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| 7/7/2003 12:00:00 AM

Muertes legendarias

Los últimos momentos de grandes personajes de la historia colombiana los narra en su libro <i>Muertes legendarias</i> el fallecido escritor bogotano Alfredo Iriarte, quien además hace comparaciones con héroes universales. Lea el 'Prologuillo inexcusable', escrito por el autor, y el capítulo que narra la muerte de 'Un poeta con mala puntería'.

Prologuillo Inexcusable

Es muy posible que la sola lectura del índice de esta obra suscite en los lectores interrogantes como estos: "¿Qué re-lación puede haber entre el demoniaco tirano Aguirre y la santa monja Francisca Josefa del Castillo y Guevara? ¿O entre el aguerrido capitán Blas de Lezo y el apacible poeta José Asanción Silva? ¿Qué vínculos puede haber entre el general Tomás Cipriano de Mosquera y el caricaturista Ricardo Rendón? ¿O entre el mariscal Sucre y Gabriel Turbay?". Ciertamente, el repertorio de los nom-bres que encabezan los capitulos de este libro es de una tal heterogeneidad que sólo consigue distanciarlos. Sin embargo, hay un común denominador que los acerca. Solamente uno. El fascinante halo de misterio, de leyen-da, de imprecisión de contorno impresionista que rodea la muerte de cada uno de ellos en mayor o menor grado. En consecuencia, este libro no es, no puede ser un pom-poso tratado histórico. Es un acercamiento, mucho más literario que investigativo, a los dias finales de una serie de personajes de nuestro pasado remoto y cercano, cu-yas muertes no encajan dentro de la uniformídad que impone el ritual de partir de este mundo dejando nada más que una triste sucesión de actos protocolarios. Cuando la muerte penetra en el territorio de la leyenda, o apenas se le aproxima, ya adquiere misteriosos matices de belleza. El fin de los personajes de nuestra historia que viven y mueren en estas páginas, así parece demostrarlo.

El autor

Capítulo Vl. Un Poeta con mala puntería

La típica "mosca en leche": un negro en la Bogotá decomónica. Su condición de paeta le granjea a Candelario Obeso la simpatía y la hospitalidad de los intelectuales, mas no llega a franquearle las puertas de la alta sociedad. Quimérico intento de reeditar la pasión de Otelo y Desdémona. Trágico final. Bella lección sobre el arte de mamarle gallo a la muerte.Texto del autor en la tabla de contenido.



Finalizando la década de los setenta del siglo XIX Bogotá era una ciudad estrictamente biétnica, como lo había sido desde su fundación, y como siguió siéndolo hasta bien avanzado el siglo XX. Había una aristocracia reinante cuyo sello más destacado era la blancura láctea de la piel, ya que entonces se desconocían, y de conocerlos se habrían menospreciado, los encantos de la epidermis bronceada por la que suspiran las mujeres de hogaño. Era gente de estirpe española en su mayoría, con algunas contadas vertientes inglesas y francesas habidas de la guerra emancipadora. Hacia abajo venían los mestizos hispanomuiscas y en la base de la pirámide estaban los indígenas puros, que desempeñaban los oficios más humildes en las casas urbanas y en las haciendas. Los negros no eran totalmente desconocidos, puesto que antes de la manumisión de 1851, hubo siempre en Bogotá una reducida población esclava compuesta casi en su totalidad por mujeres que ejercían quehaceres domésticos. Pero en verdad la raza negra era en estas alturas una especie exótica, hasta el punto de que el vulgo creía con firmeza que los negros desteñían con sólo pasarles un dedo por la epidermis.

Fue por esa época-es decir, hacia 1880-cuando hizo su aparición en Bogotá un personaje totalmente insólito. Era un negrazo membrudo y descomunal que llamó la atención, ante todo por su color, pero también por su casi impecable corrección en el vestir. En efecto, su atavío oscilaba entre el negro y el gris de los cachacos bogotanos y ostentaba siempre el sombrero de copa larga o el bombín, las levitas de corte perfecto, los cuellos de pajarita y los botines de charol. Pero además de sus modales de fina urbanidad, el negro, que correspondía al nombre de Candelario Obeso, traía consigo una credencial de incalculable valor para presentar en esta capital, a la que le faltaban más o menos cien años antes de convertirse en el horrendo monipodio de guaches y maleantes que vivimos hoy: era poeta y ello le abrió de inmediato las puertas de la Gruta Simbólica y de todas las tertulias y salones en que los temas literarios no habían cedido aún el terreno a las discusiones sobre las más eficaces estrategias del prevaricato y del cohecho.

