Ventana Modal

Este contenido se reemplaza via ajax por el del html externo.

×

Ventana Modal

Este contenido se reemplaza via ajax por el del html externo.

×

Ventana Modal

Este contenido se reemplaza via ajax por el del html externo.

×

×

| 4/25/2007 12:00:00 AM

“Mi guardián no duerme”

Medellín, dic. 23 (Colprensa).- Una canción por la paz, cuando era víctima de la violencia; un proyecto de Colprensa, un agente comunitario y una capacitación de crónica y fotografía, fueron la base para contar nuestra propia historia.


La historia de una familia como muchas en este país y que hasta me cuesta creer que tiene importancia para algunos en este momento. Después de que durante más de un año has tocado las puertas de casi todas las entidades que supuestamente podrían ofrecer un servicio que nosotros no hemos tenido la oportunidad de recibir y que quedará en los archivos de la indiferencia, esperando tal vez la última diligencia que podría ser un papel de defunción.

La familia de esta historia, común y corriente, era llena de esperanzas, proyectos e ilusiones, de esas que no piensan que la violencia o el desplazamiento las va a tocar.

Soy cantante y compositora de música espiritual, casada, con tres hijos, dos de ellos gemelos de 23 años y uno de 22, deportistas, entrenadores de fútbol y jockey subacuático, líderes de la comunidad, en la cual vivieron durante toda su vida. Allí crecieron, se educaron y vivieron en paz, gozaban de salud y bienestar; allí ejercían el trabajo de entrenadores de fútbol de una escuela de más o menos 150 niños.

Nuestra casa quedaba justamente al frente de la cancha, separándonos solo una calle y por lo tanto podíamos ver muy bien lo que pasaba afuera. Yo acababa de entrar a la casa, más o menos a las 8 de la noche. Mi esposo llegó de trabajar y mandó a uno de los muchachos que estaba dormido a que fuera y comprara un pan. Y como a mi esposo se le olvidaron las llaves del carro, se devolvió a buscarlas, ya no estaban para el momento en que ocurrió lo que a continuación voy a relatar:

Yo me dispuse a entrar en la casa cuando el ruido estridente de las balas llamó mi atención. Aturden los oídos y mil pensamientos pasan en segundos, porque los niños estaban en la cancha y salgo corriendo a la puerta pero las ráfagas de los tiros no me dejan, y entonces escucho una voz que dice: Salga, ayúdenos es con nosotros, “Jesús báñanos con tu sangre”... entonces salgo, aún en medio de las balas, y veo a alguien tirado en el piso, tal vez muerto y otro encima como protegiéndolo y un sicario que les disparaba sin cesar a quemarropa y veo que las balas parecían no tocar al que lo protegía, pero éste se para y me dice: quédese con él, tratando de desarmar al sicario. Éste corre, pero a la vez había otro que disparaba a otra persona que yo no podía distinguir bien a quién era. Mientras al que yo auxiliaba, en medio de un charco de sangre, con la planilla y unos balones de fútbol, me decía: “¿Por qué a nosotros, por qué si no hemos hecho nada malo?” y la única respuesta que hallé fue “porque así lo permitió el Señor”.

En términos de segundos volví mi mirada hacia atrás, cuando entre las luces de un carro que venía todavía a una buena distancia, logré ver que los sicarios se devolvían, y cómo mi hijo tenía todas las extremidades abaleadas. Yo como pude, en un esfuerzo desesperado, lo entré a la casa y logré llegar hasta la sala, mientras afuera se escuchaban dos disparos más. En ese momento suena el teléfono y le digo a la persona que llamaba que me ayude. Para ese momento ya había llegado gente y se lo llevaron en un carro para el hospital.

