Sábado, 10 de diciembre de 2016

| 2006/06/12 00:00

Manual de corrección

Muchos creen que no hay nada más aburrido que lo políticamente correcto. Diversos personajes definieron para Semana.com lo que encaja en esa categoría a principios de este siglo. Martha Ruiz y Omar Rincón se suman a la lista de autores con sus apreciaciones sobre medios y periodismo.

Manual de corrección

Todo lo que no encaje en ese concepto, podría catalogarse como pieza del imperio del mal. Y si bien, nadie sabe quién se inventó la teoría de que hay un lenguaje, unas acciones y unos comportamientos “políticamente correctos”, lo cierto es que gran parte del mundo contemporáneo ha adoptado la famosa definición como paradigma del bien y la igualdad.

No obstante, su existencia, lo único que ha logrado es volver a dividir el mundo dentro de la parcializada mirada de los buenos y los malos. Ya decía el filósofo Vladimir Volkoff, quien se ha referido en algunos de sus textos al famoso concepto, que “lo políticamente correcto consiste en la observación de la sociedad y la historia en términos maniqueos. Lo políticamente correcto representa el bien y lo políticamente incorrecto representa el mal”. Y además ha servido únicamente para que quienes pregonan la igualdad sean tolerantes con quienes van en la misma dirección, nunca con los que van en contravía.

Pese a las críticas y posiciones encontradas que suscita la famosa tendencia a la corrección, lo cierto es que su influencia contamina hoy todas las esferas de la vida. Ahora, no es posible referirse a las minorías, grupos étnicos, vida cotidiana, política, intimidades sexuales o disciplinas artísticas sin caer en el manual de corrección impuesto por algunos intelectuales (nuestro Volkoff los llama desarraigados), ciertos políticos y medios de comunicación. Ya sea su fin confundir las verdades con mentiras o sólo encajar en el “deber ser”, no hay escape. Todos somos juzgados por nuestra capacidad para adoptar frases, comportamientos u opiniones que no desentonen con el criterio más básico y elemental de tolerancia.

Con base en ello, Semana.com reunió a diversos personajes, que usualmente se desenvuelven o son especialistas en campos y temáticas distintos. Ellos, desde su perspectiva particular (medio broma, medio en serio) intentaron definir qué es lo políticamente correcto en su área a principios del siglo XXI. Este es el resultado del experimento.

Lo Periodistas correctos no existen
Por: Omar Rincón [orincon61@hotmail.com]

Los medios de comunicación son “políticamente incorrectos” en su definición. ¿Por qué? Porque se comunica para y desde el sentido común de la sociedad. Y “el sentido común” está lleno de prejuicios, obviedades y simplezas. ¡Ay el sentido común! Y los prejuicios son lo “incorrecto”. Y está bien ser incorrecto en los medios, lo que está mal es no tener política.

El asunto es que los periodistas estamos “aburridos” que todos los Buenos de la sociedad quieran educarnos para que informemos en su horizonte de bondad. Así, los niñólogos nos proponen su agenda y sus ternuras; las feministas nos indican que debemos usar las @; los manes de los derechos humanos nos ilustran sobre como respetar y promover la civilidad; los medio ambientalistas, los gays, los indígenas, los viejitos, los y las… nos ruegan, piden, enseñan que debemos estar de su parte en el uso del lenguaje, en las agendas, en los tonos, en sus causas. Y los periodistas queremos, pero no podemos. ¡Nos declaramos incompetentes! ¡Somos incorrectos!

Todo no es culpa de los medios, la sociedad es la que no es correcta; los lectores, televidentes y radioescuchas no son correctos; peor aún, son racistas, machistas, homofóbicos y practicantes de más incorrecteces. Y para ellos nos comunicamos, está demostrado que a mayor incorrectez más rating (vea a Jota Mario o Sábados Felices o Decisiones o los realities) o lecturabilidad (lea Teve y Novelas o Soho) o escucha (oiga la Mega o los 40 Principales o a Mejia).

