Jueves, 8 de diciembre de 2016

| 2007/01/19 00:00

“No debemos olvidar que hemos nacido en el siglo del cine”

Horacio Vázquez-Rial, ganador del Premio Norma de Novela 2006, es una de las figuras que vendrá a Cartagena para participar en la segunda versión del Hay Festival, que se realizará en La Heroica entre el 25 y 28 de enero. El crítico de libros de SEMANA, Luis Fernando Afanador, lo entrevistó

“No debemos olvidar que hemos nacido en el siglo del cine”

Nació en Buenos Aires en 1947 y estudió medicina y sociología. Fue militante del Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP) y una llamada providencial de un amigo lo salvó de ser “desaparecido” por la temible Triple A en 1974, fecha desde la cual se exilió en España. Gracias a esa “beca López Rega”, como jocosamente le gusta decir, hizo una carrera académica en ese país, donde se doctoró en Geografía e Historia y también se convirtió en escritor. Ha publicado, entre otras, las novelas Historia del triste, Territorios vigilados, Frontera Sur, Las leyes del pasado, Las dos muertes de Gardel, La capital del olvido y los ensayos Buenos Aires, La formación del país de los argentinos y Hombres solos.

En 2006 obtuvo el Premio Norma de novela con El camino del norte, una obra que cuenta la historia de Kramer, un médico y militante montonero que había sido dado como desaparecido y regresa en el 2001 –en la crisis económica del ‘corralito’– para recuperar un amor de juventud, su prima Lucinda. Se trata de un viaje al pasado –personal y político– y de un mea culpa de los excesos revolucionarios. Está escrita en breves capítulos y con diálogos ágiles y eficaces.

A pesar de su larga trayectoria y del reconocimiento obtenido en España, Vázquez-Rial no es muy conocido en la Argentina. Por eso espera que la obtención de este importante premio lo convierta en un escritor visible en su país.

¿Por qué escribir ahora una novela sobre las secuelas de la dictadura argentina?

Porque es un momento especial en esa historia. Por primera vez se abre la posibilidad de reconciliarse con una parte difícil del pasado, al ser procesados nuevamente, por delitos imprescriptibles, los jefes militares indultados, y al ser juzgada Isabel Perón, tan responsable de la represión como los miembros de las juntas. Ahora les tocará a los peronistas explicar su propio papel en tiempos de la Triple A. Es hora de reconocer culpas para todos, absolutamente todos, organizaciones guerrilleras incluidas.

¿Qué tanto hay de autobiográfico en Kramer, su protagonista?

Nada. Enrique Kramer existió, fue médico y desapareció a principios de 1976. Como médico, colaboró con los montoneros. Es un homenaje personal a un amigo perdido, porque en la novela sobrevive y en la realidad no sobrevivió. No obstante, yo mismo estudié medicina en aquella época, aunque no terminé la carrera, de modo que hay cosas, como la historia de la morgue del manicomio, que pertenecen a mi propia experiencia.

’El camino del norte’ es también una crítica a los excesos de los militantes izquierdistas. ¿Qué quedaría hoy para rescatar de los planteamientos políticos de estos revolucionarios?

De los planteamientos políticos, nada. Lo digo como parte que he sido de esa militancia. Yo rescataría el valor moral de quienes dieron la vida por sus ideas partiendo de una situación de inferioridad frente a un poderoso ejército y a una policía con garantías de impunidad. Pero eso no significa que rescate nada de su causa. Fueron engañados por dirigentes criminales, sin cuya “cooperación necesaria”, como determinó un juez, hubiesen muerto muchos menos dirigentes.

Kramer es un desaparecido que regresa para rescatar el tiempo perdido en su vida personal, el amor de su prima. ¿Quiere esto decir que su generación se equivocó, que la política no era tan importante como pensaban?

Por supuesto. Mi generación y muchas otras a lo largo de los tiempos. Pero a partir de la Revolución Francesa, y sobre todo después de Marx, los jóvenes ilustrados creyeron posible cambiar el curso de la historia general, revolucionar, alterar voluntariamente la realidad. Y la historia no cambia por voluntad, es la suma de demasiados factores incontrolables, y la gente tiene derecho a vivir su vida mientras el porvenir se crea a sí mismo.

La literatura latinoamericana no sobresale por el uso de los diálogos, y estos son un recurso muy bien logrado en su novela. ¿Dónde lo aprendió?

En la literatura norteamericana, la más poderosa del siglo XX. Osvaldo Soriano decía que habíamos aprendido en Erskine Caldwell, pero no podemos olvidar a Hemingway, ni a Chandler, ni a Faulkner. Y tampoco debemos olvidar que hemos nacido en el siglo del cine.

Cómo ve a su país después de tantos años de exilio?

Yo no llevo años de exilio. El exilio terminó cuando cayó la dictadura. Desde ese momento, dejé de ser un exiliado y me convertí en emigrante. Elegí permanecer en España, mi otra patria, donde habían nacido ya mis hijas: yo sabía demasiado sobre el desarraigo para someterlas a ellas a esa experiencia. Soy un emigrante, hijo de emigrante gallego, y tal vez mis hijas sean emigrantes catalanas en los Estados Unidos. En cuanto a mi primera patria, la veo en verdadero peligro, gobernado por irresponsables, ambiciosos y corruptos, y no me refiero sólo al presidente, sino a un parlamento que sesiona en un edificio rodeado de homeless, como si el Congreso no tuviera ventanas. Hacen leyes sin que lo que se ve en la calle, lo que ellos pueden ver por su ventana, cambie en ningún sentido. Ven miseria. Una miseria que la Argentina no conoció hasta los años 60 y que ahora es una peste crónica.

¿Qué significa para su carrera la obtención del Premio Norma de Novela?

Yo he hecho mi carrera literaria fundamentalmente en España. Sólo dos libros míos han tenido su primera edición en la Argentina. Se exportaron libros míos de España, pero a precios desorbitados para América latina. He tenido y tengo fieles lectores, pero pocos. El Premio La otra orilla, de Norma, me ha puesto de golpe en todas las librerías del continente, y a precio local. Me parece un extraordinario regalo, un giro en la fortuna que me devuelve a una cierta lógica. No era natural que mis libros aparecieran en Berlín antes que en Bogotá, como ha venido ocurriendo.

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