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| 10/10/2004 12:00:00 AM

La verdadera química del amor

Los últimos estudios científicos demuestran que el amor funciona como una enfermedad. Silvia Camargo, editora de vida moderna de Semana, explica cómo se contrae y cómo se sana.

Si a todos los seres humanos se les diera un manual con las instrucciones sobre cómo funciona el cerebro enamorado todo sería más fácil. Probablemente no nos salvaríamos de los dolorosos despechos ni de enamorarnos de la persona equivocada. Pero saber un poco más sobre las reglas de este juego que la naturaleza puso a jugar a todos en este mundo para aparearnos con el sexo opuesto sería mejor que llegar al partido sin saber cómo se mueven las fichas.

Saber, por ejemplo, ¿qué fuerza poderosa lleva a alguien a comprar un costoso tiquete, montarse en un avión y cruzar el océano para ver a un extraño que acaba de conocer? O, ¿por qué una mujer que ama a su esposo puede enamorarse de otro?, o mejor aún, ¿por qué ante el rechazo de un hombre, algunas mujeres no tiran la toalla y, por el contrario, se obsesionan con él?

Hasta hace muy poco el amor era un misterio al que solo se le median los poetas y los filósofos, y se suponía que para obtener respuestas a esos interrogantes había que buscar en los poemas y en los clásicos de la literatura. Pero desde hace un tiempo los científicos han empezado a escudriñar en el cerebro para ver qué sucede cuando el cerebro está tragado: cómo se producen las mariposas en el estómago, por qué tanta euforia cuando dos enamorados se encuentran, qué es lo que pone el corazón a mil.

Una de las científicas que ha llegado más lejos en el tema es Helen Fisher, una antropóloga de la Universidad de Rutgers, en Nueva York, quien empezó su investigación en 1996 y en enero publicó el libro Why welove con los resultados de estos ocho años de trabajo.

Para su investigación Fisher colocó un aviso en la universidad invitando a los estudiantes que estuvieran enamorados. A los seleccionados les tomó imágenes del cerebro con un moderno aparato (Functional Magnetic Resonance Imaging) mientras observaban fotos de sus amados. Luego la especialista analizó las imágenes del cerebro para detectar dónde había mayor actividad en el preciso instante en que miraban la foto de su amor.

"Mi segundo órgano favorito es el cerebro": Woody Allen

Si hubiera tenido más información es muy probable que el director de cine hubiera colocado en el primer lugar de su lista de órganos preferidos al cerebro, pues allí es dónde sucede todo. Fisher encontró que una de las áreas donde se produce el amor es el núcleo caudato, localizado en el cerebro reptil, el más primitivo de todos. Evolucionó por lo menos 56 millones de años antes de que los mamíferos proliferaran en la Tierra y desde allí se controlan los instintos animales.

Aunque es la parte más vieja del cerebro, sólo hasta hace poco los científicos encontraron que es el lugar donde una persona se estimula y motiva y donde se guardan los regalos para premiar a su dueño. Con ese pedazo de cerebro es que alguien puede discernir cuál actividad será más placentera, anticipar cómo se sentirá en determinada circunstancia. También es donde se liberan los químicos que dan la sensación de placer y plenitud.

La otra parte involucrada en el amor es el área tegmental ventral, donde se produce la dopamina, un neurotransmisor que controla la atención, la motivación y el cumplimiento de objetivos. Cuando alguien se enamora, los niveles de este químico suben y ese aumento hace que la persona se sienta enfocada y motivada a cumplir metas.

La dopamina produce la sensación de éxtasis de todos aquellos flechados por los dardos de Cupido. Si hay enamorados intensos, de esos que llaman 20 veces en media hora, es también debido a la dopamina, pues tenerla circulando en el cerebro es como si la persona se hubiera conectado a la corriente para cargar las pilas. Es además el químico responsable por esa ansiedad que se siente cuando a alguien le falta su media naranja.

La dopamina no trabaja sola. Un derivado suyo, la norepinefrina, le ayuda a completar las sensaciones que tienen los enamorados. Esta hormona controla los estados de euforia y la pérdida de apetito y sueño. Es la que mantiene despiertos toda la noche a los que acaban de ser atrapados por las redes del amor. También da cuenta de la buena memoria que tiene un enamorado al recordar con lujo de detalles los momentos junto a su pareja.

