Martes, 17 de enero de 2017

| 2005/08/14 00:00

"La guerra es la fiesta de los muertos"

El sufrimiento del soldado Ricardo Acosta no terminó con su liberación en el intercambio humanitario de 2001 con las Farc. Carlos Cortés Castillo narra su regreso a la libertad a partir de fragmentos de su diario, de cartas y de conversaciones con su familia. Esta es su extraordinaria historia.

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"A partir del momento quiero consignar paso a paso todos los pormenores de mi liberación y hasta cuando llegue a mi casa donde me esperan con gran ansia. A esta hora alistamos todos los equipos, ropa y todo lo que poseemos. Cosemos las correas para que aguanten la gran marcha, quizá mañana o pasado mañana, hay que esperar...". (Diario del soldado Ricardo Acosta González, 6 de junio de 2001).

Lo primero que hizo Ricardo Acosta con el dinero que le guardó su mamá durante el secuestro fue comprarse unas botas militares. Se las amarraba apretadas hasta arriba y dormía con ellas puestas. "Son para salir corriendo en cualquier momento", decía sin sobresaltos.

Hermencia González le había abierto una cuenta de ahorros y le había consignado sagradamente los 32.000 pesos mensuales enviados por el Ejército durante los casi tres años de secuestro. Era un aliciente para inventarse un futuro y una forma de mantenerse viva.

Había seguido pegada al televisor las últimas noticias, hasta cuando vio a su hijo en un noticiero y las FARC sacaron la lista oficial de liberados donde lo incluían. El día que liberaron a Ricardo, Hermencia estaba en muletas porque semanas atrás había sido operada de la rodilla. Fue hasta Tolemaida con el papá de él -su ex esposo- y otro de sus hijos.

La tarde del 28 de junio de 2001, los helicópteros aterrizaron en la base de Tolemaida y los soldados comenzaron a salir en orden alfabético. Entre los primeros venía Acosta, como sus demás compañeros, con la mano cerrada, el pulgar en alto y una camiseta que decía: "El soldado siempre es libre".

Ricardo no atinó a decir mayor cosa cuando vio a su mamá, a su papá y a su hermano Mauricio, ni a moverse cuando éstos lo abrazaron. Su aparente calma se confundía con un miedo escénico frente a una multitud desconocida de familias, periodistas y militares que lo trataba como un héroe. Sólo preguntó una y otra vez si ya podía fumar, como si aún tuviera que pedir permiso para hacerlo.

La fiesta de bienvenida de Ricardo reunió a toda la familia. Le hicieron pancartas de colores, corrieron la mesa y las sillas y bailaron como si fuera su cumpleaños. Conoció a varios sobrinos que a su vez conocieron a un tío nuevo. Él estuvo feliz, sonrió sin recelos y se tomó fotos con todos. No mencionaron el pasado, simplemente celebraron porque había terminado.

* * *

"Seguimos a la espera, ya está todo listo, parece que el retraso es el transporte. Dios quiera que sea pronto porque la ansiedad nos está matando, nos carcome por pedazos. Hoy entregaron los documentos que nos tenían y seguimos en primer grado de alistamiento". (10 de junio de 2001).

Para comenzar a hablarme sobre Ricardo Acosta, Catalina Sanint, abogada evadida y artista por vocación, puso sobre la mesa del comedor de su apartamento varios recortes de periódicos y revistas. Todos tenían la misma particularidad: una colección inacabable de fotos de tamaño documento con los rostros de cientos de secuestrados.

Los periódicos no alcanzaban a hacer el inventario en una sola entrega: 'Los que faltan (I)', 'Los que faltan (II)', 'Los que faltan (III)', 'Los que faltan (IV)' - Catalina seguía desdoblando periódicos - 'Los que faltan (V)', 'Los que faltan (VI)', 'Los que faltan (VII)'. Ahí se detuvo, se devolvió a la tercera hoja y me señaló un niño con un mechón de pelo sobre la frente que sobresalía entre las fotos de jóvenes uniformados, muchos de ellos con bozo. "Vea, este es Ricardo".

"Comencé a recortarlos sin razón alguna, pero sabía que en algún momento tendría que hacer algo con todo esto", me dijo Catalina, mientras sacaba más recortes de periódicos y revistas -unos y otras de la época previa al intercambio humanitario, mediados de 2001- e inundaba de papeles la mesa.

Me mostró su colección desordenada como si tratara de explicarme lo alucinante que le parecía todo eso -las pruebas de supervivencia, las fotos de los soldados, las crónicas calcadas de tragedias calcadas, las copias de las cartas-, como si tratara de hacerme entender el origen de su obra de arte. Pero lo que después entendí no fue eso; mientras apuntaba todo lo que ella me decía, y pensaba fríamente dónde estaba la historia, asistía a la continuación involuntaria de su obra.