Los periodistas somos incorrectos porque la comunicación es expresión, y lo correcto limita e impide expresarse. Lo atractivo de lo incorrecto es que cuando uno escribe la emoción aparece y la capacidad de narrar es inmensa. O mire a ver si no es mejor “el negro tiene tumbao” a decir “el afrodescendiente tiene ritmo”. O no cree que es más comunicativo decir ese “hembro me enloquece” que “ese sujeto masculino étnico me enamora”. O no piensa que suena mejor decir “los niños están cada vez más insoportables” a escribrir “los y las niños son sujetos …” Y así podíamos seguir buscando lo correcto pero perdiendo la comunicación.

Listo, ser incorrecto da libertad expresiva y asegura rating. ¡Bien! Ahora, lo patético de nosotros (periodistas y medios) es no tener política. Lo estúpido es que jugamos a ser incorrectos sin siquiera conocer o reparar en asuntos tales como “el racismo”, “el machismo”, “el clasismo”. Creemos que somos incorrectos como un acto de inteligencia o de irreverencia y lo que somos, en la mayoría de casos, es ignorantes y estúpidos.

Así, señor@s Buenos y Correctos, no podemos seguir sus propuestas porque impiden la expresión y no venden. Pero… señores colegas de medios, dejemos la ignorancia y reconozcamos que en las luchas feministas, indigenistas, afros, gays, medio ambientalistas, de derechos… hay múltiples y atractivas propuestas de una sociedad mejor, más justa, más diversa y más feliz. Ojalá, los miedos y los periodistas dejemos la estupidez y ganemos la política, la palabra que más odia la farándula y los mediocres. (Por si acaso, política no es ser groupie de Uribe!).

Haz lo incorrecto
Por: Martha Ruiz

Por naturaleza, todo periodismo debería ser políticamente incorrecto. Al periodista le corresponde hacer la pregunta incómoda, esculcar donde hay algo que ocultar, desempolvar lo hechos que muchos quieren olvidar. Si lo políticamente correcto es aquello que sirve para mantener el status quo, entonces el periodismo debería ser una larga incorrección. El periodismo de guerra, cuando es políticamente correcto es propaganda. Trata de ir por el medio sin incomodar a nadie. Es aséptico en el cubrimiento de hechos, para que la sangre que derrama la gente, no salpique las páginas. ¡No vayan a pensar que somos sensacionalistas!. Por eso ese periodismo es de baja intensidad. Está desprovisto de toda emoción. Sólo busca la cifra exacta, el dato preciso. No el retrato humano y desgarrador.
 
 Pero esta es apenas una manera de ser correcto, es decir, frío. La otra es siendo plano. ¡Mejor no complicarse en explicaciones complejas que la gente no entiende!. No hay zonas grises. Al contrario, vuelve sencillo, lo que en la realidad es complicado: los buenos son gente que vino al mundo a sufrir, y los malos son gente retorcida cuya misión en la vida es torturar a las víctimas. Este periodismo políticamente correcto no puede ver cómo se transforman unos y otros en el camino. No se percata de las zonas grises donde a veces unos juegan a ser buenos, y poco después, a ser malos. El periodismo políticamente correcto ve la guerra como una cosa absurda e irracional, o como una épica de héroes. Sólo lo rechaza o la adula. Resulta mucho más incorrecto entenderla y darle sentido. Siento desilusionar a muchos, pero creo que en lo que tiene que ver con el periodismo de guerra, hay mucha más “incorrección” que gente políticamente correcta. Porque el periodismo del conflicto ha sido muchas veces estudiado, revisado, debatido.

Pero ¿qué con el otro periodismo? Miremos por ejemplo las páginas culturales de los periódicos y pensemos si alguien se atreve a polemizar sobre el artista de moda, o sobre los eventos más importantes. El festival de teatro, la feria del libro, por ejemplo, son políticamente correctas. Todo son loas. Ni que decir del periodismo económico. Cuando los empresarios ganan, se debe a su audacia en los negocios, cuando pierden, suelen ser la macroeconomía o las medidas del gobierno.

