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| 2/14/2005 12:00:00 AM

"Marcela"

Capítulo del libro '¿Valió la pena?'

Despertó. Sintió frío y buscó refugio en los brazos de su marido. Alberto la recibió, y con la punta de la frazada cubrió la espalda desnuda de su mujer.

-Buenos días, amor -susurró Marcela, feliz.

Su dicha fue mayor cuando abrió los ojos y descubrió la luz matutina colándose entre las cortinas de su alcoba. Cerró los párpados por un instante, en tanto su mente ordenaba las tareas de aquel domingo.

Como todas las mañanas, acompañaría a Ramón, el empleado, con las cantinas de leche hasta el centro de acopio. Alberto dormiría hasta tarde, pero antes del mediodía bajarían hasta Bogotá a casa de sus padres, o quizá a algún restaurante. Antes del anochecer, como todos los domingos, regresarían a la finca para desde el filo de la montaña contemplar el crepúsculo de las tardes de octubre.

Calculó la hora y se puso en pie. Entró al baño; una pizca de vanidad llevó su mirada hacia el espejo y este le devolvió la magnífica silueta de sus cuarenta años. Después de la ducha preparó café y mientras sorbía la infusión contempló el cuerpo dormido de Alberto; nuevamente le dio gracias a Dios.

Se vistió con ropa de trabajo y miró la hora; en breve llegaría Ramón con las cantinas. Tendría tiempo de ir hasta filo del cerro acompañada de las mascotas a presenciar la salida del sol. Así lo decidió y junto a "Colette" y "Lucía" subió hasta la cima y tomó asiento en el tronquito donde todas las mañanas, con un pocillo de café entre las manos, le hacía el reconocimiento a la vida. De repente, en la línea del horizonte, la luz dorada bañó el infinito de la sabana bogotana anunciando el nuevo día. Las pequeñas criaturas del bosque entonaron sus trinos saludando la alborada y Marcela bebió un trago de café.

Mientras su rostro adquiría los tonos del fulgor mañanero, recordó los amaneceres en los campamentos guerrilleros, en las casas de seguridad, en los cambuches inesperados. Pero sobre todo recordó cuando apenas era una niña de catorce años, y en las madrugadas abandonaba su casa con una bolsa llena de volantes hechos en páginas de cuadernos escolares garabateados por ella misma y sigilosamente los pegaba con engrudo en las paredes de las calles del barrio. Jamás nadie imaginó que quien llenaba las paredes con aquella particular propaganda subversiva era la hija única del oficial del Ejército, que vivía en la casita a mitad de la cuadra.

Nunca soñó sobrevivir a la guerra del Eme. Siempre creyó morir al día siguiente de sepultar a su último compañero. Y cuando decidió no volver a enamorarse de nadie, al final de la guerra, en una cita clandestina conoció al mono Alberto. Desde cuando contempló el brillo sereno de sus ojos, tuvo la certeza de que había encontrado en él su reposo como guerrera. Así fue. Al terminar la guerra del Eme, ella asumió que Alberto sería el compañero para el resto de su vida.

Los gritos de Ramón la pusieron en pie. Miró el reloj: eran las 7:00 de la mañana. Bajó de prisa, saludó a su empleado y de inmediato sacó del garaje la vieja camioneta que servía para transportar diariamente los recipientes de leche. El empleado subió las cantinas rebosantes, las aseguró sobre el platón del carro y avisó a su patrona que podía arrancar.

Pensó despedirse de Alberto, pero prefirió no hacerlo. Las últimas semanas había trabajado hasta altas horas y prefirió dejarlo descansar. Arrancó y tomó la ruta de todos los días.

Aquel amanecer de domingo, el verde de la campiña estaba lleno de claridad y de alegría. Sin embargo, mientras conducía presintió que el viento del otro lado del páramo llegaba con augurios insospechados. Repentinamente, la tranquilidad de la carretera fue interrumpida por el rojo vivo de un campero repleto con hombres desconocidos. El conductor del campero cruzó la vía y cerró la pequeña camioneta de leche. Marcela frenó en secó y pensó que era una pésima broma del vecino o quizá del hijo del vecino.

Pero del campero rojo no descendió el vecino, tampoco el hijo del vecino, sino un hombre de rostro adusto acompañado por tres hombres de rostros aún más huraños cubiertos con ruanas levantadas por los cañones de armas ocultas. Marcela sintió un vacío en el estómago.

-¡Córrase! -ordenó amenazante quien parecía ser el jefe.

