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| 12/4/2007 12:00:00 AM

La tía de los suspiros

Gerardo Alférez recuerda a una señora arrugada, de pelo desordenado y solo dos dientes, que alegraba las calles de su barrio en Bucaramanga.

Simplemente era la Tía. A secas. Se paseaba mañana, tarde y noche en aquellos años setenta por las calles del tradicional barrio La Victoria en Bucaramanga, sin que ella misma supiese su nombre, su edad y su destino.

Aparecía como por encanto sin ser llamada como presagiando la necesidad del algún mandado, un recado, o alguna de las cosas que por encargo esporádicamente vendía. De muy corta estatura, enjuta como ella y un cabello que aunque limpio nunca conoció el orden, era uno de los tres personajes que no podían faltar en la diaria cotidianidad de aquel apacible espacio de calles amplias y gente cordial.

Su paso por la carrera 19 siempre era intencional. Allí estaba la tienda de don Agustín y como el mejor de los sabuesos llegaba justo cuando estaba encargado del local Chucho, uno de los hijos del dueño. Era un placer y un goce mutuo que se alargaba en el tiempo entre la tomadura de pelo de Chucho y la risa contagiosa de la Tía. Su sonrisa con sus dos dientes únicos y sus incontables arrugas lo valían todo. Era el mismo rito que se cumplía siempre y al cual ella se sometía con la sola esperanza de poder recibir como compensación un "suspiro", nombre con el que ella llamaba a los merengues blancos como un nevado y dulces como la miel.

Desde ese momento no he podido desprenderme de la evocación de sus históricos cotidianos, recayendo de cuando en vez en su risa y sus suspiros.

Yo dejé el barrio unos años después, pero las calles se vinieron conmigo. Ella, la Tía de nunca y de siempre, también con el tiempo dejó las calles y regresó al sitio que le perteneció desde el primer día. Debe estar en el cielo disfrutando con las blancas nubes, riendo sin parar con tantos suspiros dispuestos para ella sola. Por eso, cada vez que llueve, es como un pedacito de la Tía que vuelve a las calles de su barrio.

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