Por eso creo que el periodismo, no sólo el que se encarga del conflicto, debe hacerle menos venia al poder, ser un poco más irreverente, sacudirse de los intereses ajenos al oficio. Parecerá incorrecto, pero seguro será más periodismo

De eufemismos y otros asuntos
Por: Héctor Abad Faciolince
 
Lo políticamente correcto tiene una cara amable y otra innoble. La cara amable es pariente del eufemismo, un mecanismo retórico que busca minimizar las ofensas. La palabra marica, por ejemplo, que hoy en día es un insulto fuerte, fue un eufemismo creado hace algunos siglos para no usar palabras sonoramente más fuertes y ofensivas como bardaje o bujarrón, que querían decir lo mismo, pero en un tono claramente injurioso. Marica, que es un simple diminutivo de María, era casi un apelativo de cariño, pero con el tiempo se volvió insultante. Para no usarlo, hace unos decenios nos apropiamos del eufemismo inglés gay, que quiere decir alegre, y que no sonaba tan mal.

Pero la desgracia del eufemismo es que con el tiempo va despojándose de su falta de peso y se va cargando de nuevo de significado insultante. Hoy, en los colegios de adolescentes, insultan usando la palabra gay. Y entonces, para volver a usar un eufemismo, habrá que inventar otra palabra, salvo que se quiera usar el término más técnico y aparentemente más objetivo y neutral de homosexual.
 
Por lo tanto, el lado positivo que tienen los eufemismos es despojar a la expresión de su tono denigrante, y no insultar sin necesidad es algo bueno. Si la palabra negro, en Estados Unidos, era despectiva, no está mal, tal vez, que allá la hayan reemplazado por afroamericano. Pero importar este término a Colombia es inútil e incluso ridículo pues el término negro, en nuestro país, no es un apelativo cargado de valencias negativas, y puede ser incluso cariñoso. Cuando se opta aquí por definir a las comunidades negras como negritudes, creo que se está usando un término más preciso y apropiado, sin cargas políticamente correctas o incorrectas.

La cara innoble de lo políticamente correcto es cuando sólo sirve para el ocultamiento y el disimulo. ¿Cuándo se pasa la frontera de lo que es un intento de ser diplomático (polite, en inglés), y se pasa a la hipocresía? Es difícil saberlo. Sin duda decir que el desempleo ha bajado, o que el secuestro ha disminuido, pero no basándonos en cifras reales, sino en otra manera de definir “secuestro” o “desempleo” es una forma de ocultamiento para decir que el país está mucho mejor. Quizá haya mejorías, esto no se niega, pero si para ser “secuestrado” hay que denunciar y dejar pasar seis meses, y volver a denunciar, entonces lo que se está haciendo es ocultando una realidad, porque conviene ocultarla. Lo mismo puede decirse cuando se cuenta a los sub-empleados (un vendedor ambulante, por ejemplo) como si fuera gente con trabajo. Este es el aspecto innoble, y mentiroso, de lo políticamente correcto, o mejor, de lo que se dice porque le conviene decirlo así a un régimen político.

En cine
Por Manuel Kalmanovitz

¿Que si algo sobrevivió al maremoto de lo políticamente correcto? Casi nada. Ahora las películas se encuentran a gatas para buscar malos. Pero no es sólo por lo de lo políticamente correcto, el paisaje es más complicado.

Porque en la actualidad todos los estudios de Hollywood hacen parte de megacorporaciones, cuyas ganancias dependen en buena medida de los mercados extranjeros –el año pasado la taquilla en Estados Unido fue nueve mil millones de dólares y 12 mil millones en el resto del mundo (y las películas gringas se quedaron con el 80% de eso). Así que, por pura sensatez económica y comercial, los estudios no quieren enojar a clientes potenciales pintándolos como malosos.

Pero todo esto ha sido raro, porque esta especie de censura globalista comenzó a tomar fuerza cuando las mordazas de lo políticamente correcto comenzaban a aflojarse, a finales de los 90s. En 1997, por ejemplo, se estrenó Titanic que, al ganar 1.200 millones de dólares en los mercados internacionales, obligó a los estudios a tomarse más en serio la idea de hacer películas que ‘viajen bien’. Pero sólo un año después, en 1998, se estrenó There’s something about Mary, la película incorrecta por excelencia.