Lamentablemente, el beneplácito de la cordialidad con que lo acogió la capital de Colombia en sus estratos más altos se vio pronto ensombrecido por la fatalidad. Acaeció que en alguna de las numerosas reuniones de escritores y poetas a que era invitado con frecuencia, Obeso conoció a una bellísima bogotana de cabellera muy rubia y ojos zarcos que lo dejó enloquecido de amor en el acto. A partir de esa noche, la febril imaginación del poeta momposino comenzó a trabajar sin reposo en torno a la fantasía obsesiva de revivir en Bogotá el amor apasionado de Otelo y Desdémona, por supuesto sin la escena del estrangulamiento final. Al principio lo invadió un optimismo desbordante: la fuerza incontrastable de sus poemas obraría a manera de mágico puente sobre el abismo de la diferencia racial. Y puso manos a la obra. La divina rubia empezó a recibir en su casa del barrio de la Catedral, uno tras otro, los sobres que contenían los madrigales, las endechas, las octavas reales y las décimas en que el poeta de altísima pigmentación celebraba su belleza y le declaraba su amor enloquecido. La respuesta de la beldad no pudo ser más cruel. Devolvió a Candelario los poemas hechos añicos y en una esquela de su puño y letra lo requirió para que dejara de importunarla con sus sandeces. La reacción del poeta fue inmediata y desesperada: se sumergió en el alcohol, dejó de asistir a las tertulias y sus amigos comenzaron a verlo deambular por las calles en los más deplorables extremos de embriaguez, sucio y desgreñado y, como si fuera poco todo ello, provocando pendencias con los pacíficos viandantes, como consecuencia de lo cual hubo de ser encarcelado varias veces.

Un triste día las tribulaciones del negro llegaron al clímax cuando se enteró de que la bella, su Desdémona imposible, había celebrado esponsales con un apuesto y acaudalado cachaco y que, durante la ceremonia, la pareja había fijado la fecha de la boda, la cual tendría lugar en una tradicional hacienda sabanera. La congoja de Candelario llegó a extremos demenciales. Ya para entonces sólo suspendía las bebezonas cuando caía temporalmente abatido por las cataratas de aguardiente, que a veces mezclaba con chicha para lograr efectos más rápidos y contundentes. Por aquellos días se hizo inminente la proximidad de la tragedia. Llegó la fecha del compromiso y Candelario no pudo más con el peso de la vida. Tomó una pistola y se disparó un balazo en el pecho. No murió en el acto, lo cual dio tiempo a algunos fieles amigos de acudir llevándole un médico, quien luego de una somera revisión dictaminó que el fin estaba cerca. Fue requerida entonces la presencia de un sacerdote, a quien los amigos de Obeso engañaron piadosamente, dada la circunstancia de que eran aquellos tiempos en que la absolución para un suicida era virtualmente inalcanzable. En consecuencia, los leales compañeros del poeta agonizante informaron al cura que Candelario se había disparado involuntariamente una bala mientras hacía prácticas de tiro en un solar cercano. Parece que el buen sacerdote no se tragó el cuento muy entero, puesto que al llegar al lecho del poeta le hizo preguntas muy concretas sobre las circunstancias del accidente. Y fue ese el momento grandioso en que este triste moribundo tuvo bríos para mamarle gallo a la muerte con estas palabras inmortales que con voz desfallecida y ya casi inaubible, dijo a su confesor:

-Es verdad lo que mis amigos le dijeron, padre. Lo que pasa es que yo tengo pésima puntería. Le tiré al blanco y le pegué al negro.

Segundos después, se hundió en el sosiego definitivo de la muerte.
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