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| 4/25/2007 12:00:00 AM

“Pienso siempre en el futuro, no miro atrás”

Bucaramanga, dic. 23 (Colprensa).- Eran las 5 de la mañana de ese trágico martes 15 de junio del año 2004. Siete hombres vestidos con prendas militares llegaron a esa hora a la finca La Doqueta, que queda en el filo de Batague, entre las veredas Guadalupe y San Martín, a tres horas del municipio de Flores, en Norte de Santander.


En ese momento los campesinos se encontraban durmiendo en sus hamacas colgadas en los corredores de la casa de la finca, cuando se aparecieron estos hombres, encapuchados y caminando sin que notáramos las pisadas. Lo primero que hicieron fue agarrar a las mujeres, encerrándolas en una habitación y les gritaban, “¡ustedes valen mierda para el Estado, son las cocineras!”.

Luego procedieron a llamar a los campesinos, uno por uno, apuntándoles con un fusil sin darles tiempo para hablar. Con los mismos lazos con los que colgaban sus hamacas, fueron amarrados de manos y pies colocados en fila.

Mientras esto pasaba y por el ruido, el resto del personal de la finca empezó a levantarse, pero ellos, los encapuchados, procedieron a apuntarles con las armas y a tratarlos mal.

“¡Perros hp..., todos al parque, porque van a ser llevados a otra finca cercana donde haremos la masacre del año!”, decían.

En esos momentos uno de los campesinos, a quien apodaban ‘Gavilán’, corrió y se tiró por un abismo. Los encapuchados alcanzaron a herirlo con una esquirla, pero logró escapar. Otro campesino que le decían ‘Oso’ también corrió y salió con vida. Entonces uno de los hombres armados preguntó: “Comandante, ¿qué hacemos?”, y el hombre le responde: “Hay que fusilar”.

Sorpresivamente empezaron a escucharse disparos por todas partes. Los hombres armados apuntaron a los cuerpos de los campesinos y los acribillaron, sin defensa alguna. Ese día murieron 34 personas, entre ellas mi compañero sentimental, quien había ido a la finca en busca de un pago que le iban a hacer, pero fue allí donde lo sorprendió la muerte.

La muerte de mi marido

Mi compañero fue amarrado de pies y manos y llevado a un patio grande, de cemento. Allí le propinaron un disparo de fusil en la cabeza, el dichoso balazo en la frente llamado “el tiro de gracia”. Mi marido alzó su rostro a lo alto, pero al hacerlo, moribundo, salían de su boca globos de sangre y de sus claros ojos lágrimas que reflejaban el dolor.

Estos asesinos estaban convertidos en diablos, tenían hambre de matar y sed de ver derramar sangre. Para ellos era un placer seguirlos maltratando, aun cuando estaban tirados en el piso, dizque ayudándoles a morir.

Creyeron que mi marido estaba todavía con vida. Entonces consiguieron una chalupa para traerlo al pueblo de La Gabarra, pero cuando ésta llego al puerto de San Martín comprobaron que el cuerpo estaba sin vida.

En La Gabarra siguió entonces el trauma y la desesperación para la familia y los amigos, de ver tantas injusticias, tantas muertes por una mata de coca. La desesperación era terrible, era muy doloroso recibir en esas condiciones a la persona con la que uno compartió la intimidad, las alegrías y tristezas. Mi hijo estaba inconsolable, gritaba, brincaba, corría por las calles y se preguntaba, llorando, “¿por qué, por qué, por qué lo mataron?”.

Después que lo trajeron, echaron los cadáveres en una bolsa de polietileno y los cargaron en un camión, como si fueran ganado muerto, para llevárselos a la morgue a hacerles la autopsia. Como si no supieran de qué habían muerto.

Fue desesperante la espera. Estuvimos allí 24 horas hasta que me entregaron el cuerpo de mi marido y esto, porque acudí a la ayuda del general Martín Orlando Carreño (quien era comandante del Ejército), contraté una camioneta Luv para el viaje y porque supuestamente el gobernador (de Norte de Santander) nos iba a ayudar con los gastos fúnebres. Hasta hoy, 28 meses después de la masacre, no he recibió nada por parte de la gobernación.


El día de mi desplazamiento


Salí de La Gabarra al día siguiente de la masacre, el 16 de junio de 2004, un miércoles a las 6 y 30 de la noche. Me fui de allí con mis hijos, unos amigos y mi esposo muerto, en un ataúd que parecía hecho de cajas de tomate.

Iba con el corazón destrozado, confundida, pensando en el futuro de mi núcleo familiar. La mente la tenía en blanco. Solía llorar y llorar, sentía rabia, dolor, no le encontraba sentido a seguir viviendo, me sentía destruida, abandonada, por dejar atrás tirado el trabajo de muchos años, mis fuerzas, la vaca que llamábamos ‘muñeca’, los pollos, las gallinas, la mula coqueta, los marranos que estábamos engordando para la Nochebuena: todo quedó atrás junto con mis sentimientos, mis amistades y todo lo material que fue conseguido con trabajo, amor y dedicación.

