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| 10/31/2006 12:00:00 AM

“Le debo mi vida al Ejército, pero no estoy de acuerdo con los rescates”

El concejal Guillermo ‘la Chiva’ Cortés fue rescatado por el Ejército en agosto del año 2000 en una vereda del municipio de Medina, en Cundinamarca.

“Me secuestraron cuando tenía 73 años. El frente 53 de las Farc me mantuvo retenido durante casi ocho meses, siete de los cuales estuve aislado, pues la orden era que yo no tuviera contacto con los otros nueve rehenes que estaban conmigo. Pero a mediados de agosto las reglas cambiaron y nos reunieron a todos los cautivos para huir de los helicópteros del Ejército que habían sido vistos por los guerrilleros muy cerca del campamento.

Por eso comenzamos unas caminatas muy bravas y el cansancio era tremendo, sobre todo para mí porque sufría de las piernas. Llegamos a un campamento común y corriente, y nos quedamos en un lugar que después me enteré era Medina. Mi cambuche quedaba a un extremo del campamento, en una ladera tupida. Estaba hecho con una carpa gruesa para evitar la lluvia, dormía en un camastro de madera y me arropaba con dos cobijas. Al lado de la cabeza ponía mi morral. Un poco más allá, detrás de una maleza, estaba el campamento de los secuestradores, quienes guardaban en sus carpas la cocina, sus equipos de comunicación y un televisor. Ellos siempre nos metían susto. Nos decían: ‘miren, no crean, que si llegan estos (el Ejército) a rescatarlos no se salvan. Para cada uno de ustedes habrá una bala’.

El día del rescate lo recuerdo con mucha angustia y emoción. Nos despertaron a las 6 y media de la mañana y me puse a caminar de mi cambuche al de los guerrilleros porque sentía las piernas muy dormidas. Estaba en esas cuando vi que llegaron dos guerrilleros sin el equipo de campaña. Yo supuse que los escoteros (como se les dice) nos ayudarían a llevar los corotos a otro lugar, entonces me fui a decirles al resto de los secuestrados que empacaran sus maletas porque ese día nos íbamos. Pero cuando me fui a arreglar mi maleta y estaba en la puerta de mi carpa comenzó una balacera impresionante.

Fue entonces cuando mis compañeros se tiraron a una zanja y fueron a parar a una quebrada, como pude me subí al tronco de una palma para que me vieran y no me dispararan. ‘¡Soy un secuestrado, soy un secuestrado!’, les gritaba. Finalmente entendieron y no me apuntaron.

Aunque ya estaba clarito el día, no se veía nada. Uno sentía que disparaban para todo lado, que las balas se iban contra los cambuches y que todos gritaban no sé qué. No sé cómo me asomé, pero vi que por un caminito venía una patrulla con seis soldados. Tres disparaban para un lado y tres para el otro. Muchos de los tiros dieron contra las carpas de los secuestrados.

Después del fuego cruzado los guerrilleros huyeron y todo quedó en calma. Los soldados entraron a las tiendas de los guerrilleros y uno de ellos, el que estaba preparando el desayuno, estaba bañado de sangre. El tipo cayó muerto cuando intentó buscar el equipo de comunicaciones para pedir ayuda.

La historia tuvo un final feliz, pero no siempre ocurre así. Cualquiera de nosotros hubiera podido morir. Por eso es que no estoy de acuerdo con los rescates. Le debo mi vida al Ejército y les doy gracias a esos muchachos por haber puesto el pellejo por nosotros. Pero es más fácil agotar los recursos que están a favor de la vida, y por eso es más importante lograr un intercambio humanitario, antes que planear un rescate”.
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