Sábado, 10 de diciembre de 2016

| 2005/02/14 00:00

Pensar el catolicismo más allá de la personalidad de Karol Wojtyla

Ana María Bidegaín destaca los cuatro rasgos generales que caracterizan el pontificado de Juan Pablo II para concluir que el catolicismo debe repensar su estructura organizativa

Pensar el catolicismo más allá de la personalidad de Karol Wojtyla

Caracterizar un reinado de 25 años en dos páginas es una temeridad para cualquier académic@. Pero en este caso lo es mucho más porque se trata de entender la dinámica compleja del pontificado. Que por un lado lidera al conjunto del catolicismo -religión, que cuenta con el mayor número de adeptos dentro del cristianismo a escala planetaria, con 1.086 millones de católicos- y al mismo tiempo de un jefe de Estado que tiene su representación en las Naciones Unidas y todos sus organismos y representantes diplomáticos en todo el orbe que cumplen la doble función: la política ante los estados y la religiosa frente a las iglesias locales en cada nación. Voy a destacar cuatro rasgos generales que caracterizan el pontificado de Juan Pablo II:

-Transnacional en tiempos de globalización.

Esta internacionalidad se complementa con centenares de organizaciones de fieles -laicos y consagrados- que, a su vez, ellas mismas se extienden por el mundo con una inmensa red que le da al catolicismo un carácter transnacional peculiar en esta época de globalización.

Si bien esta realidad es fruto, en gran parte, de su conflicto decimonónico con los estados liberales y la modernidad, hoy hace que el pontificado tenga un poder simbólico que no se conocía en Occidente desde la Edad Media. Por su estructura, organización y funcionamiento, el catolicismo ha sido la única religión global, aun antes de la globalización.

-Estructura jerárquica y poder centralizado, pero con corrientes y disenso.

La institución más antigua de Occidente sólo aceptó como válida la organización democrática de los estados en 1949. Sin embargo, o en consecuencia, como lo recordó hace poco el cardenal Re, la Iglesia no es una organización que funciona democráticamente. Aunque se busca funcionar por consenso y muchas órdenes, congregaciones y organizaciones laicales eligen a sus autoridades, el poder es centralizado y jerárquico.

Algunas reformas propuestas durante el Concilio Vaticano II se han revisado o nunca se pusieron en práctica porque justamente los padres conciliares dejaron en manos del Vaticano y su burocracia el llevarlas adelante y concretizarlas.

Aunque tod@s l@s católic@s aceptan dogmáticamente la unidad y la autoridad del papado, ello no esconde que entre ell@s haya disenso. Este se expresa por medio de corrientes que encarnan diversas maneras de vivir el cristianismo, en su teología, su ritual, su ética y su manera de organizarse. Dicho de otra manera, la forma de vivir el cristianismo es diferente entre l@s miembr@s del Opus Dei, Católicas por el Derecho a Decidir, los Carismáticos o de las Comunidades Eclesiales de Base y seguidores de la Teología de la Liberación. Si consideramos la realidad social, étnico cultural y de género tendríamos que tener en cuenta una diversidad aún mucho mayor.

-El Cristianismo es una religión tercermundista y el catolicismo es además una religión femenina

Según David Barrett, en su World Christian Enciclopedia, el cristianismo cuenta aproximadamente con dos billones de adeptos, de los cuales 1,15 billón, el 60 por ciento, vive en el Tercer Mundo. En América Latina (480 millones), África (360 millones) y Asia (313 millones). Philips Jenkins , por su parte, predice que en 2025 tres cuartas partes de los cristianos estarán en el Tercer Mundo. El 46 por ciento del continente africano es cristiano, y allí es donde más han crecido las conversiones, seguido por Asia. El catolicismo representa más del 55 por ciento del total del cristianismo.

Según el Anuario Pontificio de 2005, de los 1.086 millones de católicos, prácticamente la mitad está en América (49,8 por ciento). Europa solo tiene el 25,8 por ciento; África, el 13,2 por ciento; Asia, el 10,4 por ciento y Oceanía, el 0,8 por ciento. Brasil, con 155,5 millones, es el país con mayor número de católicos a escala mundial, seguido por México con 95,2 millones y en tercer lugar, Estados Unidos, a pesar del desafío de pentecostales y evangélicos.

Si bien África es el continente donde las conversiones han sido las más importantes, debemos señalar que en 1998 el total de los bautismos católicos en Filipinas fue mayor que el total de España, Italia, Francia y Polonia juntos.

