Viernes, 20 de enero de 2017

| 2008/07/14 00:00

Por qué se partió la historia del conflicto en dos

El rescate de los secuestrados del 2 de julio pasado marca un punto de quiebre en la guerra: entre las Fuerzas Armadas empieza a imperar la cultura de que los únicos métodos que, a la larga, consechan la victoria son los legítimos. En cambio entre las Farc, sigue campante la idea de que el fin justifica los peores medios, y eso los está conduciendo a la derrota. Por María Teresa Ronderos

Por qué se partió la historia del conflicto en dos

El celebrado rescate de Íngrid, William Pérez, el teniente Malagón, Keith Stansell y las demás almas que llevaban años cautivas en la selva, marca una ruptura definitiva en la historia de la guerra colombiana.

Primero, porque el Ejército tuvo la prueba dura, la más contundente jamás obtenida, de que puede asestar golpes decisivos a su enemigo, de que puede ganar la guerra, obedeciendo preceptos legales nacionales e internacionales.

Durante varias décadas el Ejército y, en general, las fuerzas armadas colombianas guardaron celosamente la convicción secreta, como si fuese parte de su identidad, de que no se podía ganar en la guerra contra las guerrillas cumpliendo todas las normas de la democracia.

Antiguamente, es decir, hace unos 15 años, los militares hablaban del “síndrome de la Procuraduría”, porque era esta entidad la que las llamaba a cuenta cada vez que cometían una violación. Entonces decían que mientras tuvieran a la Procuraduría respirándoles en la nuca, les era imposible derrotar a la guerrilla. Y más recientemente, desde los años noventa, tildan de guerrilleras a las organizaciones no gubernamentales, defensores de derechos humanos y periodistas que los denuncian cuando sus hombres comenten violaciones.

Muchos militares han ido más allá. Respondiendo a intereses de empresarios o hacendados, y a veces de narcotraficantes, se aliaron con grupos paramilitares, para que éstos combatieran a la guerrilla, sin límites éticos ni legales. Esto ya lo hemos constatado hoy en Colombia gracias a las confesiones masivas de paramilitares en los procesos de Justicia y Paz, fruto de la desmovilización de la mayor organización paramilitar que haya tenido el país, las Autodefensas Campesinas de Colombia. Los paras están contando cómo fue el coronel tal el que les dio las armas, el general otro los entrenó, el capitán de más allá que fue su cómplice, etcétera. No todo lo que dicen es cierto, pero cuando terminen los juicios, con seguridad se constará que dijeron muchas verdades.

No han sido éstos los únicos militares. Pues claro que ha habido oficiales y soldados valientes, que han puesto un enorme sacrificio para preservar la democracia del terror, absteniéndose de usar sus métodos.

Pero esta cultura imperante entre militares y alimentada por los civiles al mando, está cambiando, y el rescate de los secuestrados marca un punto de no retorno. Por fin, años de cursos de derechos humanos, de presión de los sectores civiles colombianos, de inquisición de organizaciones y gobiernos extranjeros, de civiles y, sobre todo militares que desde adentro mismo de las Fuerzas Armadas, con gran valentía se han arremangado para cumplir esa difícil misión de seguridad que les encomendó la sociedad, han producido la transformación cultural que necesitaban las fuerzas militares colombianas. No por nada está hoy al comando de la institución Fredy Padilla de León, un general que a lo largo de su carrera se ha caracterizado por esa línea legitimadora.

Un factor importante en este cambio organizacional ha sido Estados Unidos. Paradójicamente fue profesor de guerra sucia durante la Guerra Fría, pero desde la era Clinton, desde cuando ha girado 5 mil millones de dólares al Estado colombiano para que recupere el monopolio de la fuerza perdido, gobierno y Congreso, han condicionado permanentemente su ayuda al cumplimiento de los estándares internacionales de los derechos humanos. Como puso la plata, impuso la filosofía.

No es que esa tendencia a conseguir victorias pocos santas esté extinta en la Fuerza Pública. Todavía hay complicidad entre militares y paramilitares; y aún se hacen ejecuciones extrajudiciales (hubo 127 denuncias por posibles ejecuciones extrajudiciales en 2006 y 73 en 2007); es decir, se asesinan campesinos y se hacen pasar por guerrilleros, para mostrarle a los jefes eficacia. Pero estas prácticas ya no reflejan el pensamiento dominante en las Fuerza Armadas, y se está haciendo un esfuerzo institucional por evitar que se repitan. Lo mejor de todo, es que empiezan a ser mal vistas por muchos militares, sobre todo los más jóvenes.

