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| 11/21/2004 12:00:00 AM

Los hijos de las remesas

Detrás de las remesas, que hoy constituyen el principal rubro de divisas del país, se esconde una realidad social desgarradora y hasta ahora ignorada.

Cuando Beatriz Helena Rojas tenía 19 años le revisaba las tareas a su hermano de 7, lo llevaba al médico, recibía las llamadas de la profesora si se portaba mal en el colegio y, si tenía tiempo, asistía con él a las reuniones de padres de familia. Hoy esta joven pereirana tiene 23 años y continúa asumiendo la jefatura del hogar como lo hace desde que su mamá abandonó el país.

Hace cinco años su mamá vio la posibilidad de ganar el dinero que le permitiría sacar adelante a sus cuatro hijos. Siguiendo el ejemplo de una prima, hipotecó su casa en el barrio Léon Suárez de Pereira y con cuatro millones de pesos se fue a probar suerte en España.

Dejó en Colombia a Beatriz y a sus hermanos de 6, 17 y 21 años al cuidado de una tía que vivía en la cuadra de enfrente. Pero pasado un año se dio cuenta de que su tía, que recibía mensualmente la plata enviada por su mamá, no había pagado las cuotas de la hipoteca. Entonces Beatriz se responsabilizó del hogar.

Hoy esta joven recoge en una casa de cambios entre 700.000 y un millón de pesos mensualmente, con los que paga el mercado, la salud y la educación de ella y sus hermanos menores. La mejoría económica es indudable, pero la ausencia de su madre ha sido una carga difícil de llevar.

A Beatriz le tocó madurar antes de tiempo. Gustavo, el hermano que le sigue y quien vivió su adolescencia bajo su cuidado, y Juan Ernesto, el más pequeño de todos, dicen que tienen dos mamás. De la verdadera, los recuerdos vivos ya son pocos. La relación con su mamá en España se reduce desde hace cinco años a las conversaciones telefónicas casi monosilábicas de cada ocho días. Mientras tanto, Juan Ernesto pasa gran parte del tiempo sólo en su casa o en las calles del barrio, pues su segunda mamá, su hermana, sale a trabajar desde las 7 de la mañana y regresa a las 9 de la noche después de sus clases en el Sena para graduarse como auxiliar contable.

En ese misma cuadra del barrio León Suárez, otro pequeño vive con su abuela de 76 años; cruzando la calle, dos niñas viven con su tía; justo en la casa del lado, un niño vive con su hermano mayor y la esposa; y en la manzana siguiente otro más acaba de conocer por Internet al papá que le envía dinero desde que tenía 6 meses de edad.

Estos casos se replican una y otra vez en diferentes lugares del país. Pero en Pereira, Dos Quebradas y la Virginia se multiplican pues allí se concentran las mayores emigraciones internacionales en Colombia: de 100 familias, 15 tienen al menos un miembro que reside de manera permanente en el exterior y más de cuatro tienen un familiar que ha regresado.

Las historias de esa región revelan una realidad social escondida detrás de esa 'mina de oro' que descubrió el país hace poco tiempo: las remesas. Detrás de esos 3.500 millones de dólares que entran al año al país -el 3,9 por ciento del PIB- y de los que ya todos quieren sacar provecho hay una problemática hasta el momento ignorada.

En esa zona centro-occidental del país, la Organización Internacional para las Migraciones (OIM), la Cancillería de Colombia y el Dane, con la ayuda de las ONG Aesco y Alma Máter, realizaron el estudio 'Migración internacional, el impacto y las tendencias de las remesas en Colombia', pionero en su campo . En él quedó claro que las poblaciones más beneficiadas por las remesas están sufriendo conflictos de alto impacto social, especialmente en los estratos uno, dos y tres.

Uno de los más graves es el que ya se denomina 'familia transnacional': esas familias que se desintegran, donde se separan las parejas o los padres de sus hijos, y que intentan mantener un lazo a pesar de la distancia.

Niños huérfanos con padres vivos

Los padres son por lo general los primeros en emigrar. Y más recientemente, las mamás. El estudio revela que 54 por ciento de los migrantes son mujeres. Por eso los más afectados en todo este proceso son los hijos.

Violencia familiar, rebeldía, bajo rendimiento y deserción escolar, además de mayor propensión a la delincuencia y a la drogadicción, son algunas de las consecuencias del desequilibrio emocional que les causa a los niños y adolescentes la partida de sus padres.

Cuando la profesora Marta Cecilia Arévalo felicita por su buen comportamiento a Sebastián, uno de los tantos estudiantes del colegio Byron Gaviria de Pereira que vive con su abuela, lo único que él responde es: "¿Yo me comporté bien?, eso no se lo cree nadie".

