Lunes, 23 de enero de 2017

| 2005/06/25 00:00

La vida color rosa

Manuel Velandia Mora, fundador del Movimiento Homosexual Colombiano, reflexiona sobre los crímenes de odio contra las minorías sexuales en Colombia.

Algunos estudiosos suelen medir nuestra calidad de vida comparándola con a lo que sucede en otros países. Muchas veces encontramos reportajes que dicen que estamos por encima de África en ingreso per cápita, o por debajo de Europa en participación de las mujeres en política.

Se puede afirmar que, sin ser un paraíso judicial, los homosexuales, lesbianas, bisexuales y transgéneros en nuestro país gozan de muchos beneficios que no hay en otras latitudes, incluso más "avanzadas".

Pero también hay temas en los que las discusiones y las luchas contra la discriminación apenas comienzan. Es por esto que vale la pena hoy mirar en qué hemos ganado en términos de igualdad con los demás ciudadanos y por qué causas luchar, en vez de pensar a priori que todo está mal o bien.

Cuando se habla de crímenes, la palabra se suele relacionar con asesinatos o con hechos delictivos graves. Pero también es un término plenamente identificable con las acciones indebidas o reprensibles. Tristemente, ambas modalidades de crimen abundan en Colombia, y los homosexuales y lesbianas no somos ajenos. Somos víctimas permanentes de violencias sutiles, cotidianas, que pasan casi inadvertidas para muchos, pero que deterioran nuestra calidad de vida.

En la televisión frecuentemente vemos programas relacionados con las homosexualidades y poco con las demás minorías sexuales. Los colombianos se están acostumbrando al tema en los medios masivos de comunicación. Tal vez, porque algunos de los personajes son bastante respetuosos. Por ejemplo, actualmente se proyecta la telenovela Los Reyes, espacio en el que por primera vez se presenta a una trasvesti, Endry Cardeño, haciendo el papel de Laisa, alguien con similar identidad. Incluso hasta les llama la atención que asuma una posición política ante la defensa de sus derechos y los de otras minorías. A un puñado de homosexuales y lesbianas se nos invita a los medios masivos de comunicación a dar entrevistas, se publican nuestros artículos y aparecemos en las páginas sociales de las revistas.

Pero también, y con mucha más frecuencia, el  humor suele recaer en el personaje chabacano que nos muestra una caricatura amaneradamente femenina del homosexual.
La Iglesia católica considera en su Catecismo que los homosexuales pueden serlo siempre y cuando no vivencien su homo genitalidad. Seguimos oyendo a pastores y ancianos de las iglesias cristianas cerrándoles las puertas del templo; a sacerdotes católicos negándoles la comunión y motivándoles a confesar el pecado de su orientación sexual; a líderes políticos y religiosos afirmar que los homosexuales son enfermos, anormales y aberrados, y a padres y madres de familia afirmando que prefieren un hijo ladrón o asesino que homosexual.

Los políticos, como Moreno de Caro, suelen menospreciar a sus contrincantes hablando de su supuesta o real orientación sexual no heterosexual y utilizan para ello términos bastante despectivos y excluyentes, como mariquita, como si fueran sinónimos de pusilánime, poco decidido o falto de carácter. Quienes desde las bases hacemos parte del Partido Liberal Colombiano y del Polo Democrático somos reconocidos en los estatutos como sectores sociales con derechos y representatividad. Pero aun aquellos que son representantes a la Cámara, senadores, concejales, ediles, alcaldes, gobernadores sienten temor de que se reconozca públicamente su homosexualidad, lesbianidad o bisexualidad; tanto es así, que en las discusiones del "Proyecto de ley de parejas del mismo sexo" votaron en contra de sí mismos, su propia existencia y su conciencia.

Al mismo tiempo, familiares de importantes políticos, como Virgilio Barco, dicen públicamente que son homosexuales y podemos organizar nuestras marchas como la que se realizará en Bogotá el próximo domingo 3 de julio y hasta podemos contar con el apoyo de las alcaldías, como sucede en Medellín y en Bogotá.

El lenguaje de la exclusión ha cambiado. Las formas de violencia se han refinado, las discusiones teóricas se han elevado y alcanzaron el estatus de tema universitario, producto de tesis y foros a los que somos invitados y en los que nunca hubiéramos imaginado estar; durante mucho tiempo. El Estatuto docente contó con un artículo que sancionaba a los maestros por el hecho de ser homosexuales pero, actualmente, en universidades como la Javeriana se acepta a un maestro trasvesti, y en muchas estatales, a los profesores abiertamente homosexuales o lesbianas; en algunas otras tantas, además, se apoya la organización de grupos de estudiantes en razón de su diversidad sexual.

