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| 3/12/2008 12:00:00 AM

La tortura de los buenos

George W. Bush acaba de abrir la puerta a que la CIA torture sin violar la ley. Con ello ha incluido a Estados Unidos en el club de la infamia. Por Mauricio Sáenz*

Nadie es capaz de imaginar de verdad cómo se siente morir. Eso, a menos que uno haya sido sometido a un procedimiento muy mencionado por estos dias. Washington lo llama “waterboarding”, pero detrás de ese eufemismo, que parece sugerir un deporte extremo, se esconde una realidad siniestra: es un método de tortura.

A la tortura no le caben adjetivos. De nada sirve llamarla inhumana, brutal, salvaje, cruel, feroz, sádica, atroz, despiadada. Siempre será la misma, aunque tenga muchas formas. Lo malo es que esa práctica, que se consideraba abandonada para siempre, ha regresado por la puerta de atrás. El presidente George W. Bush, quien dirige al país que creó la democracia moderna en el siglo XVIII y presume hoy de ser la guía moral del mundo, decidió el sábado pasado vetar una ley que hubiera prohibido a la Agencia Central de Inteligencia (CIA) practicar la tortura.

Aunque la norma vetada menciona otras “técnicas mejoradas de interrogación”, los observadores se han centrado en el “waterboarding”, pues recientemente el propio gobierno admitió que lo había practicado al menos a tres de los sospechosos de planear los atentados del 11-S, y porque varios altos funcionarios se han negado a caracterizarlo como lo que en realidad es: tortura pura y simple.

El procedimiento es limpio y sencillo: primero, hay que vendar los ojos del prisionero. Luego, acostarlo boca arriba con la cabeza en la parte más baja de una especie de camilla inclinada, y asegurar sus extremidades con los grilletes dispuestos al efecto. Acto seguido, se le envuelve la cabeza con un trapo (algunos han resuelto hacerlo con un celofán). Y entonces llega la parte culminante. El verdugo vierte agua sobre la boca y las fosas nasales del sospechoso.

Es un acto que no deja marcas visibles, pero sus efectos son tan aterradores como cualquier forma de tortura. Con el primer chorro de agua, el sospechoso experimenta la sensación de que se está ahogando y de que su muerte es inminente. De inmediato se produce el reflejo faríngeo que tapona la glotis. Pero la entrada de agua a los pulmones es inevitable. El “waterboarding” es, en realidad, un método de ahogamiento controlado, y, por lo mismo, es tan aterrador como la muerte misma.

Las víctimas de este sistema de tortura entran de inmediato en una desesperación que, en casos extremos, puede llevar a la fractura de piernas y brazos, que se mueven en forma incontrolable en busca de un vía de aire. Los dolores del tórax pueden ser extremos y, si el “médico” a cargo de vigilar el procedimiento, se equivoca en la cantidad de agua que ha entrado a los pulmones, la consecuencia puede ser la muerte. Si ello no ocurre, como pasa en la mayoría de los casos, el sospechoso queda listo para que lo amenacen con la siguiente sesión. Puede recuperarse físicamente muy pronto, pero las cicatrices sicológicas son irremediables.

Es un procedimiento, como todas las torturas, que muchos no podrían ni siquiera presenciar. Pero ahora el presidente de Estados Unidos, con su veto del sábado, ha abierto la puerta para que sea considerado un procedimiento aceptable.

Para hacerlo, argumenta que vivimos tiempos peligrosos, que el mundo está lleno de tipos malos que están dispuestos a matar tantos norteamericanos como puedan y en las formas más disímiles. Según su argumentación, Washington debe disponer de todos los instrumentos necesarios para defenderse, y eso incluye las “técnicas mejoradas de interrogación”.

La histeria nacional creada, entre otros, por los medios norteamericanos en colusión con su gobierno, han llevado a que una buena parte de la opinión pública norteamericana esté dispuesta a aceptar la tortura. Y de paso, a creer que solamente mediante esa metodología bárbara es posible extraer la información necesaria para mantener la seguridad nacional. Pero ese recurso extraordinario, como siempre que se juega con el mal para convertirlo en instrumento, es más peligroso que útil.

Para empezar, Bush envía un mensaje que puede ser dolorosamente contraproducente. Es fácil imaginar a los déspotas de cualquier parte del mundo frotándose las manos: si Estados Unidos lo considera legal, ¿porqué no aplicarlo?. De ahora en adelante no habrá argumento para considerar criminal a quien torture de ese modo a un soldado norteamericano en alguna remota parte de la Tierra. No hay que olvidar que el mismo waterboarding, cuyo origen remoto está en la Inquisición, fue utilizado en el capítulo filipino de la guerra hispano-americana de 1900, y que los oficiales responsables fueron castigados. Ni que los soldados japoneses que la aplicaron en la Segunda Guerra Mundial fueron juzgados como criminales.

La asfixia simulada es una pésima forma de conseguir información, sencillamente porque el afectado está dispuesto a decir cualquier cosa con tal de que la tortura se detenga. Los servicios de inteligencia del mundo saben que no es posible confiar en los datos conseguidos de esa manera. A lo que se agrega el envilecimiento inevitable de quienes aplican la tortura, que a la larga resultan tan afectados sicológicamente como las victimas. 

El envilecimiento es además colectivo, cuando el país que inauguró las libertades civiles en el mundo entrega su honor por tan poco. Porque aceptar cualquier forma de tortura no es otra cosa quedar en la misma categoría de regímenes que pasaron a la historia de la ignominia. Bush quedará en la misma foto con Hitler, Pinochet, Pol Pot, Saddam Hussein y Galtieri, para mencionar solo unos pocos

Y lo peor al final: John McCain, el candidato republicano que podría llegar a la presidencia de Estados Unidos a caballo de unas bien ganadas credenciales de heroísmo e hidalguía cuando fue prisionero en Viet Nam, víctima él mismo de la tortura, expresó su apoyo a Bush. ¡De lo que son capaces en Estados Unidos para ganar una elección!.

 
Mauricio Sáenz es editor internacional y jefe de redacción de Semana




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