Hace 20 días Sebastián, de sólo 14 años de edad, estuvo retenido tres días por la Policía por robar las carteras a las viejitas de su barrio. "Eso no lo hace por necesidad. A él le mandan todo lo que necesita y hasta más. Eso lo hace por rebeldía, porque se volvió así desde que su mamá se fue", dice la profesora Marta.

Cuando su abuela lo regaña, el grito de reproche "¡usted no es nadie!" es lo primero que se oye. Y mientras su mamá lo llama por teléfono para imponerle disciplina a miles de kilómetros de distancia diciéndole "si te portas bien te mando otro regalo", los niños del barrio le aconsejan que falte al colegio "porque igual su mamá lo dejó por acá tirado y nada que manda por usted".

Así se maneja la situación en el hogar: en medio de un ambiente hostil y de violencia porque en muchas ocasiones los niños pierden todo el sentido de autoridad y porque las abuelas o tías no son capaces de mantener el control. Y porque los papás siguen desde el exterior intentando manejar la situación, tomar decisiones, regañar, premiar, educar.

Incluso varias profesoras reciben llamadas cada ocho días de un padre o una madre que desde España intenta ejercer su rol y hacerle seguimiento al rendimiento escolar del pequeño, que en el colegio se comporta igual de mal.

El estudio arroja indicios de que la indisciplina, el bajo rendimiento y la deserción escolar aumentan cuando se trata de niños con padres en el exterior. "Es muy fácil saber cuáles son los niños que viven esa situación. Yo me quedé aterrada cuando supe que el mejor alumno de mi clase tiene la mamá en España. No lo podía creer porque es una excepción a la regla", dice Marta Cecilia.

Alexánder, un adolescente pereirano, además de bajar el rendimiento escolar, aumentó considerablemente su vida nocturna cuando su mamá decidió viajar a Burgos motivada por sus primas que vivían en esa ciudad. Dejó a cada una de sus hijas, de 10 y 15 años, con una tía diferente y a él, de16 años, lo dejó con el papá.

Ahí empezaron las aventuras del adolescente. Cuando el papá llegaba cansado de su trabajo y se acostaba a dormir a las 9 de la noche, Alexánder salía de la casa y se quedaba en la calle hasta las 4 de la mañana con sus nuevos amigos: una pandilla juvenil de El Dorado, uno de los barrios más violentos de Pereira.

Había pasado sólo un mes y su mamá decidió devolverse a Colombia cuando una de las tías le confesó que la situación se había salido de control. "Perdí la plata que le metí al viaje y sigo endeudada, pero si no hubiera vuelto mi hijo estaría todavía consumiendo drogas y no lo hubiera sacado adelante como lo hice", dice esta señora que volvió hace ya cuatro años. Ahora Alexánder está a punto de graduarse del colegio.

Madres precoces

No sólo tienen que asumir prematuramente el rol de madres las hermanas que como Beatriz quedaron al cuidado del hogar. El embarazo precoz entre adolescentes, muchas de ellas convertidas en madres solteras, también es recurrente entre los que ya se empiezan a conocer como 'los hijos de las remesas'.

Jhoana Martínez es una de ellas. Su mamá aceptó llevar droga a España como último recurso para superar la pésima situación económica de su familia. Pero en el momento en que pisó el aeropuerto de Madrid la detuvo la Policía y la llevó a prisión. La familia se desintegró: Jhoana, de 19 años, y su hermano menor, de 12 años, se quedaron a cargo de un tío. El otro hermano de 18 se fue a vivir con una prima.

Transcurrió un año y el tío se fue a vivir a Estados Unidos con su familia. Jhoana y su hermano menor se quedaron viviendo solos en una casa arrendada, y al poco tiempo la jovencita quedó embarazada. Hoy, seis años después de la partida de su madre, el hermano mayor tiene 24 años y vive en España con su esposa de 22 y su hija de 3; Jhoana tiene 25 y vive con su hija de 4 y con su hermano de 18 en una casa del barrio Japón de Dos Quebradas.

Por el dinero no se preocupan. A los pocos meses de estar en la cárcel, su mamá empezó a enviar entre 100 y 200.000 pesos; hoy envía entre 600 y 700.000 pesos, que les alcanzan para cubrir los gastos del hogar. Y es que las reclusas tienen la obligación de estudiar y de trabajar, y el trabajo es remunerado. Hoy la mamá de Jhoana se encuentra en una especie de casa cárcel, donde tiene permiso de salir de día para trabajar con la condición de volver en la noche. Y así lo hace, pues todo parece indicar que después de estos seis años en prisión por fin quedará libre en enero. Por ahora se dedica a ganar el dinero suficiente para que su hija, su hijo y su nieto puedan tener lo necesario.

