Miércoles, 18 de enero de 2017

| 2007/12/18 00:00

Mis amigos desconocidos

Desde la soledad y la indeferencia, Carlos Alarcón habla de sus vecinos de edificio en Perpignan, al sur de Francia.

Foto enviada por el autor

Llego a mi casa, entro un poco cansado. Me siento, pienso en el día que tuve y en ese mismo instante escucho en la parte de arriba, en el segundo piso, pasos y movimientos de muebles. Tengo nuevos vecinos. Llevo viviendo en ese mismo espacio de 37 metros cuadrados más de tres meses. Hasta ese día creí que ese apartamento no lo habitaba nadie.

No conozco a nadie de los que viven a mi alrededor. No se sus nombres, no se a qué se dedican. Pero conozco sus vidas íntimas como si viviera con ellos.

Mi vecino de la derecha está cansado de su trabajo. Tiene problemas de salud, hace el amor con su mujer los viernes y al terminar, la mayoría de las veces, su mujer llora. El de la izquierda trabaja a toda hora, a todo momento. Su mujer está cansada de la situación y lo ha amenazado con irse de la casa. La cosa se complica un poco por que él tiene amante.

¿Ellos que sabrán de mi?, ¿que soy colombiano?, ¿que llegué hace poco?, ¿sabrán qué quiero hacer acá, a qué vine?, ¿o simplemente se limitarán a sentirse fastidiados por mi música en español?

Cada vez que llego a mi casa me sirvo mi plato de comida y me siento a comer en esa soledad que ya se volvió mi amiga. Cuando escucho a mis vecinos pienso en ellos, quisiera ayudarlos. Me gustaría decirle a mi vecino de la derecha que vaya al médico, que su problema puede causarle problemas graves con el tiempo, que cambie de trabajo, que se libere de cargas laborales. Y trataría de averiguar por qué su mujer llora los viernes a la madrugada.

En cuanto a mis vecinos de la izquierda, me gustaría decirles que fueran a una terapia de pareja, que salgan, se diviertan, que vuelvan a buscarle la chispa al amor y al matrimonio.

Termino de comer, me acuesto a dormir. Al otro día las tres “familias” coincidimos en nuestra hora de salida. No nos saludamos, no nos miramos. Se cierra la puerta y salimos cada uno a nuestra vida diaria. Sin embargo quiero saludarlos, desearles buen día, decirles que son mis amigos, mis amigos desconocidos.

Que maldita fuerza nos apega a no dar un saludo, a sentirnos ajenos, a pensar que estamos en una burbuja donde no pueden entrar los otros, donde sentimos que un simple saludo puede ser causal para problemas. Pues yo se cuál es esa fuerza: la indiferencia.

Algún día, en el viaje rumbo a mi casa, se sube una mujer que me deja impactado. Es muy linda: ojos claros, cara bonita y con aire de intelectualidad. La sigo con los ojos, se sienta y simplemente mira hacia el horizonte, perdiendo la mirada entre Los Pirineos.

La miro de vez en cuando y me pregunto ¿donde vivirá?, ¿quién será?, ¿a qué se dedicará? Llega la hora de bajarme del bus. Le digo mentalmente adiós y busco la salida. Al bajar del bus me quedo parado ahí, como una piedra. Esa misma niña se baja en la misma parada y entra al mismo bloque donde vivo. Sube unas pequeñas escaleras y entra a ese apartamento donde hace unos días escuché el ruido de objetos moviéndose. Si, era mi nueva vecina.

Nunca le hablo, nunca se su nombre. Se que come a la misma hora que lo hago yo. Nunca la escucho hablar con nadie, no le conozco la voz. Al igual que mis otros vecinos, ella es uno de mis amigos desconocidos.

Dos meses después junto mis cosas para salir de ese apartamento. Me voy a uno menos costoso que encontré. Ellos ya han salido a sus labores diarias. El de la izquierda a su mismo calvario de trabajo, el de la derecha a su trabajo también, pero con su matrimonio en un sin salida. Nunca se enteran de que me voy, que les deseo lo mejor en sus vidas, y que desde ahí en adelante serán mis amigos, mis amigos desconocidos.

Por cierto, de la niña del segundo piso no volví a saber nada. Sus zapatos se callaron ocho días antes de irme. La foto es de los Pirineos, desde el bus que me llevaba a mi antigua casa.
 
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