* * *

"El 14 salimos de la prisión a las 6:10 minutos; fue una marcha extenuante, pesada y muy dura. Caminamos hasta las 12 del mediodía, con intervalos de 10 minutos para el descanso y la bebida de agua. Arrancamos cada uno con un peso aproximado de 45 libras entre víveres y lo personal. Llevábamos 10 meses sin que nos movieran, así que nos dio muy duro. Hubo encalambrados, quemados en los hombros, la espalda y mucho cansancio, pero gracias a Dios llegamos a un caño. Trajeron una 'lancana' y ahí pasamos la noche, pero la verdad no pudimos dormir, pues hacía un calor infernal y estábamos con una incomodidad inaguantable". (17 de junio de 2001).

Al principio, tenerlo de nuevo en casa fue casi tan difícil como no tenerlo. Nadie sabía cómo tratarlo, y aunque desde la distancia Ricardo les confesaba cada sentimiento que pasaba por su cabeza -declaraciones que familias que se ven todos los días no se hacen en una vida-, ahora las palabras sencillamente no salían.

No le gustaba salir a hacer visitas ni que le preguntaran sobre su secuestro. Nadie lo hacía, salvo algún familiar imprudente que aterrizaba en las conversaciones como paracaidista. Eso sí, todos recogían -con una curiosidad apenas disimulable- las pocas anécdotas que él quisiera contar.

Si su mamá era cariñosa, Ricardo se molestaba. Si no, también. Poco hablaba con sus hermanos y pasaba horas frente al computador. Durante la noche tenía sobresaltos y no dormía. Hermencia le hablaba hasta donde le daban sus energías; lo ponía al corriente de los últimos tres años, de las historias importantes y de las accesorias que nunca ameritaron tinta de una carta o segundos de mensajes por radio. Después se despedía y se iba a dormir, exhausta.

Durante el cautiverio, Ricardo le decía una y otra vez a su familia que llevaba años sin llorar y que no lo hacía porque no valía la pena. Pero en su casa, cuando todos dormían y él se cansaba de deambular desvelado, se anegaba en llanto hasta el amanecer.

* * *

"Amaneció el día 15 de junio. (...) A las 5:30 nos embarcamos y arrancamos con rumbo desconocido. En la lancha iban aproximadamente unos 50 guerrilleros y nosotros 57 y los equipos de ambos. (...) El caño era muy estrecho y la lancha siempre es larga, entonces se metía por todos los rastrojeros y nos tocaba acurrucados y la orden era no levantarnos para nada, avanzábamos y avanzábamos. Cuando pasábamos por el rastrojo nos caían hormigas, avispas y toda clase de insectos. Por ese estilo viajamos 30 horas con intervalos de descanso de 10 minutos para comer". (17 de junio de 2001).

Dos años después de la liberación de Ricardo, Catalina Sanint lo conoció en una cafetería al lado de la Universidad Nacional. Tenía claro que su proyecto de maestría en Artes Plásticas y Visuales iba a ser el destino de los recortes que rumiaba hacía años y quiso ponerse en contacto con él. Lo hizo a través de una amiga que trabajaba en RCN Radio. Pocos meses antes del intercambio, Ricardo había ganado el concurso de esa cadena radial 'El orgullo de ser Colombiano' con una carta que envió desde la selva.

Por supuesto, la carta estaba entre los papeles de Catalina que ahora me mostraba. Ricardo la escribió en una hoja rayada de cuaderno y con una caligrafía indecisa. Nada de lo que decía era nuevo, se lo he leído a políticos y periodistas, pero hasta donde sé, ninguno lo escribió a los 23 años, detrás de un galpón y con los pies y el cuello encadenados:

"Yo también sueño con un mejor mañana, un lugar tranquilo donde todos unidos podamos luchar y trabajar en beneficio de nuestra herida nación. Naturalmente que me siento orgulloso de haber nacido en este país, el ser colombiano me ha hecho digno de poder escribir estas palabras, los malos momentos no son motivo para dejar de sonreír, el primordial instrumento que poseo para conseguir mi libertad es la esperanza, la misma que debemos tener todos los colombianos para conseguir la verdadera paz. Entre todos podemos salvar nuestra nación", decía un fragmento. Después se despidió, firmó con su nombre y su rango, "Soldado Regular Colombiano, contingente 5/7".

El premio incluyó una beca para estudiar la carrera que él quisiera. Para poder hacerlo, Ricardo tenía que terminar primero bachillerato. Quería estudiar ingeniería aeronáutica, y pensaba irse a vivir a Cali para lograrlo.

Le contó a Catalina todo esto y sus demás planes. También le habló sobre su pasado. Se tomaron una cerveza y hablaron del secuestro. Ricardo lo hizo con fluidez y por momentos describió episodios con la emoción y la vanidad de un veterano de guerra. También habló de política en medio de anécdotas sobre médicos cirujanos en la guerrilla, enfermedades tropicales que padeció una y otra vez y reminiscencias del ataque que lo borró de la civilización por tanto tiempo.

