Jueves, 8 de diciembre de 2016

| 2006/09/28 00:00

La generación del canje

Pocos conocen el drama de los hijos de los soldados y políticos secuestrados que han crecido sin sus padres y que no saben cuánto tiempo falta para volver a verlos. Este reportaje del periodista Armando Neira fue publicado en la revista SEMANA en febrero de 2004 y hoy cobra plena vigencia por la posibilidad de que las Farc y el gobierno firmen un intercambio humanitario.

En la foto, de izquierda a derecha, Jorge A. Gechem, Mauricio Lizcano, María Carolina Pérez, Jenny E. Mendieta y Luis E. Araújo, hijos de algunos de los secuestrados en poder de las Farc.

Los jóvenes de la generación del canje se levantan más temprano que cualquier otro colombiano. Incluso antes que Álvaro Uribe o 'Manuel Marulanda Vélez'. El reloj del Presidente timbra a las 4:30 de la mañana en la casa privada del Palacio de Nariño, en el centro de Bogotá. A esa misma hora cantan los gallos que despiertan al comandante de las Farc en la espesura de la selva. Media hora antes, a las 4 en punto, los jóvenes de la generación del canje inician su febril actividad a lo largo y ancho del país.

Son los hijos de los políticos, soldados y policías secuestrados por las Farc y a quienes la guerra les cambió para siempre sus vidas y los sentimientos hacia el país. Casi sin excepción hoy son los mejores de sus clases, los más consagrados en sus trabajos y los amantes más incondicionales de Colombia. ¿Por qué son tan pilos?, se les pregunta. Y todos, con algunos matices, tienen la misma respuesta: "Para cuando mi papá regrese a la libertad. Tomarlo de la mano y decirle: puedes sentirte orgulloso, todo esto lo hice por ti".

Por eso madrugan tanto. De la cama saltan al teléfono y de inmediato marcan a las emisoras donde hay espacios dedicados a los secuestrados. Según cifras oficiales, en Colombia hay aproximadamente 3.000 secuestrados, por lo que el tiempo apremia. Si la llamada es exitosa saludan a sus padres con un tono firme. "Así uno esté mal nunca hay que mostrarse débil porque el mensaje los derrumbaría. Por eso hay que contarles cosas positivas", dice Óscar Mauricio Lizcano Arango, de 27 años, hijo del representante a la Cámara Óscar Tulio Lizcano, secuestrado el 5 de agosto de 2000, cuando inauguraba una cancha de fútbol para la vereda Getsemaní de Riosucio (Caldas).

Además en los esporádicos cruces de comunicación, reciben una prueba de supervivencia en promedio cada año y medio; algunos papás con un tono de sorprendente y fina ironía se han permitido incluso licencias para llamarles la atención sobre los mensajes: "Mi amor por favor cuando hables por la radio deja de decirme: 'reza, reza mucho papá'. ¡Carajo mijo eso ya lo sé! ¿Acaso qué crees que me la paso haciendo todo el día?".

Y cuando no pueden comunicarse sienten una frustración pasajera porque no tienen tiempo para lamentos. "Tenemos muchas cosas qué hacer y uno no puede ponerse a llorar", explica María Carolina Pérez Rodríguez, de 24 años, hija del senador Luis Eladio Pérez, secuestrado el 10 de junio de 2001 en la vereda La Victoria, de Ipiales (Nariño), durante una reunión con los alcaldes de la región.

Y probablemente la agenda de ellos puede ser la más copada de cualquier joven colombiano. Porque además de aprender a vivir con la ausencia de sus padres son expertos en derecho internacional humanitario (DIH) convenios de Ginebra, protocolos y cualquier expresión relacionada con la humanización del conflicto .

