Sábado, 10 de diciembre de 2016

| 2003/07/21 00:00

La 'Reina rumba'

Con la muerte de Celia Cruz fueron muchos los momentos de su vida que se evocaron, los comentarios sobre su música y sobre la alegría que siempre la caracterizó. Los periodistas que tuvieron la fortuna de hablar con ella por motivos del oficio nunca podrán olvidar ese momento, fueran o no sus fanáticos. Santiago Rodríguez, periodista y presentador de la Banda Francotiradores, cuenta cómo ese instante en que se encontró con la cantante fue sin duda la 'Reina rumba'.

La 'Reina rumba'

No tengo claro cuándo hicimos el programa de Francotiradores al que fue Celia Cruz. Creo que fue en el 2001. Cuando la vi entrar por la puerta del estudio tres de RCN, se me vino a la mente el día que la conocí cuando era periodista de El País en Cali. La verdad, Cali le sentaba bien a ella. Se veía en su clima, hiperactiva, saludando y riéndose a mandíbula batiente con unas gafas de sol enormes en el lobby del Hotel Intercontinental. Parada ahí en el estudio de Francotiradores, con un calor artificial dado por las luces, era sólo una artista a punto de dar una entrevista, eso sí, sin perder la cordialidad, pero no igual de sandunguera a la que apuraba a todos esa tarde caleña para ir a almorzar en un restaurante típico del norte: "Bueno mis amores, les pido un permiso porque tengo un sancocho en espera", y se echaba a reír bajando sus brazos hasta las rodillas cubiertas por un pantalón blanco que terminaba en unos extraños zapatos de tacón a medio pie. La verdad, esa tarde de calor, no dejé de mirarle los zapatos y de peguntarme cómo hacía esa señora para moverse con esa sabrosura trepada en esos zancos extraños. Por eso, cuando se acercó a saludar en Francotiradores, lo primero que hice fue mirarle los zapatos. Qué estupidez.

El Hotel Intercontinental estaba atestado de gente y cuando ella bajó del ascensor para la pequeña entrevista -ya los medios estábamos organizados por turnos- venía hablando sobre el aire acondicionado. Que muy fuerte. Entonces, como si yo la estuviera oyendo desde hace rato, se volteó a mirarme y remató sus palabras con un "¡Ay muchacho es que parece que estuviera en Bogotá!... lo que voy a necesitar es una ruana". Esa señora, semejante señora, me metió en una charla en donde yo no tenía nada que ver. Con esa cosa tan sencilla, ella rompió ese molestoso silencio que existe minutos antes entre entrevistado y periodista. Yo, como redactor biche, iba a empezar con lo de costumbre: "Celia, ¿Cuánto hace que no venía a Cali?" y va y me sale la negra con lo del aire. Me puse nervioso, no supe con qué seguir y sólo atiné a cazar su frase con una sonrisa pendeja.

La verdad, desde que me dio por coleccionar salsa por allá a final de los 70, motivado por mi único ídolo, Eddie Palmieri y su LP de 1962 "Mozambique", mi espectro musical no salía de Joe Cuba, Tito Puente, Ray Barreto, Machito, Beny Moré, Tito Rodríguez, Willie Bobo, Joe Bataan, La Lupe, Héctor Lavoe, Mongo Santamaría y otros cuantos. Pero de Celia tenía lo básico. Lo necesario para poner entre amigos. La Sonora Matancera y Celia para mí eran como la Biblia: muy importante tenerla, pero ¡quién se ponía a oír todo eso! Sin embargo tenía su biografía, la única que existe, la de Humberto Valverde, los recortes de prensa, cuando iba a Africa, o le entregaban un honoris causa en Yale o la foto con Frank Sinatra en el Kennedy Center.

Entonces me di cuenta ese día, despidiéndome de ella en la puerta del Intercontinental, después de una entrevista entrañable, que de Celia no tenía nada. Bueno, los discos, pero y qué. Ahora tenía su esencia. Esa que me empapó cuando me dejó quieto con semejante comentario de mamá en paseo: "...lo que voy a necesitar es una ruana". Eso era ella. Una mamá de paseo por la tierra, regalando sonrisas, cariñitos, frases sueltas y claro, canciones, pero sin un gramo de arrogancia ni ínfulas de diva, como sí hay muchas ahora al estilo Gloria Estefan, Jennifer López, Talía, Paulina Rubio, Shakira, que están a 10 metros de su público, con guardaespaldas, entrando por donde salen y saliendo por donde entran para despistar, que hablan sólo 10 minutos con cada medio de comunicación, enmarcadas en una escenografía plagada de velas y telas ¿Esas son las estrellas latinas de ahora? A Celia nadie, nunca, ninguna mujer de nuestra fría farándula latina le va a dar la talla como persona y artista.

Por eso, con la noticia de su muerte, fue mucho lo que se habló, la música que se recordó, las anécdotas y los parientes lejanos que se dieron a conocer. Pero más allá de los recuerdos que seguro podíamos tener los que coleccionábamos su música -aunque repito, profeso una anómala fascinación por Eddie Palmieri-, con la muerte de Celia Cruz, muy adentro de nosotros quedó la sensación amarga de perder a un ser querido. Y en este párrafo estoy contando a los que en su vida jamás tararearon "Burundanga" o que sabían más de maternidad de gallinas que de la vida de la Guarachera.

Con el simple hecho de verla aparecer en televisión de vez en vez, sacudiendo su redonda cadera de matrona, pero siempre bien puestecita, con una peluca que la hacía ver como una de esas rubias eléctricas modernas, o con oírla siempre gritar "¡Azúcar!" o viéndola aparecer con personajes tan disímiles a su lado como Luciano Pavarotti, David Byrne, el rapero Wyclef Jean, Los Fabulosos Cadillacs, el gitano Azuquita, Zucchero, Dionne Warwick, a uno le daba la sensación de que era la abuelita rumbera, molestosa y alcahueta que nunca tuvimos. Esa abuelita a la que siempre invitaban porque llamaba la atención con su bemba grande botando sonrisas a carcajadas y hablando sin pena de todo.

Creo que ahí esta la clave de llorar su muerte: sí, se fue la Reina Rumba. Pero, ¿Dónde vamos a encontrar otra mujer tan enorme de corazón y música que nos llene con esa esencia de dulzura y amor que ninguna otra figura en nuestro planeta nos haya despertado? Ni siquiera Evita, o la Madre Teresa de Calcuta, o Lady Di, o Grace Kelly. No.

Se nos robó el corazón una negrita cubana nacida en el barrio Santo Suárez que quiso ser maestra normalista pero que le pudo más el canto con tal de ganarse una torta y una cadenita de plata por allá en La Habana de 1947. Miren qué ingenuidad: una torta y una cadenita, cuando en verdad, se ganó nuestro cariño como si fuera una madre.

*Periodista y presentador del programa La Banda Francotiradores

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