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| 2/28/2005 12:00:00 AM

Las voces del silencio

Siete sobrevivientes del terrorismo rompieron su silencio y le contaron a SEMANA.COM sus historias, esperanzas y anhelos de justicia.*

Sonia Verswyvel, víctima del atentado al club El Nogal
Édgar Moreno, víctima de una mina antipersonal

María Cecilia Mosquera, víctima de la tragedia de Machuca
Ferney David Murillo
Janeiro Jiménez, víctima de Bojayá
Jorge Eliécer Aníbal Gómez, víctima del reclutamiento del ELN
Heriberto Aranguren González, sargento secuestrado por las Farc

 

Sonia Verswyvel, víctima del atentado al club El Nogal
"Cuando hay un evento trágico, nadie se pregunta por los que quedaron vivos. Los sobrevivientes nos debemos unir".

"El 7 de febrero de 2003 mi vida cambió. Cambié como persona, como mujer y como colombiana. Estaba comiendo con mi hijo en el club El Nogal cuando estalló el carro bomba dejando 36 muertos, cientos de heridos y toda una sociedad golpeada. Es un milagro que haya vivido. Llegué al hospital al borde de la muerte con fractura de cráneo, los dos pulmones colapsados, seis costillas rotas y fractura de columna. El siguiente recuerdo que tengo es el médico diciéndome que no podía volver a caminar jamás y que iba a tener que depender el resto de mi vida de alguien más. En ese mismo instante tomé una decisión: nunca volver a mirar atrás y hacer hasta el último esfuerzo por recuperar mi independencia.

A mi hijo se le quemó toda la cara y le tuvieron que reconstruir las manos. Ahora no tiene una sola cicatriz. Tiene 22 años y doy gracias de que no esté en una silla de ruedas como estoy yo. Pero él tiene dolor. Le ha costado mucho trabajo superar el dolor por verme en una silla de ruedas. Él dice que cuando estalló la bomba salió del club sabiendo que su mamá se quedaba atrás y no podía hacer nada.

Pero en lugar de lamentarme, quiero invitar a todas las víctimas de Colombia a romper el silencio, porque una de la cosas que descubrí cuando me encontré sin poder mover mis piernas es que no soy la única. Hoy en este instante hay miles de personas tratando de entrar a un baño donde no cabe su silla de ruedas, hay miles de colombianos que no pueden rehabilitarse por algo tan sencillo como es no poder montarse a un bus. Hay decenas de papás y mamás que no saben qué hacer con su odio por las personas que les arrebataron su hijo y su hija un día. Pero lo único claro es que no hay forma de resarcir nuestro dolor. ¿Contra quién peleamos? La idea no es buscar odio. Es más bien ver qué podemos hacer todos a partir del dolor.

Las víctimas tenemos que hablar. Estamos calladas. Cuando hay un evento trágico, todos decimos: "¡qué horror!, cuántas personas se murieron..." pero nadie se pregunta por los que quedaron vivos. Los que sobrevivimos somos los que tenemos el problema. Lo que nos falta es saber que todos nos podemos unir. Pero lo que pasa es que nuestra idiosincrasia es quedarnos callados por miedo, por inseguridad y por temperamento. ¿No sería más fácil si uno tuviera con quién hablar de esto?, ¿compartir por ejemplo la angustia del primer momento cuando se sintió la explosión? O hablar de lo que cuesta una silla de ruedas, una prótesis o una fisioterapia". SUBIR

Édgar Moreno, víctima de una mina antipersonal
"No soy víctima de las minas antipersonales. Soy un sobreviviente. Gracias a Dios me he podido rehabilitar y salir adelante"

"Yo perdí mi pierna hace 13 años, cuando tenía 16, y vivía en el Carmen de Chucurí, en Santander. Trabajaba en una hacienda ganadera. Y el 1 de enero de 1992, cuando regresaba de ordeñar las vacas, pisé la mina.

Mi vida cambió en todo sentido. Tuve que enfrentarme a una nueva realidad. Gracias a Dios lo he podido aceptar y enfrentar y salir adelante. En este momento estoy liderando la Fundación de Sobrevivientes a nivel nacional y soy deportista paralítico de Colombia. Practico el ciclismo.

Gracias a Dios he recibido ayuda de personas y organizaciones de sobrevivientes de todo el mundo. Gracias a ellos he podido entrenarme y participar en encuentros a nivel mundial. Eso me ha permitido tener un amplio conocimiento sobre las minas y poder luchar contra estas.