Atrás quedaron los días de adolescentes despreocupados que miraban pasar el país desde la orilla. Ahora su compromiso es total. Por eso manejan un volumen de información como pocos. Un ejemplo: antes del secuestro de sus padres y como la mayoría de los jóvenes, ni siquiera miraban las páginas editoriales de los diarios. Hoy cada uno sabe qué propone cada columnista, qué dice aquel otro entre líneas, qué piensa tal político, para dónde va ese ministro. Y estudian hasta el detalle cualquier oración del presidente Uribe, por casual que sea, y cada comunicado de las Farc.

Ven todos los noticieros y escuchan las emisoras de información. Los que tienen carro tienen grabadas las frecuencias de noticias y los demás llevan siempre un radio a mano. "Uno está pendiente de lo que acontece", dice Luis Ernesto Araújo Rumie, de 24 años, hijo del ex ministro de Desarrollo Fernando Araújo Perdomo, secuestrado el 4 de diciembre de 2000, en Cartagena en un atardecer fresco, a 50 metros de su casa, y cuando terminaba su rutina de ejercicios que incluía 10 kilómetros de trote.

Por eso son agradecidos con los medios de comunicación, aunque les reprochan sus 'extras' y 'avances noticiosos'. "Uno queda frío frente al televisor pero casi nunca realmente son noticias de trascendencia o de última hora sino trampas para atraer la atención", explican.

Y todos tratan ser elegantes y sobrios, aunque evidencian los errores propios de jóvenes que aprendieron a vestirse solos. "Un día un profesor en la universidad que sabe de mi caso me dijo con discreción que me quedara después de clase para explicarme algo. Me enseñó a hacer bien el nudo de la corbata", cuenta uno.

En la mayoría de los casos, sus padres han seguido formándolos desde la manigua. Por ejemplo, Jenny Estefani Mendieta Paredes, de 17 años, hija del coronel Luis Herlindo Mendieta Ovalle, secuestrado por las Farc en la toma de Mitú hace más de cinco años, ha recibido enseñanzas de él a través de sus excepcionales pruebas de supervivencia. Son cartas y breves mensajes en los que el oficial le da consejos paternales a la niña que él vio por última vez cuando ella tenía 11 años. Lo que pasa es que mientras él ha estado pudriéndose en la selva, la pequeña creció y hoy es una hermosa adolescente a punto de sacar la cédula de ciudadanía.

Hace unos años ella le hizo saber a través de correos que tenía la intención de ponerse un piercing, como las muchachas de su edad. El coronel, que donde hubiera seguido su carrera normal hoy sería general de la República, le contestó: "Tú sabes que a mí no me gusta esa moda. Pero, amor mío, sé libre, disfruta la libertad, que tanto vale, y haz lo que tú creas correcto".

La joven luce su piercing en la nariz, como también está orgullosa de lo que ha hecho desde el secuestro de su padre. Se graduó de bachiller en el Gimnasio Emilio de Brigard en 2002, hizo dos semestres de odontología en el Colegio Odontológico y ahora estudia segundo semestre de medicina veterinaria y zootecnia en la Universidad de Ciencias Aplicadas y Ambientales (Udca).

Tan consagrado como ella es Jorge Andrés Gechem Artunduaga, de 14 años, hijo del congresista Jorge Eduardo Gechem Turbay, secuestrado exactamente hace dos años, paradójicamente cuando se desempeñaba como presidente de la Comisión de Paz del Senado. Fue el 20 de febrero de 2002 en un avión de Aires, acción por la que el proceso de paz de las Farc con el gobierno de Andrés Pastrana estalló en mil pedazos. Aunque es un adolescente se expresa con autoridad sorprendente. "Yo no podía rendirme. Y aunque confieso que el primer año del secuestro de mi papá dejé bajar mi promedio académico y quedé como de quinto o sexto, ya me recuperé y estoy entre los dos primeros de la clase", cuenta orgulloso.

Además de ser un buen deportista, de tener un fresco sentido del humor, como la mayoría de sus compañeros que atraviesan esta situación, cita de memoria artículos del DIH y sabe las fechas que cambiaron la historia de Colombia.