En mi mente había preguntas: ¿Qué voy a hacer?, ¿La educación de mis hijos?, ¿la alimentación?, ¿los compromisos económicos?, ¿la salud? y me contestaba, “Dios mío, voy a enloquecer”.

Todas esas preguntas siempre estaban en mi mente, hasta aquel día que llegué al trauma (enfermedad), pero poco a poco con el apoyo de mis hijos mayores me fui superando del impacto de la tragedia, hasta que me tocó aceptar la realidad, por muy doloroso que era.

Empecé a despertar. No es justo que por culpa de la guerra que sufre el territorio colombiano mis hijos también fueran víctimas. Entonces tomé una decisión: Le mandé una carta a la Primera Dama de la Nación, pidiéndole ayuda para que mi hijo siguiera estudiando, ya no en la universidad, pero sí en el Sena. La Primera Dama, muy amable, me contestó y me le dio solución a ese, uno de mis problemas.

Con un familiar le conseguí un patrocinio en una empresa, de la que recibió una donación para el transporte y material de estudio. Mi hijo se iba caminando, media hora antes, y me daba la plata del transporte para colaborarme con gastos de alimentación. Fue así como mi hijo terminó sus estudios, en noviembre del año 2005 y en enero de 2006 empezó sus prácticas de tres meses. Hoy está en esa empresa trabajando.

Mi hija, una niña de 16 años, siguió estudiando en Pamplona (Norte de Santander) el quinto de bachillerato. La trasladé a Ocaña y le compré fiado ‘un calentador’ (una estufa para hacer alimentos) para trabajar con ella, vendiendo papas, empanadas y arepas con huevo.

Nos iba muy bien en este trabajo. Ahí estuvimos durante varios meses y luego se le dio la oportunidad a la niña de trabajar como asesora de ventas. Así, cada día, iban mejorando nuestras condiciones de vida.

Un día cualquiera del mes de septiembre del año 2005 se nos apareció el ángel de la guarda: me encontré con una amiga que hacía muchos años no nos veíamos. Le conté mi vida y ella me ayudó, poniendo a mi disposición una cantidad de dinero para que empezara a traer del país vecino país de Venezuela, artículos y bebidas. Fue así como cada día mejoraron más las condiciones de vida para mi familia.

Encontrándonos ya con la situación económica y de trabajo un poco más definida, regresan de nuevo las amenazas. Dos hombres motorizados entregaron a mi hija un panfleto diciéndole: “Eres muy bonita, pero cuídese con su mamá”.

La niña llegó a la casa y se guardó. Cuando regresé del trabajo me encontré con esta noticia. Volvieron a nuestras vidas el miedo, la zozobra, el dolor, la angustia.

Corrí entonces donde mi representante legal en calidad de desplazada y le comenté y él, muy gentil, hizo las llamadas respectivas. A las 5:00 de la tarde de ese mismo día nos encontrábamos reunidos en el Hotel Acaritama, de Ocaña, con representantes de la Cruz Roja, donde se comentó el origen de este panfleto; la solución era sacarme de la ciudad. Yo no acepté porque vi que mi salida de donde ya estaba organizada no solucionaba nada. Se envió copia al doctor Jairo Manzano, el defensor comunitario, pero esta es la hora que no ha hecho nada por mi seguridad y la de familia.

Los días fueron pasando, en el mismo trajín de mi diario vivir, cambié mi apariencia personal, pero en el mes de mayo dos hombres llegan al trabajo de mi hermano preguntándome: “¿dónde está la sapa de su hermana?, dígale que se cuide a esa sapa maldita, que le estamos siguiendo las pisadas”.

Debido a estas amenazas tomo la decisión y mandé una carta a la embajada canadiense pidiendo refugio y la respuesta fue que no, pero sigo insistiendo porque necesito seguridad para mí y mi familia.

A pesar de todos estos atropellos que tiene la vida, ésta soy yo: una mujer de empuje, emprendedora, soñadora, alegre, una mujer con deseos de vivir, pienso siempre en el futuro, no miro atrás, estoy capacitada en productos agrícolas y especies menores, estoy disfrutando junto con mis hijos de un proyecto que pasé a Consonor, pertenezco a una asociación de mujeres desplazadas, cabezas de hogar –Asoprocol–, soy la administradora de ese punto de venta y mi hija la secretaria, nos ha ido excelente, la comunidad nos ha respondido, estoy en la espera de dos proyectos que pasé a la empresa Bavaria, me siento afortunada porque he dado con gente que me apoya y me colabora.

Le pido a mi Dios que guíe mis pasos, solo sé que un día no muy lejano, pisaré tierras extranjeras. Ese es mi sueño y el de mis hijos y los sueños se hacen realidad.

Lo que ocurrió en La Gabarra fue un acto de barbaridad, que no olvidaré pero que quedó atrás. Mis familiares, amigos y vecinos del lejano poblado saben que la suerte que les espera es incierta a pesar de los anuncios de ayuda gubernamental.

Termino esta historia en reconocimiento al pueblo de La Gabarra, donde quedan grabados muchos recuerdos, espero que este testimonio de tanta violencia que he vivido y he escrito en estas líneas queden atrás en el pasado y sirvan de reflexión en los caminos de la paz. Mujer Emprendedora.

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