En este momento no tengo claro de quién era la mina que pisé. Pero eso ya no importa. Lo único que espero es que hagan una reparación no solamente a las víctimas de las minas o del conflicto, si no a todas las personas que hemos sufrido a causa de la guerra. Yo esperaría reparación económica, rehabilitación física, apoyo psicológico, un proyecto de vida, que las personas puedan devengar un salario para su sostenimiento y el de sus familias y puedan volver a la vida social". SUBIR

María Cecilia Mosquera, víctima de la tragedia de Machuca
"La explosión del oleoducto de Machuca cambió la vida de los poquitos que quedamos vivos"

"La explosión del oleoducto de Machuca cambió la vida de mucha gente. Sobre todo, la de los poquitos que quedamos vivos.

El 18 de octubre de 1998 yo estaba en mi casa cuando oí la explosión. Entonces salí corriendo a rescatar a mis hijos que estaban allá cerca. Ahí fue cuando me quemé. Mi esposo y mis tres hijos (de 16, 12 y 8 años) murieron. Yo me quedé sola y quemada.

Mi vida desde ese momento ha sido muy intranquila. Después de eso uno se siente muy 'anerviado', ya uno no es como antes. En ese entonces era ama de casa. Ahora hago lo mismo, sobre todo porque no puedo trabajar, no puedo hacer nada. Lo poquito que yo me levanto es lo que mi familia me da. Por eso estoy al lado de ellos.

Hasta el momento no se ha hecho justicia. Lo único que recibí del gobierno fueron unas casas. Pero no puedo sembrar ni nada". SUBIR


Ferney David Murillo
"A pesar de que no tengo manos, sigo siendo el mismo. Lo que me pasó no es lo peor que le puede pasar a alguien"

"Mi familia y yo vivimos retirados de La Cumbre, en el Valle. Hace seis meses, cuando tenía 17 años, le fui a hacer un mandado a mi mamá y al bajar al pueblo encontré un petardo. No pensé que fuera un explosivo; si lo hubiera sabido, nunca lo hubiera recogido. Me lo eché al bolsillo para llevarlo a mi casa para que mi papá lo viera para ver si le servía para algo. Entonces me puse a manipularlo y pasó lo peor para mí: estalló en mis manos. Un primito de 16 meses también resultó afectado, se le incrustó un dedo mío en su antebrazo. Además tuvo heridas superficiales en el resto del cuerpo.

Mi vida no ha cambiado. A pesar de que no tengo manos, sigo siendo el mismo. Me he dado cuenta de que lo que me pasó no es lo peor que le puede pasar a alguien. He visto casos peores. Eso era lo que me iba a pasar a mí; me pasó y listo.

Ahora estoy en Bogotá esperando que me pongan unas prótesis. Apenas termine con esto, me regreso a Cali a seguir estudiando. Quiero salir adelante, eso es lo único que quiero hacer más adelante. Todavía no sé qué haré exactamente. Tal vez comprarme una finquita por allá y meterle unos animales.

Por allá han hecho presencia los dos grupos al margen de la ley; no me comprometo a decir quiénes, porque uno no sabe si toman represalias. Pero yo no pienso en quién es el culpable de lo que me pasó. Lo único que creo es que aquí en Colombia la paz no se consigue así como así, simplemente con decirlo. Las víctimas somos una cosa muy aparte de la guerra. La guerra en cualquier momento se acaba, y la familia sigue con el dolor de sus muertos y nosotros las víctimas con el nuestro". SUBIR

Janeiro Jiménez, víctima de Bojayá
"Muchas ilusiones y deseos de superación quedaron truncados con el hecho de Bojayá"

"El 2 de mayo de 2002 nuestra vida cambió. Estaba en la iglesia de Bojayá cuando las Farc lanzaron la pipeta. Desde ese día, nuestro pueblo no ha dejado de vivir en zozobra, de vivir con miedo. Muchos no han podido volver a sus comunidades. Se encuentran desplazados, perdieron sus familias, sus amigos. Muchas ilusiones y deseos de superación quedaron truncados con el hecho de Bojayá. Nuestro pueblo era un pueblo de paz. Los actores armados nos involucraron en este conflicto que no nos pertenece.

Como si fuera poco, la mayoría de los muertos del ataque no tuvieron un entierro. Muchas víctimas no fueron reconocidas porque quedaron calcinadas. Fue realmente imposible identificarlas, por lo que fueron enterradas en una fosa común. Entonces es una situación que todavía sigue en nuestras mentes, en nuestro dolor.

En principio se habló mucho, el gobierno prometió y todo el país se sensibilizó. Pero a medida que pasa el tiempo las cosas se van olvidando. La situación del pueblo en este momento es muy difícil, amerita que el gobierno mire la situación en la que vivimos para que podamos salir adelante.

Ahora esperamos que se reglamente la ley 70, que cobija a todas las comunidades negras de Colombia, sobre todo del Chocó y de la zona del Pacífico. En esa ley 70 están todos nuestros ideales. Entonces le pedimos al gobierno nacional y a todas las comunidades que nos colaboren para vivir nuestros sueños como pueblo que estamos inmersos en el conflicto armado que no nos pertenece. También que nuestros hermanos e hijos puedan tener una vida más digna. Que contemos con todos los servicios, en especial la educación.

