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| 4/10/2006 12:00:00 AM

No todo vale

Antanas Mockus está convencido de que es el momento de cambiar de gobierno para no seguir por el camino de justificar cualquier acción para obtener resultados rápidos y dice que si no lo hacemos ahora, en unos años vamos a lamentarlo.

Antanas Mockus es un pequeño David más en esta pelea contra el Goliat Uribe. Pero a pesar de su 3 por ciento en las encuestas; de la dura derrota de su lista al Congreso en marzo pasado; y de las limitaciones económicas que tiene como académico e investigador social, insiste en su campaña a la Presidencia.

Uno no podría decir que Mockus es evasivo. Ahí está en la biblioteca de su casa de toda la vida en el céntrico barrio bogotano de Quinta Paredes, donde hoy funcionan su sede y su familia; informal como siempre, vestido de suéter, sentado en un gran sofá de cuero o paseándose inquieto, intentando buscar las respuestas, aún en puntos álgidos, como el por qué de sus dificultades para armar un proyecto colectivo. Pero da la sensación que le costara esfuerzo bajar a lo mundano, ser candidato a la Presidencia de Colombia, o incluso presentarse como un gobernante experimentado que manejó con éxito por cinco años el gobierno de Bogotá, una ciudad de siete millones de habitantes. No traza promesas concretas y apenas esboza cómo cambiaría tal o cual política. En el diálogo, no obstante, a medida que intento bajarlo a tierra, emerge con coherencia su visión de la sociedad que deberíamos construir los colombianos que es radicalmente diferente a la que hemos venido armando en los últimos años.

Mockus cree que Colombia necesita un gobierno zanahorio. Lo que en palabras no mockusianas quiere decir que la suya sería una Presidencia que no cedería al chantaje –venga del clientelismo o de los grupos violentos –, privilegiaría al ciudadano que cumple la ley y nunca justificaría cualquier medio para alcanzar un fin, por más anhelado que sea. Su firmeza tiene, sin embargo, un peculiar lado blando. No habla con la sobradez característica de la testosterona, sino al contrario. Siempre reconoce el valor que puedan tener los motivos del otro, así rechace tajantemente el hecho de que use medios violentos. Por eso las soluciones que propone no son las tradicionales de eliminar al enemigo, sino de incluirlo en la búsqueda de salidas. Es esta filosofía la que está detrás de ese discurso tan raro que le pide al narcotraficante que valore su vida, que reivindica los “fines nobles” que tuvieron los paramilitares en su causa contraguerrillera y reconoce la validez de los “ánimos justicieros” de la guerrilla.

En esta campaña, más que en otras anteriores, al ex alcalde bogotano se ha equivocado en cómo hace llegar su mensaje. Por ejemplo ha salido con destemplados regaños a las abrumadas familias colombianas para que sean más productivas, o para que ayuden al control moral y social de sus parientes violentos. Por esto tomé esta entrevista como un reto: bajar a tierra sus ideas frente a los temas gordos, los que están definiendo a la Colombia de la próxima generación. Creo que más allá de sus posibilidades reales de llegar a la Casa de Nariño este año, el pensamiento diverso de los candidatos presidenciales contribuye a enriquecer el debate de para dónde va el país y a iluminar un momento en la vida colombiana, que es más oscuro de lo que parece. Esta fue en síntesis nuestra conversación.

María Teresa Ronderos: ¿Siente usted que tiene la credibilidad suficiente para que los colombianos le suelten la Presidencia?
Antanas Mockus: Creo que la gente sabe que usaré la fuerza legítimamente cuando se necesite porque eso hice en Bogotá. Pero ante la gravedad del conflicto, una parte considerable de los colombianos parecen estar dispuestos a tolerar cualquier medio con tal de conseguir tranquilidad. Ante la tragedia de la guerra, piensan que todo vale. Por eso, pueden temer que al darle el poder a alguien como yo, que prefiere sacrificar metas, antes que usar métodos ilegítimos, no seré tan eficaz para obtener resultados. Creo que probamos lo contrario en Bogotá, que con los medios legítimos se pueden obtener resultados más duraderos. La segunda razón es que, aunque la gente pide anticorrupción, teme que alguien la lleve hasta las últimas consecuencias y no trance con el clientelismo.

