Sábado, 10 de diciembre de 2016

| 2007/03/10 00:00

‘Nobody cares’ ( a nadie le importa)

Alfonso Cuéllar, Editor General de SEMANA, explica por qué América Latina no juega un papel protagónico hoy en Washington.

‘Nobody cares’ ( a nadie le importa)

La anécdota es conocida por todos. En diciembre de 1982, el presidente Ronald Reagan, durante una visita a Brasilia, arrancó un brindis diciendo: “Estoy feliz de estar aquí en Bolivia”. El viaje de Reagan buscaba restablecer lazos amistosos con América Latina después del crítico respaldo gringo al Reino Unido en la guerra de las Malvinas contra Argentina. Era un gesto de relaciones públicas nada más. Su gobierno no estaba arrepentido de haber optado por su hermano anglosajón, en vez de sus primos latinoamericanos. El pueblo, el Congreso e incluso los medios lo respaldaron. No era exactamente la decisión de Sophie. Eran los tiempos de la Guerra Fría en ebullición y en Londres estaba Margaret Thatcher, su principal aliada ideológica. Pero, aún así, quedó al descubierto el cierto desdén de los estadounidenses por sus vecinos del sur.

Ahora George W. Bush sigue los pasos de su héroe republicano. Busca convencer a los escépticos que América Latina sí le importa a los poderes en Washington. Que no es el patio trasero y olvidado, sino un jugador de primer orden. La realidad es que América Latina importa incluso menos hoy a Washington que en 1982. En ese entonces Cuba era el enclave soviético en el hemisferio occidental y en Nicaragua y El Salvador se peleaban dos de las guerras calientes de la Guerra Fría.

Muchos analistas ven en Hugo Chávez al nuevo Fidel Castro, el hombre que se enfrentó al coloso del Norte y vivió para contarlo. Pero Chávez no representa el mismo peligro que Castro para Estados Unidos. A pesar de su retórica, sigue vendiéndole petróleo a los gringos. Tiene amigos indeseables para Estados Unidos - como el presidente iraní-, pero hasta ahora no ha cruzado la línea de no retorno: apoyar a Osama bin Laden y Al Qaeda. Ha dicho bestialidades - como calificar a Bush como el Diablo o cuestionar la veracidad de los atentados del 11 de septiembre-, pero del dicho al hecho hay mucho trecho.

Esto explica por qué el interés de los medios y los poderes en Washington por la visita de Bush a Suramérica ha sido minimalista. Saben que es importante para la región, más no para Estados Unidos. La firma de un acuerdo sobre etanol con Brasil no va acelerar el regreso de los soldados norteamericanos de Irak. Ni una posible negociación para un acuerdo de libre comercio con Uruguay va destrabar las discusiones sobre subsidios agrícolas con la Unión Europea y Japón. Ni una foto con su gran aliado Álvaro Uribe mejorará la deteriorada imagen de Bush. Si nada de eso sirve, ni en política doméstica ni en su credibilidad internacional, ¿qué hace el Presidente norteamericano en América Latina?

Como ocurrió con Reagan, este viaje es en gran parte un ejercicio de relaciones públicas, de cumplir un itinerario preparado a la ligera. Hay que ir a Uruguay porque es el único país del MERCOSUR que aún cree en el ALCA. Hay que pasar por Brasil porque Lula va ir a Camp David a final de mes y sería descortés olvidarlo en esta gira. Saltarse a Colombia sería no sólo un insulto a Uribe, pero más importante, generaría preguntas incómodas sobre cómo se ignora al principal recipiente de ayuda norteamericana. ¿Guatemala? Está en el camino a México y ese pueblo es de los menos antiyanquis que existen.

México, en cambio, es otra historia. Allí sí hay un tema fundamental: la inmigración ilegal de mexicanos a Estados Unidos. Preocupa a los medios, preocupa a los congresistas, preocupa a los candidatos presidenciales demócratas y republicanos, preocupa hasta el pueblo norteamericano. Para eso viajó Bush al sur de frontera. Para hablar con Felipe Calderón.

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