* * *

"Ayer cuando paramos para descansar marcaban las 12:15 del mediodía. (...) Escuchamos la noticia por el radio que habían soltado una parte de los enfermos. Habló Romero y en fin... hablaron bastante del tema. Las familias estarán un poco desilusionadas, pues no saben la suerte de nosotros. Pero lo que no saben es que vamos para afuera, si no creo que no nos aguantaríamos todo lo que hemos pasado, que no puedo yo describirlo con sudor, sangre y llanto como ha sido hasta ahora". (17 de junio de 2001).

Hermencia comenzó a repetir la fiesta de bienvenida como estrategia para animar a Ricardo. Cada día 28 le celebraba un mes más de libertad y le partía la torta en compañía de sus dos mejores amigos, Luis Almonacid y Giovanni Sarmiento, lanzas desde que ingresaron al Ejército, sobrevivientes de la toma de Miraflores y compañeros de cautiverio.

El círculo de Ricardo era cerrado. "Somos los que somos, mamá, nadie más", decía una y otra vez. Cada uno de ellos tuvo que hacerse cargo de su v ida nuevamente. La mamá de Luis murió un mes después de su liberación, y Giovanni, aburrido por la presión de su familia, se fue a vivir solo poco tiempo después de volver. Aun así, eran inseparables, y estar juntos parecía ser la única forma de respirar con tranquilidad.

Comenzaron a improvisar su vida de adolescentes: bailar, cantar y tomar cerveza. Tomar mucha cerveza, tomar aguardiente, cantar a gritos y emborracharse y sentirse invencibles. Ya habían pasado por todo, la vida no había podido con estos berracos. O tomar y deprimirse, sollozar y preguntarle a Dios qué diablos tenían que hacer ahora.

De una u otra forma, regresar a las fiestas era bailar, y bailar era volver a tocar a una mujer. Era ver a una mujer, olerla, desearla. Era volver a hablar de mujeres. En el secuestro la castidad no se limitó a la imposibilidad de tener sexo. Las mujeres eran un lujo que sólo podían darse los comandantes, lo cual incluía acercárseles o hablarles. Las pocas guerrilleras eran propiedad de los 'duros' y estaban a su entera disposición. Los guerrilleros rasos, cuya condición no era tan diferente a la de los secuestrados, también tenían prohibido relacionarse con ellas.

Así, en fiestas y bienvenidas tardías conocieron mujeres. Y así Ricardo conoció a Yamile Montenegro, casi dos meses después de haber sido liberado. "Una amiga del colegio me dijo que la acompañara a visitar un novio que había estado secuestrado, me dijo, 'acompáñeme porque quiero ir a saludarlo pero no quiero ir sola'. Allá estaba Ricardo con él, tomándose unas cervezas", recuerda Yamile.

* * *

"(...) Ah, no había contado yo que vamos amarrados con cordeles de los brazos al cuello. A cada guerrillero le dan un prisionero y con su lazo responde por él sea como sea y si no, le cuesta la vida. A las 6 a .m. salimos nuevamente en marcha, ya teníamos un poco descansados los hombros y no nos dio tan duro. Caminamos dos horas sin parar, tomamos agua y caminamos. Mientras uno camina, piensa en cosas, como por ejemplo en la casa y pensamientos vagos como para engomarse y no sentirse tan llevado. (...) Bueno caminando todavía y a eso de las 10:20 salimos a una carretera clandestina. Fue un momento de emoción y mucha moral. Esa carretera es clandestina, las FARC la construyeron. Es increíble que la hubieran hecho en la mitad de la selva. Es más increíble, a los caños les hicieron puentes de madera bien estructurados que aguantan el paso de camiones". (17 de junio de 2001).

Después de hablar de Ricardo, Catalina me explicó de qué se trató su proyecto. A partir de las pruebas de supervivencia de los secuestrados hizo las pruebas de gente libre: la 'fe de vida', inspirada en el documento público empleado para varios trámites, donde un notario da fe de que una persona está viva después de verla con sus propios ojos. Pero la fe de vida colombiana ha cambiado: se hace frente a una cámara, sin libertad y para demostrarle a la familia y a todo el mundo que uno está vivo. Como la que en algún momento hizo el soldado Acosta y que su mamá vio por televisión:

"(.) Este saludo es para mi mamá. En este momento quiero decirle que por favor se cuide, que esté bien de ánimo y de salud, que es lo que yo más quiero y es lo mejor. Mamá no se preocupe, como me puede ver, estoy bien. Quiero mandarles un saludo a todos mis hermanos, a Javier, Mauricio, Eduardo, Diana, los niños, y a Manuel también. Quiero decirle a Manuel que por favor me cuide esas dos hermosas mujeres que están allá en casa. Usted es un verraco hermano, y lo admiro por esa valentía que ha tenido. (.) Un saludo también para mi papá. Quiero decirle al viejo que se cuide, que yo estoy bien, que se cuide la salud, que no tome tanto y que vamos pa'delante. Y muy pronto voy a estar allá en casa. (.) Muchas gracias y hasta luego".

