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| 7/19/2007 12:00:00 AM

Murió el ‘Negro’ Roberto Fontanarrosa, uno de los humoristas más grandes de América Latina

El creador de Boogie el Aceitoso, Hinodoro Pereyra y otros maravillosos personajes de las tiras cómicas falleció a la edad de 62 años. El entrañable hincha de Rosario Central, amigo de Colombia y colaborador de la revista SOHO, falleció en Argentina.

El mundo de la cultura está de luto. El mundo del humor está triste. Roberto, el ‘Negro’ Fontanarrosa, uno de los dibujantes y escritores más brillantes falleció este viernes a la edad de 62 años, como consecuencia de una enfermedad que ya le había arrebatado su energía vital pues le impedía dibujar.

Fontanarrosa era muy popular en Colombia pues durante años su personaje Boggie el Aceitoso apareció en la edición dominical de El Tiempo y en los últimos meses había vuelto a las páginas de ‘El Pasquín’. Asimismo, sus maravillosos textos –en los que el fútbol era muchas veces protagonista- se publicaron en la revista SOHO.

Amigo de muchos colombianos, asiduo participante en certámenes culturales –como el Carnaval de las Artes en Barranquilla, en donde recientemente participó- Fontanarrosa creía en la vitalidad y buena energía del país. Precisamente aquí estuvo en febrero pasado donde Eduardo Arias de SEMANA lo entrevistó, reportaje que reproducimos a continuación.
 
“Ni la silla de ruedas ni la esclerosis múltiple que le impide tomar un lápiz para dibujar o para estampar un autógrafo han doblegado a Roberto Fontanarrosa, a quienes sus amigos llaman el 'Negro'. Su sentido del humor y su talento para conversar siguen intactos. Estuvo en Barranquilla como invitado al Carnaval de las Artes, que se llevó a cabo entre el 9 y el 12 de febrero, y su visita a Colombia coincidió con el lanzamiento del segundo tomo de sus cuentos reunidos. "Yo nunca compraría un libro tan gordo. Me parece un abuso de confianza del autor hacia el lector. ¿Qué vínculo existe entre un escritor y yo para que yo me vaya un mes a la cama con él? Es como si alguien me dijera: 'Quiero contarte algo. ¿Tenés una semana libre?'".
 
La adversidad no le ha impedido seguir adelante en su trabajo, que se publica cada día en el diario Clarín, de Buenos Aires. Para él, la base de cualquier caricatura está en la idea y en el texto. "Un buen texto puede salvar a un mal dibujo, pero un buen dibujo no salva un mal texto". Así que su amigo Chris, un gran caricaturista, le cubre la espalda y se encarga de dibujar sus ideas. La historieta Hinodoro Pereyra tampoco perdió continuidad, gracias a la ayuda del Óscar Salas que, como dice en broma Fontanarrosa, no tiene que dibujar casi nada porque la historia sucede en la pampa. "Si acaso aparece una gallina o un perro".

Hace cuatro años comenzó a enfermarse. Intentó seguir, pero cada vez tenía que esforzarse más y hacer más y el resultado era un mal dibujo. "Cuando tomé la determinación de dejar de dibujar fue como una liberación".Lleva casi un mes sin hacerlo y la experiencia no ha sido tan traumática como esperaba, aunque no ha sido fácil acostumbrarse a ver sus textos dibujados por otros. Otro gran apoyo ha sido que un amigo suyo digitalizó su caligrafía, a la que llamó Anarrosa. Así, los dibujantes le envían la viñeta y él se encarga de que el texto aparezca con su letra.

Roberto Fontanarrosa visitó Barranquilla para participar en el Festival de las Artes, una iniciativa de la Fundación la Cueva, que tiene como objetivo ser un espacio de debate sobre la creatividad alrededor del Carnaval de Barranquilla.
 
Un tema inevitable con Fontanarrosa es el fútbol. No sólo porque es un apasionado hincha de Rosario Central, sino porque ha abordado en sus cuentos y novelas un tema que, por lo general, los escritores suelen evitar. "Yo escribo de fútbol no porque me guste escribir, sino porque me gusta el fútbol". Siempre le sorprendió que en un país como Argentina no hubiera una producción literaria proporcional a lo que significa el fútbol para su país. Así que los primeros textos sobre fútbol que leyó eran las crónicas de Borocotó, Dante Panzeri, El Veco, Juvenal, Osvaldo Ardizzone, los cronistas de la revista El Gráfico.
Pero encontró la primera gran revelación en la revista Crisis, donde leyó un cuento de un escritor uruguayo que se titulaba algo así como Desde el barro. "Estaba dedicado al Pepe Sasia, el mítico jugador de Peñarol. No narraba un partido ni a cuántos minutos había sido el gol. Era una historia referida al ambiente del fútbol, pero que no se refería al juego".

