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| 7/26/2006 12:00:00 AM

Miradas documentales

La semana anterior tuvo lugar la Segunda Muestra de Documental Suramericana Pedazos de Nuestra Realidad en la Cinemateca Distrital. Hablamos con uno de los jurados del concurso Ojos Nuevos sobre el presente de los documentalistas colombianos.

Es muy posible que la mayoría de bogotanos no hayan visto un solo documental colombiano durante su existencia. Con algo de suerte, y dada las circunstancias particulares en cuanto a difusión, temática y recursos, seguramente algunos sólo recordarán La Sierra de Margarita Martínez, emitido por uno de los canales nacionales de mayor audiencia y por la cadena internacional HBO, y una que otra imagen de los secuestrados por las FARC que captó Jorge Enrique Botero.

Sin embargo, y pese a su anonimato y las dificultades de circulación y exhibición de su trabajo, anualmente decenas de personas en todo el país registran el presente a través de ese formato. Ello puede apreciarse no sólo en los espacios académicos, sino en las convocatorias que se promueven a nivel nacional.

Justamente el Parlamento Andino, con apoyo de otras entidades en América Latina y Europa, cerró el pasado 10 de julio la convocatoria para Concurso Documental Ojos Nuevos. Un evento que se realiza en el 2006 por segunda vez y que tiene como objetivo central descubrir nuevos talentos y apoyar el género. El certamen se realiza en el marco de la Segunda Muestra Documental Suramericana Pedazos de Nuestra Realidad que arrancó este miércoles 26 en la Cinemateca Distrital y finalizó el 29.

Entre los miembros del jurado encargado de evaluar y elegir el documental ganador se encuentra el director colombiano Diego García, quien como testigo de excepción pudo conocer las propuestas de 21 de los participantes, número de trabajos que le fue remitido previa preselección de la Cinemateca Distrital.

Tomas nacionales

Según García, tratando de hacer un balance de lo que vio y de la producción cinematográfica documental actual en nuestro país, no hay cosas nuevas. Pero lo importante es que se van consolidando muchas tendencias que sumadas generan la memoria nacional. “Este país tiene demasiadas puntas. Lo que me pareció interesante en los trabajos que vi es que había muchas búsquedas y temáticas distintas”.

Destaca una situación que se ha mantenido en el tiempo y es la abundante producción que se genera en la ciudad de Cali. “La Universidad del Valle en el área de comunicaciones es la entidad que talvez ha logrado establecer una reflexión más continua y profunda sobre lo documental y eso hace que en esa ciudad haya toda una tradición de formación en ese género. De Cali, entonces llegaron muchos trabajos distintos”.

Entre la producción caleña había desde una reflexión en torno a la historia de esa ciudad a partir de los electrodomésticos, hasta una mirada profunda y experimental en torno al bombardeo de las imágenes de la guerra. También, comenta García, había retratos de personajes, temas relacionados con la música y algunas visiones apocalípticas.

“Lo importante de todo eso es que la ciudad viene de pasar por un proceso de deconstrucción impresionante y ahora tratan de reconstruirla. La suma todas esas aproximaciones da un buen resultado y los jóvenes están preocupados por la historia, por la representación y por la búsqueda formal. Me parece interesante además, que en Cali siempre se realce el hecho estético. Se piensa el documental no sólo como sociología y antropología sino como un hecho plástico que requiere una investigación y que, en cierta forma, es un hecho artístico. Y es interesante porque eso aún no se le reconoce al documental en nuestro medio”, afirma el director.

Obviamente, aclara García, la gran mayoría de obras que pudo observar corresponden a trabajos de universidad y hay que tener en cuenta que ese es su nivel. Lo cual no quiere decir que no se evidencie progreso en facultades como la de cine de la Universidad Nacional en Bogotá, de la que se recibieron dos tesis de grado, una de las cuales tenía como tema central el trabajo de los camarógrafos de la Policía y la mirada que desde esa institución se tiene de la realidad. Igualmente, se recibieron producciones de estudiantes de la Tadeo y de otras ciudades como Santa Marta.

Según él, lo que explica que la participación en este tipo de convocatorias sea eminentemente estudiantil es la falta de divulgación. La información circula más fácilmente entre los cercanos a la academia o a las productoras, pero, aunque ha crecido, sigue siendo insuficiente.

Aunque no quisiera hacer crítica de los documentales del concurso en público, Diego García habla de dos trabajos que por sus características ponen a pensar a la audiencia, a la vez que la llevan a reflexionar sobre temas como la ética. En uno de ellos, el autor se tomó todo el tiempo necesario para trabajar sobre un personaje que hace cambio de tierras por la vasectomía. “Situaciones como esa son bien ambiguas y los ponen a uno en un límite ético en el que no podría juzgar algo como correcto o incorrecto. Este documental está muy bien hecho, se nota un trabajo serio y se ve que el realizador se tomó todo el tiempo necesario para hacerlo, y a mi me gustan los trabajos donde eso se hace”.

