Domingo, 11 de diciembre de 2016

| 2006/02/12 00:00

Lo que me quitó y me dejó Armero

Martes 15. Veinte años después de la tragedia, Liz Amaya, una colombiana que agonizó cinco días en medio del lodo, recuerda su historia.

Lo que me quitó y me dejó Armero

Han pasado 20 años y francamente no sé a qué horas los viví. Para recordar, lo único que necesito es traer a la memoria los recuerdos que han sido parte de mi vida. Yo tenía una vida feliz. Era una adolescente rodeada de todo lo que quería: tenía los mejores amigos del mundo y, a pesar de que había perdido al ser que mas amaba (mi papá), me había encontrado tres años antes del 13 de noviembre de 1985, con un amor maravilloso. Estaba a punto de terminar mi bachillerato, cuando se me fue el agua entre los dedos, tan rápidamente, que sólo logré atrapar entre mi puño la gota de mi vida. El día de la tragedia recibí la visita de mi madre, quien vivía en otra ciudad. Yo estaba en casa de una tía mientras presentaba mis últimas pruebas del colegio. Le pedí que se quedara conmigo, que postergara su viaje a Ibagué. Se quedó. Ya para ese momento la ciudad estaba inundada con un fuerte olor a azufre y todos estábamos inquietos. A las 7 de la noche mi mamá, mi tía y yo salimos a comprar algunas cosas para la comida. En el camino vimos que el carro estaba cubierto con una fina capa de ceniza del volcán. Fuimos a la Defensa Civil y a la Cruz Roja. Nos dijeron lo mismo: "no pasa nada". Regresamos tranquilas a la casa. Todos se fueron a dormir, menos yo. Me quedé despierta, pues tenía examen al día siguiente. De repente se desencadenó una fuerte tormenta. Los relámpagos eran terribles y caían rayos por toda la ciudad. Recuerdo que eran como las 10:30 de la noche cuando decidí acostarme. Mejor madrugar, pensé. Me acosté al lado de mi mamá con el 'short' y la camisita que tenía puestos. Minutos después oí gritos en la calle. Al principio pensé que era una pelea callejera. Pero luego escuchamos cómo golpeaban desesperadamente el portón y la puerta de la casa y se oía la gente gritar con desesperación. Querían que abriéramos rápido. Cuando nos paramos y quisimos prender la luz, ya no había. Entonces bajamos al primer piso. El agua nos daba al nivel de las rodillas. La tierra se estaba estremeciendo fuertemente. Sonaba como si animales gigantes viniesen destruyendo el mundo. Abrimos el garaje y la puerta y de repente una estampida de gente enloquecida entró a la casa. Huían de la inundación por el desborde del río que nacía en el volcán-nevado, mas no por su erupción. Por eso buscaban casas más altas como la mía. En medio del escándalo oí los gritos de mi madre, que angustiada me pedía que subiera. Subí las escaleras gateando, el movimiento de la tierra me impedía sostenerme en pie. Tuve el tiempo exacto para hallarla, abrazarla y decirle: "Mami, tranquila, todo va a salir bien". De pronto, la casa explotó con un estruendo impresionante. La plancha de la terraza cayó sobre nosotros haciendo presión contra la del segundo piso. Mi mamá soltó mis manos. En ese momento se me fue la esperanza de uno más de sus abrazos y de sus besos. Todo fue confuso. Pienso que ninguno de los que vivimos esta catástrofe fuimos plenamente conscientes de lo que estábamos viviendo. Cuando recuperé el conocimiento, sólo tenía mi cara por fuera del lodo, y mi cuerpo, de hombros para abajo, estaba atrapado por escombros. Cuando la segunda avalancha se vino, quedé libre. Pero empecé a hundirme como en un remolino. Sentía que me ahogaba en las profundidades del lodo. En uno de los momentos en que salí a flote me agarré de un tronco y me agarré hasta que la avalancha se detuvo. No podía pensar ni sentir. En mi cabeza de adolescente no alcanzaba a comprender qué pasaba. ¿Dónde estaba? Yo quería pararme, pero cuando estiraba mis piernas, sentía que el calor del lodo aumentaba. No había fondo. Sobre la superficie del lodo cabalgaba aún el frío del nevado que había devorado a Armero. Empecé a escuchar gente gritar y quejarse. Un hombre empezó a llamar a su esposa con desesperación. No lo podía ver porque mis ojos estaban llenos de lodo, así como mi nariz y mi boca, pero no lo sentía lejos. Empecé a escupir el lodo y cuando pude hablar, aún sujeta a lo que yo creo que era un tronco de árbol, le pregunté dónde estábamos. Por este hombre supe que el volcán había hecho erupción y que Armero había desaparecido. Pensé en mi mamá, en uno de mis hermanos que vivía allí con su esposa e hijos y en todos mis tíos y tías, en mis primos, en mis líderes espirituales, en mis compañeros del colegio, pensé en lo que estaba perdiendo. Sentí una enorme necesidad de vivir y apreté mi puño fuertemente para que la gota de mi vida no se me escapara de la mano. Elevé una oración a Dios y le pedí una oportunidad más. Le volví a preguntar al hombre dónde estaba y me dijo que sobre