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| 4/17/2007 12:00:00 AM

Las armas en las letras

Muchas grandes novelas han abordado el tema de la guerra, porque en ella se manifiestan los duros extremos de la condición humana. Presentamos una selección de novelas que retratan algunos conflictos de la historia y el lugar que en ellos ocupa el corazón del hombre.

La guerra: el regreso a los orígenes, al instinto del depredador, al alegre juego cuya apuesta es la vida. La guerra: una empresa política y militar, la parte de un complejo entramado de relaciones de poder que el escritor contempla con asombro, con dudas o con rabia. La guerra: un laboratorio del que el escritor extrae lo más espantoso, lo más valiente y lo más puro del ser humano. Tres visiones acerca de las relaciones entre la literatura y la guerra. Tres visiones que podrían multiplicarse, porque dichas relaciones son complicadas y cambiantes. De una generación a otra, de un autor a otro, las perspectivas son múltiples y ensayar una unidad en un escenario tan vasto es correr el riesgo de perderse.

Nadie acusaría a Bertrand Russell de defender actitudes belicistas. No obstante, el lógico y matemático inglés propuso la tesis según la cual la guerra es inherente al hombre. Su razonamiento corría de la siguiente manera: siguiendo las pistas de la teoría de
Darwin, uno de los hitos de la evolución humana fue el desarrollo sistemático y grupal de actividades de caza. La cacería obligó a desarrollar complejos mecanismos sociales, a la par que actitudes depredatorias. A eso se sumaba una tenaz defensa del territorio frente a manadas de invasores. Arguye Russell que nuestro cerebro creció extraordinariamente en estos períodos, pero luego dejó de evolucionar. Según este argumento, todos los seres humanos vendríamos equipados con un cerebro que esconde entre sus pliegues un avanzado instinto de agresión. De este razonamiento se sigue que es imposible evitar o extirpar los instintos predatorios. La guerra, tristemente, sería parte de nuestra condición. A pesar de este siniestro corolario, Russell planteaba la posibilidad de engañar al instinto, ofreciéndole un sustituto ficticio a la violencia real. Si no me equivoco, es una idea muy próxima a la vieja noción aristotélica de catarsis. En otras palabras, el lector que se sumerge en la guerra de Troya experimenta las emociones propias de una batalla sin tener que sufrir sus graves inconvenientes.

La novela, por supuesto, no ha sido inmune a la seducción del tema bélico. No obstante, del gran cúmulo de obras cuyo objeto es la guerra creo que se podrían excluir sin demasiadas vacilaciones todas aquellas que se acercan al panfleto o al maniqueísmo, que son legión. Nos quedaríamos con un grupo selecto de textos que hablan de la guerra de manera respetuosa, humana y estética (11 de ellas hacen parte de esta selección). Sé que en un primer momento parece difícil admitir, por ejemplo, que un tema tan espinoso pueda tener una dimensión estética, pero si Chesterton tiene razón, un poderoso sentimiento humano es la piedad que despierta el combate desigual. Este sentimiento de piedad, a su turno, puede alcanzar una expresión estética alta. Allí donde el hombre de la calle ve una pelea, el poeta encuentra el valor y el destino. Las palabras, como siempre, tienen la magia de transmutar lo grotesco en sublime, la simple violencia en humanidad.
De lo anterior resulta el hecho indiscutible de que la novela ha sabido apropiarse de la violencia, dándole una dimensión estética y humana. Lejos del peligroso enfoque de Hollywood, que insiste en la distinción tajante y simplista entre buenos y malos, entre amigos y enemigos, la literatura ha recibido, desde Homero, la enseñanza de que es posible colocarse en la piel del otro, comprender sus móviles y simpatizar con su angustia, que también es la nuestra. Las grandes obras de este, llamémoslo subgénero, tampoco caen en la salida fácil de condenar o aplaudir la guerra. Se preocupan por desentrañar sus misterios desde la base de la humanidad concreta de los protagonistas. Pienso, por ejemplo, en El Don apacible de Sholohov, que no cae en la fácil tentación de exaltar las luchas de los cosacos o en La guerra y la paz de Tolstoi, que sobrepasa la simple descripción de la campaña rusa.

La literatura ha logrado un acercamiento muy interesante al tema a través de la sátira. Uno de los más antiguos ejemplos es la Batracomiomaquia, parodia de la épica homérica, en la que se narra la descomunal batalla entre ratones y sapos. Nuestra época conoce una admirable sátira de los hechos de la Primera Guerra Mundial en la novela de Jaroslav Hasek Las aventuras del valeroso soldado Schwejk, una suerte de réplica quijotesca de las típicas novelas bélicas. Un capítulo aparte merece la obra de Vonnegut, especialmente Matadero 5, que lleva la guerra al nivel del humor negro
Sea a través de la sátira o de la seriedad, la novela como género ha sido fiel heredera de las antiguas epopeyas, de las grandes sagas. Tal vez por eso, aunque repudiamos la guerra real, todavía las seguimos leyendo.


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