Domingo, 22 de enero de 2017

| 2003/06/29 00:00

Mario, la tierra que hoy te llora

Mario Andrés Flórez, fue más que el médico del pueblo para los habitantes de Murindó (Chocó). Sin embargo alguien no pensó así y por eso su cuerpo fue encontrado en a las afueras de Caldas (Antioquia). Su vida la dedicó a ayudar a los habitantes de esta población amenazada no solo por las corrientes del río Atrato, sino por la violencia que le quitó la vida.

Mario, la tierra que hoy te llora

Una llovizna acompañaba el silencioso cortejo que subía la pendiente de Campos de Paz cargando el cajón con el cuerpo de Mario Andrés Flórez. Sólo se oía el sollozo intermitente de alguien que no podía controlar su tristeza y dejaba escapar una queja que todos entendían. La impotencia y el vacío hacía que rodaran lágrimas mezcladas con gotas de lluvia por los rostros cercanos que acompañaban el féretro. Mario Andrés era sin dudarlo uno de los seres más significativos de Murindó. Su médico, el médico del pueblo, como lo llamaban cuando lo veían pasar seguido por una corte de niños que revoloteaban a su lado y para quienes era más que un padre. Iba y venía trajinando seguramente con algún proyecto de salud o de beneficio para los habitantes de esta localidad.

Aparte de su labor como gerente del hospital, desde donde organizaba constantemente brigadas de salud preventivas como las de vacunación o curativas (en el hospital atienden de 400 a 700 citas al mes), Mario solía ser un líder en muchas cosas. "Con su primer sueldo había comprado paneles solares con el fin de llevar la primera televisión al pueblo para que los muchachos se divirtieran. En otra ocasión hizo llevar dos bicicletas para que los niños aprendieran a montarlas y organizaba salidas a pescar con trasmallo que hacía comprar a su familia en Medellín", recuerda don Omar Flórez, su padre.

Hace cerca de un año su esfuerzo fue para la construcción de la pista de Murindó, uno de los proyectos más importantes del último año por su gran significación para la población ya que permitió vencer los bloqueos que los violentos imponían al río Atrato, logrando traer enseres y comida vía aérea. "Para el hospital significó un ahorro de casi un millón de pesos mensuales poder llegar en avioneta hasta el pueblo, aclara Luz Esneida Piedrahita, administradora del hospital, traer los medicamentos y sacar directamente a los enfermos sin tener que trasladarlos primero por el río hasta Vigía del Fuerte fue un gran logro".

Bondadoso y jovial, Mario estaba comprometido con esa población como si fuera un natural del pueblo. Pendiente de las tristezas y las alegrías de las comunidades negras e indígenas que habitan este pequeño vecindario de 2.500 habitantes en la ribera del río Atrato, disfrutaba la cultura afro de los moradores. "Le encantaba meterse en las cocinas a probar los potajes de las matronas que se sentían felices de tenerlo como comensal porque todo le gustaba" comenta Alicia Rubianes, su madre.

Aunque no era muy rumbero, les montó a los jóvenes del pueblo una discoteca donde se divertían oyendo su música y bailando, "claro que sin ingerir licor" recuerda Esneida. Cuatro meses duró el embeleco hasta que alguien infringió la norma y la cerró.

Su carrera profesional comenzó en Murindó, luego de terminar sus estudios en la Universidad de Antioquia. En ese entonces acababa de suceder el terremoto que arrasó con el pueblo y obligó su traslado a otro lugar, donde fue construido sobre zancos para escapar de las continuas inundaciones a que los somete el poderoso río mientras espera impaciente ser trasladado de nuevo al pie de monte de donde era oriundo.

En ese entorno el doctor Mario llegó debido a que el médico de la localidad había renunciado. Después de cuatro años de trabajar como gerente del hospital, cuando mucha gente del pueblo lo animó a proponer su nombre para la Alcaldía, le llegó una amenaza inexplicable donde decía que debía abandonar la aspiración y el pueblo. Fue así como llegó al municipio de Nariño, Antioquia, donde también le tocó vivir la toma del pueblo por las Farc de hace cuatro años. Con bandera blanca izada encabezó una comitiva con uno de los sacerdotes del lugar con la que lograron sacar algunas de las familias atrapadas entre el fuego cruzado. Posteriormente estuvo trabajando en San Roque donde permaneció algún tiempo y más tarde regresó a Murindó, donde estaba ya desde hacía poco más de un año. Su tía Gladis de Galarza varias veces lo invitó a que se fuera a vivir con ella y su familia a Australia, pero Mario desdeñaba la invitación diciéndole que tenía mucho que hacer en su pueblo.

Su última intención había sido la de comprar un apartamento para sus padres ya que nunca se casó pese a que ya contaba con 38 años. Había llevado a su mamá en busca de aprobación para la nueva casa,"tendríamos que pintarla un poco y arreglarle el piso", recuerda doña Alicia

En el momento de su entierro, la historia de su vida pasa por las mentes de los que lo conocieron. Todo esto y su buena energía destruidos por acción de los violentos que le segaron la vida. Lo dejaron tirado sin miramientos en un lugar de la vereda de La Tolva en el municipio de Caldas, Antioquia, con un tiro en la cabeza y con las manos y pies bien atados. Un campesino de la zona lo encontró y lo reportó. Su muerte que ocurrió el jueves sólo se conoció hasta el domingo cuando uno de sus siete hermanos, el menor, Giovany, lo halló después de dos días de búsqueda en el hospital San Vicente de Caldas.

Luis Alberto Lozano Quejada, un muchacho sordomudo de 22 años que andaba con Mario, quien lo había traído de Murindó con sus propios recursos para un tratamiento para recuperar el habla, estaba desaparecido. Sólo se supo después, cuando pasados cuatro días lo encontraron en otro sitio de Sabaneta también muerto. El diario local publicó luego que el alcalde de Murindó, Oswaldo Quejada estaba amenazado por el Bloque Metro de las Autodefensas y debería salir del pueblo si no quería que le pasara lo mismo que a Mario. Desde ese momento nadie sabe donde está.

Así, sin quién guíe la Alcaldía y el hospital, el pueblo se encuentra prácticamente a la deriva y desolado.

Sólo queda la memoria reciente de los jóvenes recogiendo de casa en casa todas las flores para ofrendárselas a Mario en una hermosa corona en forma de corazón que enviaron con la inscripción: las flores de la tierra que hoy te llora, Murindó.

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