Jueves, 8 de diciembre de 2016

| 2005/01/30 00:00

Permiso para vivir

Diana Estrada cuenta sus peripecias para sacar el número de Seguro Social necesario para existir en Estados Unidos.

Permiso para vivir

"Vente sin chaqueta que aquí no está haciendo frío", fueron las palabras que Jaime me repitió al teléfono el 30 de noviembre del 2000, "el clima es perfecto, como el de Rionegro cuando hay solecito", insistió. Su voz lo mostraba feliz, extasiado, embriagado con ese nuevo mundo que comenzaba a descubrir. Así que el 4 de diciembre del mismo año agarré mis maletas y a mi hija, quien para ese entonces tenía 8 años y me vine a comenzar una nueva vida. Más que a comenzar una vida, yo diría que me vine a enfrentar los temores que para ese entonces ya dominaban mis pasos y cegaban mi razón. A nuestra llegada a Austin, capital del inmenso estado de Tejas en Estados Unidos de América, me encontré con que el calorcito de Rionegro había desaparecido, ya que con nosotros llegó también un frente frío del norte. Los primeros días de mi estadía en este país los enfrenté con un suéter y sin un centavo en el bolsillo para comprarme un abrigo decente. Pero nunca culparé a mi compañero de vida por su ingenuidad, proviniendo de nuestro bello trópico nadie pensaría que en unas cuantas horas el clima podría pasar de paraíso a infierno helado. Aquellos fueron unos días muy confusos para mí, y así confusos los quiero dejar. Después de pasar unas semanas en la casa de una familia que nos alojó, nos trasteamos para un apartamento lleno de soledad. A Jaime lo importaron, como digo yo, desde Colombia con una visa especial, una visa con la que las empresas contratan personal extranjero altamente calificado y especializado, personal difícil de conseguir en esta tierra: una visa llamada simplemente H1. Jaime recibió el titulo de Validation Engineer y su trabajo ha consistido en pocas palabras, en diseñar e implementar pruebas para validar los circuitos integrados que otros ingenieros diseñan. Aquí estoy hablando de alta tecnología. Daniela y yo recibimos visa H4 que es acompañante de visa H1. Ya lo tenía yo muy claro de antemano, yo con visa H1 no iba a tener la posibilidad de trabajar, prácticamente lo único que se me permitía hacer era acompañar. Unos días después de celebrar Año Nuevo estábamos completamente instalados en nuestro nuevo hogar. Jaime iba a trabajar cada mañana y Daniela a estudiar. Ambos tenían sus vidas resueltas y sabían qué querían y qué iban a hacer. Aunque yo no tenía un rumbo específico, mi tarea del momento era ayudarles a Jaime y a Daniela a instalarse en sus nuevas vidas con el menor trastorno posible. Mi nuevo papel era entonces ser ama de casa, cosa que me pareció mágica: podía disponer de mi tiempo como quisiera, podía leer, aprender, ir al gimnasio, podía hasta cuidarme las uñas y explorar la ciudad. Pero con los días fui viendo otras realidades que no había percatado durante los primeros meses de mi nueva vida. Jaime supo dibujar mil sonrisas en mi rostro cuando su empresa reconocía su labor, con el reconocimiento llegaron las bonificaciones y Jaime crecía como profesional, se afianzaba, sus jefes estaban felices y Jaime vivía la mejor etapa de su vida. Daniela por su lado se acopló perfectamente a esta sociedad. Yo he disfrutado cada uno de sus triunfos, una mamá goza tanto o más de los triunfos de su familia como de los propios, pero indiscutiblemente no soy solo mamá, esposa, ama de casa, también soy mujer profesional, también quería vivir mi historia propia, quería aprender de esta sociedad y aportar a la misma. Ya mi familia había encontrado su camino y yo debía encontrar el mío. Pero había un problema. Yo no tenía número de seguro social que me permitiera hacer otra cosa diferente a acompañar. No podía obtener un empleo, ni estudiar en la universidad, no podía abrir una cuenta bancaria, ni tener una tarjeta de crédito. En otras palabras, no existía. A este país llegó un día el señor Jaime Castaño con dos acompañantes con nombre pero sin número. Yo tenía asignada todas las labores de la casa, inclusive llevar las cuentas, llamar al banco y a la empresa de telecomunicaciones cuando se presentaba algún problema. Recuerdo que un día Jaime me pidió llamar al banco porque aparecía una transacción en su cuenta que no reconocía. Llamé al banco, me pidieron el nombre. - Diana Estrada, dije. - ¿En qué le puedo servir? - Solo llamaba a preguntar por una transacción que no entendemos. - Me regala por favor su número de seguro social. - No tengo uno. - Me regala el número de la cuenta. Segundos después de darle la información requerida me dice: "Lo siento mucho, pero no puedo darle la información a usted. El dueño de la cuenta tiene que llamar personalmente". Igual sucedió con la compañía de agua, de telecomunicaciones y todas las demás. Días