-¿Quiénes son ustedes? -interrogó Marcela con los últimos visos de entereza.

-¡Acaso importa!

-¡Sí...! Sí me importa.

-Somos guerrilla.

La respuesta del hombre la dejó sin alientos. En segundos, el susto amenazador de los desconocidos se convirtió en una angustiosa ambivalencia. "Somos guerrilla", había dicho el hombre armado. ¿Acaso, años atrás, ella también no había sido guerrilla?

-¿Qué quiere?

-El carro de su marido para trastear unos heridos.

Marcela no creyó en la respuesta del desconocido. Sin embargo, consideró aquella posibilidad.

-Hombre... Haberlo dicho. ¡Pero baje esa arma!

Momentáneamente sintió aire fresco. Cuatro hombres ocuparon los asientos traseros de la camioneta y permitieron a Marcela entregar las cantinas de leche en el centro de acopio. En tanto, a prudente distancia, el campero rojo vigilaba los movimientos de Marcela y su empleado. Más tarde, tomaron camino de regreso y en minutos los dos carros ingresaron a la casita de la finca. Marcela ordenó a Ramón que diera aviso a Alberto sobre la presencia de los "amigos".

Aún somnoliento, Alberto apareció en la puerta averiguando el motivo por la presencia de los hombres armados. Marcela intentó hablar, pero fue interrumpida por quien parecía ser el jefe. El grupo ocupante del campero rojo descendió mostrando sus armas y rodeando a los habitantes de la casita.

El hombre que fungía como jefe se identificó: dijo llamarse Palacios. Manifestó pertenecer al frente 53 de las FARC y de tener orden de "retenerlos". El hombre armado calló, quizá en espera de la reacción de los habitantes del lugar. Luego de algunos segundos de silencio, Marcela alzó la voz.

-¿Retenernos? ¡Será secuestrarnos! -El grito hirió los tímpanos de los desconocidos, quienes sin disimular sus nervios quitaron el seguro de sus armas. Los perros parecieron presentir el peligro y empezaron a ladrar. Ramón se apresuró a tranquilizar los animales.

Alberto abrazó a su compañera pidiéndole calma. Se dirigió a Palacios y le dijo que estaban equivocados, que ellos eran desmovilizados del Eme, que él trabajaba como empleado en una entidad del Estado y que su único patrimonio era aquella hectárea de terreno y el carro comprado a crédito. Con el rostro de piedra, Palacios parecía oír sin dar importancia a las palabras de Alberto. Cuando éste calló, el hombre armado volvió a repetir la amenaza:

-Que pena con ustedes, pero tengo la orden de llevármelos. Así es que colaboren y tranquilos.

Alberto respiró profundo buscando calma, en tanto Marcela se atrincheraba en el mutismo. Palacios insistió en la exigencia de abordar el automotor. Ordenó como algo provechoso para la situación que Ramón se quedara cuidando la finca; también lo requirió para que mantuviera silencio sobre la "retención" hasta nuevas órdenes. Algunos de sus hombres obligaron a la pareja a subir al campero, y una vez en sus puestos, fueron exigidos a agachar las cabezas y mirar al piso. Seguidamente los conductores arrancaron con rumbo desconocido.

El campero de los asaltantes junto al Montero de Alberto desaparecieron en las difíciles trochas de la montaña. Por momentos, Alberto parecía no terminar de entender la extraña condición: media hora atrás, él estaba en su cama disfrutando el descanso dominical. De pronto, minutos después se desplazaba en su propio carro amenazado por aquellos extraños que decían ser guerrilleros y que se lo llevaban a algún lugar desconocido. "Estos tipos deben estar equivocados...Yo, plata, ¿de dónde?"

Por su parte, Marcela creyó asimilar la nueva situación y sólo pensaba en hablar con el mando de la zona para decirle quien era ella. Si era el caso, se dirigiría hasta donde Alfonso Cano; él tendría que conocer esta situación. Habían sido amigos del barrio hasta cuando ambos tomaron caminos diferentes en la lucha política. "¡Malparidos, pero me van a oír! Lo más probable es que estos pobres maricas no tengan idea de a quién están secuestrando... Oye Marcelita... y no te has puesto a pensar. ¿Qué tal que no sean de las FARC? ¿Qué tal que sean delincuentes comunes? ¿O qué tal que sean paracos?"

La última posibilidad la dejó sin respiración. ¿Delincuencia común o paramilitares? Por primera vez experimentó la incertidumbre. Tuvo miedo y buscó refugio en el regazo de su marido. Alberto abrazó a su mujer y la recostó entre sus piernas.

