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| 5/16/2008 12:00:00 AM

La lista de Sendler

Murió la mujer polaca que arriesgó su vida para salvar la de 2.500 niños judíos del gueto de Varsovia durante la Segunda Guerra Mundial.

“Prométame que mi bebé va a vivir”, le suplicó la madre desesperada mientras le entregaba su hijo a esa mujer desconocida. Irena Sendler le respondió: “Lo único que puedo asegurarle es que si se queda con usted morirá”.
 
Hubiera deseado poder prometerle que el pequeño estaría a salvo, pero era consciente de que no podía; tenía que sacar a los niños del gueto de Varsovia sin que los nazis se dieran cuenta, para darles una nueva identidad y una oportunidad de crecer. Las deportaciones hacia los campos de exterminio ya habían empezado y sabía que cada uno de los 400.000 judíos del gueto estaba sentenciado a muerte. Ella misma estaba arriesgando su vida pues ayudar a esas personas significaba la misma condena.

Con ese coraje la trabajadora social polaca y su equipo cambiaron el destino de 2.500 niños. Ese fue el número de nombres que al finalizar la guerra hacía parte de una larga lista que ella guardó dentro de un frasco que enterró en el jardín de una casa vecina para protegerlos. Hoy, con motivo de su muerte a sus 98 años, es recordada como una heroína en su país. Sin embargo durante décadas, y pese a la dimensión de su obra, su historia pareció condenada al olvido.

Su nombre no suena tan familiar como el de Oskar Schindler, el industrial alemán que salvó alrededor de 1.100 judíos del Holocausto Nazi, cuya proeza se hizo famosa gracias a la película La lista de Schindler de Steven Spielberg en 1993. Y aunque en 1965 Sendler fue una de las primeras personas en recibir el reconocimiento del Yad Vashem, el Ente para el Recuerdo de los Mártires y Héroes del Holocausto, el régimen comunista no le permitió viajar a Jerusalén en ese momento para obtener su distinción (ella solo pudo hacerlo en 1983) y se encargó de silenciar su labor. Solo hasta 1999 un grupo de estudiantes de un colegio de Kansas se interesó en sacar a la luz su experiencia. Su profesor de Ciencias Sociales, Norman Conard había encontrado en una vieja revista una breve mención a Sendler y aunque al principio creyó que había un error en la cifra de 2.500 pues nunca había oído el nombre de esa mujer, pensó que sería un buen tema para investigar y participar en el concurso anual de historia. La información era muy escasa pero las alumnas corrieron con la suerte de poder contactar a la protagonista que vivía en un asilo. Así nació la obra de teatro Life in a jar (la vida en un frasco) que con más de 200 presentaciones en Polonia, Estados Unidos y Canadá se ha encargado de desenterrar las vivencias de Sendler.

“Irena siempre nos decía que los verdaderos héroes eran los padres que fueron capaces de separarse de sus hijos para salvarlos. Pero ella es la prueba de que una persona sí puede cambiar el mundo”, dijo a SEMANA Jaime Walker, una de las actrices que actualmente participa en la obra. En 2003 Irena recibió la Orden del Águila Blanca, la máxima condecoración que otorga Polonia, y el año pasado fue nominada al Nobel de Paz. También se rumoró que Angelina Jolie protagonizaría una película basada en la biografía Mother of the Children of the Holocaust: The Story of Irena Sendler.

Cuando los Nazis ocuparon Polonia en 1939 muchos habitantes decidieron apoyar a los invasores. A Irene, entonces una trabajadora social católica de 29 años, esto le parecía increíble. De niña había visto cómo su padre había sido el único médico que durante una epidemia de tifo permaneció en el pueblo de Otwock cuidando de sus pacientes, muchos de ellos judíos pobres. “Si vez a alguien que se está ahogando, debes saltar al agua y tratar de ayudarlo aunque no sepas nadar”, fueron las palabras que le dijo a su hija antes de morir víctima del contagio.

Irena trabajaba como administradora en el Departamento de Seguridad Social de Varsovia, y estaba encargada de los comedores localizados en cada distrito de la ciudad que distribuían comida, ropa y medicinas a las personas de escasos recursos. Su labor comenzó cuando se ingenió la manera de conseguir documentos falsos que le permitieron registrar a judíos como si fueran católicos para que pudieran recibir los mismos servicios ya que sus condiciones empeoraban diariamente. Además los anotaba en las listas de pacientes con tifo para evitar que fueran investigados.

Con el establecimiento del gueto en 1940, Irena se dio cuenta de que le sería imposible llevar a cabo esa misma tarea: los judíos, casi el 30 por ciento de la población de Varsovia, estaban hacinados en un pequeño sector de la ciudad encerrados detrás de las paredes de tres metros de alto. Por eso decidió unirse a Zegota, nombre en clave para el Consejo de Ayuda a Judíos, una organización polaca clandestina. Irena fue encargada de la división infantil y se convirtió en Jolanta, el nombre que usaba para su actividad secreta. Con un uniforme de enfermera y un pase del Departamento de Control Epidémico podía entrar al gueto permanentemente sin despertar mayor sospecha. La horrorizaban los niños moribundos por el hambre y las enfermedades, y la crueldad de los oficiales alemanes que usaban cuerpos y calaveras para practicar su puntería. “Vi estas y millones de cosas más que los ojos humanos nunca deberían ver”, contó Irena.

