Jueves, 8 de diciembre de 2016

| 2008/05/27 00:00

La mano negra

Haciendo su tesis de periodista a *Julian le robaron la cámara de video. Lo difícil fue tratar de recuperarla en un peligroso barrio de Medellín.

La mano negra

Era diciembre de 1996 y la ciudad no era la misma desde la desaparición de Pablo Escobar. La muerte del capo había dejado a muchas pistolas sin trabajo y a muchas oficinas sin cobrar. Sin cabeza visible, la horda delincuencial buscaba desesperadamente algo qué hacer para satisfacer el apetito desmedido de las grandes riquezas conseguidas en poco tiempo y sin mucho esfuerzo, a que se habían mal acostumbrado.

El barrio Antioquia no era la excepción. Esa enorme dispensa de drogas y armas para la ciudad, ahora trabajaba para el que la pudiera pagar, y las “plazas” se disputaban su territorio con sangre. Cada cuadra era un campo de batalla con su vecino, “El Coco”, “La Cueva”, “El Chispero”, “La 24”, “El Lavadero”, “Los Talleres”, “Los Ranchitos”, eran espacios vedados para unos y la última morada para cientos de muchachos. El Cura párroco Alejandro hasta la fecha, tenía entre sus oficios religiosos más de mil misas de jóvenes muertos en cinco años de guerra en el barrio.

Ir al barrio a comprar marihuana ya no era el parche para armar la rumba, mercar para el paseo o la acampada, era estar expuesto a morir en una balacera fortuita y dar la vida por un ‘bareto’. Eso para los más sanos. Los más de malas, morían accidentalmente cuando un “pepo” demente y desprovisto de miedo los asesinaba para probar el arma que le acababan de vender en alguna plaza.

Por estos motivos pensé llamar mi tesis “Zona de Tolerancia”, porque allí todo se toleraba. Promovido por el mismo gobierno local incluso, quien en la década del 50 emitió un decreto en donde todas las casas de prostitución y todo lo que rodeaban estos centros, fueron trasladados al Barrio Trinidad, que desde entonces, pasó a conocerse popularmente como el Barrio Antioquia, decretándolo “Zona Única de Tolerancia” de la ciudad. Condenando a los primeros moradores de este barrio a tener que sortear toda la ilegalidad que se trasladó a sus calles. El gobierno de esa época, creía que así limpiaría los problemas de la ciudad. No le faltó sino meter a toda esta gente en tres barcos y creer que caerían por el abismo final del océano.

Después de Escobar, quedó un mafioso que mandaba más que todos los emergentes delincuentes del barrio: *“El Señor Jara”. Quien con el visto bueno del Asesor del Programa de Paz y Convivencia de la Ciudad de esa época, decretó el primer proceso de paz urbano exitoso para el barrio Antioquia y para Medellín. Así no está escrito oficialmente, y nunca lo estará, pero realmente fue así como ocurrió: se llamó al orden a los líderes de los combos, se implantaron las normas del nuevo patrón y se pasó a decorar cada cuadra con papeles y plásticos finamente cortados, que iban de lado a lado de la calle llenando de colores el cielo. La algarabía de la gente era total y se festejaba en cada cuadra la paz con marrano y guaro para cada combo. Sobraba marihuana, perico, diablitos, bazuco, voladores y pepas. Como contrapartida el gobierno les consiguió 50 empleos de barrenderos o “escobitas”, a estos delincuentes y matones profesionales.

La paz estaba acordada y pactada. No se podía ir “pepo” y “rambotizado” al otro barrio a dar bala porque ya sabía cada combo lo que le esperaba: la mano negra oficial y no la interminable venganza del ofendido, que había sumido al barrio en más de cinco años de guerra interminable y de balaceras indiscriminadas a cualquier hora del día.

Y ahí estaba yo, en pleno diciembre buscando la manera de hablar con el “Patrón” para que me ayudara a recobrar la cámara que me habían robado.  Era un sábado y pasaban las nueve de la noche, cuando fui a una salsamentaria que actuaba como fachada de la oficina del “Señor Roldán” y le dije a “Mao”, un segundón suyo que atendía el negocio con un 38 sobresaliéndole por la pretina del pantalón, que me ayudara a recuperar la cámara, que estaba dispuesto a pagar por ella al ladrón para que me devolviera el aparato y el material que había grabado: una singular marcha con banda marcial, saltimbanquis y payasos, que acompañaban a los niños de pre-escolar del barrio que celebraban la libertad de poder estudiar tranquilamente en sus planteles. Era el final feliz del documental, pero la realidad me decía lo contrario, que ese no era el final del barrio ni mucho menos el mío o el de mi documental.

