Domingo, 11 de diciembre de 2016

| 2007/06/12 00:00

Ni utilitarismo puro, ni demencia repentina

Carlo Nasi explica por qué la liberación de los 180 guerrilleros que ordenó el presidente Uribe constituye una acción audaz y defendible, aunque su resultado sea incierto, 86540

Carlo Nasi, profesor de la Universidad de los Andes.

La liberación de cerca de 180 guerrilleros de las Farc probablemente sea el acto más desconcertante y controversial del presidente Uribe desde cuando asumió la Presidencia. Tirios y troyanos se han ido lanza en ristre contra un gesto que pareciera ser o completamente irracional, o absolutamente maquiavélico para que el gobierno gane puntos. Mi propia interpretación, como lo expongo a continuación, es que ninguna de estas dos aproximaciones es correcta, por cuanto desconocen la naturaleza misma de los gestos humanitarios. Aunque yo nunca he sido uribista, a continuación argumentaré por qué la liberación de los guerrilleros constituye una acción audaz y defendible, aunque su resultado sea incierto. Vamos por partes.

Para algunos de los defensores de Uribe, así como para algunos sectores democráticos de oposición, el Presidente se deschavetó. ¿Cómo se le ocurre liberar a los guerrilleros presos a cambio de nada? ¿Para qué hacerlo sin que existan unas mínimas garantías de reciprocidad de liberación de secuestrados por parte de las Farc? ¿No está el gobierno regalando sus propias cartas de negociación que podrían ser útiles en un futuro (y no descartable) intercambio humanitario? ¿Y cómo garantizar que los guerrilleros liberados no vuelvan a las Farc a delinquir? Finalmente, ¿a cuenta de qué Uribe da un giro de 180 grados frente a su propósito de derrotar a los terroristas?

Frente a esto, cabe anotar que el gobierno está lejos de quedarse sin cartas para un eventual intercambio humanitario. Si va a liberar a no más de 200 guerrilleros presos, esto equivale a una fracción de los cerca de 1.600 que están en las cárceles. Además, con excepción de Granda, los liberados seguramente son guerrilleros rasos (más que mandos medios) e individuos de menor peligrosidad relativa, como resultado de la selección de personas que no hayan han cometido delitos de lesa humanidad. Es decir, en este terreno al gobierno le quedan muchas cartas por jugar.

Por supuesto, no hay forma de garantizar que estos sujetos no vuelvan a delinquir. Si basta hacer una declaración para obtener la libertad, muchos guerrilleros presos estarán tentados a mentir sobre su compromiso en favor de la paz y su supuesta renuncia a las Farc.
 
Lo paradójico de todo esto es que las mismas Farc han puesto un enorme obstáculo para que los liberados vuelvan a las filas insurgentes. La liberación se volvió una especie de prueba de lealtad con las Farc: para el grupo rebelde, los “auténticos revolucionarios” son los presos que no acceden a la excarcelación (en espera de un intercambio humanitario), mientras que los liberados son considerados como traidores. Si las mismas Farc definen a los liberados como personas poco confiables por “seguirle el juego a Uribe,” muchos de ellos no querrán volver a la guerrilla a exponerse a la (así llamada) “justicia revolucionaria”.

Lo anterior da a entender que liberar a los guerrilleros no fue una idea tan descabellada. Dicha acción implica ciertos costos y riesgos, pero aparentemente son manejables. Dejo por ahora de lado el tema de la liberación a cambio de nada y el giro en “u” del Presidente, comportamientos aparentemente irracionales que retomaré al final del artículo.

Otras interpretaciones se han ido al otro extremo, en un intento por descubrir detrás de la liberación de los guerrilleros una racionalidad oculta, sofisticada, e incluso conspirativa. Algunos analistas han interpretado la liberación en términos de un pulso mediante el cual el gobierno ha buscado forzar una liberación de los secuestrados que mantiene las Farc en su poder, sin que medie un intercambio humanitario, y sin que se produzca un despeje militar de los municipios de Pradera y Florida.