Durante toda la mañana los automotores avanzaron. En algún momento la trocha terminó al pie de el crecido cauce de algún río extraviado en la geografía colombiana. Palacios ordenó evacuar los camperos y cruzar el río con ayuda de sogas. Alberto y Marcela descendieron del carro e intentaron reconocer el lugar, pero fue imposible; los carros habían dado demasiadas vueltas y el sentido de orientación de los prisioneros había quedado en el piso del carro.

Lo único cierto era el descenso del páramo. El frío había desaparecido y el clima de tierra templada se evidenciaba en el bochorno húmedo de la región. Cruzaron el río y luego Palacios ordenó proseguir a pie entre las ocultas trochas de la vegetación.

Luego de dos horas aproximadas de sinuoso camino, el grupo llegó hasta un claro del bosque. Palacios ordenó parar. Él y sus hombres quedaron sorprendidos ante la particular habilidad de los "retenidos" para deslizarse entre los laberintos de la manigua. "Están mamados -pensó Alberto-, creo que no son de la guerrilla. ¿Son paracos? O quizá ¿delincuencia común?" Observó un gesto en el rostro de su mujer y creyó ver en él una invitación a la fuga.

Con palabras ininteligibles, Palacios se comunicó por radio con algún superior y luego les dijo:

-Viene en camino la comisión encargada de la retención de ustedes. Si quieren decir algo, negociar, lo que sea, será mediante esa comisión.

-Lo que queremos es hablar con el mando de este Frente. ¡Nosotros no tenemos plata! Somos trabajadores, y si es por plata, pues ya pueden empezar a matarnos -dijo Marcela en voz alta.

Palacios parecía sufrir de sordera. Ni siquiera se inmutaba ante las palabras de los secuestrados. Su rostro de piedra gesticulaba órdenes, pero al tiempo, parecía no tener idea del significado de sus palabras. Parecía dar instrucciones de memoria y la sombría disciplina de sus hombres despertaba temor en los prisioneros. Alguien repartió tamales.

-Alimentémonos con esta vaina. Quién sabe cuándo volvamos a comer -aconsejó Marcela a su compañero.

Transcurrió un tiempo muerto espantando insectos y evitando los verticales rayos de sol que penetraban quemando el claro del bosque. Alberto y Marcela buscaron la protección de un árbol y se cubrieron en su sombra. Un hombre joven, de aspecto campesino, armado con una escopeta de cañón recortado sacó un paquete de Mustang y muy amigablemente ofreció a los cautivos. Alberto pidió agua, en tanto Marcela tomó un cigarrillo, lo encendió y agradeció al muchacho.

Se escuchó una contraseña y seguidamente irrumpió en el lugar otro grupo de hombres armados. Éstos lucían camuflado y al parecer eran veteranos de la guerra.

El jefe del grupo secuestrador se apresuró a saludar al jefe del grupo visitante. Este restó importancia a la melosidad del subordinado y preguntó por los "retenidos". Palacios señaló el lugar donde descansaba la pareja y el jefe recién llegado se acercó y se presentó ante ellos: dijo llamarse Rafael y ser miembro del Estado Mayor del frente 53 de las FARC. Lucía impecable; de mediana edad, con un corte de cabello alto, vestido con un camuflado ceñido al cuerpo y con una amplia sonrisa, se dirigió a los prisioneros:

-Señores -les dijo-, para que estén más cómodos hemos decidido llevarlos hasta el campamento. Mañana conoceremos quién se queda y quien sale a buscar el billete del rescate.

-Rafael, ustedes están equivocados. Nosotros no tenemos recursos. Soy empleado de una entidad del Estado, mi mujer tiene un restaurante quebrado en La Calera y nuestro patrimonio es una hectárea de tierra cerca al pueblo, tres vacas que nos dan ciento cincuenta litros de leche, dinero que sirve para pagar el sueldo del empleado y un carro sacado a crédito. ¡Es todo!

El uniformado adoptó un aire de sorpresa. Volteó su mirada a Palacios, quien se hallaba pendiente, y con un gesto pareció cuestionar a su subalterno. De su carpeta extrajo una hoja y la leyó detenidamente.

Al parecer, una nueva información causó sorpresa en el mando. Su sonrisa se convirtió en mueca y empezó a mirar a los costados. Dio un paso atrás, llamó a Palacios e impartió nuevas órdenes. Con evidentes muestras de haber cambiado su buen genio, junto a sus hombres se alejó del claro del bosque. Marcela y Alberto se miraron a los ojos. Palacios ordenó proseguir la marcha y el asunto pareció más confuso que al principio.

