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| 2/12/2006 12:00:00 AM

Los tiempos de fuego en Francia

Domingo 13.El analista francés Pierre Raymond hace el 'mea culpa' francés por lo que está sucediendo.

Seamos sinceros. Esta situación se pudo prever desde hace mucho: alto desempleo en las ciudades y suburbios y más alto aun entre los hijos de inmigrantes; concentración de familias con problemas de todo tipo en una gran cantidad de barrios y suburbios; malas condiciones de vivienda en las construcciones masivas de grandes conjuntos de apartamentos de concepción "barata" y con mal mantenimiento; falta de apoyo escolar para compensar el atraso de los que no "heredan cultura" de sus padres; falta de políticas orientadas hacia la adaptación de los emigrantes a su vida en Francia y para facilitar su aceptación por parte de los franceses que conviven con ellos; ausencia de apoyo a las organizaciones barriales y comunitarias que tienden a crear nuevos lazos sociales en un contexto cambiante. 

La lista de todo lo que hizo falta hacer para garantizar una armoniosa situación social es más larga aún. Y todos los gobiernos, tanto de derecha como de izquierda, han sido negligentes frente a estos problemas esenciales. Solo se despiertan cuando hay una que otra minicrisis. Precisamente hace apenas unos días, antes de la crisis actual, hicieron recortes a los recursos del presupuesto nacional destinados al apoyo a las organizaciones comunitarias de barrio, que era de unos 350 millones de euros, una partida insignificante en el contexto del presupuesto francés y de la magnitud de los retos a enfrentar.
La explosión de la juventud marginada surge en medio de la crisis social, política y económica que vive a su manera Francia junto con el mundo entero con la globalización y la ausencia de perspectivas políticas. De un lado, está muy claro que la actual política aperturista, de competición a muerte, de concentración industrial y financiera, de cierre de fábricas, de reducción de personal está arreciando terriblemente la crisis de los sectores marginados y agrandando sus diferencias con los "otros", con quienes tienen la dicha de "ser competitivos".

Estos "otros" son de diversos cortes: yuppies, negociantes de comercio internacional, ingenieros, administradores y demás personal de las empresas exitosas, accionistas de las sociedades que piden más ganancias, mayores dividendos, al precio que sea. En particular, no repartiendo bienestar entre todos, empezando por su propio personal, sino ojalá despidiendo a la mayor cantidad de trabajadores como señal de su éxito en la "nacionalización de su estructura de costos". De hecho, los despidos se traducen de inmediato en una alza del valor de las acciones.

La otra cara de la moneda es una juventud sin perspectivas de futuro. Los que son "franceses de más vieja data" (un francés entre cuatro tiene por lo menos un abuelo extranjero) no ha encontrado nuevos valores que reemplacen los antiguos de la religión o del comunismo. Hay que recordar que después de la Segunda Guerra, más de un tercio de los franceses se decían "comunistas".

De otro lado, quienes son inmigrantes o descendientes de inmigrantes de países musulmanes sufren de un desfase de valores aun mayor que involucra valores familiares y comunitarios, además de las heridas propinadas a la autoestima por la discriminación social.

Las asociaciones barriales habían tenido un papel esencial de relevo a las estructuras religiosas y políticas, pero apenas la situación deja de ser álgida, chao subsidios... Y les queda bien difícil funcionar sin estos subsidios. El papel tan importante de las organizaciones del Partido Comunista en los barrios más pobres quedó barrido por la casi desaparición de esta organización. Su cambio de estilo ha conducido a que actualmente no sea un partido de profundo arraigo popular ni de activas "organizaciones de masas".

En este contexto, se llegó a la situación tragicómica que se hizo manifiesta la semana pasada cuando un responsable del partido "disidente" socialista afirmó que una de las causas de la situación reside en el hecho de que ya no existen en los barrios las organizaciones y la presencia del Partido Comunista.  Tremenda ironía, cuando el Partido Socialista reivindica de manera gloriosa, tal como lo afirmó alguna vez François Mitterrand, haber desarrollado exitosamente, en los años 70 y 80, una estrategia tendiente a "acabar con el Partido Comunista"  que en ese entonces era su aliado en las elecciones y tuvo ministros en el gobierno. Ahora añoran que los jóvenes sean por lo menos "revolucionarios", lo cual en las actuales circunstancias parece más noble y decente que desahogar  su rabia quemando carros, y hasta centros de salud y escuelas.

Pero los jóvenes de estos barrios marginados, además de expresar su hain (odio), encuentran en su revuelta la oportunidad de salir del anonimato, de la total falta de presencia en el mundo "bien", de ser los menos-que-nada. Por fin son importantes, por fin vienen los periodistas a sus barriadas, por fin son héroes de una inacabable película, por fin son temidos y respetados, por fin se pueden vengar de sus humillaciones.

Ahora, los mismos policías que siempre los consideran sospechosos a priori, que los someten a controles de identidad por el sólo hecho de ser los jóvenes habitantes de estos barrios, les temen.
El odiado ministro del  Interior (un hijo de inmigrantes como para resaltar la complejidad de este mundo) Nicolas Sarkozy no tiene sino palabras de guerra y de discriminación contra estos jóvenes. Utiliza términos relacionados con la "limpieza social " que nunca se sabe a dónde pueden conducir.
En este contexto, como es lógico, la rabia no se expresa de manera "culta", ni articulada, ni propositiva. Los gritos nacen de la desesperación y lo único que se pide es que "Sarco" renuncie. No hay programa alguno, no hay vocería política, no hay organización, por mucho que la extrema derecha vea un "complot islamista" detrás de los desmanes.

En fin, siembra vientos y cosecharás tempestades. O, para retomar a la Biblia y a James Baldwin, un gran escritor afroestadounidense de los años 50 a 70 que escribió "The fire next time", un libro de extrema rabia contra el racismo y la discriminación, cuyo subtítulo es esta frase de la Génesis: "Y Dios le dio a Noha la señal del arco iris: no más agua, la próxima vez es el fuego". Por fin "lo logramos": estamos en medio de las llamas, a pesar de tantas advertencias de sociólogos, de algunos alcaldes, de trabajadores sociales, y de los más lúcidos políticos.

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