¿Qué pueden hacer entonces los estudios para conseguir malos? ¿Cómo es posible hacer comedias si no pueden echarle pasteles en la cara a la gente por miedo a ofender a la harina, los huevos, el azúcar y las manzanas, para no hablar de los millones que no tienen pasteles que comer?

Y sí, es posible. El problema es que el producto final, como un pastel sin harina, azúcar, huevos o manzanas, no sabe a nada. Es un pastel de aire. Pero para eso está la publicidad. Se satura el mercado de avisos del pastel este de aire y en la primera semana los incautos y desocupados van a verla y salen diciendo “Qué raro, no quedé lleno”. Y claro, ¿cómo podrían, si no hay nada ahí?

En términos prácticos, es posible que no haya diferencias entre la censura de lo políticamente correcto y la corporativa. Pero en términos conceptuales, hay un abismo tremendo. Porque los argumentos detrás de lo políticamente correcto pueden discutirse. Se puede demostrar lo condescendiente que es, lo inútil, el tufillo de superioridad de sus proponentes.

Pero contra lo otro no hay nada que hacer.

¿Hay una arquitectura políticamente correcta?
Por Alberto Saldarriaga Roa

Ser políticamente correcto para muchos, la mayoría, significa tratar de quedar bien con todo el mundo, ser “del establecimiento” y “estar en contra”. La dosis personal varía en cada caso. Si uno es de derecha puede decir que la izquierda no es tan mala, y viceversa. Pero hay extremismos. Es obvio que para los uribistas, lo mismo que para los radicales de izquierda, solo hay una manera de ser políticamente correcto, la de ellos.

Rogelio Salmona ha afirmado en varias ocasiones que hacer arquitectura es un acto político. Esto quiere decir que, por acción u omisión, el arquitecto compromete una idea política en sus obras. El problema no radica solo en saber cómo lo político se convierte en formas y espacios sino en tener claro el papel social de las obras y este, muchas veces, no depende del arquitecto sino de toda la estructura productiva. ¿Cómo se maneja esa dependencia?

Hay hoy en día una clara tendencia a aceptar como políticamente correcto todo lo que proviene de la estructura del poder político y económico y traducirlo en formas urbanas y arquitectónicas. Los condominios privados, los centros comerciales, los edificios corporativos y las viviendas costosas son políticamente correctas, para el establecimiento, lo mismo que lo son las ínfimas viviendas “de interés social” que promueve irresponsablemente el gobierno nacional. Su “corrección” deriva, según los arquitectos que las realizan, de estar legitimadas por las estructuras de poder, las que no son sujetas a ningún tipo de crítica. Es obvio que ese tipo de “corrección política” se acepta por ser rentable para el inversionista y para el profesional de la arquitectura. Eso quiere decir que ser políticamente correcto, es este sentido, se negocia en el mercado, se compra y se vende.

Pero hay algo más. Hay también una estética “políticamente correcta”, que viene en forma de modas internacionales, algo así como un TLC de la arquitectura. Para estar “in” hay que adoptar esas modas, de lo contrario se pasa al sector “out”. Esas modas las compran hoy en día los ricos, los nuevos ricos y los aspirantes a ricos, lo mismo que las entidades privadas y públicas que hacen encargos de arquitectura. Se compra una imagen “legítima”, política, social y culturalmente. De ahí la inconformidad que despierta el despliegue de “arquitectura” que se vende en periódicos y revistas y que se propone, en un país de pobres, como el mundo ideal que nunca se alcanzará. Mejor sería ser políticamente incorrectos para tener algo de espíritu crítico y de activismo social.

Lo que se dice y no se dice en la política y los medios
Por Jorge Morales

Sobre lo que no se dice en política y que los periodistas tampoco dicen, yo tengo algunos puntos de vista.

En primer lugar, la política, como cualquier otro aspecto de la vida social , está conformado por construcciones culturales que hacen la gente y los líderes y con las cuales se van familiarizando y apropiándose de ellas hasta crear verdaderos imaginarios, en los cuales hay elementos ciertos y otros no tanto.

