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| 9/13/2007 12:00:00 AM

Para no olvidar jamás, la clave del encuentro de 300 madres víctimas de la violencia

En la Semana por la Paz, 300 madres se dieron cita en la Plaza Simón Bolívar para recordar a las víctimas y repudiar la impunidad. Crónica de unas mujeres que luchan sin descanso para que las atrocidades no vuelvan a ocurrir.

Cuando habla, suena convencida de que su esfuerzo no ha sido en vano. Hace nueve años que soporta el peso de la incertidumbre. Dos de sus cinco hermanos están desaparecidos desde el 21 de abril de 1998 y, a pesar de que sabe que no los encontrará vivos, cree que algún día va a poder enterrarlos y la pesadilla de su familia tendrá fin.

Su nombre es María Eugenia Cobaleda Roldán, una mujer de 53 años que estuvo en Bogotá en la Semana por la Paz e hizo parte de la convocatoria que reunió a 300’ madres por la vida’. Víctimas de la violencia que no quieren dejar que se apague la memoria ni que se extinga la verdad.

A decir verdad, “madres” es el símbolo que encierra el amor y el dolor. A los eventos también asistieron padres, hijos, hijas, hermanos y hermanas cuyas historias parecen calcarse y perderse entre tantas otras incontables. Son los familiares de secuestrados, desaparecidos, abusados, mutilados y heridos de una guerra con un gran saldo de sangre, dolor y miseria.

María Eugenia, desde el día que notó la desaparición de sus hermanos decidió buscarlos. Jairo de Jesús, el Personero del municipio de Dabeiba, Antioquia, y Óscar Alberto, eran abogados. Desde el día en que cayeron en poder de los paramilitares, no se volvió a saber de ellos.

Durante siete años y medio, Ana Isabel Roldán, la madre de María Eugenia, la acompañó en la búsqueda, a pesar de que se encontraba enferma. Pero en 2005, a sus 74 años murió sin saber de sus hijos. Sobre los responsables de su tristeza le dijo a su hija días antes de morir: “Yo los perdono, pero tú sigues en la lucha”.

María Eugenia hace parte de las madres que se reúnen todos los viernes en el atrio de la iglesia La Candelaria, en Medellín. Siempre lleva la foto de sus hermanos estampada en la ropa, en vallas o en carteles. Ella sabe que Luis Arnulfo Tuberquia, alias ‘Memín’, un paramilitar desmovilizado, fue el responsable. Pero hace presencia, con una voluntad inquebrantable, a fin de acompañar a otras mujeres en su dolor y a la espera de que le devuelvan los cuerpos de sus hermanos.

Pero ellos no son los únicos familiares que ella ha perdido. Los paramilitares asesinaron a su primo Freddy Cobaleda el 8 de marzo de 1998, en el corregimiento de San Cristóbal, y a su prima Mery Cobaleda, en 2002. Y en octubre de 2004, José David Cobaleda, hijo del desaparecido Óscar Alberto, fue asesinado, por la Policía, en Medellín, en una supuesta confusión, mientras pasaba cerca de una joyería donde se produjo un atraco.

No se siente odio en sus palabras. Habla con fluidez de los problemas de las víctimas. Y la palabra perdón es una constante en su discurso. Sin embargo, reconoce que sin la verdad, sin saber dónde están los muertos, si no se escuchan las voces de los sufrientes, las víctimas seguirán desprotegidas, conviviendo con el miedo y los actores armados.

Por eso viajó a la ciudad de Bogotá y marchó desde el Hotel Bacatá hasta la Plaza de Bolívar, donde fue el cierre del evento que tuvo por lema: “La Verdad vence a la impunidad… la Verdad fuerza de la paz”.

Allí hubo espacio para rememorar a Jaime Garzón; las Madres de la Plaza de Mayo en Argentina; personas valientes que han enfrentado la violencia con un mensaje de paz; y lugares donde ocurrieron masacres como Trujillo (Valle), Chengue, el Salado (Sucre, Bolívar), Mapiripán (Meta), Los Uvos, (Cauca), Riofrío, Mondoñedo, San José, Barrancabermeja, El Tigre, La Hormiga, El Naya, La Gabarra, El Aro, Bojayá, Granada, La Galleta, San Onofre.

Allí hubo espacio para citar a Julio Cortázar que cuestionó a la junta militar que calificó de locas a las madres que reclamaban sus hijos en Argentina:

“Sigamos siendo locos, madres y abuelitas de Plaza de Mayo, gentes de pluma y de palabra, exiliados de dentro y de fuera. Sigamos siendo locos, argentinos: no hay otra manera de acabar con esa razón que vocifera sus eslóganes de orden, disciplina y patriotismo. Sigamos lanzando las palomas de la verdadera patria a los cielos de nuestra tierra y de todo el mundo”.

Actos simbólicos con un solo objetivo: hacer memoria de las víctimas, para que las atrocidades no vuelvan a ocurrir.

Finalmente se erigió un mapa de 10 metros de largo. Las fotos de desaparecidos y secuestrados lo cubrían, como para recordarle al país que ellos siguen siendo colombianos. Con lana negra, las madres tejieron sobre las fotos de sus hijos y familiares. María Eugenia dejó sus puntadas como constancia de su lucha, como ella misma dijo: “puntadas de esperanza”.
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