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| 1/13/2006 12:00:00 AM

Los Cartageneros por fin tienen fútbol

La sorprendente campaña del Real Cartagena hizo que por unos días la ciudad se olvidará de los batazos de Orlando Cabrera y las trompadas del Kid Pambelé.

12-17-2005

Al estadio Pedro de Heredia no le cabía un alma. La euforia colectiva que se tomó a la ciudad después de ese gol agónico contra Santa Fe se prolongó, interminable, durante toda la semana. Los cartageneros estaban nuevamente en un final. Al igual que hace un año, lo lograron contra todos los pronósticos. Pero estaba vez, los vencidos no eran el Cúcuta, El Valledupar, el Bajo Cauca y los demás de la B, sino equipos acostumbrados a dar vueltas olímpicas. Su ilusión se agrandaba cuando recordaban que su equipo este año había ganado casi todos los partidos que jugó de local. Y su orgullo crecía cuando evocaban cómo los habían estigmatizado después de su controvertido paso a la primera división -entonces se armó un gran escándalo cuando el Real goleó al Valledupar en los últimos minutos y eliminó al Cúcuta por gol diferencia. "Este es un equipazo y golea al que le pongan en frente, o sino que lo digan los cachacos," dijo un hincha del Real.

Sin duda tenían razones para creer que la gloria estaba ahí, casi en sus manos. Durante todo el torneo el equipo le había jugado de igual al igual a sus rivales. Sólo habían perdido un partido de local y para pasar a la final habían dejado atrás al Medellín, uno de los equipos más exitosos  de los últimos tiempos. Además, el campeonato había sido muy parejo. Tanto que solo en la  última fecha se definieron octogonales y los dos finalistas. A fin de cuentas sus números eran casi tan buenos como los del Cali. ¿Por qué no creer?

Al otro lado estaba el Cali. El mismo gran equipo que llevaba siete años sin quedar campeón y que apenas los buenos resultados de las últimas 13 fechas habían apaciguado las disputas internas de sus directivos. Buenos resultados que también calmaron a una hinchada que veía como año tras año se armaba un equipazo y  se contrataba un técnico prestigioso, para que al final siempre saliera por la puerta de atrás. Desde el 97 el Cali, la "Amenaza Verde", no había sido más que eso, una simple amenaza.

Por eso la ciudad por unos días olvidó los batazos de Orlando Cabrera y las trompadas del Kid Pambele. Ahora en las oficinas, los colegios y los parques solo se hablaba de los goles de Jamersón Rentería, las gambetas de Luis Omar Valencia, y la sabiduría del técnico,  Hernán Darío Herrera.  Desde muy temprano, los aficionados empezaron a llegar al estadio. Algunos, desde antes que despuntara el sol estaban haciendo fila para entrar al Pedro de Heredia.  La larga espera valía la pena, pues el Real en su estadio parecía imbatible.

Minutos antes de que comenzará el partido el estadio ardía. Los cartageneros no paraban de vitorear al Real y cada vez que el grupo de caleños, que viajó durante 25 horas para acompañar a su equipo, iniciaba un cántico eran silenciados por la ola amarilla que se había tomado la cancha.  La locura de los cartageneros llegó a su punto más alto,  cuando Julio, el Factor X, luciendo la camiseta del Real, entonó el Himno Nacional.

Pero esa histeria colectiva empezó a diluirse con el pitazo inicial del partido.  Desde muy temprano, la experiencia y mejor nómina del Cali se impusieron sobre las ganas y el entusiasmo del Real. Mientras que Luis Omar Valencia, Carlos Castillo y Jamerson Rentería no lograban hacer tres pases seguidos, cada vez que Rodallega se juntaba con Pérez y Domínguez el estadio se enmudecía. El Cartagena corría, metía y peloteaba. Entre tanto, el Cali jugaba tranquilo, tocaba y siempre que Rodallega se encontraba con Pérez  llevaban peligro al arco cartagenero.

El primer tiempo terminó sin goles. Aunque sin el entusiasmo inicial, los cartageneros aún creían que en el segundo podían cambiar la historia. Así lo habían hecho un año atrás cuando en los últimos quince minutos le metieron cuatro al Valledupar. Así lo habían hecho el domingo con los cuatro goles que en el segundo tiempo hundieron al Santa Fe.

Pero la ilusión terminó muy rápido. Cuando apenas comenzaba el segundo tiempo, la falta de comunicación entre Galarcio y Gil, quien apenas acaba de entrar a la cancha, fue aprovechada por los delanteros del Cali, para que Rodallega comenzará a asegurar el camino hacía al título. Y todo quedó liquidado, con el segundo gol de Rodallega, a quince minutos del final. En ese instante, el estadio enmudeció y la frustración se apoderó de los hinchas. Incluso algunos, probablemente aquellos que asistían por primera vez al Pedro de Heredia motivados por los resultados reciente,  empezaron a abandonar la cancha. Tal vez pensaron que en el fútbol cualquier equipo puede jugar una final. Se fueron decepcionados, al tiempo que advertían que así no valía la pena ir a ver al equipo.

Los que habían acompañado al Real en la primera B y durante la mayor parte de este torneo permanecieron en sus sillas, pues sabían que el Real hacía mucho tiempo había cumplido. Además, más allá de los problemas recientes del Cali, enfrentaban a un equipo grande con una nómina amplia y que además va a estrenar su propio estadio el próximo año. El mismo que ya ganó siete títulos nacionales y que ha sido dos veces subcampeón de América. Por eso, a pesar de la tristeza, ni siquiera los dos goles de Rodallega pudieron arrancarle el orgullo a los cartageneros. Esperaron pacientemente hasta el pitazo final para despedir a su equipo, que ya pasó a la historia como el primero que después de ascender de la b alcanza una final.

Además, aún falta un partido. Y aunque probablemente el domingo el Pascual Guerrero sea una sucursal de Juanchito y los caleños den la vuelta Olimpia, el fútbol al igual que la vida, da muchas sorpresas. Faltan noventa minutos y por qué no, volver a soñar.


 


 


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