Sin lugar a dudas, el gobierno ha sido reacio a realizar un intercambio humanitario bajo las condiciones exigidas por las Farc, en parte por su aversión al despeje militar, y en parte por su renuencia a dar al grupo armado un estatus de beligerancia. Pero de ahí a creer que con la liberación de guerrilleros presos se pueda “forzar” a las Farc a hacer otro tanto con los secuestrados, hay un largo trecho. Las Farc ya notificaron a la opinión pública de que no liberarán a nadie sin que medie un acuerdo humanitario. Con esto, pareciera que el gobierno actuó torpemente, más que de forma racional.

Otros más han visto en la liberación una jugada política en la que Uribe busca ganar dividendos en el nivel internacional. Toda la parafernalia sobre la fecha de la liberación, así como el protagonismo del Presidente francés en el caso Granda, llevó a algunos a concluir a que Uribe libera a los presos a cambio de las gestiones de Sarkozy para que el G-8 “apoye la Política de Seguridad Democrática”.

Lo que obvia esta explicación es que de hecho todos los países del G-8 ya apoyaban a Uribe en primer lugar. ¿Acaso está en duda el respaldo a Uribe de parte de Estados Unidos, el Reino Unido, Canadá, Francia, Alemania, Italia, Japón o Rusia? ¿Qué país del G-8 no hace parte de la cruzada global antiterrorista a la que se unió con tanto entusiasmo el Presidente colombiano? En síntesis, incluso si Sarkozy obtiene una declaración explícita de apoyo a la política de gobierno por parte del G-8, esto no le representará a Uribe mayores dividendos frente a las Farc.

La interpretación de la liberación de guerrilleros por parte de las Farc (según lo aparecido en Anncol y un comunicado del grupo rebelde) introduce una variante mucho más conspirativa. Detrás de la liberación estaría Sarkozy, y detrás de este, Bush, ambos aliados con Uribe para llevar a cabo una operación militar sicológica destinada a dividir a las Farc, y a crear una cortina de humo frente al escándalo de la para-política.

Pero toda esta supuesta racionalidad conspirativa hace agua por donde se le mire. Para empezar, con toda la ayuda militar y la intervención norteamericana en el conflicto colombiano, lo que menos necesita Bush son intermediarios para promover iniciativas de guerra sicológica. Sarkozy simplemente sobra en esta ecuación. Además, el tema de la liberación de Íngrid Betancourt es políticamente sensible y ha movilizado a mucha gente en Francia, con lo que a Sarkozy le basta la presión de sus propios ciudadanos para tomar cartas en el asunto.

Y si el propósito de la liberación era dividir a las Farc, la estrategia resulta totalmente ingenua y destinada a fracasar. Sólo un gobierno delirante podría creer que se puede crear de la noche a la mañana una “línea pacifista” dentro de las Farc con 200 guerrilleros rasos excarcelados (¡y repudiados por las mismas Farc!). Adicionalmente, Granda manifestó desde el comienzo que no renunciaría a las Farc, y que tampoco se prestaría a ser un ‘gestor de paz’ sin anuencia del secretariado del grupo guerrillero. Nuevamente, más que racionalidad, esto denota torpeza.

Finalmente, la teoría de la “cortina de humo” deja la impresión de una acción poco inteligente. El escándalo de la para-política sigue su curso, y la liberación de los guerrilleros presos no va a impedir que se adelanten las investigaciones judiciales a los funcionarios implicados en el paramilitarismo. Si se trata de liberar a los guerrilleros presos a manera de “compensación anticipada” de un futuro perdón y olvido que beneficie a los políticos vinculados al paramilitarismo (lo que está por verse), yo no hablaría de cortina de humo, sino de autogol.

Liberar a los guerrilleros presos ha sido un sapo difícil de tragar para las fuerzas militares porque afecta la moral de la tropa. Uribe está consciente de ello, como lo evidenció en sus solicitudes de “comprensión” a las fuerzas militares y de que mantengan el espíritu de combate. A esto se suman otros costos políticos. Para muchos uribistas debe ser inaceptable que el Presidente–paladín de la lucha antiterrorista súbitamente dé semejante bandazo, y libere gratuitamente a los guerrilleros. En síntesis, si esto es una cortina de humo, resulta bastante contraproducente. En efecto a las críticas de sus detractores, Uribe le ha sumado las de sus propias bases de apoyo.

Ahora bien, si la liberación de los guerrilleros no es un acto demencial, pero tampoco obedece a las distintas racionalidades enunciadas, ¿qué nos queda? Hay otra racionalidad mucho menos retorcida que se refiere a la de los gestos humanitarios.

