Jueves, 8 de diciembre de 2016

| 2008/01/03 00:00

“No quiero dejar a unos huérfanos”

Carlos Julio Penagos, un agente conductor de la Policía, ganó el ‘Corazón Verde’ por su trabajo social que ayuda a mejorar la calidad de vida de un grupo de ancianos de Soatá.

Carlos Julio Penagos en sus ratos libres se dedica a ayudar una comunidad de ancianos. Foto: Foto: Daniel Reina

Es inevitable que las lágrimas se desgranen de sus ojos cuando recuerda los momentos en que se salvó de morir en una toma guerrillera. El agente conductor de la Policía, Carlos Julio Penagos, había llegado a apoyar la estación de policía del municipio de la Uvita, Boyacá. Iba de trabajar en la seguridad de la Presidencia a prestar servicio en una zona con problemas de orden público, cambio que al principio asumió con desagrado por tratarse de una zona rural y peligrosa. “Aquí tiene un fusil, dos granadas y 1.200 cartuchos. De usted depende que lo maten o no”, le dijo uno de sus superiores.


Un mes más tarde, el 27 de octubre de 2002, el asalto a la estación de policía tomó por sorpresa a los 14 agentes que se encontraban allí. Una cuadrilla de guerrilleros formada por integrantes del frente 45 y 28 de las Farc empezaron a dispararles a las 5:10 de la tarde. A las 10:30 de la noche, cuando recibieron ayuda de un avión fantasma cesó el fuego. Uno de los agentes fue herido con una esquirla de granada y el sargento encargado recibió un tiro de fusil en un tobillo. Ese día Penagos pensó que era mejor pedir la baja.


Sin embargo un profundo agradecimiento con Dios por haberlo protegido, sería la motivación para una tarea social que más adelante le merecería reconocimiento.


Una tarde mientras paseaba con su esposa, María Nubia Morales, por el parque de Soatá, donde residían, se detuvo a mirar la cantidad de ancianos sumidos en el abandono. Pensó “esta es la oportunidad que Dios me da para agradecerle que me hubiera salvado la vida”. Entonces decidió emprender un grupo de ayuda para la tercera edad de ese pueblo.


Al domingo siguiente convocó a una reunión a la cual asistieron doce ancianos. Acudieron con la intención de recibir dádivas. Pero Penagos les aclaró que ese era un grupo para compartir, para “contarse las cuitas” y hacerse más llevadera la vida. “Un grupo de amigos”. Además les dijo que a la próxima llevaran un invitado. Desde entonces, cada quince días el grupo de ancianos, que ya son 38, se reúnen a tomar el refrigerio; organizar paseos; celebrar cumpleaños, navidades, días del padre y la madre, etc.; y desarrollar actividades artísticas y de recreación. Todo con dinero y las gestiones que logran hacer el agente conductor y su esposa.


El hijo de esta pareja, de once años, que tiene el mismo nombre que su papá, se encarga de enseñar danzas a los que tienen la habilidad. El ritmo que mejor bailan es el torbellino por tratarse de la música con la que convivieron toda la vida. El grupo cuenta con dos ancianos que hacen trova improvisada, Misael de Jesús Rodríguez y María de Jesús Gómez, que cuando van de paseo se encargan de amenizar la fiesta.


El primer eslogan que el grupo “La canita feliz” tuvo fue “No es tu amor sino el olvido en que me tienes”, como una denuncia a los que dicen amar pero descuidan sus ancianos. Pero la primera vez que fueron a Tunja, a una presentación con algunas personalidades, el eslogan cambió por que los ancianos sentían que su vida había cambiado de rumbo. Luego fue: “Creí que era tarde pero apenas empiezo”. “Ese día fue muy especial. Para 7 ancianitos, de más de 80 años, era la primera vez que salían de su pueblo. Parecían niños estrenando juguetes”, recuerda Penagos.


Por su tarea social Penagos fue merecedor de la distinción ‘Corazón Verde’, en la categoría ‘Servicio y apoyo a la comunidad’, a la que uno de sus amigos lo postuló. Aunque el siente que su trabajo ya está recompensado por Dios. “Tengo una buena esposa, unos buenos hijos y la vida”, dice.


En tres años y medio ninguno de los ancianitos se ha muerto y teme que eso pueda pasar, pues se ha encariñado de ellos. Dos veces ha aplazado su retiro de la Policía, en la que ya tiene 25 años de servicio. “No quiero dejar a unos huérfanos”, dice.

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