Miércoles, 7 de diciembre de 2016

| 2005/08/07 00:00

"Les mostraría a los visitantes el despliegue multicultural de todos los inmigrantes"

Eduardo Arias<br>Caminante empedernido y editor de Cultura de SEMANA

"Les mostraría a los visitantes el despliegue multicultural de todos los inmigrantes"

Si Bogotá fuera una casa comenzaría por arreglar lo más bonito que le queda que es su inmenso jardín: sus cerros, la sabana y los páramos que la circundan.

Escondería absolutamente todas las canteras, gravilleras y cultivos de flores que, como basura, afean el jardín. Escondería, porque me avergüenzan, botaderos de basura como el de Mondoñedo, el mismo Doña Juana y, por supuesto, haría lo que fuera por ocultar los residuos orgánicos e industriales que matan al río Bogotá casi desde su mismo nacimiento.

Restauraría las laderas con bosques nativos similares a los que aún subsisten en los cerros de Torca (a la altura de la carrera 7 entre la calle 200 y La Caro), recuperaría aquellos páramos invadidos por potreros y cultivos de papa que han empobrecido en gran forma la calidad de sus suelos, su biodiversidad y, por consiguiente, su capacidad para ser las fábricas de agua.

Derrumbaría el 90 por ciento de los conjuntos cerrados que aniquilaron la colina de Suba y sembraría miles de árboles en los barrios de ladera que alguna vez fueron de invasión para que sus habitantes tengan una protección adicional cuando las lluvias amenazan sus predios..

Escondería esos monstruos asquerosos de edificios que han vuelto a pulular y que se trepan por los cerros orientales. Ellos son símbolo máximo del esperpéntico invento leguleyo de los llamados "curadores urbanos", que de curadores no tienen nada pues más bien parecen matasanos de la arquitectura y el urbanismo.

Una vez adentro de la casa... bueno, hay tantas cosas por mostrar, esconder, arreglar...

No sé si haya tiempo de hacer tantas cosas en tan poco tiempo. Trataría de volver cosa del presente algunas imágenes irremediablemente perdidas: los pabellones del Parque de la Independencia y del Centenario, el Hotel Granada, el convento de Santo Domingo, algunas cuadras hoy tan deterioradas o barridas de Teusaquillo, El Nogal, el Ala Solar antes de que la desmantelaran...

Mostraría con orgullo supremo las Torres del Parque, buena parte de los edificios de la Universidad Nacional, esas cuadras escondidas que aún subsisten en Quinta Camacho, el barrio Modelo... es una casa tan grande que la lista se haría eterna.

Por último les mostraría a los visitantes el despliegue multicultural de todos los inmigrantes que han llegado a la ciudad provenientes del altiplano, de otras regiones del interior, de la Costa, los Llanos y del Pacífico.

Les diría, con orgullo de madre hacendosa ante la satisfacción del deber cumplido, que los verdaderos bogotanos son estos recién llegados y estos hijos de migrantes que se han encargado de quitarle a Bogotá sus mañas de ciudad provinciana y parroquial que durante siglos vivió de creerse la mejor ciudad del país cuando en realidad era clasista, mezquina, ignorante y racista.

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