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| 8/29/2004 12:00:00 AM

Los ajustes recesivos del FMI

El economista Eduardo Sarmiento, no ve ganancias en ir de la mano con el FMI.

En los últimos siete años la economía colombiana ha ido de la mano del FMI y registra el peor desempeño económico y social del siglo.

El Fondo Monetario está fundamentado en teorías y concepciones que no corresponden a las realidades de las economías de América Latina. Se considera que los desajustes externos de los países son generados por desequilibrios monetarios y fiscales y que la solución está en la aplicación de políticas contractivas. Así, cuando los países llegan al Fondo agobiados por crisis de balanza de pagos, la exigencia inmediata es la reducción del déficit fiscal. Si los desajustes del sector externo provienen de fallas estructurales, como sería la apertura comercial o la revaluación causada por el régimen cambiario, la prescripción resulta seriamente recesiva.

Así ocurrió en Colombia en 1999 y en Argentina en 2001. En ambos casos la crisis fue antecedida de un déficit creciente de la balanza de pagos, ocasionado por la apertura y la revaluación y los intereses de la deuda externa, y trató de corregirse con políticas fiscales y monetarias contractivas. En Colombia adquirió la forma de tasas de interés de 70 por ciento y una severa reforma tributaria, y en Argentina se hizo mediante la congelación los depósitos bancarios y la reducción drástica del gasto público. La confluencia de estos factores contractivos por excelencia precipitó el desplome del producto nacional y el salto del desempleo, y en Argentina se llevó por delante dos presidentes.

Curiosamente, la experiencia colombiana de 1999 no fue suficientemente convincente para el FMI y sus seguidores. Luego del colapso, el déficit fiscal apareció mayor que antes. El aumento de los ingresos provenientes de los nuevos tributos se vio más que compensado por las caídas de los recaudos generados por la recesión. Aun así, el FMI insistió en el mismo diagnóstico y le exigió al gobierno repetir la terapia. En efecto, en 2001 se adoptó una nueva reforma tributaria que precipitó la economía en recesión, con los mismos resultados. De nuevo, el déficit fiscal resultó mayor que el anterior.

La cartilla se ha venido modificando durante la administración Uribe. Las dos reformas tributarias han sido antecedidas de aumentos del gasto que neutralizan el efecto sobre el déficit fiscal y contribuyen a ampliar la demanda y el producto. Sin embargo, la recuperación de la economía está muy distante de superar los serios daños estructurales ocasionados por el colapso; en el último año no se ha creado un solo empleo y los índices de pobreza y distribución del ingreso continúan deteriorándose. Lo cierto es que el ajuste fiscal quedó relegado a segundo plano. En el proyecto de presupuesto presentado por el gobierno para 2005 se proyecta un aumento del gasto de 16 por ciento, un déficit del gobierno central de 7 por ciento y otro consolidado de 3 por ciento, y existe una enorme incertidumbre sobre los ingresos tributarios.

La alternativa a los rescates del FMI se observa con lujo de detalles en el ajuste argentino. Las autoridades australes adoptaron una monumental devaluación y determinaron una postergación de los pagos de la deuda externa que dio margen para seguir políticas fiscales y monetarias moderadamente expansivas. Los dos dispositivos corrigieron el desequilibrio de la balanza de pagos y reactivaron la producción. Hoy en día, la economía argentina crece cerca de 8 por ciento, arroja un cuantioso superávit en la balanza de pagos y registra superávit fiscales primarios.

La lección es clara. Los programas de rescate del FMI frenan el crecimiento y el empleo, y no corrigen el déficit fiscal. Las políticas fiscales y monetarias expansivas, la postergación de los pagos de la deuda y la adopción de audaces políticas cambiarias y comerciales constituyen el mejor camino para ajustar el sector externo, reactivar la producción y el empleo y reducir el déficit fiscal.

*Economista
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