El ejercicio con personas libres fue aun más impactante: estudiantes, hombres y mujeres de negocios, trabajadores humildes, profesores y desempleados pasaron por la cámara de ella. Cada uno deshizo el nudo en su garganta para hacerle una declaración a su familia, para declarar algo que nunca había podido decir por no tener razones aparentes para hacerlo.

Este material lo combinó con las pruebas de vida de los secuestrados, atravesado todo con la historia de Ricardo. Fragmentos de video, apartes de sus cartas, de su diario y fotos. Fotos alegres, como la que se tomaron el día que les dijeron que los liberarían, cuando se reunieron frente a una fogata donde quemaron la ropa del cautiverio y sonrieron como si estuvieran en un paseo (Ricardo le regaló la foto a su mamá con la siguiente dedicatoria: "Quiero que la conserves, pues estuviste tan ligada a mi situación que desearía que la guardases en el cofre de tus más bellos recuerdos, colócala bajo llave donde sólo tú puedas apreciarla y sentirte orgullosa de haber hecho algo por alguien como yo".) O fotos tristes, como en la que todos aparecen detrás de los alambres de púas de su galpón, amarrados y resignados.

Catalina terminó de hablar y comenzó a recoger todo con parsimonia, como si guardara fichas de ajedrez en una caja después de una agotadora partida. Para terminar, me dijo que había exhibido su tesis en la Universidad Nacional -me mostró una foto de Ricardo y ella el día del evento- y obtenido una beca para irse dentro de poco a México, a hacerle pruebas de vida a la gente del D.F.

Pero ahora faltaba algo más. Faltaba que ella me ayudara a armar la historia para poder escribirla, y tal vez que yo la acompañara para terminar la suya. O tal vez para que le sirviera como testigo de la vida de Ricardo después del secuestro.

* * *

"(...) Son las 12:15 del mediodía y seguimos en la misma parte. A eso de las 9:20 vino el comandante 'Grannobles' a organizar para trasladarnos para una reunión con el 'mono Jojoy'. Había periodistas internacionales y Jorge Botero hizo unas filmaciones y nos tomaron fotos. El 'mono' nos leyó un comunicado que sacó el Estado Mayor de las FARC que decía que por orden del comando y Manuel Marulanda, las FARC habían tomado la decisión de liberar a un grupo de más de 250 prisioneros de guerra unilateralmente, es decir, como una supuesta muestra de paz, entre las cuales figuran las tomas de Miraflores, Mitú, Uribe, Billar, Acada, Puerto Rico, y otras. Nos habló sobre todo el proceso que se había seguido. Los pasos que habían seguido y la decisión de soltarnos sin canje, ya que el gobierno con sus tres poderes públicos no lograron sacarnos. Es decisión nuestra, sin ninguna presión, puntualizó 'Jojoy'". (19 de junio de 2001).

Como cualquier hombre que agranda lo alegre y lo triste y echa mano de ello, Ricardo conquistó a Yamile. Volvió a hablar como un héroe de guerra. Le regaló fotos de sus épocas como soldado -con boina y gafas oscuras- que le dedicó allí mismo. "A mí me gustó mucho cuando lo vi. Llevaba un año y ocho meses sin tener novio", dice Yamile.

Después de conocerse siguieron hablándose por teléfono, pero sólo volvieron a verse varias semanas después porque a Ricardo tuvieron que operarlo de la nariz. Yamile lo visitó en su casa, donde conoció a su familia, y le llevó una bolsa de manzanas. Comenzaron a tener un noviazgo como cualquier otro, pero, aparte de las anécdotas que él uso como tácticas de conquista, Yamile sabía poco del estado emocional de Ricardo, de sus ciclos eufóricos y de sus depresiones.

La situación en la casa de ella era complicada. Ricardo la recogía en la esquina del barrio porque el papá de Yamile le prohibía las visitas -ella tenía 19 años, y él, 23-. Su temperamento era muy fuerte y ella temía que llegara a chocar con el de Ricardo. En la casa de Yamile vivían además su abuela, su mamá y su hermana con el esposo y el hijo.

Los papás de Yamile conocieron a Ricardo el día que él fue a contarles que ella estaba embarazada. Llevaban seis meses de novios y era la primera vez que él atravesaba el umbral de la puerta de los Montenegro. Como si fuera un destino que se acepta con resignación, y que además se acepta siempre de la misma manera, el papá le ofreció un tinto y lo invitó a que siguiera. Lo mismo había pasado con otra de sus hijas, probablemente algo parecido le había pasado a él mismo, años antes, con la mamá de Yamile y probablemente también estaba pasando en otras partes de la ciudad en ese mismo instante. Los suegros conocen al yerno, el yerno les dice que van a ser abuelos. La casa albergará a una familia más.