MTR: ¿Temen que se lo coma vivo la clase política?
A.M.: No saben si podré manejarlos.

MTR: Pero sin prebendas, el Congreso lo bloqueará. Hasta ahora ningún gobierno ha logrado gobernar sin transar.
A.M.: Tendría costos, sin duda. En la Alcaldía no pude vender la ETB en mi primer gobierno y no logré hacer la reestructuración administrativa en el segundo. Con estos bloqueos el Concejo hizo sentir que no le gustaba mi tratamiento. Pero no suicidó a la ciudad. La valorización, por ejemplo, me la aprobaron en los dos gobiernos.

MTR: ¿Por qué se la aprobaron? ¿Les dio cargo de conciencia?
A.M.: Creo que la clase política tiene un chip de la honestidad, y el otro viejo del chantaje, y según como le juegue el gobierno, usa uno u otro. Si yo como Presidente le apuesto a que el Congreso puede hacer democracia deliberativa, y ven que no cedo en lo del clientelismo, terminarán apelando a su chip de demócratas.

La seguridad

MTR: Usted mencionó el otro tema clave de esta elección, cómo se logra ponerle fin a la violencia. Esta hoy se nutre de tres problemas: el narcotráfico, las guerrillas y el paramilitarismo…
A.M.: No se le olvide que también se alimenta del delito común. Narcotráfico, paramilitarismo y guerrilla debilitan la justicia y le hacen un favor enorme al delito común y al delito por intolerancia. Jueces y fiscales ablandados o asustados que no actúan contra estos delitos.

MTR: Parece que los colombianos ya hemos ensayado todo contra este lucrativo negocio del narcotráfico y nada funciona.. ¿usted que haría como Presidente?
A.M: Colombia hasta ahora no ha hecho el ejercicio sincero de pensar cómo quiere combatir el narcotráfico. Es decir, qué haríamos si fuéramos totalmente autónomos en el tema, sin la presión de Estados Unidos. Creo que si hacemos ese debate, y de él resulta una política que los colombianos sentimos como propia, adoptaríamos esa lucha con mayor ahínco. Hoy esa pelea se siente como una imposición de los gringos; la política actual es más o menos: el que se deje coger de la DEA se lo lleva el diablo. Pero me pregunto ¿qué tanta voluntad de combatirlo hay en las regiones, en los niveles más bajos de la autoridad, donde el riesgo es tan alto?

MTR: ¿En su gobierno qué haría en concreto?
A.M.: Ninguna sociedad puede prohibir conductas no deseadas solamente con restricción legal. No legalicemos la droga, pero cambiemos los énfasis, usemos los argumentos morales y culturales para combatir el narcotráfico. ¿Si todos los argumentos que se usan contra el consumo son morales, por qué no los usamos contra el resto de la cadena del negocio? Podemos lanzar el mensaje de que quien se meta a narcotraficante está vendiendo su vida a plazos, como en un club de esos que uno aporta cada mes y un día se gana el carro o la casa; cada día en ese negocio el narco le apuesta a ganarse el balazo. Todos tienen expectativas de vida cortísimas. Podemos además hacer pensar a la sociedad sobre los problemas de la adicción al dinero fácil; o ponerla a reflexionar sobre el estigma internacional que creamos por años para Colombia y los colombianos como sinónimo de narco y violencia.

MTR: Está la guerra contra las Farc, que le ha conseguido tanto respaldo a su contendor Uribe. Pero la política de seguridad democrática no se ve avanzar a pesar de la millonaria inversión en el Plan Patriota. ¿Si llega el 7 de agosto cómo piensa desempantanar esa política y construir sobre los logros ya alcanzados?
A.M.: Uribe con su gran activismo y presión sobre la Fuerza Pública logró correr un poco esa línea tácita que marca hasta dónde controla la guerrilla y hasta dónde controla el Estado, y sobre la cual también hay una especie de acuerdo implícito de “hagámonos pasito”. Entonces lo primero que hay que hacer en el próximo gobierno es sincerarse con la Fuerza Pública, para saber exactamente hasta dónde tiene control; establecer unos mecanismos de evaluación realistas, sin temor a afectar una “buena imagen” de seguridad. Uribe parece estar muy preocupado por castigar duramente a las Farc cuando éstas dañan la buena imagen de seguridad que construyó.

