Viernes, 9 de diciembre de 2016

| 2007/02/08 00:00

La increíble y dramática historia del militar que el ELN mantuvo cautivo durante cuatro años

El capitán Leonardo Nur Rangel recobró la libertad cuando las tropas se enfrentaron a la guerrilla y lo encontraron encadenado. Estaba tan aislado que ni siquiera sabía que al presidente Uribe lo habían reelegido.

"En medio de una operación en la que se enfrentaba al grupo armado, el Ejército se encontró con el oficial. Los soldados se lo arrebataron a seis subversivos, quienes lo tenían encadenado a un árbol en la espesa selva del cañón de Garrapatas, jurisdicción del municipio de El Dovio, límites entre los departamentos de Valle del Cauca y Chocó. Durante el ataque los uniformados le dieron muerte al guerrillero encargado de la custodia del oficial, los restantes cinco subversivos huyeron".

Cuantas historias más de horror se tendrán que escribir a diario para que los colombianos se sensibilicen ante el drama del secuestro. Aquí está una nueva historia con final feliz pero con un prólogo y un desarrollo que reflejan la deshumanización que arrastra este delito. Es el caso del capitán del Ejército Leonardo Nur Rangel.

Un hombre que el ELN mantuvo secuestrado durante cuatro años. Durante este largo cautiverio lo mantuvo amarrado a un árbol. Ninguno de los miembros de esta guerrilla le dirigía la palabra y cuando lo hacían era para humillarlo y maltratarlo. Esa misma guerrilla que hoy mantiene diálogos de paz con el presidente Álvaro Uribe Vélez ni siquiera le informó que al jefe del Estado lo habían reelegido. La historia es dolorosa y refleja un grado de decadencia abrumador.

Por ejemplo, los servicios de inteligencia del Ejército creyeron que ya el oficial estaba muerto y por eso lo habían dado de baja de sus filas. La familia, confundida, se quedó sin ninguna puerta dónde tocar. Todo por una guerrilla que actúa sin ningún acto de piedad. Basta decir que al capitán lo tenía el frente Che Guevara, insólitamente llamado así en honor a uno de los revolucionarios más éticos de la historia y que legó el pensamiento del Hombre Nuevo.

Este drama se inició en mayo de 2003 cuando el oficial fue drogado y cuando despertó estaba en una embarcación de la costa Pacífica, un barco camaronero. Hasta hoy cuando su familia y el propio Ejército lo daban por muerto, el capitán Leonardo Alfonso Nur Rangel resucitó. Este oficial de 35 años de edad que había sido secuestrado por células urbanas del Ejército de Liberación Nacional, ELN, en la ciudad de Cali desde el 18 de mayo de 2003, recobró la libertad durante una maniobra de rescate efectuada por unidades de contraguerrilla.

En medio de una operación en la que se enfrentaba al grupo armado, el Ejército se encontró con el oficial. Los soldados se lo arrebataron a seis subversivos, quienes lo tenían encadenado a un árbol en la espesa selva del cañón de Garrapatas, jurisdicción del municipio de El Dovio, límites entre los departamentos de Valle del Cauca y Chocó. Durante el ataque los uniformados le dieron muerte al guerrillero encargado de la custodia del oficial, los restantes cinco subversivos huyeron.

No obstante, los uniformados que comandaban la operación planeada con 72 horas de antelación y con más de dos meses de seguimiento e inteligencia, ignoraban la importancia del secuestrado. En efecto, sólo minutos después de transcurrido el ataque sorpresivo al campamento donde fueron ubicados los subversivos, comprendieron la magnitud de la acción de rescate.

El retenido era este capitán adscrito a la Quinta División del Ejército y quien para la época de su rapto adelantaba estudios en la escuela de relaciones civiles de Bogotá. Allí recibía capacitación para desarrollar operaciones sicológicas en la institución.

Acción planeada
 
Para el capitán Leonardo Nur, su secuestro no fue producto de un hecho fortuito, sino un acto de penetración subversiva. Esa afirmación la sustenta con el argumento de que los delincuentes que lo plagiaron tenían muy buena información sobre sus movimientos, su familia y su actividad.

“Lo único que recuerdo es que estaba en Cali y días después desperté con un fuerte dolor de cabeza y ya me encontraba en una zona costera y viajando en una pequeña embarcación camaronera”, dijo.

Precisamente esa embarcación fue su sitio de reclusión por un período de un año; posteriormente fue internado en la selva Pacífica y trasladado continuamente a varios cambuches.

De su cautiverio recuerda que la condición de oficial no le mereció ningún privilegio y por el contrario debió someterse a maltratos físicos y verbales. “Las humillaciones eran continuas. Me advertían que no me debía intentar escapar porque la zona estaba minada”, relató.

Insistió en que el momento más difícil fue justamente seis días antes de su rescate, cuando presenció una discusión entre su custodio y uno de los comandantes del grupo, “era de madrugada; llegaron repentinamente y me obligaron a empacar pocas cosas en una mochila. En ese instante presentía que algo andaba mal y temía lo peor”.

Añadió que por esa razón decidió escribir una carta de despedida a su familia, especialmente a su padre y recordó con tormento que este mes, el de febrero, era la fecha de su cumpleaños número 36, sino además el mes en el que falleció su señora madre.

“Para que me identificaran, decidí cicatrizar mi pecho, brazos y piernas con mi apellido, ya que pensaba que si me mataban me pegarían un tiro en la cabeza y me dejaría irreconocible”. Entonces él mismo se hizo las marcas.

Su intención era dejar una señal visible por si algún día lo encontraban y alguien podía darle la noticia a su novia, a la mujer de su vida, de la que jamás volvió a tener noticia.

Sin embargo, este jueves se produjo el ataque. El intercambio de disparos. Y él salió de entre el cambuche gritando su nombre. Entonces los soldados lo encontraron y le dijeron quiénes eran. Entonces él se enteró de que ya habían pasado cuatro años en los que habían pasado muchas cosas. Entre otras, la reelección del presidente Uribe. Noticia que ni siquiera el ELN le había permitido saber.

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