En el caso colombiano, por ejemplo, hay varios hechos que son inapelables y sin embargo, los medios de comunicación, los políticos y la población continúan negándolos o afirmando su contrariedad. Entre ellos, quiero nombrar en primer lugar, la inoperancia de la democracia y el estado de derecho en muchas de las escenas de la vida cotidiana. Pero se sigue diciendo que ese estado tal, existe y debe mantenerse, cuando sabemos que la impunidad, el clientelismo y la corrupción no pueden permitir que tal estado ideal se manifieste en la realidad. Entonces, el periodismo debe reconocer que la frase "Colombia es un estado social de derecho" es en buena parte una construcción cultural sin mayor respaldo en la vida nacional y no seguir repitiéndola como loros, porque los políticos la afirman.

De ahí se desprende otra idea que se ha vuelto un slogan , y que en los medios nadie e atreve a contrariar: La lucha por los derechos humanos. Si Colombia no funciona como democracia pujante, sino muy coja y por tanto el estado social de derecho también flaquea mucho, es imposible lograr que se respeten los derechos humanos. Mientras no haya una verdadera justicia sólida y creíble, ninguna clase de derecho va a ser operante, pero aquí no se atreven a manifestar que si no hay derecho en general, o por lo menos funciona muy mal, pues los derechos humanos no van a cumplirse, como si fueran una rueda suelta dentro de la vida jurídica colombiana. Y por lo tanto, todos los esfuerzos gubernamentales y privados son estériles mientras no exista un cuerpo general jurídico que funcione y sea respetable.

Manual de instrucciones para ser un profesor políticamente correcto
Por Catalina Lobo-Guerrero

La inclusión de las diferentes disciplinas
En una sola materia hay “alumnos” (Ojo no les diga alumnos, los está insultando al decirles “no iluminados”) de mínimo ocho carreras diferentes: desde filosofía, hasta ingeniería ambiental, pasando por economía, y por derecho. En sus ratos libres juegan fútbol, tienen blogs, son modelos, venden frunas, o apuestan en los casinos.
Lección numero 1: No decir bajo ninguna circunstancia que esa mentalidad es típica de “abogados”, que escriben como “ingenieros”, que tienen actitud de “políticos”, que las modelos son huecas, que se dediquen al deporte y no a la academia, y que les irá mejor vendiendo frunas en un semáforo, que estudiando. Los estereotipos no funcionan ni en clichés o chistes.

Aprendizaje multicultural
Aunque los estudiantes de intercambio son pocos, los hay. Dependiendo claro de cómo se defina el intercambio geográficamente .
Lección número 2: No se le ocurra jamás corregirles el español trabado, ni tratar de hablarles en su lengua materna. Puede ser un insulto a su esfuerzo de pronunciación, además el lenguaje está permanentemente en construcción.
Mucho menos haga bromas sobre gringos, franceses, argentinos, inclusive si el alumno tiene cara de tener buen humor. Esto aplica también para costeños, paisas y pastusos. Hoy nadie es de raza pura y el concepto de raza, valga recordar, fue construido con fines excluyentes, por lo tanto, es inexistente como idea válida en sí misma.

Estudiantes discapacitados
Algunos de los estudiantes toman el curso por extensión universitaria, porque no pasaron el examen de estado o no alcanzaron el puntaje mínimo para la carrera que necesitaban.
Lección número 3: Ni se le ocurra pensar que son malos. Pueden tener problemas de aprendizaje, problemas en la casa, problemas de abuso de sustancias, terminaron con la novia, se murió el perro, salieron del closet o atropellaron a alguien el día anterior al Icfes. Todo el mundo merece una oportunidad en un ambiente incluyente de distintos saberes y habilidades.

Aprender con mente abierta
Otros entran por estudios dirigidos y se les permite así tomar materias de diferentes disciplinas sin estar inscritos necesariamente en una facultad o departamento específico. Algunos estudian doble carrera o hacen “opción” en otra disciplina.
Lección número 4: No les pregunte que si ya saben que van a estudiar, que si les ha gustado la materia, ni que espera que con ella se den una idea general de la carrera. Tanta preguntadera los desubica y los “inseguriza” aún más. Además ya no hay que quedarse solo en un campo o disciplina. La educación debe ser holística e interdisciplinaria.