Cuando en ese instante noto que mis otros dos hijos no estaban, yo repetía sus nombres incesantemente ¡Juan y José! ¡Juan y José!, Nadie me daba respuesta. Llega a la puerta un amigo llorando desconsoladamente y gritando, y yo lo traté de consolar diciéndole que todo iba a salir bien, y repetía “es que lo mataron, no se haga ilusiones”, “a quién”, “pues al otro José, yo creo que tiene como seis tiros, él iba muy mal y yo lo vi montarse al carro”. ¡Dios mío!. Exclamé con gran desconcierto y asombro, “pero tú me los diste... a ti te los entrego”.

Aún no creía lo que me pasaba y paradójicamente consolaba a las personas que llegaban en ese momento, prácticamente como dándome el pésame. Salí para el hospital y cuando llegué allí había muchísima gente y me encuentro con mi hijo menor, que en su rostro reflejaba el dolor de la impotencia para darme una respuesta. ¿Qué hubo? le dije, ¿Qué pasó? Esos fueron tal vez los momentos más largos que viví, mientras él me respondió con un gesto, que yo como madre entendí y me dirigí a la sala de urgencias y allí tirado encontré a uno de ellos, creo que en el fondo me consolé porque al menos uno estaba vivo.

Cuando le pregunté dónde estaba el otro, no supo darme respuesta y salí de allí a buscarlo pero no lo encontraba y grité: "Por favor denme una respuesta", y alguien me informó que lo acababan de trasladar para otro hospital, porque él se hallaba en condiciones críticas y que el papá iba con él, entonces busqué un carro y me dirigí hacia el lugar donde lo habían enviado en una ambulancia, quedaba más o menos a 30 minutos, un viaje que hice en compañía de su novia que lloraba desconsoladamente y me acosaba con preguntas como: "¿Ya se moriría? ¿Sí llegaremos? ¿Lo alcanzaremos? Y yo clamaba al cielo para que pudiera alcanzarlo con vida.

Sin perder la esperanza, rogaba a Dios que me diera el tiempo. Recordé como quien ve una película, una eucaristía en la Policía Nacional, donde había cantado el grito de la humanidad... ¡tan jóvenes!... ¡que pesar!, decía yo, que hasta entonces no había derramado ni una lágrima, pues una fuerza dentro de mí me había llenado de fortaleza y con una certeza de que pasara lo que pasara seguiría confiando en Dios.

El perdón, la mejor sanación

Al llegar al hospital me encuentro nuevamente con los problemas para entrar, y allí estaba José, mi hijo, irreconocible, con una sábana a la que no le cabía más la sangre, y cuando me acerqué, saqué fuerzas o yo no sabría definir, lo único que sé es que le sonreí diciendo: Hijo, hola ¿Cómo estás? Al menos tenía sus ojos abiertos y eso ya fue un alivio, además me habló, ¡Dios mío me habló! y me dijo: “Mi guardián no duerme”, y yo le pregunté ¿Por qué? “Porque cuando me dieron este tiro”, y era en su rostro, “era el último y yo dije, Señor otro y no resisto más ... y ese fue el último y yo no voy a morir”. Lo besé, suspiré hondo y le dije: “Perdona a los que te hicieron esto”, y él me contestó muy dulcemente y entrecortado: “Ya los perdoné”, entonces le dije: “Hijo ya te sanaste”.

Había allí cinco médicos que me dijeron que él se encontraba en condiciones críticas y que era un milagro, pues había recibido nueve impactos, tres de ellos entre el estómago que habían perforado el duodeno y otro a cuatro milímetros de la columna. Parecía un colador, no había por donde cogerlo y ya era cuestión de esperar y esperar... de tiempo.... y de mucha fe.

Nos aproximábamos a la Semana Santa , una semana antes, y ya había visto la Pasión de Cristo, y yo estaba allí con mis hijos, en uno de los momentos más crueles de la historia: El flagelamiento, los azotes y la traición. Muchos pensamientos venían a mi mente, pero algo extraño, lo que no sentía era rabia, ni ira, ni rencor. Me interrumpió una llamada al celular en la que me decían que Carlos, el que estaba en el otro hospital con su hermano menor, estaba mal, pues había perdido mucha sangre. Tuve ganas de tener alas y volar la distancia. Quería correr, pero no sabía hacia dónde, y si se moría y yo no estaba, y si dejaba a éste que me tenía a mí solamente en ese momento ... lo único que hice fue apretar el rosario que llevo en mi cuello y comencé a orar... y a orar... y le pedía a Dios que “las manos de esos médicos fueran sus propias manos”.

