Sábado, 10 de diciembre de 2016

| 2005/05/22 00:00

La universidad de la resistencia

Más de 20 comunidades en resistencia civil crearon una universidad. Allí se aprende que la utopía puede llegar a ser realidad.

En marzo pasado se reunieron en una vereda a orillas del río Caguán casi medio centenar de campesinos. Venían de diferentes sitios del país y representaban más de 20 experiencias de resistencia civil contra la guerra.  Algunos viajaron por más de 70 horas en bus, chivero, y luego en lancha para llegar hasta el sitio donde se desarrolló la segunda versión de la Universidad Campesina que desde el año pasado vienen impulsando en el Urabá chocoano, en la Sierra Nevada, el sur del Bolívar, el Oriente antioqueño, en el valle del Cimitarra, en el Caguán, en Urabá, en el norte del Cauca, por mencionar apenas algunas de ellas.  Esta vez, durante cuatro semanas, intercambiaron saberes y experiencias sobre la tierra y la agricultura.

Compartieron semillas, aprendieron a reconocer especies amazónicas, a conservar animales, a hacer producción orgánica y manejar el medio ambiente.  Y se pusieron una nueva cita. A mediado de este año harán una nueva sesión de la universidad, esta vez para hablar de medicina tradicional, la que aprenderán de viva voz de los chamanes, mamos y jaibanás indígenas. Así como de los colonos que han develado los secretos de la selva en años de sobrevivencia en la manigua.La universidad campesina es uno de los proyectos que mayor entusiasmo suscita entre las comunidades de paz.  Nació el año pasado en San José de Apartadó como un proyecto para el intercambio de experiencias entre comunidades que le han dicho no a la guerra.  Comparten problemas idénticos.  En sus comunidades hay poca presencia del Estado, sufren con frecuencia de bloqueos de alimentos y medicinas; suelen ser desplazados y muchas veces terminan siendo detenidos y acusados por un bando y otro.  Y aunque tienen todos estos problemas comunes, cada comunidad tiene sus particularidades culturales y políticas. Algunas son indígenas y tienen sólidos procesos de organización. Otras son afrodescendientes. Otras son colonos tradicionales. Otros resisten los embates de las fumigaciones y de las operaciones militares en zonas de cultivos de coca.  Unas participan en política (como los indígenas del Cauca) y en elecciones. Otras son abstencionistas (como San José de Apartadó). Pero todas tienen algo en común: no quieren dejar sus tierras y están dispuestos a quedarse allí por siempre.

Por eso nació la Universidad Campesina, o Universidad de la Resistencia.  Porque saben que su resistencia será de largo plazo y que tienen que hacerse a un sistema de vida para varias generaciones.  Se llama universidad (y no escuela ni colegio) porque quieren recuperar el concepto primario de la palabra. Es universal, es humanista y ayuda a transformar la realidad. La Universidad Campesina es móvil, no tiene aulas (su metodología es teórico-práctica),  en lugar de profesores, tiene "facilitadores" que trabajan ad honorem ; y tampoco gradúa a sus alumnos, pues nunca se termina el aprendizaje. Tiene cuatro "materias". Seguridad y soberanía alimentaria, que busca incrementar la capacidad de las comunidades para autoabastecerse produciendo en sus tierras todo lo necesario para alimentarse, particularmente para que las acciones de los actores armados no se traduzcan en hambre de sus familias; pero también frente a la galopante pobreza y marginalidad de sus regiones.  Esta "materia" les ha permitido identificar la riqueza de sus regiones y aprovecharla al máximo. Si se trata, por ejemplo, de conseguir proteínas, ya no se trata sólo de conseguir vacas.  Han aprendido a criar animales de monte que les son más accesibles que el ganado.