un camión. Así que decidí ir hasta allá. Empecé a empujarme entre el lodo sujeta aún a lo que me había agarrado. Yo no sentía dolor en ninguna parte de mi cuerpo y me guiaba por el sonido de la voz del hombre que no paraba de gritar y llamar a su esposa. Cuando empecé a moverme entre el lodo, nunca me imaginé que estaba en una gran sopa de cadáveres. Me encontraba uno tras de otro, flotando en la superficie del lodo, unos boca abajo, otros boca arriba. Yo les palpaba sus rostros para ver si respiraban, les hablaba con la esperanza de que fuese uno de los míos y cuando percibía que estaban muertos, los hundía para poder pasar por encima de ellos. Esto me provocó un profundo dolor con el pasar de los días. Me parecía que tal vez había hundido a mi propia madre, quizás aún con vida. Cuado llegué hasta el camión, empecé a tocarlo y me di cuenta de que era de estacas. El hombre estaba dentro de la carrocería. Cuando me vio, empezó a gritarme que no fuera a subirme. Yo quise sujetarme de una de las estacas para subir y fue allí cuando me di cuenta que uno de mis brazos no me servía. Tampoco mis piernas. Cuando intenté subir, el camión empezó a moverse y el hombre me decía que si no me soltaba, el camión se iba a voltear porque éste sólo estaba flotando en el lodo. Ya no tenía fuerzas para quitarme de allí. Así que sólo me tocaba creer que Dios pondría su dedo en el camión para que no cayera de lado aplastándome. No se cuánto tiempo transcurrió. De pronto el hombre vio no muy lejos de nosotros unas luces de linterna y empezó a gritar: "aquí, aquí, ayúdennos". Eran personas que habían quedado en una colina y empezaron a colocar tejas de zinc y con ramas que cortaban de los árboles lograron tocarme la cara. Me pidieron que me sujetara y luego me arrastraron hasta la orilla. Allí alguien me levantó, pero cuando me cogió por las piernas y tocó mis carnes abiertas, se impresionó. Una gran parte de mi tejido había desaparecido y había dejado al descubierto mi hueso. Tenía heridas por todo el cuerpo. Mi ojo izquierdo estaba medio afuera, y mi pelo, totalmente chamuscado (parece que en estado de inconciencia pasé por algún lugar en llamas). El panorama para ellos fue desastroso. Me subieron unos cuantos metros y me dejaron allí, pensando que con seguridad moriría. Allí permanecí cinco días esperando un rescate. Al amanecer del siguiente día, los que podían ver empezaron a llorar ante lo que veían: no quedó nada, decían, el mundo se acabó. El volcán volvió a rugir, y la tierra, a temblar. La gente empezó a gritar y los que pudieron correr huyeron con la desesperación de otra posible avalancha. Sólo quedamos los heridos que no podíamos movernos y los cadáveres que habían sacado del lodo. Ese mismo día escuché helicópteros, pero ni yo los veía, ni ellos a mí. Es entendible. Yo estaba del color de la tierra. En la tarde, el lodo que tenía en la boca, la garganta y la nariz empezó a secarse y me era imposible respirar. Era como cemento y tenía sed. Empecé a recordar que muchas veces mi madre me regañaba porque yo prefería un vaso de agua a un jugo y cuando me bañaba, solía implorar: "Dios, nunca me vayas a dejar morir de sed". Y yo estaba allí muriéndome de sed y recordándole al Señor mi petición. De repente empezó a caer una suave llovizna y yo abría mi boca, pero parecía como si las gotas cayeran en todas partes menos en mis labios. En mi desespero, comencé a hacer vasijas con mis manos. Con las primeras gotas las lavé. Luego pude lavarme la boca, la nariz. Y, finalmente, pude beberla. Pero lo único que logré fue llenarme de dolor. Toda la arena y el lodo que tenía todavía en la garganta y en la boca me rasgaron. Lloré como una niña chiquita. Cuando me pasó el llanto, me di cuenta de que ya podía mover mis ojos y que el lodo que se había secado se había salido con las lágrimas. Le di gracias a Dios por mi llanto. Las noches siguientes fueron las más largas de mi vida. Enfrenté la soledad, el miedo y el dolor. Durante la noche sentía culebras arrastrarse sobre mi cuerpo y a las ratas mordiendo mis heridas. Hasta que por fin me rescataron. Pero la esperanza fue mínima. Me llevaron al lugar donde los sobrevivientes esperaban ser trasladados por helicópteros hacia centros de salud. Nadie quería llevarme porque no les parecía justo ocupar un lugar con una persona que no tuviera posibilidades de vivir. Pasaban por encima de los heridos diciendo: "éste sí, este no," y a mi siempre me tocaba el no. Fui rechazada durante casi medio día. Entonces recordé que tenía una gota de mi vida en mi mano y con la misma fuerza con que me aferraba a ella, me agarré fuertemente de la bota del pantalón de uno de los que pasaron por mi lado y no le solté hasta cuando me prometió que me llevaría. Me subieron a un helicóptero que tenía el cupo completo, no había casi espacio y tuvieron que acomodarme