Además han vuelto a haber amenazas de los grupos armados. Actualmente, las comunidades de Bojayá están desplazadas, víctimas nuevamente de las autodefensas y las Farc, quienes se pelean el río Bojayá. No sabemos qué es lo que ellos pretenden con estas acciones". SUBIR

Jorge Eliécer Aníbal Gómez, víctima del reclutamiento del ELN
"Mi papá prefería un hijo muerto antes de meterlo con esos asesinos"

"Yo soy de un corregimiento de Antioquia cerquita a Machuca que se llama El Valle. Fui criado allá, mis familiares son de allá, y tuvimos una experiencia muy amarga con el ELN que nos marcó para toda la vida.

Unos militantes nos visitaron en la finca que teníamos. Ahí llegaron las extorsiones. Por cada vaca que se vendiera había que darles un porcentaje; por cada carga de plátano, otra y así.

Yo tenía un tío muy conocido que no congeniaba con esos grupos. Él pensaba que no era justo compartir el trabajo de todos nuestros años en el campo con un grupo que venía de un momento a otro a bravearnos. El primer tropiezo fue con él.

Ellos citaron a mi papá y a mi tío Aníbal a una reunión. Mi tío nunca volvió. Mi papá les hizo el reclamo y les dijo que cómo era posible que citaran a alguien a una reunión y que nunca regresara. Ahí llegaron los roces con mi papá. Ellos decían que él agitaba a la gente y la ponía en contra de ellos. Nosotros no teníamos a dónde irnos. Mi papá nunca me lo dijo, pero yo supe que le dijeron que colaborara con sus hijos.

Como yo era el hombre, él prefirió mandarme con una tía en Carepa; él prefería un hijo muerto antes de meterlo con esos asesinos. A ellos nunca les gustó que mi papá no les hubiera colaborado con una persona para la supuesta causa y las cosas empeoraron.

Mi mamá murió de una forma muy trágica. El batallón de contraguerrilla que operaba allá siempre se acomodaba en la finca de nosotros y a uno ¿qué le toca hacer? Pues colaborarles. Un día llegaron, descansaron, comieron y se fueron, pero dejaron las carpas armadas.

Como a las 9 de la noche la guerrilla bombardeó las carpas, pero ellos no estaban allí porque ya se habían ido. Mi mamá estaba en la cocina y eso estalló en llamas. Mi hermana, que tenía como 15 años, trató de sacarla al patio. Ahí ya le faltaba una pierna y mi hermana trató de salvarla, pero dice que ya estaba muerta.

Después los del ELN ni siquiera pidieron excusas, sino que comenzaron a decir que éramos colaboradores del Ejército. A mi papá no le gustó eso, los encaró y le tocó salir. No pudimos ni vender la finca.

Yo seguí trabajando y después entré a la Universidad de Antioquia con una beca que me gané de las comunidades negras y ahí voy. Nosotros no perdemos la esperanza de que algún día el Ejército o la Policía retomen eso y que todo vuelva a ser como antes, que uno salga de su casa todas las mañanas a oír cantar los gallos y ver el amanecer. La vida de campo es muy bonita, uno lo tiene todo y no le hace falta nada". SUBIR


Heriberto Aranguren González, sargento secuestrado por las Farc
"Me volví más sensible al dolor de la gente, al hambre, al frío"

"Fui secuestrado el 22 de julio de 1999 en el departamento de Córdoba en combates con las Farc. Ese día vi morir 35 miembros de la fuerza pública y fui secuestrado con cuatro soldados más. Duré dos años cerca del nudo de Paramillo encerrado las 24 horas del día en un cajón.

A los cuatro años, en el rescate de Urrao, me tocó ver morir al gobernador de Antioquia Gilberto Echeverri y a ocho militares que nos acompañaban. Ese día, en el momento de ser fusilado, recibí dos impactos de fusil en mi cabeza y uno en la pierna. Estoy vivo porque el guerrillero encargado de fusilarme me pegó el tiro de gracia en la pierna y no en la cabeza, como les ocurrió a mis compañeros de cautiverio.

La vida cambió mucho. Me volví más sensible al dolor de la gente, al hambre, al frío. Mi proyecto de vida es realizar una carrera profesional para seguir sirviendo a mi país y a esta sociedad que tanto lo necesita".SUBIR



*Estos testimonios fueron recogidos con ocasión del II Congreso Internacional sobre Víctimas del Terrorismo, organizado por la Escuela de Comunicación Social y Periodismo de la Universidad Sergio Arboleda
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