Nuevamente el grupo se internó en el bosque. En esta oportunidad, y por orden de Rafael, la pareja de secuestrados fue separada. A Marcela le tocó de custodio un hombre taciturno, en cambio a Alberto le fue asignado el muchacho que horas antes les había ofrecido cigarrillos. A pesar de la prohibición de cruzar palabras con los "retenidos", el muchacho no perdía oportunidad para hablar con Alberto.

Dijo llamarse Chepe y ser del Tolima. Que se había metido en la guerrilla por "aventuriar"; que a él lo que le gustaba era el estudio y que soñaba con algún día graduarse de bachiller, "para llevarle el cartón a mi mamá, para que vea que no tiene un hijo tan vago". Alberto aprovechó la extroversión del muchacho para confirmar la procedencia del grupo.

-Sí. Nosotros somos de las FARC. Fresco. No se asuste, no somos paracos -le dijo el muchacho. Alberto le preguntó el motivo por el cual Rafael se había contrariado al enterarse que ellos eran desmovilizados del Eme.

-¡Ah! Sí. Porque ustedes, los del Eme... Ustedes... ¡Son traidores a la revolución! Sí. Eso dijo... Que haberlo sabido antes para haberlos fusilado. Si... Eso fue lo que dijo aquél man.

Alberto calló para entender mejor las palabras de Chepe. El asunto se aclaraba. Por un lado se abrían posibilidades, pero por otro se confundían. Con la situación un tanto clara, Alberto empezó a diseñar la estrategia para salir del atolladero.

-Pero, fresco. No le pare bolas a esa vaina. Ese mando es farfalloso. No lo ve pues, que parece la portada de una revista de modas. A ustedes los trajeron fue por plata. Listo. No le pare bolas a lo otro... Oiga, que vieja tan berraca su mujer. ¿Ah?... A mí, ustedes me tienen descrestado. Yo aquí he visto unas vainas que nadie me cree. Manes que en Bogotá son los putas, que dicen por televisión que éste país hay que limpiarlo de tanto malandrín, que la moral, que la patria, que hacen y deshacen con todo. Y hay que verlos aquí. ¡Son hasta maricas! ¡Con eso le digo todo! Bueno hermano, parece que llegamos.

Luego de salir de la falda de una elevación, el grupo arribó hasta el filo de la montaña. Adelante se divisaba una abrupta hondonada donde al parecer se hallaba el campamento madre de los alzados. Cuando entraron a lo que parecía el primer cinturón del campamento, la tarde finalizaba y decenas de hombres y mujeres vestidos con traje de fatiga se movían en diferentes direcciones, realizando las últimas tareas del día. Sin advertirles nada, la pareja de secuestrados fue llevada hasta un galpón con características de escuela y encerrada en su interior. Después de un momento, Chepe les llevó dos platos de arroz con fríjoles y un pedazo de carne. Cuando ya se alejaba pareció recordar algo; regresó y le pasó a Marcela un paquete empezado de cigarrillos.

-Son paras -susurró Marcela con voz secreta. Alberto la miró sorprendido y respondió con otra verdad descubierta.

-No. Son FARC.

-No, hombre. Son paras.

-¿Cómo lo sabes?

-Me lo dijo confidencialmente el tipo que me pusieron de custodio.

Alberto calló. Dejó el plato de alimento a un costado y se tomó la cabeza con ambas manos: ¿A que juegan éstos? Reflexionó en voz alta. Marcela preguntó el motivo del repentino disgusto y Alberto respondió con su duda:

-El chino que me pusieron de custodio me confesó lo mismo pero al revés: que eran de las FARC.

Marcela dejó de comer, abrazó a su marido y lloró. Todo el tiempo había reprimido el llanto evitando hacerlo frente a sus captores. Necesitaba llorar con toda la desesperación reprimida durante aquellas inusitadas horas. Se recostaron en una colchoneta y el peso de las angustias y el cansancio de las emociones de aquel día doblegaron sus voluntades y ambos quedaron sumidos en un profundo sueño.

Al amanecer del día siguiente, golpes en la puerta despertaron a la pareja de secuestrados. Un guardia entró al galpón con la orden de que "el señor debía presentarse de inmediato en la comandancia". Con ambas manos Alberto aliso su cabello, amarró el cordón de sus zapatos y se puso en pie. Marcela trató de salir junto a su compañero, pero de forma tajante el guardia impidio el intento.