El tercer implicado en la sintomatología del enamoramiento es la serotonina, un químico que le impide a la persona dejar de pensar en su media naranja. Y tal vez por este neurotransmisor es que el enamoramiento tiene tanta similitud con una enfermedad mental: el trastorno obsesivo compulsivo. No importa dónde comience una conversación, un enamorado siempre termina hablando de su amor.

La dopamina tiene otras misiones en el cuerpo: una de ellas es estimular la producción de testosterona, el químico del deseo, el detonador de la llama de la pasión. Es la hormona masculina por excelencia, pero las mujeres también la producen en mínimas cantidades. En ellas fluctúa de acuerdo con la época del mes. Como es de esperarse, aumenta alrededor del momento de la ovulación.

Como los químicos del amor son derivados naturales del opio, la sensación no es muy diferente a la que experimentan quienes están bajo un trance de heroína. Y a medida que el enamoramiento avanza se empieza a desarrollar dependencia, tal como lo viven los drogadictos. El enamorado anhela tener a su amor, como el drogadicto a su vicio, y cambia de estado de ánimo fácilmente cuando éste no aparece. En realidad, esa ansiedad es una especie de síndrome de abstinencia porque hay una pequeña adicción a estos químicos que se liberan con ese nuevo ser humano que apareció en la vida.

Si se mira detenidamente, el amor es como una enfermedad porque aun cuando es correspondido los químicos del amor le distorsionan la realidad al enamorado, hacen que tome decisiones más emotivas y, lo más preocupante, no dejan que la persona vea a su ser amado con defectos y cualidades, como debería ser, sino a través de una lente magnificadora que lo engrandece y lo pone en un pedestal.

"Mi amor es como fiebre que delira": William Shakespeare

El amor entonces es un coctel de químicos con un sistema muy bien diseñado para activarse cuando toca y producir sensaciones que los poetas explican con versos hermosos. Eso tan maravilloso llamado amor no es otra cosa que la mezcla de neurotransmisores que ponen al enamorado en la gloria.

Todos estos químicos se interrelacionan y fluctúan a medida que se desarrolla la relación, porque ese estado de drogadicción no dura toda la vida sino lo suficiente para garantizar que hayan relaciones sexuales y, sobre todo, descendencia. En el experimento se encontró, por ejemplo, que con el tiempo, las zonas del cerebro que se activan son diferentes y los químicos que se liberan también.

Los que llevaban más tiempo con una pareja presentaron actividad en las cortezas cingular anterior y en la insular. La primera está asociada con estados de felicidad, con la conciencia de un estado emocional y la habilidad para determinar los sentimientos de los otros, así como con la reacción inmediata para saber si uno ha ganado o perdido. La corteza insular recoge información del cuerpo relacionada con temperatura y tacto y la actividad del estómago. Eso explica las mariposas en el vientre y el corazón palpitando rápidamente.

Los protagonistas de la historia de amor en esta fase son la vasopresina y la oxitocina. La vasopresina, un químico que, al menos en ratones, provoca la necesidad de copular solo con una pareja y mantenerse unido a ella para criar a su descendencia. Es la hormona del instinto paternal y trabaja en llave con la oxitocina.

Entre las especies de mamíferos, la oxitocina se libera cuando las hembras dan a luz pues estimula el ensanchamiento del útero y las glándulas mamarias. En los seres humanos se cree que la oxitocina tiene además una función primordial para establecer la sensación de apego entre una pareja de adultos. Las mujeres segregan esta hormona cuando hay estimulación de los pezones, de los órganos genitales y durante el orgasmo.

En ese momento, los hombres segregan vasopresina y ambos químicos contribuyen, según Fisher, a la idea de fusión, cercanía y apego que ambos sienten cuando hace el amor. Estos químicos son los que permiten que en algunas parejas el amor permanezca, y aunque ya no sea la pasión ardiente del comienzo, los mantenga apegados, seguros y tranquilos en las estructuras familiares.