La liberación de los guerrilleros parece ser, ante todo, eso: un gesto humanitario. Hacer un gesto humanitario en la actual coyuntura parece irracional, en parte porque desentona con el Uribe beligerante y que no hace concesiones (y mucho menos gratuitas) a los terroristas, y en parte porque no encaja dentro de la lógica costo-beneficio. Pero lo que hay que entender es que por su misma naturaleza, los gestos humanitarios son acciones que no reportan ganancias en el corto plazo, así puedan tener repercusiones políticas importantes.

Buena parte de la discusión sobre la liberación de los guerrilleros se ha centrado en los posibles motivos de Uribe, lo que ha hecho perder de vista el mismo gesto de la liberación. Nótese que no es un gesto de poca monta: liberar a la octava parte de los guerrilleros presos de las Farc es apostar duro. Máxime cuando no hay una contraprestación inmediata a la vista, y Uribe además se está jugando el apoyo de las Fuerzas Armadas y de sus propios electores.

Es un gesto importante que contiene muchos mensajes cifrados. El hecho de que Uribe tuviera como auditorio presencial en la reciente alocución televisada ante el país al cuerpo diplomático sugiere que en su relación con las Farc, Uribe espera que la comunidad internacional asuma un papel de intermediario (lo que ha sido prácticamente inexistente desde el Caguán). Adicionalmente, en su discurso Uribe evitó sus habituales epítetos a las Farc. Al referirse a ese grupo armado ilegal, en cerca de 17 oportunidades Uribe utilizó la palabra “guerrilla” o “guerrilleros,” y tan solo en tres o cuatro ocasiones se refirió a ellos como “terroristas” (aunque mencionó genéricamente la palabra “terrorismo” varias veces más, según mi conteo).

Con la liberación de guerrilleros, Uribe está dando a entender que a pesar de ser un enemigo acérrimo de las Farc (guerrilla que asesinó a su propio padre), es capaz de hacer una concesión unilateral importante en medio de la guerra, asumiendo todos los costos políticos que ello implica. Esto se puede interpretar como un indicador de que es un gobernante con la capacidad de transar cosas importantes si se llega a dar un proceso de paz.

Con todo esto, Uribe está enviando una primera señal de que al cabo de tantos años sin que se observen mayores cambios en el conflicto con las Farc, y de que la liberación de los secuestrados permanece en un punto muerto, es capaz de explorar un nuevo repertorio. Seguramente Uribe albergaba una pequeña esperanza de que las Farc actuarán con reciprocidad, lo que a la fecha no ha sucedido. Es bien sabido que todo gesto unilateral corre el riesgo de no ser correspondido, y es una lástima que sea así.

Lo que es un error es descalificar el gesto humanitario con los argumentos reseñados anteriormente. No existen gestos humanitarios puros. En todos los casos se mezclan en cierta medida presiones, intereses y cálculos. Si las Farc llegaran a liberar a algunos secuestrados, con toda certeza ello no obedecería exclusivamente a su preocupación por el bienestar de las personas: habría un interés del grupo rebelde de ganar cierta legitimidad e interlocución, de ser sacado de ciertas listas de grupos terroristas y demás. Pero esto no desvirtúa necesariamente la validez de un gesto humanitario.

En el caso de Uribe, hay que hacer énfasis en que las sumas y restas no dan. Así se trate de un gesto calculado, no veo cómo la liberación de los guerrilleros beneficie al gobierno (a menos que haya ganancias ocultas). La ausencia de dividendos claros para el gobierno refuerza la hipótesis de que efectivamente se trata de un gesto humanitario. Y lo significativo de la liberación es que algunos acercamientos entre gobiernos y grupos armados ilegales se han propiciado mediante una sucesión de gestos humanitarios unilaterales y recíprocos. Es decir, se puede tratar de un primer paso en esa dirección.

Celebro que Uribe haya intentado algo distinto, en vez de recitar por enésima vez la incumplida promesa de que “ahora sí” vamos a derrotar a los terroristas. Se trata de un acto audaz y potencialmente importante, si es que las Farc captan mejor las señales y algún día consideran salirse de su soliloquio guerrerista.

* Profesor Asociado, Departamento de Ciencia Política
Universidad de los Andes

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