Viernes, 9 de diciembre de 2016

| 2007/07/10 00:00

Literatura para salir de la pesadilla

José Saramago habló de Las pequeñas memorias, su más reciente libro y estuvo en la charla El libro como instrumento de paz, junto a la escritora Laura Restrepo.

“Lo que más me impresiona es que lleváis 50 años, dos generaciones, y el problema está intacto, sigue igual”. Saramago. Foto: Guillermo Torres

En el marco de Bogotá, capital mundial del libro 2007, el escritor José Saramago visitó, por tercera vez, Colombia. El Premio Nóbel de Literatura de 1998 habló con los medios de la razón por la cual escribe, de su estilo, de la finalidad del ser humano, de la guerra en Colombia, de su reciente libro Las pequeñas memorias, entre otros. Además participó en la charla El libro como instrumento de paz con la escritora Laura Restrepo, el 9 de Julio, en el Teatro Jorge Eliécer Gaitán.

Las respuestas de Saramago son como su estilo. No se pueden juzgar a simple vista. Hay que esperar a que se vaya revelando poco a poco qué es lo que piensa y por qué lo piensa. Su estilo subvierte las reglas de puntuación para dar a conocer no sólo una postura irreverente, sino un planteamiento estético con una carga de sentido. Así mismo, es su pensamiento y así fueron sus declaraciones en su visita a Bogotá. Una suerte de trasgresión que hizo volver la mirada, sin idealismos, sobre la vejez, la muerte, la democracia, los Derechos Humanos, entre otros.

Alguien le preguntó si detrás del personaje que podía ver pero no hablaba en su célebre Ensayo sobre la ceguera había una metáfora sobre el fascismo. El escritor contestó que la metáfora no aplicaba solamente al fascismo sino a la ceguera frente a la razón. “Estaba intentando comprender por qué nos callamos...¿Somos racionales? No, somos enfermos mentales” . Así dejó ver que la búsqueda de sentido de la vida continúa acompañándolo a sus 85 años de edad. “Antes yo pensaba que escribía por que no me quería morir. Pero ahora creo que escribo para comprender. Usted me dirá: ¿ya comprendió? Algunas cosas sí otras no”.

Ante esa falta de sentido Saramago encuentra un fin último por el cuál los seres humanos existen: pensar. No encuentra otra razón para decir por qué el hombre tiene cerebro. “Pensar es tomarse la vida en serio”

En “portuñol” o “espagués”, como definió la mezcla entre el idioma propio y en el que habló, hilvanó conceptos políticos y literarios. Dejó claro que la democracia, para él es una falacia cuyo significado se ha diluido en el ejercicio de los gobiernos. “La democracia, si alguna vez existió (ni siquiera en Grecia porque las mujeres no eran libres y no tenían nada que ver en la polis), en sí misma es una buena idea”.

Las palabras son lo mejor y lo peor que puede tener el ser humano. Sirven para nombrar las cosas más bellas, pero también para engañar. Se transforman con el tiempo y, a veces, terminan convirtiéndose en todo lo contrario de lo que significan.

Por eso en sus reflexiones el escritor abre la pregunta sobre cómo puede haber democracia, o mejor, cómo la gente puede creer que vive en una democracia cuando el mundo es gobernado por instituciones no democráticas, como el Fondo Monetario Internacional. “Sin derechos humanos no hay democracia y sin democracia no hay derechos humanos”, dijo lapidariamente.

Respecto a su estilo en la literatura recordó cómo llegó a descubrir lo que sería su apuesta narrativa. En 1979, el escritor tenía una historia qué contar sobre los campesinos en Portugal. Pero no encontraba la forma de presentar a sus personajes. Le repugnaba la idea de usar algunos signos de puntuación: “En la vida real, no hay signos de exclamación ni interrogación”. Finalmente encontró la forma: dejar hablar a sus personajes en voz alta. Así consolidó una forma particular de escribir que ha motivado a otros escritores a experimentar con nuevas técnicas.

Laura Restrepo, la escritora que lo acompañó en la charla, le preguntó por su interés en la figura de Jesucristo, en El evangelio según Jesucristo. Saramago aclaró que su interés no fue Jesucristo sino la religión como un invento que “sirve para hacer del otro un adversario”. “No creo en la existencia de un Dios. Me parece incluso aberrante creer en un Dios”. El público aplaudió con fuerza. Sin embargo dijo: “no es para tanto”.

Llevó de la mano a la concurrencia por los temas que iban surgiendo. Así como discurre la vida misma: sin signos de puntuación. Así pasaba de un tema a otro, a medida que los periodistas le preguntaron o Laura Restrepo conversó con él. Evocó a su abuela, a quien cita en su último libro, Las pequeñas memorias, tal vez en un arrebato de nostalgia: "El mundo es tan bonito y yo tengo tanta pena de morir", como si él mismo lo estuviera diciendo. Con el recuerdo de su abuela trajo a colación el tema de la muerte implacable, inaplazable: “Morir es sencillamente estar, y ya no estar. Y es lo peor que puede ocurrir. ¡Eso me da una rabia!”.

No podía faltar la pregunta sobre la situación en Colombia. A Saramago se le conoce por su posición política de izquierda, pero no condescendiente con los guerrilleros a los que calificó de “bandoleros”. Hizo un llamado a la sociedad civil afirmando que la salida a este conflicto no estriba en el poder militar, y mucho menos en esperar que la guerrilla sea conciente de lo que está haciendo. Es la sociedad civil quien debe ponerse de pie y “ocupar su lugar”. “Vosotros sabéis que tenéis que salir de vuestra pesadilla. Es incomprensible, no se encuentra una razón que justifique un conflicto que lleva 50 años: Dos generaciones y el problema sigue intacto.”




¿Tiene algo que decir? Comente

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.