Educación respetuosa de las ideologías y religiones
Los alumnos tienen crestas, tatuajes de símbolos nazis, afro, usan escapularios, son góticos, leen libros de Kabalah, no comen carne, levitan, son uribistas, creen en los ovnis o acaban de prestar servicio militar.
Lección número 7: Todas las anteriores pueden estar presentes en un mismo individuo, lo importante es no preguntarle ni cómo ni por qué. Las ideologías y la religión no son temas públicos ni de discusión en un salón de clase. Desde la constitución del 91, todo el mundo es libre de creer en lo que quiera.

Una última recomendación: Cualquier comentario espontáneo que escape a las anteriores recomendaciones, sea divertido, irónico, inteligente, de doble sentido y sincero, podrá ser usado en su contra.

El deber ser cotidiano
Por Olga Lucía Lozano

Lo peor de vivir bajo el peso de lo “políticamente correcto” es que sólo queda la posibilidad de dividir el mundo entre buenos y malos, entre lo que se hace y no se hace, entre lo que se dice y no se dice, y entre lo que se estila y no. Con ese parámetro queda poco espacio, entonces, para la improvisación e imaginación.

Si un colombiano cualquiera decide existir bajo los criterios de la corrección modelo 2006, ha de seguir por tanto una serie de preceptos que van desde lo más obvio hasta lo más absurdo. Si sigue los modelos impuestos desde los medios y los personajes públicos, además, hoy un habitante de este país sería una mezcla de diminutivos, frases de cajón y “supuestas” intenciones de inclusión.

Dentro del amplio repertorio de frases fabricadas para demostrar buena educación, lo llamativo son los términos que se utilizan en su construcción: el verbo “regalar” se ha vuelto imprescindible en el trato diario (me regala la cuenta, me regala su nombre, me regala los datos... cualquier cosa hay que solicitarla cual si se tratara de un obsequio del interlocutor). Desear ha reemplazado en su totalidad a necesitar o querer (¿A quién desea? ¿Desea un caramelo? ¿Desea un tíntico?). El término colaborar se ha constituido en una señal de solidaridad lingüística que evita la nefasta labor de exigir algo (“Me colabora con la salida”, “Me colabora con el trabajito que le encargué”, “Me colabora con lo del pasaje”). Y para colmo de males la palabra poner cedió su espacio a la supuestamente sofisticada colocar (“Coloque esta canción”, “Coloque la pieza en orden”).

En fin, el nuevo manual de urbanidad ha dado al traste con la precisión del lenguaje. Claro que en otros casos lo políticamente correcto a ese nivel está marcado por las indicaciones de los expertos. Así que no hay que olvidar el tema de "los y las"  (aunque confunda a todo el mundo el tema del género), los afrocolombianos y no los negros, los indígenas y no los indios, la empleada doméstica y no la niña del servicio, el conductor de transporte público o el profesional del volante y no el busetero, en fin, cada sector de la población ha encontrado un nuevo rótulo que, según sus inventores, los hace parte de los procesos de tolerancia e inclusión.

Encima, y como si no bastara con esos dos frentes de ataque idiomático, gracias a la influencia del presidente Uribe, la costumbre del diminutivo empeoró. Ahora no hay carreteras sino carreteritas, no hay ministerios sino encarguitos y no hay plata sino pesitos. Esperemos que no le de por instituir que no hay pobres colombianos sino pobrecitos.

Pasando el capítulo del léxico, si usted se mantiene dentro de lo obvio no correrá ningún riesgo social. No haga chistes sobre los pobres, no hable mal de las minorías, diga que tiene un amigo gay y uno afrocolombiano, no plantee discusiones sobre la administración Uribe, ni ataque frontalmente a la Iglesia Católica o cualquier otro grupo religioso aunque crea que son anacrónicos, pues la libertad de cultos lo prohíbe.

En general, para ser un políticamente correcto hoy, basta con no decir nada de lo que se piensa, con fingir tolerancia, con eludir dar respuestas concretas, con hacer caridad sólo para recibir elogios y con recordar que siempre hay una palabra más fea que la correcta para definir algo. Falta mucho en la lista, pero seguramente los usuarios podrán completarla.





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