-¡No! ¡La señora no! La señora tiene que quedarse aquí.

- Yo lo que tengo es que morirme, maestro. ¡Déjeme salir! Los dos estamos en esto y debo acompañar a mi marido. Trató de forzar al guardia pero no pudo: aparecieron otros y detuvieron el intento.

Una hora más tarde, escoltado por guardias, el secuestrado regresó al galpón: su rostro lucía agotado y reflejaba una gran angustia interior. Haciendo acopio de calma Alberto explicó a su mujer lo acordado con los jefes del campamento.

-Me voy yo. Tengo que levantar treinta y cinco millones para el jueves y dejar el Montero. Fue el arreglo final con esta gente. ¡Pedían cien!... No pude rebajar más esa cifra. Mamita, me voy, pero tenga la seguridad que vuelvo por usted.

-Y usted ¿de dónde carajos va a sacar esa plata? ¡Alberto... En la cuenta apenas tenemos cuatrocientos mil pesos!

Alberto no respondió; prefirió bajar el rostro para no dejar ver sus ojos. Abrazó a su mujer y con un beso en la mejilla se despidió. De regreso hasta su casa en La Calera estaría escoltado por la cuadrilla de Palacios. De salida, cuando el prisionero llegó al final del campamento, volteó el rostro y miró a su mujer que quedaba como rehén. Marcela jamás olvidaría aquella mirada de Alberto.

Al medio día la secuestrada fue sacada de la escuela y llevada hasta la falda de un cerro cercano. A mitad de la falda de la montaña se habilitó un "cambuche" donde la "retenida" debería cumplir su cautiverio. Le fueron asignados tres grupos de guardias, los cuales deberían alternar cada ocho horas. Entre los guardias designados para su custodia estaba Chepe.

Fueron cuatro días donde la secuestrada recapituló las angustias de la persona despojada de la libertad. El primer día, cuando Chepe le llevó una sudadera y una camiseta, Marcela vio en ellas el símbolo del cautiverio. Por eso, cuando recibió aquellas prendas, sintió escalofrío, pero al instante decidió que desde aquel momento acudiría a todos los subterfugios aprendidos en la guerra para visualizar su fuga, pero antes, debía obtener confianza de sus secuestradores.

No hubo necesidad. El atardecer del viernes, cuando la secuestrada acudía a sus fuerzas interiores para la jornada nocturna, con el cambio de guardia llegó Chepe con la noticia de que había visto a Alberto en el campamento hablando con los comandantes. Marcela miró a los ojos del guerrillero como gritándole: "No sea hijueputa, no me diga esa mentira". De inmediato el joven guerrillero entendió el interrogante en los ojos de la mujer y le respondió con la mejor de sus sonrisas.

-En serio. No le estoy mamando gallo. Don Alberto estaba en el campamento cuando yo salí para acá.

Era verdad. Alberto había regresado por ella, con treinta y cinco millones reunidos de sindicato en sindicato de todo el país, en maratónicas jornadas de veinticuatro horas. Los diez millones finales de la cifra acordada lo reunieron amigos y familiares de la pareja.

Cuando abandonaba el campamento, la mujer divisó a Chepe cuando este alzaba el brazo en señal de despedida. Sin saber por qué, le respondió el saludo.

Meses después, Alberto y Marcela decidieron ir hasta el Caguán, donde las FARC adelantaban conversaciones con el gobierno de Pastrana. Con la fatua esperanza de que todo hubiese sido la equivocación de algún frente o de algún mando desorientado, se entrevistaron con Alfonso Cano. Éste los recibió y los atendió cordialmente. Cuando le informaron de lo sucedido, Cano les dijo que eso no era posible, que la política de las FARC no era la del secuestro indiscriminado. Entonces, la pareja le mostró pruebas incontrovertibles sobre la autoría del atropello por parte de ellos, tras lo cual Cano fue a la estación de radio y se comunicó de inmediato con ese Frente. Cuando volvió les dijo: "Tienen razón ustedes. Sí fuimos nosotros. Pero, tranquilos: ya di la orden de que los resarcieran de los perjuicios causados. Les vamos a devolver el campero."

Ambos presintieron que la promesa de Cano era falsa y por ello no experimentaron una gran decepción cuando nada les fue devuelto. Para ese momento, la debilitada idea de pensar en las FARC como gente revolucionaria se les había apagado totalmente. Pero otras certezas, éstas indestructibles, les permitirían rehacer su vida de hogar en otra parte.

ENERO DEL 2003
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