"Ver niñas embarazadas de 12, 13 y 14 años es muy común, y si uno se pone a averiguar, la mayoría tiene los papás en el exterior", dice Héctor, líder comunitario y presidente de la junta de acción comunal del barrio Nuevo Peñol, uno de los sectores con más densidad de migración en Pereira. De las 98 familias que viven en esa pequeña manzana que conforma el barrio, 22 de ellas tienen uno o varios familiares que trabajan en otros países.

Héctor asegura tener más de 20 familiares afuera, entre hermanos, primos, tíos y sobrinos. Su hermano se fue para España hace 5 años y es el que sostiene a gran parte de la familia que todavía vive en Pereira. A la casa de su mamá le mandó construir dos cuartos para que los hijos de su primer matrimonio se fueran a vivir con ella, pues se dio cuenta de que su ex esposa sostenía incluso a su nueva pareja con la plata que le mandaba para el mantenimiento de sus hijos.

Ahora envía dos millones de pesos para los que da instrucciones específicas: 400.000 pesos para la cuota de la casa de su primo, 600.000 para las necesidades de sus hijos, entre esas los tenis nuevos que uno de ellos se quiere comprar, 200.000 para la tía que le ayuda a la abuela a cuidarlos, otros 600.000 para los gastos de la abuela. Así los reparte hasta el último centavo.

En esa casa es el hermano de Héctor el que manda. Da las ordenes y dice cómo, cuándo, dónde y a qué horas debe funcionar todo. Es el de la plata y así esté al otro lado del charco tiene el poder para decidir sobre el futuro de su familia, que por cierto lo considera un héroe.

A él le fue bien económicamente, sobre todo porque tenía sus papeles en regla. Pero muchos otros son los derrotados: esos que hicieron que su hermano hipotecara la casa o renunciara al trabajo para recoger la plata de la liquidación, y vuelven con las manos vacías porque los deportaron por falta de papeles o porque se dieron cuenta de que irse a trabajar a otro país es más duro de lo que piensan los que se quedan en Colombia recibiendo las remesas.

Reagrupación o división definitiva

El hermano de Héctor es el jefe de la familia que tiene en Colombia. Pero ahora también es el jefe de la nueva que tiene en España. Por eso no va a cumplir por ahora la promesa de llevarse a sus hijos a vivir con él.

La mayoría de los emigrantes, sobre todo si son el papá o la mamá, se van con la idea de trabajar un tiempo y llevar más tarde a su familia al nuevo país. En muchos casos esa reagrupación es posible, tanto que el estudio sobre migraciones y remesas demuestra que esa es la segunda causa de migración en Pereira, Dos Quebradas y La Virginia, con el 23 por ciento.

Sin embargo, este reencuentro se ve frustrado en muchos casos. La soledad en el nuevo país es muy grande para quien dejó toda su familia en Colombia, y es muy común que al poco tiempo los que emigran ya tengan nuevas parejas y estén formando otro hogar.

Los que sufren esta decisión son los niños y adolescentes. Se han detectado ya varios casos de intentos de suicidio de jóvenes cuyos padres en el exterior han conformado un nuevo hogar. La frustración de esperar en vano año tras año a que las promesas de llevarlos con ellos se cumplan a veces no se compensa con las remesas, siempre puntuales, revela el trabajo de Aesco, una ONG que trabajó en el estudio realizando grupos focales con personas afectadas por la migración en el centro occidente del país.

El trabajo también es un obstáculo para la reagrupación. Ganar buen dinero en otro país y mandar remesas de más de 600.000 pesos significa tener dos empleos. Son jornadas que pueden empezar a las 5 de la mañana y terminar a las 12 de la noche. Si la mamá o el papá manda por sus hijos, implica en la mayoría de los casos renunciar a una de las dos jornadas para poder cuidar de ellos. Así las cosas, el nivel económico se reduciría considerablemente.

Posiblemente Beatriz, la joven de 23 años que a los 19 empezó a cuidar a sus hermanos, pueda ver el reencuentro de su familia. Su mamá ya empezó a hacer los papeles para llevarse a su hermanito de 11 años. Y a su hermano de 22 ya le está sonando la idea y es posible que después de graduarse de la universidad decida viajar a España.

Sin embargo, ella está empeñada en quedarse en Pereira. Por ahora tiene su empleo y no está dispuesta a pasar los trabajos de su mamá en el país europeo. Lo que espera es formar una familia en Colombia y nunca verse obligada a tomar la decisión de emigrar fuera de su tierra.

*Periodista de Conexión Colombia
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