* * *

"(...) En claro nos dejó el señor Briceño que los comandantes de nosotros se iban a quedar y que la lucha por conseguir la ley de canje seguiría en pie. En total se quedaron 45 cuadros de todas las tomas. Para nosotros pues es mucha alegría el volver a la libertad, pero no es justo que tengan que quedarse unos, porque ellos al igual que nosotros necesitamos la libertad, y por ser oficiales y suboficiales tiene que seguir sufriendo este martirio del cautiverio. La verdad, nos da mucha tristeza por ellos pero así tiene que ser. La metodología de 'Jojoy' es coger a senadores y parlamentarios para presionar ante el gobierno. Habrá que mirar qué pasa". (19 de junio de 2001).

Recogí a Catalina en un taxi para visitar a Yamile. En el camino la noté nerviosa. Me dijo que apenas había visto un par de veces a Yamile y que nunca había estado en su casa. También me dijo, casi entre dientes, que probablemente no se habría atrevido a volverla a buscar por su propia cuenta. La entendí perfectamente. Me sentía como si estuviera preparándome para una invasión.

Yamile vive en Bosa. Un corredor oscuro hace una ele, esquiva una pequeña cocina y desemboca en un patio interior. A los lados hay un par de puertas metálicas que -supuse- eran las habitaciones de los papás de Yamile y de la hermana y el esposo. Al fondo del patio hay una construcción independiente de dos pisos, el segundo de ellos, en obra negra. En el dintel de madera de la entrada, pintado con los dedos, dice "familia Acosta Montenegro".

Yamile se emocionó al ver a Catalina. Se disculpó una y otra vez por la humildad de su casa y por el desorden. Su cuarto tiene una cama, un sofá y un estante con un televisor. Las paredes y el piso están en obra negra, y las escaleras que llevan al segundo piso están improvisadamente clausuradas para impedir el paso de Julián, el único hijo de Yamile y Ricardo.

Subimos al segundo piso, donde hay dos habitaciones con las paredes apenas pañetadas, el piso en cemento y los marcos de las ventanas sin vidrios o plásticos. El viento frío que bajaba del cerro entraba como un remolino. Una obra a media marcha, abandonada a su suerte. "Todo esto era un rancho de madera. Ricardo se dio gusto quemándolo y él mismo ayudo a construirlo", nos explicó Yamile.

Sin que Yamile supiera, Ricardo cambió la beca del concurso que ganó por dinero en efectivo y gastó gran parte en la obra. Desde cuando llegó a la casa de los Montenegro se obsesionó por el orden. Decía que todo debía estar impecable; se molestaba si su ropa no estaba planchada o si Julián no estaba limpio todo el tiempo. Para él era claro que no se podía confundir pobreza con desidia.

Nuevamente abajo, Yamile me contó su historia desde el comienzo. Sacó todas las cartas que Ricardo le había escrito y las fotos que le había regalado. Pasó de largo con varias hojas, de las que yo apenas alcanzaba a distinguir dibujos en colores y corazones. Cartas de amor, pensé escuetamente.

Al respaldo de una de las fotos que Catalina le tomó a Ricardo durante los encuentros que tuvieron para su trabajo de grado, aparece una dedicatoria de él para Yamile: "Un canto a la vida, un soñador empedernido, inteligente, guapo y mucho más. Con muchos defectos como todos los demás, pero con cualidades que lo hacen único, bueno y luchador y toma trago, fuerte poeta, indiferente, malgeniado y mentiroso, pero ama la vida, a su mujer, su madre, su hijo y su familia. Así es él".

Yamile nunca tuvo una buena relación con los amigos de Ricardo. Según ella, eran malas influencias. Le presentaban mujeres y le daban trago. "Cuando estaba acá era juicioso, pero con ellos sí tomaba mucha cerveza y aguardiente", nos dijo mientras organizaba las fotos de Ricardo. Julián las cogía y con el dedo las señalaba: "A papá... a papá", repetía.

Antes de despedirnos, Yamile nos mostró los disfraces que Julián usó el Día de las Brujas pasado: de tigre felpudo como muchos niños, y de soldado del Ejército. De una camisa del traje de fatiga de Ricardo salió todo el uniforme.

Por el constante 'correo' que mantenían Yamile y Ricardo inferí que no eran una pareja tranquila. Peleaban constantemente y a veces parecía que hablaran idiomas diferentes. Él se quejaba por el desorden, y ella, porque él le daba órdenes. Él se deprimía y ella no entendía por qué. Él se emborrachaba y no dejaba que ella lo tocara. No dudé ni un segundo que se habían querido. Tampoco dudé de la tristeza de Yamile. Le pregunté si creía que si Ricardo todavía estuviera aquí, estarían juntos. Me dijo apresuradamente que sí.

Cuando salimos -casi tres horas después-, llegaba el hilo de una canción de la casa de al lado: "Pero recuerda, nadie es eterno y tú lo verás, tal vez mil cosas mejores tendrás, pero un cariño sincero jamás.". Los Bukis me despedían con una ironía. Ya en el taxi, Catalina me dijo: "La pregunta que usted le hizo me la respondió después cuando estábamos solas. La verdad es que no está tan segura de eso".

