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| 6/30/2002 12:00:00 AM

¡Oh, Berlín!

SEMANA estuvo presente en la final del Mundial en la capital alemana, y encontró que a pesar de las creencias y frialdad de su gente, el fútbol todo lo hace posible, y el Mundial del 2006 en ese país será un carnaval. Esta es la crónica.

Por Rodrigo París Rojas*



Berlín, la ciudad que poco a poco resurge de sus cenizas bélicas e ideológicas y se convierte en una metrópoli arquitectónica, empresarial y cultural dejó de lado la frialdad de su clima y su gente para ser escenario de un precarnaval, la razón: miles de aficionados se congregaron en diversos puntos estratégicos, y luego inundaron las calles para celebrar, contra muchos pronósticos, el subcampeonato que su selección de fútbol obtuvo en Japón frente a Brasil.

Desde muy tempranas horas, y a pesar de los nubarrones y una tenue llovizna, los aficionados al fútbol fueron dejando sus casas para agolparse en bares, restaurantes o céntricos lugares con el fin de animar al combinado de Rudi Voeller que disputaba su séptima final de una Copa del Mundo.

Repartidores de periódicos esperaban en los semáforos poder entregar gratuitamente el diario Frankfurter Allgemeine que en una sugestiva portada en fondo verde decía: Finale.

El desfile de personas con las caras pintadas se incrementaba con el paso de los minutos y la tranquilidad de esta ciudad se veía interrumpida por los pitos que dejaban sonar los carros que transportaban la ilusión de los germanos por ver a su equipo levantar la ansiada copa por cuarta vez en su historia.

Tuve la oportunidad de llegar a la Plaza de las Tres Culturas, un lugar en el corazón mismo de Berlín, que se encontraba preparado para recibir a cerca de 1.000 aficionados. A pesar de la organización milimétrica del pensamiento de los alemanes que se deja ver en cada una de sus actividades, la final de un Mundial alcanzó a alterar ese plano cartesiano mental de esta sociedad.

A la entrada al recinto, los encargados de seguridad estuvieron a punto de cerrar las puertas pero la "desesperación" de quienes se encontraban ilusionados por ver a los teutones en la final, pudo más. Alguna palabra fuerte salió de algún aficionado exigiendo la libertad de acceso, y un leve forcejeo de empujones pareció acabar con la organización y dar paso al desespero y angustia. Finalmente, haciendo caso a la "frialdad" de comportamiento alemán, todo se solucionó y pudimos entrar al recinto.

Una pantalla gigante e hileras de sillas y mesas organizadas de forma semicircular parecían ser el lugar adecuado para ver a Alemania coronarse campeón del mundo. Para alimentar los ánimos y el espíritu de los alemanes no podía faltar algo indispensable en la vida cotidiana de este país, y más aún de un evento futbolístico de tal envergadura, la cerveza.

Todo debidamente organizado y la compañía de la esa bebida eran los ingredientes suficientes para luchar por una causa que parecía perdida, aunque para los alemanes, nunca nada está perdido. Vencer a Brasil parecía algo imposible para un equipo que llegó al Mundial sin el rótulo de favorito pero que con un líder de la talla de su guardameta Oliver Kahn, cumpliendo al centímetro los planteamientos de su entrenador, y viendo emerger como goleador a Miroslav Klose, con el paso de los partidos, lo había obtenido.

Algo que les generaba muchas dudas a los aficionados alemanes, a pesar de su fuerza física y sicológica, era la baja por amonestación del cerebro y motor de ideas del medio campo, Michael Ballack. Los aficionados así lo corroboraban tras escuchar los comentarios para la televisión de Jürgen Klinsmann, pero nada podía asegurarse hasta el final del encuentro, más aún en un Mundial donde las causas perdidas habían salido casi siempre victoriosas.

¿Y el partido ?

Las banderas de Alemania se enarbolaron en el recinto y ondearon mientras se escuchaba el himno nacional y a través de la imagen podía verse el desfile de sus representantes en las tierras niponas.

