Jueves, 8 de diciembre de 2016

| 2006/05/12 00:00

Mamás a la colombiana

Madre no hay sino una, pero en Colombia hay de tres tipos: las tradicionales, las transicionales y las de ruptura.

Madres como las de este cómic hay muchas. Pueden ser tradicionales, transicionales o de ruptura. (Caricatura de Ana Von Rebeur, una de las autoras más importantes a nivel mundial de cómics, ahora en Colombia)

Para celebrar el Día de la Madre, la prensa se ocupa sagradamente de hablar de la mamá más bonita, la más fea, la más moderna, la más anticuada... SEMANA.COM también habla de mamás.

Aunque no sabemos quién es la mamá más exótica, más veterana, la más trabajadora, ni la más famosa del mundo, tenemos el relato de mujeres del común que tomaron la decisión de ser madres biológicas, adoptantes y las que por intuición y convicción, decidieron jamás traer un hijo al mundo.

Sus testimonios son el reflejo de la investigación que realizaron cinco universidades en Cali, Medellín, Bogotá, Cartagena y Bucaramanga denominada “Padres y Madres en cinco ciudades colombianas”. Aunque el estudio fue revelado en 2003, Yolanda Puyana, de la Universidad Nacional y una de las autoras del trabajo, asegura que las variaciones hasta hoy, son mínimas.

Según el documento, la tercera parte de las mujeres entrevistadas se encuentra en una etapa tradicional, y son las que ven en la familia una prioridad en sus vidas. Las mujeres llamadas en transición, que son la mayoría, son las que trabajan y al mismo tiempo se encargan de hacer el oficio doméstico. Y la tendencia denominada como ruptura, son aquellas que no se proyectan con una pareja e hijos, pues ya rompieron el modelo que adoptaron de sus padres.

Ahí están casi todas. Las tradicionales, las transicionales y las de ruptura. Numerosos expertos de talla internacional hablan sobre ellas: Gilles Lipovetsky, Anthony Giddens o Elizabeth Badinter. Sus nombres, desconocidos para muchos, se reconocen por sus múltiples teorías que supuestamente ayudan a entender qué es, qué quiere y cómo se ve una mujer del siglo XXI. Pero quién mejor que los testimonios de ellas mismas para hablar de la idea de ser mamá:

Las tradicionales

Son como las ‘Susanitas’ de Mafalda que sueñan con una familia feliz. Se ubican sobre todo en los sectores populares. Su meta son los hijitos (así, en diminutivo), ya que los creen parte de su ciclo vital. “Por eso hay tanta maternidad en adolescentes de estratos 2 y 3. Muchas de ellas se sienten grandes, respetadas y creen que así alcanzan la libertad que en sus hogares siempre les negaron”, dice Yolanda Puyana, trabajadora social.

Pero incluso en estratos más altos, las tradicionales siguen primando. Natalia Urquijo es una de ellas. Esta abogada de 25 años, esposa de un piloto de una aerolínea privada y madre de dos bebés, fue una de las que no lo planeó: “Hace tres años estábamos con mi esposo de paseo y me dijo que quería un hijo. Yo le dije que bueno, ¡y ya!, ¡pasó! Aunque obviamente fue un baldado de agua fría para mí y para mi familia, yo sí quería tener hijos joven, y cuando llegó Martín pensé que lo mejor era salir de todos mis hijos ya, por eso quedé embarazada en la dieta”, dice Natalia.

Como un hijo es para toda la vida, casi siempre estas mujeres ven la necesidad de frenar por un tiempo sus proyectos individuales (como estudiar, viajar, salir con los amigos) para dedicarse a la crianza de sus bebés y al cuidado del hogar. Casi la mitad de las mujeres que clasificaron como tradicionales en el estudio, nacieron entre la década de los 40 y los 60, y crecieron en hogares que dividieron el rol de la mujer y del hombre en el hogar: ellas debían ser hogareñas, afectuosas y poco talentosas para actividades profesionales. Ellos, trabajadores.