de lado. Estos helicópteros de rescate no tienen puertas y yo les escuché decir que si me caía nuevamente al lodo, nada se perdía, pues yo de todas maneras no sobreviviría. El helicóptero aterrizó en un campamento de la Cruz Roja y cuando me bajaron, me pusieron en una camilla. Durante los cinco días que había demorado el rescate nunca vomité el lodo que me había comido, por lo que presentaba un crecimiento del vientre exagerado. En seguida llamaron por radio teléfono para comunicar mi gravedad. Si mi estómago estaba de ese tamaño era porque había peritonitis. Yo alcancé a escuchar que no había cupo por avión y que había que enviarme por tierra. Esto fue lo último de lo que tuve conciencia. A Bogotá llegué en estado de coma. Morí clínicamente dos veces y tras recibir choques eléctricos, la vida me fue devuelta. Días más tarde desperté del coma para enfrentarme a otra lucha. Mi pierna derecha estaba gangrenada y había que amputarla. Yo me quedé mirando a los ojos al doctor mientras me decía que si me dejaba amputar, me ofrecía un 50 por ciento de probabilidades de vida. En ese momento tenía una máscara de oxígeno, un catéter, sonda, líquido intravenoso, y otra cantidad de cosas. Le miré fijamente y con la cabeza le dije: no. Me quitó la máscara de oxígeno para que yo pudiera hablar y me dijo: "Te estoy ofreciendo 50 por ciento de probabilidad de vivir si te amputo, ¿y me dices que no?". Yo le respondí con una voz muy débil, pero firme: Doctor, el Señor me ofrece 100 por ciento. El doctor salió indignado de mi habitación. Y mientras los días transcurrían, mi situación empeoraba, pues cada día de por medio tenían que llevarme al quirófano para quitarme más y más tejido dañado. El hueso y los tendones ya se estaban deteriorando y mi estado de salud era cada día más precario. Un buen día se declaró el hospital en cuarentena, pues se detectó gangrena gaseosa. No pude volver a recibir visitas y los médicos le aseguraron a mi familia que con seguridad la primera en morir sería yo. Sin embargo, vi morir una a una las compañeras de mi habitación y supe que muchos en el hospital corrieron con la misma suerte. Pero yo seguí viva. Unos 15 días después, el color de mi carne empezó a cambiar y al enviar una muestra al laboratorio se dieron cuenta de que la gangrena había desaparecido. Los médicos, las enfermeras, mi familia y todos los que se enteraban no podían creerlo. Me hicieron unos injertos para remplazar el tejido perdido, pero quedé inválida. Por este motivo viajé a Francia donde durante dos años fui sometida a muchas intervenciones quirúrgicas para corregir tendones y mejorar la forma de mi pierna. Aprender a caminar nuevamente fue también muy difícil. Exigió mucha dedicación. Pero luché porque en ese momento vi que tenía que compartir con los demás los milagros de Dios en mi vida. Me sané cuando después de haber alcanzado mi objetivo de caminar me vi envuelta en mis recuerdos. La catástrofe se había llevado mi familia, había perdido mi ciudad, mis amigos, estaba sola en un país que no era el mío, sin padres, sin nadie. El temor a una nueva tragedia me llenó de confusión. Muchas veces estando aún en París esperando que llegara el metro, su sonido lo comparaba con el que hacían las casas cuando se caían y de repente empezaba a tener fuertes crisis nerviosas. Empecé a imaginar que mis padres vivían y que yo misma me enviaba correspondencia de ellos. Había momentos de lucidez en los que yo sabía que estaba perdiendo la razón. Decidí ir al sicólogo. Después de tres sesiones frustrantes, decidí no volver. Salí de allí llorando mientras le decía en español al Señor: Dios ¿dónde estás? ¡Como es que sanaste en mí una enfermedad que para la ciencia es imposible y no sanas mis heridas! De repente me quedé viendo una postal que mostraba la imagen de una joven muy parecida a mí. Se veía de espaldas, pues ella estaba mirando un sol que nacía. Y con sus brazos alzados y abiertos observaba un nuevo amanecer. La frase de esta postal decía en francés: "He decidido ser feliz". Esta fue la más amorosa de todas las respuestas que he recibido de mi Padre Celestial, pues muy claro me decía: "Hija, tienes que decidir ser feliz, porque cuando esto suceda, yo voy a ser el padre o la madre que ya no tienes; cuando tengas miedo, yo te daré de mi paz; cuando estés sola, te cubriré con mi amor; cuando este oscuro, yo iluminaré tu camino, y cuando tengas necesidad de mí, siempre habrá un lugar en mis rodillas para ti". Entonces recordé mi Armero querido, ya no para llorarlo, sino para traer a mi memoria que en su suelo me encontré con el más grande y maravilloso amor, que es el amor de Dios * Lectora de SEMANA.COM. Colombiana residente en Ecuador. Misionera Cristiana, Cruzada Estudiantil Y Profesional de Colombia. lizamaya@gmail.com

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