Porque si algo los une a todos es su inconmensurable amor por el país. Son unos convencidos absolutos de su futuro y de su gente. "Colombia es la tierra prometida", dicen.

Pero aclaran que ellos no sienten un amor simbólico. "No se trata de decir que somos colombianos porque nos gusta Carlos Vives y el aguardiente", precisa María Carolina Pérez. No. Ellos creen que el país se construye con tejido social, con trabajo duro, con fundaciones que ayuden a los más necesitados, con generación de empleo, con una salida negociada al conflicto, con el fortalecimiento de las instituciones democráticas, con la redistribución de la riqueza y, sobre todo, con los colombianos tirando para el mismo lado.

Porque, según ellos, al país se lo llevó el diablo el día en que se dejó de perdonar. "El campesino odia al policía que lo reprime, éste odia al alcalde porque lo mira por encima; éste a su vez, al terrateniente que lo ordena y éste, al campesino porque ve en él a un posible guerrillero", afirman.

Para ellos hay que desarmar los espíritus y convencer a los colombianos de que el país tiene que ser el mejor del mundo. "Si hay pueblos que se han desarrollado y viven en civilidad en medio del desierto, por qué nosotros no podemos salir del atraso y superar los problemas en semejante paraíso", dice Araújo.

Paraíso al que le sacan el mayor provecho. Dicen por ejemplo que en medio de su trajín, siempre hay una fracción de segundo para echarles un vistazo a los atardeceres. Para la mayoría de los mortales, el sol siempre está ahí y es una verdad de a puño que nadie plantea. En cambio ellos saben disfrutarlo porque aprendieron que el sol no sale para todos. Como para sus padres. Los testimonios de los liberados les cuentan que los campamentos donde están secuestrados son húmedos, cercados por la maleza y en tinieblas. En la mayoría de los casos, las copas de los árboles no dejan pasar los rayos del sol. Por eso, algunos padres les preguntan en las notas que las Farc les permiten enviar: "¿.Y cómo está el sol?".

Pero además del sol procuran deleitarse con otros placeres. Por eso han desarrollado como pocos los cinco sentidos. Por ejemplo, el del gusto. Cuando se comen un postre o un helado lo hacen como si lo hubieran hallado en medio de un desierto. Lo hacen porque sus padres les describen sus dietas: "No probamos carne, ni un huevo y menos la leche. De dos años para acá todos los días, sin excepción, la comida ha sido pasta y arroz".

Y se han vuelto expertos en flora y fauna. El papá de uno de ellos atrapó un colibrí en el campamento, hecho del que su hijo se enteró meses después. Ahora el niño es amante de esos pájaros para saber cómo es el compañero de cautiverio de su papá. Otro atrapó una paloma mensajera herida con un número atado a una de sus patas. El secuestrado la rescató, la sanó y la volvió su mascota. Pero la paloma murió semanas después. Lo que al principio fue un testimonio conmovedor para la familia ahora se les convirtió en una tarea semanal. "Mi papá nos mandó decir: no vamos a llorar por la paloma. Lo vamos a tomar más bien como un mensaje de buena suerte. Así que vamos a jugar el Baloto con el número que traía escrito". Toda la familia juega sin falta y dicen con humor: "De pronto este secuestro sirve para hacernos millonarios".

Y aunque no han perdido su alegría juvenil rumbean más bien poco, pues para ellos no hay ocasiones especiales. "Las fiestas de Navidad y Año Nuevo son las más importantes para el país. A nosotros, sin nuestros padres no nos dicen nada por ahora", explican.