"Entre dos amores voy a la deriva, uno me da hogar, el otro, vida": Ana Belén

Lo más interesante del trabajo de Fisher es que explica que estos sistemas trabajan en conjunto pero al mismo tiempo son independientes. En pocas palabras, es un sistema multipropósito pues aunque fue diseñado para la reproducción sirve para muchas otras cosas como establecer vínculos afectivos con la gente, hacer amigos, encontrar una pareja que sirva de compañía en la vejez. Este sistema no es consciente. La gente no anda por la calle pensando: "Ay, se me acaba de subir la dopamina, entonces me estoy enamorando de mi vecino". La gente se enamora como quien cae desprevenido en una alcantarilla abierta, sin darse cuenta. Y como es una sensación tan agradable, lo disfruta en forma natural.

Todos los seres humanos cuentan con este sistema, pero no todos lo utilizan para lo mismo. Es como un computador que viene con un programa que algunos usan y otros no. Mucha gente no desea tener hijos, pero igual se enamora. Otros nunca se enamoran y tienen hijos por doquier. Otros ni se enamoran ni tienen hijos y logran sublimar estas sensaciones, como les sucede a quienes toman la opción del celibato.

El sistema multipropósito del amor, según dice Fisher, es como cuando una empresa decide ofrecer un mismo producto pero en tres empaques diferentes. El amor en este caso viene en tres presentaciones: el amor romántico, que nos enamora; la lujuria, que nos saca el instinto de la pasión y nos lleva a aparearnos, y el apego, que ayuda a la pareja a mantenerse unida al menos lo suficiente como para criar a sus hijos.

Este diseño explica fenómenos que seguramente desvelan a muchos, como por ejemplo por qué alguien puede querer a dos personas al mismo tiempo, o por qué una persona que ama a su pareja siente deseos de tener relaciones sexuales con otra. La respuesta es que son sistemas separados y mientras alguien siente apego por una se puede activar el sistema de la pasión con otra diferente. Este diseño estratégico ayuda a la madre naturaleza pues permite al ser humano doblar el número de posibles descendientes. Pero claramente no ayuda a los propios seres humanos pues convierte al amor en uno de los asuntos más dolorosos que tiene la vida al generar infidelidades, rupturas, celos y en algunos casos, hasta la muerte.

"Aquí vinimos a reproducirnos, no a ser felices", dice Fisher. Y sí. Va uno a ver y se encuentra con que en el diseño de la madre naturaleza para facilitar la propagación de la especie no fue contemplada la variable felicidad. Está la recompensa, pero, ni más faltaba, ésta no podría ser eterna. Por eso, cuando los químicos del amor se van desvaneciendo con el tiempo es posible que se produzcan rupturas. Es inevitable, amor y sufrimiento van de la mano.

"Estoy hambriento por tu amor": Van Morrison

Para Fisher el amor no es un sentimiento sino un sistema de motivación para pasar el ADN a la siguiente generación. Se parece menos a la tristeza y la felicidad, que son emociones que se pueden controlar y cambiar a gusto del individuo, y más a necesidades como el hambre y la sed. Como el hambre se enfoca en la comida, un enamorado se enfoca en su ser amado. Los impulsos del amor son tan difíciles de controlar como la sed.

Este sistema nos motiva a buscar a esa persona especial para obtener una recompensa, que en este caso es un pago por la noble labor de procrear y evitar la extinción de la especie.

La recompensa es tan buena que hay adictos al amor romántico. Es esa sensación de felicidad cuando uno ve al otro, es el placer durante la relación sexual, es la sensación de proximidad que se establece entre la pareja, es la seguridad que se siente bajo los brazos de la persona amada. Todos salimos con una persona dos, tres y cuatro veces porque podemos anticipar lo agradable que vamos a pasar con ella. Si fuera un dolor, un fastidio, nadie se aparearía ni por equivocación.

A eso vinimos a este mundo: a buscar compañeros sexuales, a escoger a uno de todos los posibles candidatos para cortejarlo y conquistarlo, y así ahorrar tiempo y energía, y pasar el ADN a la siguiente generación. Todo esto, con la ayuda del cerebro, un órgano, que según la autora, evolucionó para facilitar el amor romántico, para atraer al otro con el lenguaje, con el arte, el humor y la inteligencia.