MTR: Usted ha dicho que no es sólo saber si vamos ganando, sino cómo estamos ganando..
A.M.: Sí. Uribe es representa la copia de guerrillas y paramilitares porque al igual que ellos, limita la resolución del conflicto a lo militar; y como ellos, está preso del todo vale. La tentación de hacer alianzas perversas o usar métodos ilegítimos para ganar es muy grande. Y la gente cree que al no usarlos se pierde ventaja. Creo lo contrario, el juego limpio tiene un enorme efecto moral sobre el enemigo. Hoy la lucha en Colombia no es entre bandos, sino contra el todo vale, contra justificar violar la ley en aras de conseguir un fin supuestamente superior

MTR: Y eso se traduce en qué políticas..
A.M.: En hacer cumplir de verdad la Constitución y el Derecho Internacional Humanitario. Es decir, castigar las alianzas perversas que puedan hacer miembros de la Fuerza Pública, y en cambio, premiar los resultados que consigan con la ley. Es no aceptar un poquito de clientelismo con burocracias locales que pueden estar aliadas con los violentos; un poquito de complicidad con los paras; un poquito de doblar los normas. Al contrario, allí donde la corrupción le sirve de abrigo a la violencia, se vuelve más importante no negociar, no ceder a estas tentaciones para ganar de manera sostenible.

MTR: ¿Y negocia con las Farc?
A.M.: El país está capturado en ese dilema de negociación o salida militar. La tercera opción, que ha estado presente todo el tiempo, no ha sido asumida por ningún gobierno: la de la presión social, la resistencia civil contra los violentos, como lo han hecho los indígenas. Podemos conversar con las guerrillas sin negociar nada con ellas. Podemos rechazar sus métodos violentos, y buscarle salidas no destructivas a sus ánimos justicieros. Con argumentos morales, con justicia y con fuerza política hacerles ver que no estamos dispuestos a considerar sus propuestas hasta que no cambien sus métodos del “todo vale”, de la violencia.

MTR: ¿No negociar aún en el trágico caso de los secuestrados “políticos”?
A.M.: Si estoy dispuesto a no negociar la extorsión clientelista bajo ninguna circunstancia, lo lógico sería decir lo mismo frente a la extorsión armada, pero hay vidas directamente involucradas. No creo en hacer negociaciones privadas para ceder al chantaje que después va a agudizar el problema. Pero quizás si se puede conversar, considerar los argumentos buenos del otro, tratarlo de comprender, para que ellos mismos se desmonten de sus métodos violentos.

MTR: Si usted llega a la Casa de Nariño el 7 de agosto, encuentra una negociación a medio cocinar con los paramilitares: una reinserción llena de problemas; una polémica ley de justicia y paz recién estrenada; unos paras que siguen traficando y con considerable poder político. ¿Cómo piensa resolver el problema?
A.M.: Una razón poderosa para cambiar de gobierno ahora, es que Uribe está preso de los acuerdos formales, informales, sobrentendidos con este grupo ilegal, y por tanto, es un sujeto más vulnerable al chantaje. Un nuevo gobierno en cambio sería más libre para continuar el proceso. Creo que es necesario reconstruir el pasado rescatando los fines nobles de estos grupos, pero manteniendo un NO firme frente a los métodos infames que utilizaron para alcanzarlos. Para ello tenemos el Tratado de Roma. ¿No quieren terminar juzgados en la Corte Penal Internacional? Entonces no hagan un uso cínico de la ley de Justicia y Paz, no opten por una salida descarada que no es aceptable para las víctimas ni para la sociedad en conjunto.

M.T.R.: El gobierno Uribe les ha puesto una presión similar con la extradición a Estados Unidos, pero cuando, por ejemplo, Don Berna incumplió lo acordado, el gobierno intentó enviarlo a una cárcel de seguridad y éste amagó con paralizar el transporte de Medellín y el gobierno tuvo que echarse atrás …¿Usted está dispuesto a resistir esa presión?
A.M.: Es que hay que estar dispuesto a decirles que la advertencia va en serio. Con respaldo social de los medios, la Iglesia, se pueden trancar en la mayor parte del país, aunque reconozco que las herramientas en algunas partes pueden ser limitadas. Ahora bien, mi experiencia en Bogotá demostró que cuando uno confía en el otro, el otro puede resultar ser mejor de lo que él mismo creía que era.