De las celebraciones regionales como la Feria de Cali o el Carnaval de Blancos y Negros o las Fiestas de San Pedro que se realizan donde vivían con sus familias en el momento del secuestro prefieren apartarse con discreción. "La fiesta grande será cuando regresen", dicen. Además hay celebraciones de las que prefieren olvidarse. Por ejemplo, Jenny Estefani recuerda la noche de los niños: cuando su padre la llamó hace seis años desde Mitú para explicarle que el regreso quedaba pospuesto por dos días, "dijo que yo sabía que la gente de Mitú era muy pobre y que los niños tenían pocas fiestas". Entonces, él que debía regresar a Bogotá antes del 31 de octubre para iniciar su curso de coronel, pidió permiso y decidió quedarse para organizarles a los pequeños del pueblo una piñata con los policías disfrazados de payasos. La fiesta fue de 2 a 5 de la tarde. Cuando terminó la jornada de risas empezó la de sangre y dolor. Esa misma noche, las Farc atacaron con 1.200 hombres a 120 policías. El coronel Mendieta alcanzó a llamar a la casa en el fragor de los combates, a las 4:30 de la madrugada, se comunicó con la pequeña y le dijo: "Mi amor si yo muero tú tienes que seguir adelante, siempre adelante". Fue la última vez que lo escuchó.

Desde entonces lo aguarda para celebrar: "Yo quería que me celebrara los 12 años, luego los 15 y aunque sé que no pudo, ahora sí tengo la convicción de que estará para mis 18 años". Los demás también han tenido motivos para festejar. Por ejemplo Mauricio Lizcano, mientras su padre ha estado cautivo, se graduó de abogado en la Universidad del Rosario, fue director territorial de Bogotá y Cundinamarca, secretario de Tránsito de Manizales, asesor del ministro Fernando Londoño, asesor de la ministra de Comunicaciones, coordinador de Colombianos por el Referendo y ahora espera la respuesta para una beca a la Universidad de Harvard. Hechos por los que seguro cualquier otro muchacho estaría feliz. Él en cambio lo asume como parte de un compromiso en homenaje para el ser ausente.

Igual pasa con Luis Ernesto Araújo. Cuando su papá fue secuestrado atravesaba la mitad de su carrera en la Universidad de Los Andes. Hace 20 días se graduó de abogado, y ahora trabaja en la secretaría general de la Presidencia de la República como enlace con el Congreso. Y como todos, forma parte de los grupos que dan charlas, conferencias y conversatorios sobre el intercambio humanitario. En ambos casos fueron por el diploma, sin ceremonia, y al rato ya estaban trabajando.

En esas tareas han viajado por todo el país. María Carolina Pérez, por ejemplo, estudiaba ciencia política en la Universidad de Montreal cuando ocurrió el secuestro de su padre. Apenas se enteró, se vino para Colombia, se matriculó en Los Andes y continuó estudiando idiomas. Hoy habla inglés, español y francés y también es delegada del municipio de Pasto y de Nariño en Bogotá para asuntos nacionales e internacionales.

Ellos ahora se encargan también de cuidar a sus mamás, creen que en esta tragedia son ellas las que mayor dolor soportan. Igual o más que los propios secuestrados. La soledad se las devora a diario. "Me siento como una viuda sin muerto y una divorciada sin papeles", le dijo hace unos días una de ellas a sus muchachos. Por eso, ellos siempre las acompañan. "Nos maduraron a la fuerza", explica Jorge Andrés Gechem.

Creen que la historia les jugó una mala pasada. Abrigan la esperanza de estar sufriendo los últimos coletazo del conflicto armado. Por eso procuran entender las decisiones del presidente Uribe y del comandante de las Farc. Del primero creen que es un defensor del Estado que usa las leyes como herramienta y del segundo les duele que se haya equivocado de ruta. "¿Cómo puede ser que el hombre que se jugó la vida, lanzándose al monte para construir una sociedad más igualitaria, haya terminado como mercader de vidas humanas?", se preguntan.

Aunque no saben la respuesta sí tienen la certeza de que el país ya tocó fondo y que nada peor puede pasar. "¿Qué más grave puede haber que crecer con una generación cuyos padres están atrapados en la selva como si fueran animales?", insisten. Y por eso cultivan el convencimiento de que el inmediato mañana será mejor porque consideran que esta etapa de la historia nacional es como un regreso al pasado. "Como cuando el hombre se ganó hace siglos su don más preciado: la libertad. Tan pronto todos, sin excepción, le devolvamos a la libertad el valor que se merece la rueda de la historia girará de nuevo hacia adelante", explican.

