto que no terminan de comprender.

Hay un sinnúmero de historias de dolor, sufrimiento, rencor y superación que se pierden entre los procesos de paz, las tomas guerrilleras y una ley de justicia y paz que nunca llenará el vacío que les dejó la guerra.

Maria Antonia Núñez es la protagonista de una de ellas. El intendente Rodrigo Armando Olaya fue hasta hace algunos años su compañero y el padre de Cristian Camilo, de 8 años. En el momento de su muerte no vivían juntos, porque él prestaba su servicio en Tuluá y tenía otra familia. Pero estaba pendiente de su hijo. Murió el 2 de agosto del año pasado en una emboscada del frente 35 de las Farc.

Ese día, a las 6 de la mañana, fue la última vez que Cristian Camilo habló con su papá. "Como todos los días, él llamó antes de que el niño se fuera al colegio. Le dijo que se portara bien, que me hiciera caso, que estudiara y que contara con el play station que le había prometido para Navidad", cuenta María Antonia. Eso fue lo último que supieron de él, hasta que del Ejército la llamó a notificarle su muerte unos días después.

"Para mí su muerte fue muy dura. Perder al padre de mi hijo es tremendo. Sobre todo porque Cristian Camilo está pequeñito y no alcanza a entenderlo. Yo no se qué hacer, qué decirle. Hasta hace un par de meses cuando llegaba la hora de la llamada diaria y no lo llamaba, él lloraba. Incluso una vez me dijo: 'Mami, cuando yo sea grande voy a ser policía y voy a buscar a las personas que mataron a mi papá. ¿Por qué lo mataron?'. Pero ahora solo sé que hay que salir adelante y él ya lo está entendiendo", dice María Antonia entre el llanto. Cristian Camilo sigue estudiando, pero sin motivación, lamenta María Antonia. El papá era el que lo presionaba para que rindiera en el colegio y le hiciera caso.

María Antonia sostiene a su hijo con los productos eléctricos y de belleza que vende en su casa y la pensión de 200 mil pesos que reciben hace algunos meses del Ejército. "Equivale al 12 por ciento de todo lo que correspondía por ley, por lo que él tenía más hijos".

De haber estado con vida cuatro años más, al intendente Olaya le hubiera llegado la pensión que tanto esperaba. "Él tenía algo muy claro, que ya estaba para pensionarse. Él quería mucho su carrera, vivía feliz en lo que hacía. Pero sabía que ya le había dedicado el tiempo suficiente a su carrera y ya era hora de entregarse a sus hijos. Además estaba consciente del riesgo que corría todos los días". Las cosas hoy serían completamente diferentes para todos si no hubiera muerto.

La historia de María

María Martínez vivió hace 10 años una situación parecida cuando perdió al que fue su esposo durante 16 años. Su muerte también la dejó sin un apoyo, sola con sus dos hijos de 11 y 6 años. Él era sargento del Ejército, llevaba 18 años y medio de servicio. Solo le faltaba año y medio para pensionarse. Murió en una emboscada de las Farc en Puerto Valdivia, Antioquia. "Mi esposo iba en una caravana en una misión especial hacia el Oleoducto Colombia. Las Farc los atacaron y nunca llegaron los refuerzos. Desafortunadamente tuvieron que combatir hasta que él murió desangrado", cuenta María, con la tranquilidad que le permite una década de duelo.

María se demoró en aceptar que no volvería a ver al "hombre maravilloso" con el que estuvo casada la mitad de su vida. "A mi hijo mayor también le dio muy duro. Durante el funeral y el entierro lloraba y gritaba y no quería entender que no volvería a ver a su papá. Pero el pequeño, no sé si por la edad, estaba muy sereno. Incluso durante el funeral me dijo 'mamita, llora todo lo que quieras, pero recuerda que todo tiene un principio y un final", recuerda.

Después de la muerte de su esposo, María y sus dos hijos, que vivían en Medellín desde que él fue trasladado, regresaron a Bogotá a hacer las vueltas de la pensión y a buscar la manera de que sus hijos siguieran estudiando. Encontraron apoyo para que entraran a estudiar al Instituto Alberto Merani, un colegio para niños superdotados.  Los dos estuvieron allí dos años. Pero la crisis económica la obligó a sacar a uno del colegio, pues no podía seguir financiando a los dos. El menor se graduó de allí y ahora estudia ingeniería digital en la Universidad Militar. El mayor se graduó de un colegio normal y entró a estudiar medicina, pero tuvo que aplazar su carrera para trabajar y ayudar económicamente en su casa. La familia subsiste ahora gracias al trabajo del hijo y a la pensión que reciben del Ejército. "Lo que recibimos de pensión no es mucho, porque nos descuentan primas y todo tipo de cosas, pero ayuda", afirma María.

Por todo esto, María sigue sin entender la entrega de su esposo a su peligrosa profesión y la indiferencia de la gente después de su muerte. "Él amaba lo que hacía, inclusive me decía que yo tenía que saber desde el comienzo con quién me había casado. Él tenía que darse a su profesión y con mucha valentía y mucho profesionalismo hacer todo lo que fuera en beneficio de la paz. A pesar de eso, la única explicación que me dieron en el Ejército fue que el enemigo los emboscó y ya. Pero uno queda con mucho dolor, con mucho resentimiento y uno se da cuenta que la sociedad no valora el sacrificio de todos los que mueren por culpa del conflicto", agrega.

Tanto María Antonia como María comparten la impotencia e incertidumbre que les dejó la muerte de sus compañeros. Además de haber tenido que educar solas a sus hijos y levantarse solas todas las mañanas, tuvieron que asumir las cargas económicas de sus hogares. Aunque pudieron acceder a la pensión por el tiempo que llevaban de servicio, se vieron obligadas a buscar otras opciones de ingreso. Algo complicado para dos mujeres que nunca habían tenido la necesidad de buscar un sustento. Porque aunque provienen de diferentes niveles económicos, hay una inmensa mayoría de viudas de militares y policías que nunca trabajaron ni se prepararon por el constante traslado de sus parejas.

Ambas encontraron apoyo en la Corporación Matamoros, una organización que desde hace 18 años apoya a soldados y policías mutilados en combate y a viudas y huérfanos de la guerra. Anualmente apoyan a cerca de 17.000 personas en proyectos de capacitación. María Antonia, por ejemplo, aprendió a hacer mermeladas y está constituyendo una empresa con otras viudas que recibieron formación en ese campo. Hace poco, en un encuentro organizado por la Embajada Británica para celebrar el Día Internacional de las viudas de la violencia mostraron sus proyectos. Había desde fábricas de mermeladas como la de María Antonia, hasta microempresas de confección.

La Fundación Tejido Humano hace algo parecido con otras viudas. Las asesora en proyectos productivos y creación de microempresas. Actualmente apoya el establecimiento de unidades de maquila en confección en Medellín y Bogotá y aporta recursos para el fortalecimiento de una unidad de producción de lácteos y otros en manufactura.

Lo que estas dos organizaciones hacen es algo así como "enseñarles a pescar", para que, ante la adversidad, puedan sacar adelante a sus hijos y se haga más llevadera la soledad causada por la guerra. Porque ante todo, como lo dice María, "aunque uno vivirá con su dolor siempre, hay que entender que la vida sigue. Es más difícil enfrentarla sin el esposo y el padre de sus hijos, pero la vida sigue".  

Más información:

- Corporación Gustavo Matamoros: 617 9788
www.corporacionmatamoros.org.co

- Fundación Tejido Humano: info@tejidohumano.org

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