La gente festejaba por todos lados, menos yo. La cámara no era mía, me la habían prestado y no tenía un peso con qué pagársela a su dueña. Y lo peor: la cámara tenía un valor sentimental incalculable, pues era el último regalo que le había hecho su padre que ahora estaba secuestrado, me dijo. No lo pensé más, como fuera tenía que recuperarla y para eso tenía que contar con la ayuda del único que podría aparecer y desaparecer las cosas en el barrio. Eso sí, con mucho miedo de enfrentarlo y de pedirle semejante favor, sabiendo que esto me traería malestar y muy seguramente un nuevo enemigo.

Pedí una cerveza y pensaba seriamente tragarme una pepa para ver si se me quitaba ese miedo, pero debía estar alerta y no como un zombie, decliné probar lo que se siente estar “rambotizado” en frente del patrón. El hombrecito del 38 no me decía nada al respecto de la vuelta, si me iba ayudar con el patrón o qué. De pronto las luces altas de una Toyota iluminaron el grafiti que estaba oculto en el paredón de la calle: “LA MAFIA”, decía entre manchas de aerosol negro. Se bajaron dos gordos de la camioneta, gordísimos para mí, atrayendo las miradas y despertando los comentarios y murmuraciones de todos los presentes en el lugar.

Era “El Señor Jara” y sus guardaespaldas. Dios me estaba ayudando con la cámara pensé. Se sentó en una silla roja de plástico mientras sus guardaespaldas pedían gaseosas para ellos. Se sentó en el fondo de la salsamentaria recostando su espalda contra la pared, desde donde contemplaba estratégicamente las tres puertas del local y las esquinas del frente de la calle. No me atrevía a mirarlo fijamente para no ofenderlo, ni mucho menos, aunque me muria de ganas por hablar con él tan sólo cinco minutos. El hombre escuchaba atento a “Mao” y se reían, hasta que escuché que le pidió mi favor y no de la mejor manera: “vea, por aquí están estos periodistas que vienen y se desaparecen y después vuelven a pedirle favores a uno de una cámara que le robaron…..esas son las maricadas que no le gustan a uno, tantos problemas y chismes por ahí y uno en la mitad”. Un frío helado recorrió mi cuerpo mientras giré mi rostro para ver la cara del que hablaba a mis espaldas, hundiéndome frente al patrón, cuando de repente sonaron cinco tiros secos, uno tras el otro, pausados, serenos y escandalosos. Al principio parecieron papeletas, pero al cuarto estallido, el pánico se tomaba las calles y la histeria de varias mujeres hicieron temer lo peor cuando un hombre que salía corriendo del local del frente, guardaba presuroso su revólver en la espalda. Habían asesinado a alguien y el patrón estaba en primera fila. Al instante de lo ocurrido y diciéndole a “Mao” que después terminaban la conversación, “El Señor Jara” y sus guardaespaldas partieron en medio de la noche sin hacer ruido mientras del local del frente cuatro hombres tomaban al baleado bañado en sangre de pies y manos, buscando desesperadamente un auxilio. La mano negra había dejado otra vez su firma.

Al día siguiente por una informante amiga en el barrio me enteré que la cámara tenía por precio balas revestidas de arsénico y que si quería recuperarla tendría yo que matar al ladrón para quitársela o dejar que me mataran por tratar de ladrones públicamente en demanda por robo, a unos pacifistas entregados a la limpieza social de su reducto.

De ahí nació mi exilio forzoso a las selvas del Chocó y mi lucha por la supervivencia en tierras donde los “paras” entraban a disputarle a la guerrilla con sangre y motosierra, el control territorial del Urabá Chocoano. Y yo huía en mi travesía, sin quererlo, a su encuentro, en busca del paraíso perdido que estaba al otro lado del Golfo bananero, en Cabo Tiburón y la “piscina de los dioses” en el mar azul de Capurganá.
Doce años después las cosas no han cambiado mucho. El asesinato al parecer de un taxista ha desencadenado la muerte de un policía, de un civil y la sed de venganza de varios heridos en una balacera callejera como las que acostumbraban los combos de lado y lado de la avenida 65, algunos años atrás. Ya no está “El Señor Jara” pero continúa la gran expensa de drogas, armas y delitos en el barrio Antioquia.

Lo que todavía persiste es la tolerancia social al delito, a la impunidad y al silencio descarado que sobrevive al atropello. Como el que sentí cuando el jefe de redacción de un periódico en Medellín, me dijo que estas crónicas no le interesaban porque ya habían pasado hace mucho tiempo y no le aportaban nada diferente a nadie.

* Nombres cambiados
 
 
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