A pesar de que saben que tanto el presidente Uribe como el comandante de las Farc tienen la capacidad de decidir sobre el destino de sus padres, dicen que ellos rara vez entran en sus sueños. Duermen poco y siempre con una presión en el pecho, con una angustia que no se ha ido desde el día del secuestro. Pero en sus sueños pasan los rostros de sus padres con la imagen deseada de cuando regresen a la libertad. Y se muestran optimistas porque a pesar de las dificultades saben que al final cada uno de sus papás vencerá y regresará a casa sano y salvo. Aunque desde la muerte del gobernador de Antioquia Guillermo Gaviria y del ex ministro Gilberto Echeverri las Farc les hicieron saber que en este instante, en cualquier campamento hay un miembro de las Farc con una arma dispuesto a apretar el gatillo contra sus padres en caso de una operación de rescate, ellos no se rinden y se muestran optimistas y luchadores.

Ante la pregunta de si no ha habido ocasiones en que se hubieran sentido cansados, derrotados y sin las fuerzas suficientes para cumplir con los proyectos que se han trazado, Mauricio Lizcano responde: "Mi papá me escribió una carta desde la selva en la que tengo una frase subrayada: recuerda que tú eres una cometa, una hermosa cometa, y las cometas para elevarse necesitan el viento contrario. Nada es fácil en la vida hijo. Pero una buena cometa, como tú, siempre logrará sus objetivos. Cuando estés volando alto y libre y contra la dureza de los vientos, reafirmarás que vale la pena luchar y que peleando sin rendirse jamás es que la vida tiene sentido".

Y eso hacen: luchar sin treguas. Una lucha que incluye los siete días de la semana y todas las semanas del año. Por ejemplo, los sábados en la madrugada mientras miles de jóvenes se toman las ciudades para rumbear, ellos están pegados al teléfono porque ahora el programa Las voces del secuestro transmite cinco horas continuas desde las 12 de la noche hasta el amanecer del domingo.

Si bien es un espacio masivo, para ellos, es un rincón de intimidad. Por eso hacen como si les contaran a los oídos de sus papás sus logros. Estos, por su parte, siempre los escuchan, allá en la profundidad de la selva, como lo confirman en las pruebas de supervivencia. Pruebas que para ellos son vitales. Porque aunque algunos les dan connotaciones de chantaje a cuenta gotas, para ellos es la vida misma. Y aunque son contadas las cartas o videos que las Farc dejan sacar cuando llegan a su destino, ellos entran en un estado de enorme ansiedad, luego de emoción y posteriormente de tranquilidad porque así saben con certeza que están vivos.

Confían en esas pruebas como única evidencia porque en muchas ocasiones reciben visitas de extraños que dicen tener un contacto para hacerles llegar a sus familiares mensajes. Eso sí, aclaran que necesitan medio o un millón de pesos para ayudas del transporte. En muchas ocasiones han caído en la trampa y se han gastado sus ahorros para dárselos a un mensajero que jamás en la vida han vuelto a ver.

Pero no se defraudan e insisten porque, según ellos, en Colombia es más la gente buena. Por eso se muestran agradecidos con todos los que les han dado una mano. "Hay que ser optimistas para sacar adelante a Colombia, tenemos que dar ejemplo. Somos conscientes de las dificultades de nuestro país y como son tantas, uno no tiene tiempo para lamentarse", insiste Araújo. Por eso, probablemente son los últimos colombianos en acostarse, al filo de la medianoche, mientras recuerdan las charlas con sus padres. Evocan aquellas noches en que ellos les leían cuentos infantiles. Cuentos que mandaron al baúl de los recuerdos porque hoy cuando se están haciendo mujeres y hombres adultos prefieren leer historia de Colombia. De la cual, sin saber a qué horas, ahora son protagonistas.


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