"En la última versión de la universidad los estudiantes aprendieron a hacer trampas sin matar al animal, para luego llevarlo a cautiverio y lograr su reproducción doméstica.  Lo han probado por ejemplo con la boruga (un marranito de monte); con el guara (un roedor grande como un zorro), con el chigüiro y la danta. También aprendieron a atrapar serpientes con una técnica rudimentaria pero eficaz para lograr extraerles el veneno, el cual luego podrá servir para producir suero antiofídico", dice uno de los agrónomos que impulsa esta experiencia.

Lo mismo ocurrió con los productos agrícolas, con las flores y con algunos tipos de palma que les sirve, por ejemplo, para construir las viviendas o hacer tejidos que casi siempre son más resistentes y acordes a los climas y las condiciones medioambientales de sus regiones.  Esto quiere decir que, por ejemplo, las comunidades en resistencia esperan no tener que depender del acero y el ladrillo que traen desde las capitales para construir sus casas. Recuperando su saber cultural pueden usar la guadua (donde exista), la tagua, la palma de iraca, según sea el caso.

En medicina no se quedan atrás.  Muchas de las enfermedades que atacan a los campesinos tienen el estigma de ser enfermedades de la guerra, los medicamentos son caros y difíciles de conseguir. En otros casos, simplemente la falta de centros de salud y en general de acceso a la salud es una amenaza permanente contra sus vidas. Entonces en la universidad se han dedicado a intercambiar conocimiento sobre plantas, raíces y hasta insectos y reptiles que son clave en la medicina tradicional. Están seguros además de que con un poco de ciencia, los recursos de la biodiversidad del país servirían para mejorar altamente la calidad de vida de sus comunidades. La uña de gato, el matarratón, la concha nácar, el noni son productos que han terminado siendo comercializados por grandes multinacionales y que sin embargo están a veces en el patio casero de sus fincas. O la palma de milpes que se utiliza para hacer tejidos, cobijas e incluso techos y paredes. Todo esto se aprende en un marco filosófico donde lo principal es preservar el medio ambiente y garantizar una buena calidad de vida para las comunidades en aspectos como abrigo, techo y comida.

El otro gran tema de la universidad es la educación. "La guerra destruye las identidades", dice Gloria Cuartas, una de las promotoras de la universidad.  Por eso ellos quieren apropiarse de los contenidos y metodologías en el aula de clase para educar a sus hijos en una versión de la historia adecuada con la memoria y la tradición oral de sus comunidades. Que reconozca sus propias gestas y heroísmos, primero que todo.  Pero sobre todo que les permita conocer e interpretar su propia realidad social. Esto incluye una geografía propia, y un acercamiento diferente a las lenguas y la literatura, cuyo énfasis es el reconocimiento de la diversidad cultural del país. "Incluso para aprender a contar distinto. Los números de muertos que cuenta la comunidad y el Estado casi nunca coinciden", dice Cuartas.

Los otros dos aspectos que contempla la universidad de la resistencia son el jurídico y el político.  En el jurídico las comunidades esperan conocer más de cerca y en detalle la experiencia de los indígenas, particularmente los del Cauca, que han logrado construir sus propias formas de gobierno, de justicia. "Queremos construir una justicia distinta a la de los victimarios que oculta y niega a la víctima", dice uno de los líderes de San José de Apartadó.

En lo político cada comunidad tiene experiencias diversas pero algunas "banderas" los unen. Por ejemplo, todos se oponen al Tratado de Libre Comercio, en particular a lo que tiene que ver con patentes y la protección de la biodiversidad.  Piensan que como dice la consigna del Foro Social Mundial "otro mundo es posible" y ellos están tratando de llevarlo a la práctica. 

Así, la universidad pretende demostrar que la resistencia es un asunto de la vida cotidiana, y que implica que quienes se comprometen con ella, desarrollen un estilo de vida, y unas ingeniosas formas de organización social.  Una utopía que ellos están probando en medio del acoso de los grupos armados y, muchas veces, aunque resulte increíble, de los funcionarios del Estado.

¿Tiene algo que decir? Comente

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.