después de haber llegado al país me dirigí a la oficina que expide el número del seguro social, tenía mi pasaporte en la mano y después de dos horas de espera en una fila que parecía interminable, la persona que me atendió me dijo: "Lo siento mucho, señora, no le podemos dar el número del seguro social porque su visa no se lo permite". Salí del lugar algo aturdida. Me habían asegurado que sin un número de seguro social no podría vivir en este país. Poco después fui a obtener mi licencia de conducir, que es mi identificación, y al llegar al lugar donde la expedían me pidieron mi número de seguro social. - No me permiten tener número de seguro social, les dije. - Entonces tiene que ir a la oficina de seguro social a que le den una carta donde dice que usted no tiene número de seguro social, me contestaron. Así que de nuevo me dispuse a hacer una fila de más de dos horas, para que en medio de una amabilidad desmesurada, el oficial del gobierno me diera un papel donde constara que no podía tener mi número de seguro social. Pienso que los humanos siempre tenemos muchos motivos por los cuales ser felices y muchos por los cuales ser desdichados. Uno escoge sus motivos del día a día, uno se concentra en los bellos colores del amanecer que te hacen sentir vivo, o en lo salado que quedaron los fríjoles. Como le escuché decir a Miguel Berthin, alguien quien ha llenado nuestras vidas con sus sabias palabras: "Cuando uno no tiene sino limones para comer, se hace una deliciosa limonada". En realidad era feliz, no paraba de agradecer las bondades que la vida me regalaba. Sin embargo quería más, al menos quería reencontrar mi propia identidad. Pero el gusto por buscar mi propia identidad se vio acelerado por el susto de enfrentar la miseria económica. En el año 2001, la economía del país se vino a pique, las acciones de tecnología perdieron prácticamente todo su valor, las noticias en la bolsa eran ya aterradoras y el 11 de septiembre el mundo parecía derrumbarse de a pedacitos en frente de nuestros ojos. No solo era el dolor de ser testigos de la maldad humana, para ese entonces las empresas comenzaron los despidos masivos, las noticias eran negativas y las esperanzas de sobrevivir la depresión que se venía encima eran casi mínimas. Ya no se trataba de ser independiente y de sentirme útil para la sociedad, ya no era el simple orgullo de valerme por mi misma, ni el tener una identidad propia. En ese momento se trataba de subsistir en caso de que el cómodo salario de mi compañero dejara de existir. El panorama no era muy claro. Lo único cierto era que, en el peor caso, tendríamos que regresar a Colombia en la más absoluta miseria, sin empleo, sin dinero. Era pasar de la gloria al destierro. Yo me sentía más discapacitada que las personas físicamente discapacitadas que veo a diario. Ellos pueden encontrar un trabajo y proveer alimento para su familia, yo ni siquiera eso podía hacer. Pero no podía quedarme de manos cruzadas a esperar la carta de despido de Jaime, algo se me tenía que ocurrir. Comencé por estudiar. Y cuando digo estudiar no era simplemente leer, quiero decir estudiar, todas las leyes de inmigración de los Estados Unidos. Días enteros dediqué a estudiar estas leyes, algo tenía que encontrar que me permitiera estar aquí legalmente, existir y generar ingresos. Visa de inversionista fue lo que me encontré. Es simple: cualquier extranjero que tenga un millón de dólares obtenidos legalmente puede montar un negocio en Estados Unidos, lo que le garantiza al dueño una visa de inversionista. Cuando quise fijarme en mi cuenta bancaria me di cuenta de que no podía tener una, así que conté el dinero que había en mi alcancía y no tenía un millón de dólares. Otra opción era tener solo medio millón de dólares, pero tenía que generar empleo para diez empleados, lo que me garantizaría la visa de inversionista, pero mi marranito tampoco contenía esa cantidad de dinero. Por último me encontré la opción de montar un negocio en este país y generar transacciones legales con mi país de origen. Siempre y cuando mi país de origen estuviera en una lista bendita, el dueño, o sea yo, podía aplicar para una visa que me permitiría administrar mi negocio en este país y le permitiría a mi cónyuge a trabajar donde él quisiera trabajar. Cuál seria mi sorpresa al ver el nombre de mi bella patria, Colombia, en la famosa lista, ahora sí podía seguir con el siguiente paso. El siguiente paso era formar un negocio, para lo cual necesitaba número de seguro social, y ya saben, no tenía derecho a uno, pero había una luz al final del túnel: podía tener mi negocio con mi número de impuestos. Olvidé decirles que fuera de acompañar a mi familia, mi visa me permitía pagar impuestos. Aprendí todo lo que tenía que aprender para formar mi empresa, necesitaba mil dólares y mi pobre marranito