* * *

"(...) Nos encontramos en La Macarena, llegamos ayer en la madrugada. Como estaba previsto partimos el día 22 a las 11:45 a. m., en marcha por la carretera antes dicha. Caminamos por tres horas sin descanso hasta un punto. Veníamos los grupos de Billar, Mitú y Miraflores, aproximadamente unos 180 prisioneros. Cuando llegamos ya estaban los de Puerto Rico. A las 4 p. m. llegó 'Grannobles' y nos dio las orientaciones, nos dijo que viajaríamos a partir de ahí en camiones toda la noche, nos recomendó paciencia y disciplina porque al paso del río habría una espera de cinco horas pues tocaba pasar en planchón y se demoraba. A las 5:30 p. m. partimos en dobletroques. En cada camión metieron 70 prisioneros con equipo. Así que quedamos muy incómodos y tocó viajar de pie". (24 de junio de 2001).

Ricardo se fue a vivir donde los Montenegro. Allí trató de imponer un ritmo de vida más activo y quiso contagiarlos de su energía. "No nos vamos a morir entre esto", le decía a Yamile cada vez que la regañaba por ver la casa sucia. Rápidamente se ganó la simpatía de su suegra. Durante el secuestro, Ricardo sólo comió pasta y granos, mal cocinados, sucios o con gusanos. De tomar sólo le daban Frutiño. Por eso le encantaban las sopas y los jugos naturales. Su suegra lo complacía y le cocinaba lo que él pedía.

Comenzó a trabajar en un supermercado y a conseguir dinero para su familia. Se podía vestir como le gustaba, con camisas de cuello, pantalones de dril y zapatos oscuros, e invitar a Yamile a salir. Pero su demonio interno no le daba tregua. Tomaba bastante y con frecuencia llegaba tarde a su casa. Su suegro incluso le pasaba la tranca a la puerta para que no pudiera entrar, pero su suegra, a escondidas y con sigilo, se la quitaba para que no pasara la noche en la calle.

Por iniciativa de Ricardo, varias veces intentaron irse de la casa de los papás de Yamile. Primero en Kennedy, con un amigo de él, y después solos. Sin embargo, regresaron poco antes del nacimiento de Julián.

La llegada de Julián le dio fuerzas a Ricardo para seguir peleando. Poco después, y gracias a Catalina, consiguió trabajo como chofer de una familia y empezó a tener mejores ingresos, que gastaba sin reparos en su hijo. A él le escribió sus últimas letras:

"Un día soñé que sería una persona llena de motivaciones y expectativas que quizá nadie imaginaba. Estar en esa quimera de los sueños me permitió sobrevivir con altura en un mundo lleno de hostilidades y desventuras; nadie pidió nada, solamente llegó el momento y cada uno supo a su manera salir adelante (...) uno de mis mejores logros ha sido la llegada a este mundo de Julián Ricardo y con él, la esperanza de un mejor mañana para todos (...) llenar ese vacío tan gigante que necesitaba ser ocupado, pero aún las cosas no logran enrumbarse por el buen camino, hay que tener paciencia y ser perseverante, seguir en la lucha bien, yo nunca he dejado de luchar".

Las notas eran reiteraciones, una después de otra. Pero también eran una reiteración las ideas que le daban vueltas en su cabeza. En una servilleta o en una hoja de cuaderno, casi como una necesidad fisiológica, se aliviaba:

"Agradecimiento a Dios, la vida y tu mami por concederme esta dicha de tenerte aquí junto a mí, Julián. Estabas en mis proyectos de vida y has sido mi mejor golpe. Con sólo mirarte se llenan los vacíos que se han sembrado en mi alma y en mi corazón por muchos problemas que tuve en el pasado, por culpa de otras gentes que piensan diferente a nosotros. Sabes qué hijo, estoy muy orgullos y feliz de que ya casi tengas un año y estés tan guapo y mocito. Al fin y al cabo, te pareces a mí. Quiero que seas el retrato de mi vida sin cometer los mismos errores que yo cometí con tu mami, tus abuelas y hasta contigo mismo; tienes que ser el mejor hijo y esposo, serás un oficial reconocido del Ejército. Yo me voy a romper el lomo para que así sea".

Cuando estaba tomado o simplemente deprimido, agredía a Yamile. Recordaba el secuestro y cantaba sin parar. Después escribía nuevamente, tal vez para exorcizar sus culpas o dejar un testimonio de su inocencia. La solución de ella fue siempre la misma: esperar a que se quedara dormido.