Él era mi único amigo, allí sola, en el podio del hospital San Vicente, me pasé toda la noche mientras mis hijos se debatían en diferentes lugares entre la vida y la muerte.

En aquellos momentos comenzó una melodía a fluir en mi mente, era una canción por el amor, por la paz, y pensé en todas aquellas personas que vivían esta situación y que nosotros éramos solo unos de los muchos que afrontaban circunstancias difíciles en la humanidad. Mientras tanto al hospital continuaban entrando caras llenas de dolor y con sus propias tragedias.

Llega el amanecer y un poco después me doy cuenta que es un día más, que aún no me habían dicho que estaban muertos. Espero que abran la capilla del hospital y me voy a cantar aquella eucaristía, cuando observo que me miraban como raro y me doy cuenta que mi ropa estaba completamente ensangrentada, pero a mí poco me importó, para ese momento ya era desplazada y aún no me había dado cuenta.

Salí y ya tuve noticias de ellos, estaban estables. ¡Qué alivio! Allí pasaron varios días hasta que se recuperaron. Salió, pues, una doctora y me dice: “A su hijo le hicimos cirugía” y no sabían por qué, pero las balas no lo habían afectado internamente.

La recuperación y  lo que somos

Me enfrento con que ya no teníamos un lugar dónde vivir. Mi esposo dejó su empleo, mis hijos sus estudios, su trabajo, su campo de acción, todo lo habíamos perdido en un solo instante. Pero hasta los pájaros tenían donde vivir.

Estábamos ciegos, no sabíamos de dónde o quiénes eran los autores de aquella tragedia y nuestro destino se había colapsado en la inseguridad y hasta ese momento no me habían prestado apoyo.

Uno de mis hijos había quedado discapacitado de un brazo, ¡qué dura situación!. Tan joven y con miedo, afortunadamente su único consuelo era tener la certeza de no haberle hecho daño a nadie, que esto podía ser producto de mentes enfermas. Tal vez eran hombres vestidos de paz que hacían la guerra. Estuvimos más o menos siete meses encerrados, sin salir de donde alguien nos brindó albergue.

Antes habíamos hecho las diligencias correspondientes con todas las autoridades y lo único que recibimos fueron 140.000 pesos como un auxilio de vivienda y eso después de muchos meses.

No hubo ninguna indemnización porque según ellos, no teníamos derecho, y bajo la presión de todo lo que genera saber que tienes enemigos y no los conoces. Pensamos salir del país pidiendo ayuda, pero ni recursos económicos, ni nada. Entonces buscamos nuevos horizontes.

Volver a empezar. Bueno ya casi cumplíamos un año y todo era una incertidumbre. Había que tomar decisiones y contar únicamente con nuestros propios recursos.

Mi hijo, el del brazo discapacitado, había aprendido a hacer los rosarios pues no podíamos seguir viviendo de la misericordia o caridad y decidimos buscar una nueva tierra donde comenzar a partir de cero pero unidos.

Con los pies en la tierra y los ojos en el cielo, yo durante este tiempo con mis propios recursos grabé un CD que espero sacar y que lleva plasmada toda esta experiencia en una melodía sin final. “Es ser una voz que brilla desde su propia historia para alumbrar a otros”.

Voy de lugar en lugar cantando: “Prisioneros de libertad, pero libertados de nuestra propia prisión”.
¿Tiene algo que decir? Comente

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.

EDICIÓN 1850

PORTADA

El hombre de las tulas

SEMANA revela la historia del misterioso personaje que movía la plata en efectivo para pagar sobornos, en el peor escándalo de la Justicia en Colombia.