no llegaba a mil dólares, pero Jaime si poseía mil dólares que me pudo prestar. Me asesoré de uno de los mejores y más costosos abogados de inmigración de la ciudad, él me guió paso por paso, pero me puso metas que parecían inalcanzables. Yo me tragué el cuento de que podía ser posible, era el único respaldo que tenía, era lo único que nos podía dar subsistencia en caso de una catástrofe financiera. Me asocié con una amiga a quien quiero mucho. El negocio consistía y consiste en exportar componentes electrónicos desde Estados Unidos a Colombia. Las cosas no han sido perfectas, nada es perfecto, pero de nuevo, cada día las dos hemos tenido mil regalos por los cuales sentirnos felices, o mil problemas por los cuales nos podríamos sentir desdichadas, las dos escogemos. En octubre de 2002 fundé la empresa. En el año 2003 las metas de ventas, que parecían imposibles, se alcanzaron y en el año 2004, fuera de crecer la empresa, lo dediqué a mostrarle a mi abogado que el negocio era legal y cierto. Cada que me reunía con él, me pedía un papel nuevo y otro más. Un día pidió copia de todas las facturas realizadas, de todas las transferencias bancarias, de todos los pagos de los clientes, de todos lo pagos a nuestros proveedores. Cuando le dije a Brenda, la señora que ha trabajado conmigo en los últimos meses y quien ha sido mi bendición, que teníamos que hacer ese trabajo, ella me preguntó: "¿Seguro es una copia de cada transacción o es un resumen de todo, porque una copia de cada transacción es todo un mundo de papel? Ella misma llamó al abogado y este le confirmó que era copia de cada papel. Sin más protestas dedicó más de dos días de trabajo a hacer las copias requeridas, copias que yo misma llevé en una caja a la oficina del abogado, caja que por lo pesada me dejo dolor en la espalda. El abogado se tomó el trabajo de ver que todo estaba correcto y una vez revisado nos pidió un resumen. A finales de noviembre todo parecía listo para solicitar la visa tan anhelada, cuando un día recibí la llamada de la asistente de mi abogado. -Señora Estrada, nos hace llegar por favor su certificado de nacimiento, no lo tenemos en nuestro archivo. -No es problema, pensé yo, mis archivos personales son extremadamente organizados, seguro cuando llegue a la casa saco mi carpeta y de allí mi certificado. Había un pequeño problema, ya había usado mi último certificado antes y no recordaba para qué, así que llamé a mi madre para que me enviaran una  copia. El problema de verdad llegó cuando nadie recordaba la notaria donde estaba mi registro. No es problema, pensé yo, yo tengo ese dato anotado en mi agenda electrónica, agenda que ya no funcionaba y que se había quedado muerta con todos mis datos enterrados para siempre. En ese momento fue cuando vi todo el trabajo del año perdido, si dejaba mi proceso de visa para el año siguiente tendría que repetir todo el trabajo de nuevo. Para mi fortuna mi cuñado, una persona en la que siempre he podido contar, sacó tiempo de su trabajo para ir a varias notarias a buscar folio por folio mi nombre. Pero no lo encontró. Así que en alguna oficina central del gobierno le dieron por fin mis datos y me envió vía fax mi certificado de nacimiento. A comienzos de diciembre la solicitud de visa se envió, solo era cuestión de esperar. El 30 de diciembre del año 2004, cuando eran aproximadamente las 5 de la tarde y yo estaba entre trabajando y preparando la cena para ese día, recibí un correo electrónico de mi abogado, donde decía que la visa E1 había sido aprobada. No lo pude evitar. En ese momento lloré de felicidad, por supuesto, lloré y le di gracias a Dios por cada instante de vida que me regala. Pensé en mi madre, en lo orgullosa que iba a estar, y pensé en todos los que han estado al lado mío dándome apoyo. Pensé en mi hija quien justo el día anterior me había dicho que yo era su héroe y pensé en mi misma. La visa E1 llegó, que no es más que un papel, y con ella me dirigí a la misma oficina de Seguro Social, que ya había visitado en dos ocasiones anteriormente. Esta vez la fila parecía más larga y lo era. Cuando por fin llegué donde el trabajador del gobierno, quien fue inmensamente amable, como de costumbre, me dijo después de mirar la pantalla que tenía al frente - Ya entiendo, usted llegó al país con visa H4 y ahora tiene E1. Después de tomarse unos momentos para ingresar todos los datos en su sistema electrónico me dice: - Firme aquí señora Estrada, en unos días debe recibir su tarjeta de seguro social, si no la recibe o si tiene algún problema por favor llame a este número. En ese momento sonreí y entendí que tenía permiso para trabajar, para tener crédito, para abrir una cuenta bancaria, para aportar, para ser yo misma. En ese momento entendí que tenía permiso para vivir.

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