Los otros documentales que le plantearon disyuntivas de ese carácter giraban en torno a un mismo tema, aunque fueron realizados en ciudades distintas: Santa Marta y Bogotá. Se trataba de retratos de mujeres con problemas de drogadicción. “La pregunta es si eso habría que mostrarlo o no. De todas maneras lo interesante de plantearse eso es que, además de los jurados, los mismos realizadores se van a encontrar y tendrán que discutirlo”.

Todos somos artistas

Gracias a la popularización de las cámaras y el video hoy la cinematografía es asequible a cualquier persona. Ello ha hecho que la producción crezca y que mucha gente esté simultáneamente grabando sus propias versiones de la realidad. Así las cosas, más que la escasez de creadores, en nuestro país el karma de los documentalistas es la falta de espacios para mostrar y difundir sus producciones. “Todavía no se muestra suficiente documental en nuestro medio. Está Señal Colombia, pero además de ser un medio con altibajos, la presentación está sujeta a el trabajo se haya ganado alguna convocatoria. Los canales comerciales no tienen espacio dedicados a ello, a no ser que aparezca una vedette internacional que de cuenta de la gran guerra y entonces lo muestran. Con los realitys han aminorado su culpa con respecto a la visión de la realidad, la inventan, la manipulan y ponen a la gente a vivir todos los sentimientos, pero documental no estamos viendo”, asegura Diego García.

Y no tener acceso a los documentales es como no poder ver la construcción de una historia que será la memoria audiovisual del futuro. (Detrás de cada documental hay gente que está pensando y está tratando de registrar este momento). De hecho el ser jurado del Concurso Documental Ojos Nuevos le permite a García ser testigo de excepción de una serie de historias que quizá muy pocos colombianos puedan ver en conjunto.

“Detrás de un documentalista hay una actitud ética. Hay un llamado a pensar y reflexionar en torno a lo dura que es la realidad. Por eso, generalmente las piezas de este género son muy tristes y dolorosas. A uno le encantaría que fueran alegres y a veces salen gotas de agua dulce, pero incluso en medio de la risa y la ironía hay algo que habla de la dureza de la injusticia y la desigualdad”, dice el jurado y aclara que por eso es lamentable que no lleguen al gran público y le exijan pensar.

No es raro entonces que el tema más recurrente en nuestro país, entre los realizadores, sea la violencia. Y aunque esta vez se encontró con historias como la del álbum de chocolatinas Jet, siempre, y sin importar el tema, ese aspecto es tocado por los cineastas colombianos de manera directa o indirecta.

“Así se termine la gran violencia, el arte en la historia no ha sido más que recordarle a la humanidad la dureza de la existencia. Por eso no me parece grave que eso se diga, el asunto es cómo se dice, si se hace como invitación a repetirlo o si se hace como un hecho de denuncia o como una forma catártica de sanarnos. Yo doy una gran pelea y defiendo que el documental es arte. Es una narración audiovisual en el tiempo y uno está jugando con elementos que se relacionan con la plástica, con la música, con el ritmo y con una investigación. Pero también plantea la necesidad de definir cómo contar las cosas y entretener porque también es entretenimiento”, Afirma García.

En ese sentido, cree que la calidad de la producción nacional está bien. Todo lo que vio en este concurso, por ejemplo, podría pasar los criterios de selección de una cadena de televisión porque además de estar bien hechos cumplen con la tarea de no aburrir.

Pero igualmente, y aunque le parece muy interesante que esta generación sea mucho más audiovisual que las anteriores, siente que la debilidad de la producción nacional es la falta de investigación, una queja que se escucha también en otras disciplinas como las artes plásticas. Sin embargo, en este caso, el director considera que está relacionada con la escasez de recursos, como la mayoría de problemáticas que enfrentan los colombianos que se meten a hacer cine en cualquier género, pero particularmente en este.
“Para poder quedarse dos años haciendo una película uno necesita plata porque si no cómo come. Todo esto se enmarca en un panorama pos Ley del Cine que generó una especie de boom en cuanto a financiación, pero en lo que tiene que ver con documental es mínima. Hay más que antes pero es insuficiente. Yo lucho para que entre nosotros se tenga clara conciencia y se demuestre que el documental es cinematografía y que no tiene sólo que depender de un formato estándar que es la televisión. Muchas de estas obras están referenciadas a una imposición de tipo editorial que indica que la única salida que tiene el documental es la televisión. Entonces, de una vez y desde las universidades, le arman la cabeza a todo el mundo en ese formato”.

Luego de pasar dos años como autista trabajando en su más reciente película, este proceso le sirvió a Diego para ver qué están viendo los demás. Una oportunidad que debería ser extensiva al resto de colombianos.
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