Domingo, 11 de diciembre de 2016

| 2006/12/06 00:00

La triste historia del niño pescador que murió tras comerse un pez vivo

Édgar Gómez Echavarría quería que la pesca fuera buena. Para eso, siguió la tradición legendaria de la Ciénaga de Oro de matar al primer pez atrapado de un mordisco. Pero falló en el intento y éste lo asfixió.

Es costumbre en la Costa Caribe la de matar el primer pez atrapado para que la pesca sea buena.

José Edgardo Gómez está desolado. Se siente culpable por no haberle podido salvar la vida a su hijo, Edgar Gómez Echavarría, de 14 años. Él cree que de una u otra forma lo llevó a la muerte porque lo inició en las artes de la pesca con los mismos agüeros de su padre y de su abuelo, quienes a su vez las aprendieron de muchas generaciones atrás como todos en el Bajo Sinú, en Córdoba.

Una de ellas señala que para que la jornada sea buena hay que llevar a la boca al primer pez que se atrape y matarlo de un mordisco.

De esta manera, ese será el punto de partida de una actividad fructífera. Así, creen ellos, al final de la jornada las embarcaciones de madera volverán rebosantes de pescados.

Eso fue lo que intentó hacer el pequeño pescador a las 3 de la tarde de este martes. Estaba allí con su embarcación, su atarraya y sus carnadas junto a otro grupo de niños que seguían las instrucciones del padre del menor.

Uno de los niños recuerda que el día pintaba bueno porque en la mañana habían estado jugando ya que empezaban a disfrutar de las vacaciones escolares. Todos estudiaban segundo de primaria en la escuela de la Vereda de San Miguel del municipio de Ciénaga de Oro donde vivían.

Se trata de una región de paisajes con todas las gamas de verde, amplias llanuras y como casi toda Córdoba con extensas sabanas que se pierden en el horizonte.

Históricamente aquí todos son diestros pescadores pues la Ciénaga está bañada por centenares de caños, ríos y riachuelos que les da el sustento económico. Hasta hace algunos lustros en el fondo de muchas quebradas había oro por lo que los niños y grandes pasaban las cálidas jornadas buceando a pulmón limpio bajo las aguas diáfanas en busca de las pepitas que los sacara de la miseria.

Pero el oro se acabó y sólo le dejo el nombre al municipio –Ciénaga de Oro– que hoy tiene 30.000 habitantes.

Contrario a los aguaceros que han arreciado en las últimas semanas, hasta el clima indicaba buenos presagios ese martes trágico porque los testigos recuerdan que la temperatura era alta y el cielo azul claro.

El pequeño Édgar había iniciado su pesca apenas unos minutos cuando atrapó una pequeña trucha que no vaciló en llevarla a la boca.

El pez en su intento por sobrevivir empezó a agitarse y el niño se lo pasó. Las aletas del animal se abrieron y le bloquearon la tráquea.

El padre corrió en su ayuda y trató de ayudarlo. Al comprender que la situación era un caso que se le salía de las manos, decidió subir al pequeño a su moto y partió para el corregimiento de Rabo Largo –también de Ciénaga de Oro– en donde creía encontraría ayuda. Allí llegó a las 4 de la tarde.

Sin que nadie supiera socorrerlo se fue raudo para El Camus (Centro de Atención Ambulatoria) del barrio El Prado, en el municipio de Cereté. Ya era demasiado tarde. “El niño nos llegó sin signos vitales. Ya no había nada qué hacer”, contó la enfermera Rosario Muñoz que lo recibió en sus brazos.

El padre tomó a su niño muerto –sintiéndose profundamente culpable– y decidió cargarlo hasta el municipio de San Carlos en donde vivía su esposa y madre de la criatura: María Teresa Echavarría.

El papá no quiso que nadie más le diera la noticia sino que asumió ese costo porque se sentía el único responsable.

El cadáver del niño fue dejado en una humilde morada de San Carlos en donde este miércoles era velado.

Junto a su féretro están los demás niños pescadores, la madre y el padre. Y la niña menor de la pareja, de 8 años.

“Murió por asfixia. El pez le quitó la posibilidad de que le entrara oxígeno a su cuerpo y al no ocurrir esto debió haberle sobrevenido un paro cardiorrespiratorio en cuestión de segundos. Científicamente en caso de que no haya reanimación en un minuto es muy difícil salvar a un paciente. El padre estuvo corriendo con el pequeño durante una hora en la moto antes de llegar a un centro asistencial. Ahí ya no había nada que hacer”, dice el médico Hernando Lozano.

La tragedia del pequeño Édgar refleja los riesgos de una legendaria tradición no sólo del Bajo Sinú sino en general de los pescadores de las Costa Caribe.

Muchos de ellos cuando al mar o al río lanzan su atarraya para atrapar bocachicos, nicuros o bagres, se meten un pescado vivo a la boca para atraer más animales a la red. Con frecuencia estos animales (que miden entre 15 y 50 centímetros) brincan y se salen de la embarcación para volver al agua o se escapan por los orificios de la atarraya o del trasmallo.

Por eso los pescadores les dan golpes para inmovilizarlos o, en su defecto, los muerden para dejarlos moribundos. Édgar intentó hacerlo pero no contó con la suerte de los veteranos.

Un veterano tan curtido como su padre que ha vivido toda su existencia de la pesca y hoy está allí junto al féretro de su hijo profundamente desolado.

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