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| 3/17/2008 12:00:00 AM

Paz sin fronteras, una mirada bajo el puente

Maria Eugenia López, una periodista venezolana que fue al concierto, escribe para Semana.com sobre cómo sintió el momento en que siete cantantes y más de setenta mil personas se unieron a favor de la paz.

Supe que muchos viajaron un día antes del evento para dormir en Cúcuta, y tener una mejor ubicación en las laderas del río Táchira, ahí, debajo de ese puente que cruzamos con tanta frecuencia los que por esos lados vivimos. Pero en nuestro caso, digo, el de mis acompañantes y yo, partimos desde San Cristóbal el mismo día del concierto, muy temprano. Para los que no conocen, San Cristóbal es la capital del estado Táchira, a una hora de Cúcuta.

Una vez que llegamos a San Antonio, ciudad colindante con Cúcuta, caminamos hasta el puente en medio de vendedores ambulantes que llevaban perchas llenas de camisetas blancas con llamados a la paz, banderines, y cintas para la cabeza con el nombre de alguno de los cantantes que se presentarían, o con mensajes alusivos al objetivo del concierto: “Queremos Paz”; “Venezuela, Colombia y Ecuador, pueblos hermanos”; “Yo soy Colombia” etc.

No pudimos cruzar el puente por toda la infraestructura para la presentación de los cantantes. Había una vigorosa custodia de los funcionarios de la Policía colombiana. No tuvimos otra alternativa que seguir a la multitud vestida de blanco por un camino de tierra paralelo a la tarima. Así fuimos bajando por las “trochas de la ilegalidad”, de los caminos verdes del “comercio no registrado” hasta encontrar el río Táchira.

A orillas del río la multitud se dispersó. Unos sin pensarlo se arremangaron sus pantalones y cruzaron la corrientes oscuras pero mansas, del río Táchira. Otros, sin ganas de mojarse, buscaron las piedras por las que se podía saltar de una orilla a otra. Y otros tantos hicieron una fila organizada y cruzaron por un puentecito que improvisaron los lugareños con palos y una baranda de escalera vieja. Obviamente tuvieron que cancelar una módica suma de dinero en pesos o en bolívares, ambas monedas eran aceptadas.

Ya en las riberas del otro lado del río cada quien buscó el mejor lugar. Los que madrugaron pudieron escoger sitios privilegiados como la sombra de los frondosos mangales, a otros no les importaba tanto resguardarse del sol, y preferían tener el mejor ángulo para ver y escuchar a su cantante favorito, o para las cámaras de TV. Así, poco a poco la explanada se fue llenando de hombres, mujeres, niños y niñas, todos vestidos del color de la paz.

Los organizadores del evento nos repartieron claveles blancos, que traían en unas cajas de cartón enormes que a muchos nos sirvieron de asiento durante la caliente espera.

Pasaban las horas y el sol se ponía más y más ardiente. Por fortuna los bomberos nos refrescaban desde el puente. Nos dieron numerosos baños colectivos que recibimos con alivio y también diversión. Después de cada mojada aplaudíamos a los que apaciguaban el calor de nuestros cuerpos, hasta que por fin el concierto inició y el calor dejó de ser el centro de nuestra atención.

A lo lejos, cuando todavía no llegaban a la tarima, uno podía reconocer a cada uno de los artistas por ese rasgo particular que los caracteriza. A Carlos Vives por la melena, a Miguel Bosé por la blancura y la calvita, a Juan Luis Guerra por su barba. Todos se subieron a la vez en el escenario y lanzaron al público algunos de los 500 mil claveles que adornaban el puente. Carlos Vives dio la bienvenida, y así, uno a uno, entre sus canciones más populares, hicieron de ese concierto por la paz un espectáculo lleno de emociones.

A pesar de que el sonido no fue el mejor, y Juan Luis Guerra no estuvo con los Cuatro Cuarenta, los asistentes cantamos con fervor y disfrutamos cada una de las canciones, y los mensajes de los anfitriones.

De regreso a casa he traído conmigo las marcas del sol, las imágenes emotivas e inolvidables del concierto, los mensajes de todos los cantantes, los rostros de la Guardia Nacional de Venezuela, que también estuvo ahí resguardando a los habitantes de la frontera sin distinción.

Pienso también en el derecho a vivir en paz evocado por Miguel Bosé, y no dejan de retumbarme en la cabeza las palabras de mi amiga Andrea, quien asistió conmigo al evento, y al ver a un niño descalzo cerca de nosotros recogiendo las latas que la multitud iba desechando me dijo: “la paz no es sólo la no guerra, eso también es violencia”.
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