Miércoles, 18 de enero de 2017

| 2007/03/06 00:00

¿Por qué está tan de bajo perfil el Ministro del Interior Carlos Holguín Sardi?

Hasta los sectores uribistas coinciden en que esperaban más fortaleza por parte del funcionario, quien parece que por fin se amarró los pantalones y salió a defender con vehemencia al presidente que lo nombró en el cargo y que tantas veces lo ha rectificado.

Tras casi medio año recibiendo críticas y rectificaciones de su jefe y de la opinión, el ministro del Interior, Carlos Holguín, parece buscar un papel más activo en el gobierno.

Desde antes de asumir como titular de la cartera del Interior y la Justicia el ministro Carlos Holguín sabía que con su ingreso al gobierno no encontraría un lecho de rosas Sin embargo nunca imaginó que tendría tantos tropiezos ni encontrones como los que ha tenido que sortear, muchos de ellos con la misma bancada uribista. Para Holguín, el Ministerio sería un enorme reto por la coyuntura política que atraviesa el país y una buena oportunidad de terminar su carrera política en ascenso, reviviendo de paso al Partido Conservador.

Desde antes de asumir como titular de la cartera del Interior y la Justicia el ministro Carlos Holguín sabía que con su ingreso al gobierno no encontraría un lecho de rosas Sin embargo nunca imaginó que tendría tantos tropiezos ni encontrones como los que ha tenido que sortear, muchos de ellos con la misma bancada uribista. Para Holguín, el Ministerio sería un enorme reto por la coyuntura política que atraviesa el país y una buena oportunidad de terminar su carrera política en ascenso, reviviendo de paso al Partido Conservador.

Lo paradójico de la situación es que pocas veces se ve al frente de esa cartera a un ministro con la experiencia de Holguín: proyección nacional, congresista de muchas batallas, ex precandidato presidencial, fogueado en el manejo de bancadas y conocedor por dentro del mundo de la maniobra política. ¿Qué lo tiene tan arrinconado?

En primer lugar Holguín, como los demás ministros, está pagando el precio de tener como presidente a una persona que no sólo tiene don de mando y gusta de acaparar la minucia de los temas, sino que proyecta la sensación de saber sobre todos los asuntos. Es decir, Uribe es su propio ministro y no tiene problema en saltarse a sus funcionarios para conseguir personalmente los objetivos deseados.

En segundo término el ministro no es del círculo de confianza de Uribe. Está en el cargo como un premio a su lealtad al gobierno, como quiera que fue uno de los motores de la maquinaria uribista que permitió la reelección del Jefe de Estado y la aprobación de sus proyectos bandera durante la primera administración. Pero no es del corazón del presidente, como lo son otros funcionarios así sean de menor rango. Eso limita aún más su capacidad de maniobra así esté encargado de la cartera que mejor conoce.

Otro elemento que juega en contra de su gestión es el haber arrancado con pie izquierdo. Por mucha ‘cancha’ que tenga un funcionario resulta apenas lógico que aprenda a restringir sus comentarios si a solo un mes de su posesión ya ha sido rectificado por el Presidente de la República.

Tampoco le sirve mucho el antecedente de su ‘pasividad’ como jefe conservador frente a los rumores sobre infiltración paramilitar en las listas para Congreso. Si antes se escudó en los estatutos del Partido para proyectar una imagen garantista y permitir la inscripción de los candidatos conservadores cuestionados por supuestas alianzas con los ‘paras’, mal podría ahora salir a pedir su expulsión o la de otros legisladores salpicados por el mismo escándalo. Holguín se terminó de forjar como político en el Congreso y muchos de los involucrados son ex compañeros de curul por los que siente gran admiración y que, de todas maneras, no han sido condenados por la justicia. Además, sabe que debe ser prudente cuando de arenas tan movedizas se trata.