Con el inicio del juego llegó un silencio y orden entre las barras que asombraría a cualquier aficionado latinoamericano que estuviera apoyando a su equipo en una final del Mundial de Fútbol. Incluso el ministro de Exteriores alemán, Joska Fischer, asistente al recinto, no dejaba ver las pasiones que por dentro lo asaltaban.

Algunos destellos de buen fútbol de los alemanes dieron luces de optimismo y rompieron por momentos con la tensa calma que se vivía entre cada uno de los seguidores del equipo de Voeller.

Nada de esto era comparable al júbilo y alegría que se respiraba cada vez que Oliver Kahn atajaba o desviaba una jugada de peligro de los brasileños. Acto seguido a la intervención del guardameta surgían gritos de: Oliv, Oliv, Oliv !!!

Llegado el tiempo de descanso, era el momento oportuno para inyectar más cerveza, bebida que actuaba como un bálsamo de frescura a la angustia y pasiones que no se dejaban ver claramente pero que se respiraban con olor penetrante en el ambiente.

En el entretiempo, la transmisión de televisión mostró diversas ciudades alemanas abarrotadas por miles de aficionados en lugares estratégicos. Berlín no solamente estaba paralizada por un sueño de fiesta, igualmente Munich, Colonia, Hamburgo, Frankfurt y hasta el circuito de Fórmula 1 de Nurburgring, en el que las graderías estaban llenas no por causa de ver un duelo entre Michael Schumacher y Juan Pablo Montoya, sino por esa final mundialista entre alemanes y brasileños. El orden había sido nuevamente cambiado.

El reloj pasó demasiado rápido y el segundo tiempo, tal vez, el definitivo, acababa de empezar. Los alemanes seguían férreos a su disciplina de apoyo incondicional y en sus rostros se podía leer la fuerza que hacían por la victoria. Esa fuerza salió de cada individuo como un grito de ansiedad cuando Oliver Neville lanzó un tiro libre que fue a pegar en el palo, tras una excelente intervención de Marcos.

Pero la lógica del fútbol, que había estado ausente en las tierras del Lejano Oriente, apareció cuando un mago logró sacar de la manga ese repertorio que sólo fenómenos como él lo tienen. Con el primer gol de Ronaldo todo Alemania sintió lo que demostró Oliver Kahn: impotencia; y acto seguido, un silencio sepulcral se coló por los estrechos espacios que aún existían en el recinto.

El segundo gol de Ronaldo, que dejaba a Brasil 2-0 arriba en el marcador a falta de una decena de minutos, fue recibido como un puntillazo a las aspiraciones teutonas; pero el público, en una muestra de grandeza que exhiben quienes han ganado y saben perder, dejaron sonar un aplauso por la superioridad del rival, y la magia de ese inmenso futbolista que estuvo a punto del retiro.

Con la culminación del partido los aficionados alemanes daban muestras de aceptar con la cabeza en alto la derrota. Klinsmann, comentando para la televisión decía: "Alemania debe estar orgullosa de su selección, y del gran campeonato que se ha jugado". Ese orgullo lo sintieron los aficionados, y antes que ir a casa salieron a celebrar por las principales calles y avenidas berlinesas.

Acompañados de su inseparable cerveza, agitando las banderas como si hubieran sido campeones, con las caras llenas de color por la pintura que ocultaba la raza blanca a la que pertenecen y dejando ver que a pesar del orden y la disciplina, cuando se habla de fútbol todo es posible, Berlín se vistió y vivió una fiesta que Brasil había generado, pero que Alemania animó y sintió como suya.

No sería atrevido decir, que vistas así las cosas, este precarnaval que vivió Berlín y Alemania entera, es la mejor carta de presentación para el carnaval que ese país ofrecerá al planeta con la próxima edición de la Copa del Mundo en el 2006 a celebrarse en esta tierra. Así lo han demostrado.

*Enviado Especial

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