Las transicionales

Aquí están las ambivalentes. Las que trabajan y hacen oficio en la casa. Las que aportan económicamente y crían a sus hijos. Virginia Gutiérrez de Pineda, una de las primeras feministas de Colombia, lo describió en su momento de manera lapidaria: “quienes asumen las tareas biológicas en los momentos de mayor trajín laboral llevan una carga múltiple, siguen siendo las responsables de la administración para el consumo, de la crianza de los hijos y arrastra, como el pecado original, la culpa de carecer del don de la ubicuidad para satisfacer simultáneamente los roles tradicionales y adquiridos”.

Pero al parecer, existe la posibilidad de que haya mamás felices que no sienten el peso del ‘pecado original’. Una de ellas es Adriana de Pérez, de 36 años. Es comunicadora social, alumna de la maestría de Artes Plásticas de la Universidad Nacional, asesora en comunicaciones, asuntos publicitarios y escultora. Por si fuera poco, es mamá de una niña de 9 años. Todo lo hace al mismo tiempo y dice hacer lo mejor que puede. “Mi casa se maneja como una compañía: nadie tiene roles definidos y por eso yo no cargo sola con la labor de educar a mi hija, todo es una labor compartida con mi esposo. Mi mamá me trasteaba por toda la ciudad a todas las citas y visitas que tenía, y por supuesto yo no hago eso con mi hija. Yo la acompaño en su crecimiento, le doy pautas, le marco el camino, pero la que decide finalmente es ella”, dice.

Las de ruptura

Aquí están las madres en potencia que no quieren ser mamás. Para muchas de ellas, los hijos son símbolo de fracaso. Con hijos no hay dinero, ni felicidad, ni viajes, ni rumba, ni tranquilidad, ni sueños, ni realización profesional, piensan ellas: “Hijos = No futuro”. Las hay de 20, 30 y 40 años, casi todas se ubican en la clase media, y media- alta. Son “compromisofóbicas” y creen haber roto con el modelo de familia que tuvieron sus padres. Varias optaron con tener parejas ocasionales, y si decidieron permanecer con alguien estable, la condición es clara: Hijos no.

Gabriela Jaramillo es una administradora de empresas de 27 años, dueña de una pequeña compañía de software y fiel representación de las mujeres de ruptura. Tiene una especialización en finanzas y su decisión con los hijos es absolutamente clara: “Mi felicidad es el trabajo, ganar dinero y tener reconocimiento profesional”, dice. Su concepto de amor es irónico: “Perdón, ¿el amor existe? Yo sí creo, pero como idea de compañía, de solidaridad. Los tipos creen que el amor es casarse, tener hijos, comprar un televisor juntos, y la cama, y amoblar el apartamento. No, definitivamente no, por lo menos de aquí a 10 años no”, dice la exitosa administradora.

“Las que no son tan contundentes están aplazando cada vez más la idea de tener hijos. Su idea de familia ya no tiene nada qué ver con las películas de Hollywood, con la propia familia, ni con el amor romántico. Saben que la medicina avanza y que si quieren tener hijos cuando ya no puedan, hay opciones como la congelación de óvulos o la inseminación artificial”, sostiene Yolanda Puyana.

También está la posibilidad de adoptar. Fue lo que hizo Clara Elena Reales. Su historia profesional es admirable: abogada de la Universidad de Los Andes, máster en derecho de la Universidad de Harvard, actual magistrada auxiliar de la Corte Constitucional y viajera empedernida. A sus 40 años, después de ‘enrrancharse’ hasta los 38 con la idea de no tener hijos jamás, decidió adoptar un niño.

“Me aterraba la idea de ser madre biológica por las transformaciones físicas que uno sufre. El pánico a equivocarme en la crianza de un ser humano era enorme. Como voluntaria asesoré jurídicamente a una fundación que protegía menores de edad y allí conocí un bebé con el que me encariñé durante un año. Por cosas de la vida tuve que alejarme del niño, así que a mi 40 años, sin esposo y sin novio, decidí adoptar a Antonio hace cuatro meses”, cuenta Clara Elena, una mamá tardía pero absolutamente feliz.

Aunque es pretencioso encasillar a las mujeres colombianas en “categorías maternales”, lo cierto es que varias de las 23 millones de mujeres que hay en este país están en esta tabla taxonómica. Como sea, a todas por igual, se les celebrará su día.

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