Cadena de errores

En la práctica la misma coyuntura que parecía favorecerle cuando llegó al cargo terminó jugando más en su contra que otra cosa. De un lado el proceso con los paramilitares pasó de la fase de las fotografías con los jefes de autodefensas y las ceremonias de ‘entrega de armas’ a la de las confesiones incómodas para algunos políticos. Varios de los dirigentes salpicados con el escándalo de la ‘parapolítica’ pertenecen al conservatismo, partido del cual Holguín se negó a purgar a las personas que en su momento fueron señaladas de tener vínculos con grupos al margen de la ley. Aún se recuerda la frase que usó para evitar la expulsión de Héctor Julio Alfonso, el hijo de la ‘Gata’: “No se le puede negar la inscripción a nadie, así sea el hijo de Al Capone”.

Precisamente ese tipo de frases, llenas de impacto mediático, fueron las que le causaron los primeros problemas cuando pasó del Directorio Conservador al gobierno. Su primera descachada fue cuando, apenas despuntando el escándalo por la parapolítica, se le ocurrió decir que el gobierno estaba pensando en revocar al Congreso. Se le salió en entrevista con Caracol Radio. Quince minutos después, también en vivo y en directo por Caracol y RCN Radio, llegó la rectificación del presidente Álvaro Uribe. En público y en privado, el Jefe de Estado le reclamó porque una afirmación de ese tamaño equivalía a contradecir la idea de la solidez de las instituciones en Colombia que tanto promulga el Ejecutivo.

Si en los temas de su resorte no le fue bien al Ministro, peor le salió su intento por meterse en aguas ajenas.

Días después de ese regaño, Holguín dijo ante la prensa que el presidente de Ecuador, Rafael Correa, canceló una visita a Colombia por interferencia del gobierno venezolano. "Parece que hubo un cambio de actitud en el presidente Correa entre lo que conversó con el presidente (Álvaro) Uribe el domingo pasado y la posición que asumió con posterioridad a su entrevista con el presidente Chávez", señaló Holguín en declaraciones radiales.

La metida de pata ocurrió en plena tensión por la fumigación con glifosato en la frontera con Ecuador y generó una enérgica protesta en Quito y Caracas. El gobierno ecuatoriano entendió el hecho como un insulto a su presidente, de quien aclaró que es capaz de tomar las decisiones por sí mismo. En Venezuela, la declaración fue tomada como una provocación al presidente Hugo Chávez. La diplomacia colombiana tuvo que apagar el incendio a las carreras para evitar un problema mayor.

En diciembre pasado, después de que Salvatore Mancuso confesara ante la Fiscalía que ordenó 336 asesinatos, Holguín volvió a sorprender al país diciendo que no le creía y que era un “mentiroso”. En otras palabras, después de defender como congresista la ley de justicia y paz y de propugnar por su aplicación como miembro del gobierno, el ministro dijo, ni más ni menos, que la norma no servía.

Y como el que es caballero repite, volvió a tener una salida controversial cuando el mismo Mancuso hizo público el ‘acuerdo de Ralito’ suscrito entre 28 dirigentes políticos de la Costa Atlántica (11 de ellos congresistas y ex congresistas) con cuatro temibles jefes de autodefensas: Diego Vecino, Don Berna, Jorge 40 y el propio Mancuso. “El documento es un compendio de la Constitución, y desde ese punto de vista no tiene nada impropio... yo lo refrendaría”, fueron las palabras de Holguín en medio de la consternación nacional por la alianza clandestina de sus dirigentes con los hombres que sembraron el terror en el país. Aún cuando el documento habla sobre conseguir la paz y defender la propiedad privada, entre otras cosas, el hecho de que fuera suscrito en una reunión encubierta ya era motivo de escándalo, por lo cual las palabras del ministro no fueron de buen recibo en la opinión.

Como escribió Héctor Abad Faciolince en su columna de Semana, esas buenas intenciones y palabras bonitas del documento deben ser analizadas “a partir de quien las pronuncia”. Y en este caso las propuestas de “refundar la patria” y buscar la paz venían ni más ni menos que de un grupo que se ha dedicado a buscar la paz y “refundar la Patria” a punta de motosierra y masacres. Por esta razón algunos miembros de la oposición vieron la reacción del ministro fue como un intento por restarle importancia al gravísimo hecho.