En este sentido, el rescate de Íngrid Betancourt y de los otros 14 secuestrados es el punto de quiebre en la transformación cultural de las Fuerzas Armadas colombianas. Ese 2 de julio, éstas se anotaron un gran éxito, quizás dieron el golpe mortal a la guerrilla, pero igualmente importante fue que lo hayan hecho siguiendo la ley. La Operación Jaque como se le llamó al rescate, es cosecha de esta nueva mentalidad, y a la vez, es aleccionador para quienes todavía siguen pensando que no importa qué medios se usen (mentiras, violaciones a los derechos humanos, persecución a los críticos), lo importante es obtener resultados. Ahora ya pudieron constatar que es todo lo contrario: entre mejor se hagan las cosas, mayor la legitimidad y, por tanto, más grande el éxito militar y político.

Son los medios éticos los le dan el triunfo al Estado democrático.

* * *
La segunda cosa que cambió para siempre fue que las Farc quedó desnuda en toda su debilidad.

Han creído que cualquier método de guerra es justificable para alcanzar los fines,  como si no hubieran pasado cinco siglos de civilización humana, como si nada hubiéramos aprendido de los campos de concentración nazis, ni las campañas de exterminio estalinistas, ni se hubieran creado las Comisiones Internacionales de Derechos Humanos, ni la Corte Penal Internacional para juzgar los delitos intolerables.  Las Farc perdieron toda noción de ética y obligaron, y aún lo hacen, a decenas de personas a vivir prisioneras, vigiladas las 24 horas, a dormir con pesadas cadenas al cuello, un trato ni siquiera aceptable para los animales.

Le apostaron a un efectivo, pero ruin, chantaje, y perdieron. Su poder político basado en un acto inhumano y cruel se hizo polvo. Y su poder militar está débil.

Es cierto que aún les quedan la mitad de los frentes de guerrilla intactos (unos 33) y que en algunas regiones incluso han crecido, (el comando Conjunto de Occidente pasó de 1.250 hombres en 2002 a 1.900 hombres en 2008), pero tienen el alma rota: el Secretariado no puede mandar porque le interceptan las comunicaciones y los jefes regionales están en peligro de desbandada. Sólo dos ejemplos lo muestran. En el Oriente, Grannobles, hermano del Mono Jojoy, tuvo que venirse de Venezuela a ayudarle a imponer orden en el Bloque Oriental, pues sus hombres muestran graves problemas de indisciplina. En el norte, en Urabá, las Farc se han aliado a un para-mafioso llamado don Mario, para disputarles a las Águilas Negras el control de los ríos San Juan y Atrato, un corredor estratégico para salir del Pacífico y al Caribe.

Si las Farc no “rectifican”, como les pidió Íngrid Betancourt usando una palabra fariana, van camino a la disolución. Es decir, en uno o dos años, cuando el Secretariado quiera negociar, no tendrá a nadie detrás. Algo así como lo que le está pasando al Comando Central de las guerrillas del Eln. Y rectificar quiere decir cambiar los métodos: liberar a los rehenes políticos que aún tienen, abandonar el secuestro como táctica política por despiadada e ilegítima, pedirle perdón a los colombianos por lo que han hecho. Y quizás, entonces, será tolerable para el país sellar con ellos una paz negociada.

Tenemos la oportunidad de oro de construir la ansiada paz política en Colombia. El Estado y su fuerzas militares ya están tomado la senda correcta para lograrlo, y quizás el enorme aplauso nacional e internacional que han recibido por un operativo hecho como debe ser, derrote para siempre a los nostálgicos de guerra sucia. Falta que el Secretariado de las Farc, integrado ahora por la segunda generación de guerrilleros con estudios universitarios y con ganas de volver a la ciudad, se liberen de su soberbia (ayudaría que Chávez les retire de una vez por todas el ofrecimiento de conseguirles estatus de beligerancia) y salgan de su ceguera y su veterana desconfianza, y se lancen a cambiar la historia.

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