En el verano de 1942 se hizo evidente que el gueto era una especie de estación de paso en que los judíos esperaban la llegada de un tren que los llevaba a su destino final. Cada vez que entraba, Irena se dedicaba a tratar de convencer a los padres de que le entregaran a sus hijos para por lo menos aumentar sus posibilidades de salvarse. “Fui testigo de escenas infernales. Papás que accedían a separarse de los niños, pero luego las mamás se negaban. Les decía que volvería el día siguiente y cuando lo hacía muchas veces me encontraba con que la familia había sido llevada a un campo de concentración”. Cuando los padres aceptaban la ayuda, Irena tenía que organizar de inmediato el plan de escape con sus 25 colaboradores: 10 estaban encargados de sacar a los niños, otros 10 de encontrar familias polacas que los recibieran, y cinco de conseguir documentos falsos para ellos.

Si se trataba de bebés por lo general los sedaba para que no lloraran mientras los sacaban en sacos de comida, o cajas e incluso ataúdes. También los escondía debajo de las camillas de las ambulancias. Muchas veces sus colaboradores llevaban un perro entrenado para ladrar cuando un niño lloraba y así evitaban que los guardias lo oyeran. Elzbieta Ficowska hizo parte de esta lista. Tenía cinco meses cuando la sedaron y ocultaron en una caja de herramientas, que un obrero cargó hasta ponerla en un camión de ladrillos. La mujer que la adoptó era una de las encargadas de buscarle casas a los niños. El único recuerdo que le dejó su mamá biológica era una cuchara de plata con su apodo “Elzunia” y su fecha de nacimiento: 5 de enero de 1942. Durante unas semanas ella llamó por teléfono para que le permitieran oír los balbuceos de la bebé. En octubre de 1942 no volvió a hacerlo. A los 17 años Elzbieta se enteró de la verdad y en su recorrido para recuperar sus raíces se encontró con Irena a quien considera “su tercera mamá”.


Los niños más grandes huían a través de las alcantarillas y otros pasajes subterráneos secretos que terminaban en el edificio de los juzgados municipales que colindaba con el gueto. También había una iglesia vecina, pero la entrada estaba vigilada por soldados alemanes. Por eso Irene les pedía a los papás que vistieran bien a los niños y a los que ya sabían hablar les enseñaba una oración católica y a persignarse.

Quizás más difícil era encontrarle un hogar a los pequeños fugitivos pues existía la pena de muerte a quien escondiera judíos. Debido al riesgo muchas veces tuvo que cambiar niños de una familia a otra. “¿Cuántas mamás puede tener una persona? Esta es mi tercera mamá”, recuerda que le dijo un niño. Por eso muchos llegaron a conventos y orfanatos a los cuales Irena escribía diciendo que enviaría una donación de ropa. Cuando esto ocurría, en esos lugares ya sabían que entre la ropa podían encontrar un bebé. En servilletas, y toda clase de papeles ella escribía el nombre original del niño, su nueva identidad y en clave, su ubicación.

Pero en octubre de 1943 un informante alertó a los nazis, que enviaron a 11 oficiales a arrestarla. Cuando ella se dio cuenta de que su casa estaba rodeada le entregó sus papeles a una de sus compañeras quien los escondió en su ropa interior. Irena fue encerrada en la cárcel de Pawiak donde la torturaron para obligarla a delatar a la red de colaboradores. Pero no reveló un solo nombre aunque le fracturaron los brazos y las piernas. Las cicatrices nunca se borrarían de su cuerpo y después de eso siempre usó muletas o bastón para caminar. Aunque fue sentenciada a muerte, miembros de Zegota entregaron una bolsa llena de dinero a uno de sus verdugos, quien a cambio firmó su acta de defunción y la dejó escapar.

Con una nueva identidad Irena continuó ayudando a más judío, recuperó su lista y la enterró con la esperanza de que al finalizar la guerra pudiera usar los datos para reunir a la mayor cantidad de familias. Pero la mayoría de los padres habían muerto en las cámaras de gas de Treblinka.

Irena recuerda que muchos años después, cuando su labor empezó a ser reconocida recibió una llamada que la llenó de emoción. Se trataba de un pintor que reconoció en la foto de un periódico a una mujer que solo recordaba como Jolanta: “Me acuerdo de su cara. Usted fue quien me sacó del gueto”. Desde entonces muchos de los niños de su lista tuvieron la oportunidad de darle las gracias. Como ella misma dijo, ayudar a salvarlos, “ha sido la justificación de mi existencia en la tierra”.

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