Un simple observador podría creer que vivimos en un país muy abierto y con poca o ninguna censura a los temas relacionados con las minorías sexuales. Sin embargo, no por ello en todos los espacios de la cotidianidad las lesbianas gozan de los mismos derechos que los homosexuales. Ellas generalmente son mucho mas excluidas y discriminadas.

Se cree que todos los homosexuales somos vulneradores sexuales y que atacamos a cuanto niño o joven se nos acerca. Para evitarlo, nos excluyen de nuestros lugares de trabajo. A los y las bisexuales se les rechaza por asumir su identidad y se les obliga a definirse homosexuales o heterosexuales porque se cree que lo suyo es una ambigüedad. Pocas trasvestis y transgéneros son aceptadas/os como parte esencial de sus familias.

La Policía, como sucedía hace unas décadas, ya no nos saca de los bares justificándose en que estábamos bailando entre hombres o en razón de la orientación sexual, aun cuando algunos de sus miembros sigan atropellándonos. Tampoco nos montan en camiones, nos llevan a la vía a Monserrate, nos desnudan, nos bañan con agua fría o nos obligan a caminar en medio de la noche. Ahora es poco frecuente que a las trasvestis les rompan los vestidos y les destruyan los zapatos, accesorios y pelucas, por autorizarse a ser felices asumiendo en público su rol femenino. Tampoco se les pone a algunos en sus libretas militares, en el área de profesión, la palabra homosexual.

Es claro que ya no hay tantos asesinatos de homosexuales como los más de 640 que hubo a manos de los grupos de "limpieza social" en Bogotá, Manizales, Bucaramanga, Medellín, Pereira y Villavicencio, entre 1986 y 1989. Pero a algunos se les sigue obligando a desplazarse, se les asesina, como sucedió con León Zuleta, o se les hace atentados contra la vida como el perpetrado contra mí hace tres años.
En el tema de los derechos civiles, las lesbianas y los homosexuales no gozamos de similares derechos a los heterosexuales: pagamos más impuestos porque se nos dificulta explicar que sostenemos a nuestras parejas, ya que tampoco podemos afiliarlas a la seguridad social en salud ni a la familiar, como tampoco son reconocidos nuestros derechos como tales, menos aun podemos heredarlas. Y en caso de discriminación, exclusión o separación social por razón de orientación sexual, las personas que cometen el atropello no son sancionadas o enjuiciadas porque este no es un delito contemplado en el código penal.

No todos ni todas quienes pertenecemos a las minorías sexuales somos reconocidos sujetos con derechos plenos, ciudadanos en iguales condiciones y personas en el mismo nivel que las demás en la sociedad. Por supuesto que también hay ciertos derechos de los que legalmente podemos gozar: por ejemplo, desde 1981 no somos delincuentes o enfermos, no podemos ser excluidos de las fuerzas militares, del lugar de estudio o negársenos una vivienda en arriendo; al igual que las demás personas con cualquier otra orientación sexual, podemos tener expresiones afectivas en público y cambiar legalmente el nombre, inclusive a uno reconocido como "propio" del otro sexo.

No se puede negar que la tutela ha sido de gran beneficio en la reclamación y la obtención de derechos. Sin embargo, es evidente que, aun cuando ha cambiado la norma, no se han modificado las posibilidades de vivirlos plenamente. A ello se suma que los resultados de tantos años de discriminación siguen haciendo mella en nuestras existencias, hasta el punto de que algunos temen reclamar en caso de vulneración.
El mundo está cambiando, todos y todas lo sabemos. Es claro que así como la cultura, la sociedad y las relaciones nos transforman, nosotros/as podemos transformarlas. Pero, de la misma manera, se hace evidente que para evitar que se sigan cometiendo crímenes de odio, se requiere, primero, asumir y manejar nuestros propios temores que nos llevan a la auto o a la heteroexclusión. Segundo, dejar de asumir a nuestros semejantes como extraños y diferentes, y tercero, dejar de entender, erróneamente, que la única explicación y vivencia posible de la sexualidad es la heterosexualidad y el ejercicio poco democrático del poder ejercido por quienes ostentan la masculinidad.

La paz es posible. Pero alcanzarla requiere de una actitud realmente democrática y solidaria. De todos nosotros depende poner nuestro grano de arena para construir el castillo de la felicidad. Para que el rosa sea el color de la vida simple y no el del triángulo con el que marcaron a los más de 200.000 homosexuales "objetores de conciencia" que luego exterminaron en los campos de concentración en Alemania.

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