* * *

"Después de viajar por trocha a las 8:30 p. m. llegamos al río. Como íbamos con carpa le hicimos unos huecos y pudimos vera un caserío y sabana como un verraco. Ya había quedado la selva atrás y por fin veíamos la llanura. El paso por el planchón casi no se sintió y no demoró sino ocho minutos. Pero la espera era a que pasaran todos los camiones, que en total eran 18, donde venían los prisioneros, los guerrilleros y la escolta. Ahí duramos parados tres horas." (24 de junio de 2001).

La última visita que planeamos con Catalina, antes de que ella se fuera para México a seguir con sus pruebas de vida, fue la de la mamá de Ricardo. Nuevamente la recogí en un taxi y nos fuimos juntos. Catalina había estado bastante triste durante nuestra visita anterior. Mi preocupación ya no era sólo con Ricardo. Sentía que de alguna manera el artículo le tenía que ayudar a ella a sentirse mejor.

La mamá de Ricardo es tal y como la imaginaba. Una señora de voz tranquila, piel curtida y mirada amable pero incrédula, sombría. Apenas crucé una palabra con ella supe que Ricardo había heredado de ella sus mejores cualidades. Hermencia González es una mujer valiente. No sólo por estar de pie después de haber sufrido tanto, después de haber sacado adelante a su familia, después de haber trabajado y seguirlo haciendo en las condiciones que sean necesarias (actualmente cuida a una niña en las tardes a casi dos horas de distancia de su casa); lo realmente impresionante es la felicidad que ha logrado extraer de todos esos momentos. La manera como subraya esos instantes y se aferra a ellos sin fanatismos.

Hermencia vive con una de sus hijas y la familia de ésta: su esposo y sus dos hijos. Es un apartamento modesto e impecable, donde ella ocupa una habitación pequeña y sin adornos. Mientras hablábamos con ella, uno de sus nietos iba y volvía con unos juguetes, ajeno a nuestra presencia.

Se alegró mucho de ver a Catalina. Le dijo que Ricardo la admiraba mucho y estaba muy agradecida por la ayuda que le había prestado. Ahora yo sentía que hacía trampa. Hacer esta entrevista sin Catalina también hubiera sido imposible.

Preguntarle por el secuestro me pareció una redundancia. Quise repasarlo rápidamente y centrarme en lo que había venido después, cuando Ricardo había regresado. Lo primero que me dijo es que había botado todo lo que él le escribió desde la selva: "¿Para que guardar todo eso tan triste?".

Del secuestro recordó su emoción cuando vio a Ricardo en la lista de liberados, de la fiesta de bienvenida y de las noches que hablaban. También mencionó el apoyo que le dio Marleny Orjuela, la única persona que podía acceder a los secuestrados, y a quien después conocí por razones diferentes y que merece un escrito aparte. "Tranquila que ese es un loco fuerte, ese no se echa a la pena, se las arregla para seguir viviendo", le decía a Hermencia cada vez que regresaba de visitarlo en el monte.

Hermencia sigue yendo al psicólogo. Nos dijo que le ha servido muchísimo y lamentó que Ricardo no hubiera tenido esa oportunidad: "Si hubiera tenido una ayuda verdadera hubiera superado muchas cosas, muchos miedos, rabias y resentimientos. Al final nos quedamos sin nada".

Ella tampoco fue ajena a los escritos de Ricardo. Con consternación encontraba papeles con párrafos lúgubres: "Ahora yace mi cuerpo sin vida sobre la alfombra, y se preguntarán por qué a veces la vida no tiene sentido, y no hay salida hacia ningún camino. Todo es difícil". O simples frases: "El dolor de la columna se debe a cargar el peso de las utopías".

La última vez que vio a Ricardo fue el 16 de diciembre pasado, cuando se fue a visitar a uno de sus hijos a Ecuador y a pasar Navidad y fin de año. Me abstuve de preguntarle más detalles. Catalina también lo hizo. Repasamos unos álbumes de fotos de la familia Acosta González, desde que Ricardo era un niño, y nos despedimos cuando se acercaba la hora del almuerzo.

* * *

"Anoche llegaron los de Patascoy y hoy llegan los de Curillo, para la totalidad del grupo de entrega de 242. Ya sacaron la lista oficial. Hoy vino el 'mono Jojoy', nos sacaron a un campo abierto y nos habló mierda y nos dio orientaciones para la entrega." (24 de junio de 2001).

Mi última entrevista fue con Luis Almonacid. Fui solo porque Catalina se había ido para México. Ella no lo conocía ni había hablado con él. Yo estaba un poco más tranquilo con este encuentro: Luis tiene casi mi edad y se había mostrado muy informal por teléfono.

Nos pusimos la cita en Plaza de las Américas. Cuando lo vi y hablé con él pensé en lo parecido que es a la imagen que me había hecho de Ricardo. Un muchacho impecablemente vestido, perfumado, con el pelo muy corto y engominado, con ademanes de adulto pero con visos de adolescente.

Lo invité a almorzar y comenzó a contarme su historia desde el secuestro. Me impactó, y en cierta forma me avergonzó, darme cuenta de que me había formado una idea muy turbia de los amigos de Ricardo. Luis no era muy diferente a cualquiera de mis compañeros de la universidad.