Crecimiento y desigualdad

M.T.R.: El otro gran tema que está definiendo esta elección es el crecimiento económico, hay optimismo por ello. Pero éste es muy desigual, entre ricos y pobres, ciudad y campo, el centro y las costas, etc. ¿Cómo propone crecer con mayor igualdad?
A.M.: Una estrategia es distribuir las inversiones públicas según donde estas produzcan el mayor retorno social; así lo hicimos en Bogotá. La otra es vía redistribución tributaria. Hacer valer los derechos que están en la Constitución cuesta y la sociedad debe asumir ese costo y financiarlo vía tributaria.

M.T.R.: En una columna reciente, Carlos Caballero, dice que el gran reto es ampliar la base tributaria y bajar la carga impositiva, pues en Colombia todo el recaudo lo pone una minoría. Usted hizo la revolución impositiva en Bogotá, ¿cómo la piensa a hacer con el país?
A.M.: Hay que racionalizar la norma tributaria, acabar con las exenciones indefinidas y de impacto social limitado. Si hay incentivos, que sean transitorios y tengan objetivos socialmente benéficos.

M.T.R.: No es tan fácil. Detrás de cada subsidio o exención hay un gran interés. ¿Cómo enfrenta intereses tan poderosos?
A.M.: Creo que hay dos maneras. La primera, fijar un monto máximo para subsidios y poner a competir a quienes los quieran. Si alguien quiere un nuevo subsidio no se lo puedo dar si no se lo quito a otro, y esa decisión depende del impacto social. Segundo, hay que darle transparencia, publicidad al tema. Parte de lo que me disgusta de Uribe es que tiene un manejo corporativo de este asunto; a cada gremio le da a puerta cerrada, según el cliente.

Las críticas

M.T.R.: Usted tiene una dificultad para formar y mantener equipos unidos, sin pleitos, lo que creo lo ha dejado bastante sólo en estas últimas campañas. ¿Cómo logrará romper costumbres políticas tan arraigadas como el clientelismo o las concesiones a los chantajes de los violentos, sin un equipo muy consolidado?
A.M.: La mayoría de las personas con quienes empecé en política siguen conmigo, y al contrario, el equipo ha crecido. Me he propuesto armar un proyecto colectivo: tenemos Visionarios en 12 regiones y mi programa de gobierno se hizo por consenso entre 60 personas.

M.T.R.: Entonces, ¿con quién gobernará?
A.M.: Estoy conciente de que la calidad del gobierno depende de la calidad de sus integrantes. Por eso busco la meritocracia hasta la saciedad.

MT.R.: ¿Qué tiene en común con la Asociación Social Indígena que le dio el aval?
A.M.: Quise ser su candidato desde que salí de la Alcaldía porque quería tener presente la exclusión, aliarme con los más vulnerables. Yo no tengo como ellos una vocación contestataria. A ellos no les gusta el TLC y a mí sí. Comparto con ellos una gran irritación por la desigualdad, pero yo soy realista. Sometido al riesgo de ganar las elecciones, no puedo proponer cosas irrealizables porque si salgo elegido, tengo que responder.

M.T.R.: La otra crítica que le hace la gente es que su simbolismo ha perdido contenido, y no da la impresión de ser un candidato serio que pueda ser Presidente.
A.M.: En la campaña al Senado no siempre pudimos explicar los símbolos, y me equivoqué al creer que eran obvios. Pero quise hacer un apuesta juguetona. Vivimos un momento muy peligroso y dramático y yo le quiero ganar la guerra a los métodos mafiosos (el todo vale), pero no quiero morir en el intento. Valoro mi vida, como le pido a los narcos y a los violentos que valoren la de ellos.

M.T.R.: ¿En síntesis, por qué les dice a los colombianos que voten por usted?
A.M.: La gente vive hoy una ilusión de bienestar por esta mezcla de crecimiento económico y reducción de la violencia. Pero detrás hay una ambigüedad terrible de las reglas de juego, lo que hace la seguridad de corto vuelo, y augura más violencia para el futuro. Por eso es necesario cambiar ya de gobierno. Hoy es cuando debemos gritar más duro para no seguir por el camino de justificar cualquier acción para obtener resultados rápidos. Si no lo hacemos, en unos años vamos a lamentarlo.





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