Según el mismo Anuario, hay 4.217.572 personas trabajando en actividades pastorales. De ellos, 4.695 son obispos; 405.058, sacerdotes (267.334, diocesanos y 137.724, religiosos); 30.097, diáconos permanentes; 54.828, religiosos varones no sacerdotes. Hay 782.932 mujeres religiosas, de las cuales hay 51.371 monjas de clausura. Laicos y laicas responsables de actividades pastorales: 28.766 miembros de institutos seculares (tipo Opus Dei, Verbo Encarnado, Teresianas), 143.745 misioneros laicos y 2.767.451 catequistas, de los cuales la mayoría son mujeres.

Esta mayoritaria participación femenina en tareas apostólicas pero que no comparten la toma de decisiones sobre la marcha de la Iglesia es todavía mayor en el laicado comprometido en la misión evangelizadora y aún mayor entre los fieles, pero no se cuenta con datos desagregados.

-Femenina no significa que las mujeres tengan prelación ni mucho menos que sea feminista

Esta fuerte presencia femenina también ha tenido una significación histórica relevante en América Latina. Por ejemplo, después de la fuerte confrontación con los estados liberales en el siglo XIX, en la primera mitad de siglo XX, la Iglesia logró recuperar su presencia.

Las sociedades fueron nuevamente católicas, y la presencia de la mujer fue reintegrada a los estados, apoyando los procesos de modernización, gracias a la enorme red de servicio social que desarrollaron las congregaciones religiosas mayoritariamente femeninas, aunque nadie lo tome en consideración cuando se habla de la historia del continente y ni siquiera de la participación de hombres y mujeres en la vida de la Iglesia.

Al contrario, contrasta esta fuerte presencia y relevancia histórica femenina con el discurso del deber ser de la mujer que machaconamente algunos líderes católicos se empeñan en reestablecer como voluntad divina, dejando de lado el más abierto que tímidamente había ido aflorando después de la Segunda Guerra Mundial.

Por ejemplo, Pío XII -a raíz de que en las democracias occidentales y en particular en Italia se le otorgó el voto a la mujer- no tuvo reparos en llamarlas a participar activamente en la vida pública y en reconocer la necesidad de su presencia en la esfera laboral, social, profesional. Pero lo más importante fue que reconoció a la mujer como imagen de Dios y empezó a hablar de la igualdad del hombre y la mujer como consecuencia de ser ambos creados a esta imagen.

Juan XXIII reconoció en la participación de la mujer en la vida pública un signo de los tiempos. Le reconoció el derecho al trabajo y a la iniciativa económica, y pidió respeto y reconocimiento para su dignidad como persona "en paridad de derechos y obligaciones con el hombre, así tanto en el ámbito de la vida doméstica como de la vida pública, como corresponde a las personas humanas". Aceptó que 23 mujeres fueran llamadas a las salas conciliares como auditoras, aunque sin voz y sin voto.

El propio Paulo VI, si bien se opuso en Humanae Vitae al uso de anticonceptivos artificiales, por primera vez en la historia -al final del Concilio- dio un mensaje especial a la mujer al reconocer "que ha llegado la hora en que la vocación de la mujer se cumpla en plenitud". También comenzó un esfuerzo para abrirles el espacio a nuevos ministerios eclesiales, incluido el diaconado femenino.

Si bien se ha mantenido bajo el pontificado de Juan Pablo II una preocupación sobre la dignidad de la mujer, hay un retorno paulatino desde su encíclica Mulieris Dignitatem (1988) a la doctrina tradicional. Esta se exacerba con la instrucción a los obispos del cardenal Ratzinger de mayo 2004 sobre la participación de hombres y mujeres en la Iglesia en la que regresa al discurso de Pío XI en Casti Connubi (1930), en el que afirma la primacía del varón, simplificando, caricaturizando y desconociendo todo el avance de las mujeres y del feminismo realizado en el siglo XX.

Mas allá de la personalidad del líder, creo que el catolicismo debe hacer un esfuerzo muy grande por repensarse en su estructura organizativa, en su manera de tomar decisiones, en la equidad e igualdad de su composición étnica, cultural, social y de género, reconociendo las diversas subjetividades, corporeidades y sexualidad de la membresía.

Aceptar que la composición de los adherentes es mayoritariamente femenina y tercermundista, no occidental, blanca y masculina, y que esto se debe reflejar en su organización, en la toma de decisiones y en su discurso teológico para poder afrontar los desafíos del siglo XXI.

*Historiadora de la religión. Acaba de publicar un libro sobre el cristianismo

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