Escuché con paciencia su extenso relato sobre el secuestro: 24 horas de combate, 120 soldados rasos y 80 policías divididos en tres grupos, dos bases accesorias y una principal, los modernos equipos de la guerrilla. hablaba emocionado mientras gesticulaba con las manos.

Más adelante me habló de su amistad con Ricardo durante el secuestro, de cómo Acosta - como le decía -se leía todos los libros que les mandaban a sus compañeros de cautiverio y de cómo le gustaba escribir. "Era un intelectual", concluyó. También me habló de la muerte de su madre, pocos meses después de haber sido liberado. "Mi vieja era por lo único que yo había salido". Los relatos se abrían como bifurcaciones de ríos, cada cosa nueva que me decía abría una corriente diferente.

Finalmente desembocamos en el 30 de diciembre de 2004. Hasta entonces había tenido versiones incompletas, oscuras y parciales. Luis hizo el relato directo, sin más desvíos o glosas:

"Esta tarde estaba con Giovanni Sarmiento (el otro amigo de Ricardo) y nos encontramos como a la una de la mañana con Acosta y su hermano Javier en una tienda cercana a la casa (por esa época Ricardo estaba peleando con Yamile y vivía con Luis y Giovanni en Kennedy). Ellos ya estaban bastante trageados. Nos alcanzamos a tomar como tres cervezas con ellos cuando el dueño de la tienda nos dijo que tenía que cerrar. Compramos una caja de aguardiente, nos fuimos para la casa y pusimos música en el televisor. Como a las tres de la mañana, Javier se quedó dormido y lo acostamos. Nos habíamos tomado por ahí tres cuartos de la caja, yo ya tenía mucho sueño, estaba mamado, hasta mal me había caído ese guaro. Le dije a Acosta que me iba a dormir. Él me dijo '¿ya va a sacar el culo Almonacid?... acabémonos la caja'. Igual me fui a dormir y al rato también se acostó Giovanni.

Lo siguiente que supimos fue que mi primo, que vivía en el apartamento de abajo de la casa nos despertó. Iba a trabajar en un puesto de Corabastos, como a las 4 a.m., y encontró a Acosta en el piso mientras gritaba y decía, 'ayúdeme, no me quiero morir'.

Sarmiento me despertó y me dijo, 'a Acosta como que lo jodieron, como que le metieron un tiro'. Llegué a donde estaba, cerca de la casa, frente a un lavadero de papa. Acosta estaba vivo y no me contestó. Yo le dije, 'todo bien pollito, todo bien'.

Los taxis no le paraban a Sarmiento, salían a mil apenas veían que tenían que llevar a un herido. Finalmente paramos uno y de una vez nos subimos. Entré con Acosta al hospital. Me sacaron de urgencia y al rato salió un médico y me dijo que estaba muerto. Y ya, después llegó Yamile y después los del DAS."

Con esas palabras Luis acabó su relato. Ricardo había salido borracho de la casa, y según cuenta una señora que tenía un puesto de jugos frente a la avenida de Las Américas, pasó la calle como si se dirigiera para Bosa. Al parecer iba para donde Yamile. Segundos después un par de jóvenes de no más de 15 años también pasaron la avenida y lo abordaron. Lo trataron de atracar. Lo siguiente que vio la testigo fue que Ricardo se devolvió herido, trató de regresar a su casa pero se fue de bruces sobre el andén. Le habían propinado tres puñaladas letales.

* * *

"Aquí en este sitio hay guerrilla como un verraco. Por lo menos unos tres mil hombres. Ya confiados porque están en lo de ellos: la zona de distensión. La seguridad es la misma de siempre y las recomendaciones las mismas. Sólo resta esperar con ansia estos cinco días que faltan para salir en libertad". (24 de junio de 2001).

Cuando me devolvía en el taxi pensé en la inexplicable relación entre el azar y el destino. Entre lo obvio y lo sorprendente. ¿Qué tenía que hacer yo ahora? Ya no se trataba de hacer la fe de vida de Ricardo después del secuestro; él mismo la hizo. Tampoco se trataba de hacer su fe de vida durante su cautiverio; a eso le ayudó Catalina. Mucho menos tenía que recrear su absurda muerte; probablemente de eso se encargó en su momento algún diario amarillista.

Pasé rápidamente por el frente del Cementerio de la 30 con 67, donde él está enterrado. Allá había estado meses antes Catalina, llorando apoyada contra la cripta mientras unos mariachis le cantaban a otro difunto; allá había estado Julián, en brazos de Yamile, señalando la lápida como señalaba las fotos de su padre el día que los visité. Y allá había estado Hermencia, cuando el día del entierro pidió que grabaran en la losa una frase que Ricardo escribió en una de sus cartas: "La guerra es la fiesta de los muertos".

"¡Por fin! Libertad, anhelada Libertad". (28 de junio de 2001).

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