Finalmente, en febrero pasado Holguín tuvo otra descachada al referirse al asesinato de Yolanda Izquierdo, la líder campesina que se atrevió a desafiar el poder de los paramilitares. La dirigente social estaba metida de lleno en el tema de la reparación a los labriegos víctimas de las autodefensas, a quienes representaba en instancias como las audiencias públicas de Salvatore Mancuso. Fue asesinada pese a que en reiteradas oportunidades pidió protección al gobierno ante las reiteradas amenazas contra su vida. Ante la tragedia del hecho consumado, Holguín reconoció que la protección estatal para la dirigente "no se dio por algún trámite burocrático. La información sobre su solicitud no llegó donde debía llegar. Hay que hacer una investigación al respecto". Tan grande como el dolor por un crimen anunciado es el repudio por el lento accionar del Estado para cobijar a quienes demandan su protección, máxime cuando le están prestando al país un servicio tan grande como el de asistir a las víctimas del conflicto armado.

La última razón del descontento con el ministro no fue por lo que hizo, sino por lo que dejó de hacer. Mientras Uribe se batía como león ante los medios para sacudirse cada vez que la oposición quería salpicarlo por el escándalo de la ‘parapolitica’ su gobierno parecía tener un perfil cada vez más bajo sobre el tema. Aunque Uribe se quejó de que el Congreso lo había dejado solo, muchos entendieron que también se refería a los miembros de su gabinete y entre los conocedores del tema quedó claro que esa era una función del ministro del Interior. Lo más natural es que sea el ministro de la política el que sirva como escudero a su jefe cuando está en apuros. Eso fue lo que hicieron Horacio Serpa, Néstor Humberto Martínez y Fernando Londoño Hoyos durante los gobiernos de Ernesto Samper, Andrés Pastrana y la primera administración Uribe, respectivamente.

Esa queja del presidente parece haber sido el punto de quiebre entre un Holguín silencioso y el que salió la semana pasada a los medios a hablar fuerte a favor de su nominador. Elevó el tono, fustigó a la oposición, cazó pelea con el senador Jorge Robledo (del Polo Democrático) y hasta advirtió que su silencio no significa que esté dormido, miedoso o falto de iniciativa, sino que tiene que ver con un estilo de trabajo.

Ojalá sea cierto, porque como están las cosas el gobierno al que representa necesitará cada vez más de su aporte en la defensa de los salpicados y en la difusión de los resultados del proceso con las autodefensas.

Otras de sus frases célebres:

1. “No veo la necesidad de aplazar las elecciones, ya que están dadas todas las garantías para los comicios del próximo mes de octubre”. (Respuesta a la solicitud del Partido Liberal ante las denuncias sobre presión paramilitar).

2. “En las pasadas elecciones presidenciales y de Congreso, no hubo ningún tipo de infiltración paramilitar”. (Pese a que investigaciones de académicos, denuncias de candidatos y análisis de prensa demuestran lo contrario).

3. “Los opositores que han entrado en polémica con el gobierno tienen planes políticos que podrían desestabilizar alguna institución”.
(Esa fue su explicación ante las críticas de la oposición que le pedían al gobierno adoptar un plan de transparencia para las elecciones de octubre y una purga de los funcionarios del Ejecutivo comprometidos con los paramilitares).

4. “No hay que creer todas las versiones de Salvatore Mancuso y de la oposición”. (Con relación a las denuncias sobre el surgimiento nuevos grupos de autodefensas llamados ‘Águilas Negras’. Mientras el Ministro lo niega, la Policía y el Ejército ya han emitido partes de victoria sobre la captura de individuos que, según esas instituciones, pertenecen a bandas emergentes denominadas ‘Águilas Negras’).


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