El hombre ancestral con este nuevo órgano, dotado de neocorteza, pudo impresionar con nuevas formas de seducción a un potencial parejo, escoger al más compatible y entre los dos poderse colaborar en la crianza de los hijos.

"Es tan corto el amor y tan largo el olvido": Neruda

El amor tiene dos caras. Cuando es correspondido es como un regalo de la vida. Pero cuando no, como decía Emily Dickinson, es "todo lo que necesitamos saber del infierno".

El despecho provoca sentimientos muy profundos, como rabia, ansiedad y depresión. Lo curioso es que muchas de estas sensaciones, como la rabia y el odio, se encuentran relacionadas en el cerebro con los circuitos del amor y por eso un enamorado puede pasar del amor al odio en cuestión de segundos. Para Fisher el verdadero antagonista del amor es la indiferencia.

Ante la ruptura o el rechazo Fisher pudo establecer dos fases cruciales. La primera es la etapa de la protesta y sucede cuando la persona no acepta que el romance terminó. En lugar de olvidar y alejarse con dignidad, el amante rechazado reclama, patalea y llora para volver a conseguir a su amor. En la medida en que ese amor no es correspondido aumenta la obsesión por su objeto de deseo. Fisher llama a esto atracción-frustración. Terence, un dramaturgo de la antigua Roma, lo dijo mejor: "Mientras menos esperanzas, más fuerte mi amor".

Todo esto, según Fisher, esta asociado a la química del cerebro. La reacción de protesta que un niño hace cuando su madre no lo atiende está asociada a elevados niveles de dopamina y norepinefrina. Estos dos químicos incrementan el estado de alerta y estimulan a un individuo abandonado a buscar ayuda.

Con el tiempo todos estos sentimientos se van desvaneciendo y es cuando entramos en la segunda etapa: la resignación. En esta fase es posible experimentar una profunda tristeza y depresión. Fisher sospecha que la depresión es un mecanismo de adaptación, una señal inequívoca de que algo no está bien y de que la persona necesita ayuda. La depresión y la rabia pueden hacer de ésta una enfermedad mortal. "Mucha gente muere de amor. Se suicidan cuando su relación sentimental se termina", dice.

¿Hay maneras de hacer menos largo el camino al olvido? Fisher considera que sí.

Teniendo en cuenta que es una adicción, la antropóloga piensa que los 12 pasos de Alcohólicos Anónimos funcionan. La primera es no pensar en el futuro sino en el día a día. Otro eslogan del grupo es "si no quiere resbalarse no vaya a sitios resbaladizos", lo cual implica dejar de frecuentar los lugares que recuerden a ese ser especial y hacer una limpieza para acabar con toda la evidencia de esa persona: ropa, fotos, regalos.

Otra máxima de los Alcohólicos Anónimos es recordar los malos ratos del trago. Aplicado al amor esto no es otra cosa que recordar los momentos menos gratos de la relación en lugar de los buenos. El ejercicio también es bueno porque incrementa los niveles de dopamina y aumenta la sensación de euforia. La psicoterapia es recomendada para inhibir la sensación de tristeza y la depresión.

En todo este proceso es importante tener en cuenta que lo que se está viviendo es un estado transitorio. A algunos les toma una semana; a otros, meses y a otros, años. Pero para todos llegará el día en que se levantarán y se darán cuenta de que el extraño que habitaba en el cerebro se ha ido.

Igual de importante es aplicar el refrán de "un clavo saca otro clavo" pues en las mieles de un nuevo amor es más fácil olvidar al pasado, pues se activan nuevamente los químicos del cerebro.

Probablemente nada de esto cambie la manera como nos enamoramos o el sufrimiento que aflora tras la ruptura. Pero esta exploración científica sin duda ayuda a conocer las reglas del amor. Como lo dice la autora, "es como saber los ingredientes de una torta de chocolate y aun así estar interesado en comerse un pedazo y seguirla disfrutando".

Nota para los enamorados:

Helen Fisher contestará las preguntas que envíen al mail scamargo@semana.com
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