Lo deslumbró ver que se podía escribir de fútbol sin entrar en la crónica deportiva. Y aunque el fútbol no alcanza la situación extrema de conflicto del boxeo ("no hay nada como el box, dos tipos arriba del ring cagándose a trompadas"), de todas maneras plantea el tema del éxito y el fracaso. "En él se ven, como decía el Flaco Menotti, las pequeñas sociedades donde uno aprende a conocer al generoso, al valiente, al cobarde".

En el caso concreto de Argentina, otro elemento de tensión muy fuerte es el orgullo nacional. Se trata de un país muy alejado de los centros del poder mundial ("la ultima escala antes de llegar a la Antártida"), pero que en el caso particular del fútbol siempre ha estado en la elite, no tanto por la selección como por jugadores como Pedernera, Di Stefano, Sivori, Kempes o Maradona. "Para un país tan acomplejado, el hecho de hacer algo bien es muy importante. Por eso, cuando se pierde, Argentina entra en una especie de perplejidad. En algún lugar de la Biblia debe decir 'los argentinos jamás serán derrotados en fútbol".

También ha sido de gran importancia el impulso que le dieron a la literatura sobre fútbol desde los medios masivos. Cuando Alejandro Apo empezó a leer cuentos de fútbol por la radio, en la Feria del Libro se le acercaban personas que a la legua se veía que no eran lectores y que le preguntaban por el libro en el que aparecía el cuento que Apo había leído por la radio. Fueron tantos la difusión y el impacto de ese experimento, que el gobierno argentino comenzó a regalar en los estadios fascículos con cuentos de Fontanarrosa y otros autores para que los hinchas leyeran mientras empezaba el partido. Para mortificarlo, los amigos le decían que los fanáticos iban a agarrar esos fascículos y hacerlos picadillo para lanzarlos al aire cuando los equipos saltaban a la cancha. "Yo les contestaba que lo mejor que le puede suceder a un literato es que vuelvan pedazos un escrito suyo para saludar la salida de su equipo del alma".

Fontanarrosa ha escrito muchos cuentos de fútbol, pero casi todos desde la óptica del hincha y del jugador aficionado. "Yo nunca he sido profesional, salvo por el viejo chiste que siempre repito de que fui profesional porque siempre pagué para jugar al fútbol. Alquilé la cancha, compré la pelota y la camiseta, le pagué al arbitro…". Considera que quienes ven el fútbol sólo desde la perspectiva de los grandes torneos, del gran espectáculo, no pueden entender el juego. En Argentina juegan cada fin de semana miles y miles que jamás han sido profesionales. "Es difícil que entienda el fútbol alguien que no haya recibido un pelotazo en los huevos".

Y para poder recrear aquellas atmósferas propias del potrero, de las tribunas, del café donde los amigos pasan horas de horas en medio de discusiones y tratando de recordar la alineación de un equipo de hace 40 años, Fontanarrosa ha tenido un gran aliado: el lenguaje.
Por un lado están las narraciones de partidos a través de la radio. "Voy a decir algo presuntuoso. El día que yo haga la película sobre mi vida, la música de fondo, el 'leit motiv', van a ser las transmisiones radiales. Porque uno ha nacido y crecido con eso. Eso viene de los abuelos y los bisabuelos".

Por el otro, él habla coloquialmente. En sus cuentos refleja el habla coloquial de un argentino urbano que nunca encontró en los libros que leía de joven, ya fuera de autores en castellano o traducciones. Le parecía normal ese lenguaje neutro en la literatura, hasta que una vez leyó un libro del escritor David Viñas "en el que los personajes puteaban como puteaban mi viejo y los amigos de mi viejo en el club y hablaba como se habla en la calle". Le pareció impactante que un escritor serio escribiera así porque lo hacía sentir más cercano a los personajes.

Algo que no cualquiera puede hacer, como consta en decenas de escritos de corte realista que sucumben en el intento. "Yo me remito a eso que dice Charly García de que tiene oído absoluto. Hay escritores que tienen oído absoluto para captar el habla coloquial, cuentan con una antena que va registrando todas las conversaciones". Fontanarrosa entiende que se utilice un castellano neutro en Los Simpson, pero quiere que en los cuentos y las novelas los colombianos hablen como colombianos y los cubanos como los cubanos, "aunque algunas palabras o giros yo no los entienda".
Y concluye con una frase que leyó alguna vez. La conversación real es al texto lo que un animal vivo a uno disecado.
En ese aspecto, Fontanarrosa puede estar tranquilo. Él y sus textos siguen frescos, divertidos. Siempre dan ganas de volver a oírlo, de leerlo de nuevo”.
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