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| 9/26/2015 10:30:00 AM

Liderazgo para el posconflicto

Como van las cosas, 2016, después de 60 años de conflicto armado, puede ser el año de la paz. Pero lo increíble a estas alturas es qué estamos muy lejos de lograr la reconciliación en Colombia.

Esta semana hubo una gran noticia para Colombia. El presidente de la República y el jefe de las Farc pusieron una fecha límite a la firma de los acuerdos de paz: el 23 de marzo. Y 60 días después se empezarían a dejar las armas. Como van las cosas, 2016, después de 60 años de conflicto armado, puede ser el año de la paz. Pero lo increíble a estas alturas no es qué tan cerca estamos del desafío de firmar la paz en La Habana, sino qué tan lejos estamos de lograr la reconciliación en Colombia.

Hoy la gran pregunta no solo debe girar en torno a la capacidad de un gobierno para llegar a acuerdos con el enemigo, sino a la capacidad de la sociedad de generar consensos. El tema, en el fondo, va mucho más allá de los términos de una negociación. Se trata de entender lo que significa pasar la página de la violencia. Y no se trata solo del silenciamiento de los fusiles, o de las desmovilizaciones de los combatientes, o de las economías ilegales que alimentan la dialéctica criminal. Se trata de la capacidad de la sociedad de construir el camino hacia un país más moderno y más civilista. Más moderno porque Colombia tiene que poner, finalmente, en el centro de su agenda la educación, la ciencia, la tecnología, la cultura, si algún día pretender jugar un papel medianamente relevante en el mundo globalizado del siglo XXI. Y un país más civilista, porque si no hay una nueva ciudadanía, despojada de tantos miedos, de tantos prejuicios, de tantos intereses, que no convierta la diferencia en polarización y el debate en confrontación, va a ser muy difícil generar consensos para avanzar. Y el factor determinante para esa transición se llama liderazgo. Pocos momentos, como el que estamos viviendo, para que los distintos liderazgos del país, desde todos los territorios, logren abonar el terreno hacia ese horizonte.

Hoy, cuando se cumplen cinco años de este premio, a quienes hemos sido jurados nos ha quedado claro que, a pesar de tantos flagelos, este país nunca va a desfallecer. Cuando uno ve el valor, el esfuerzo y el sacrificio de cientos de líderes, muchos de ellos –demasiados– asesinados en su lucha, el legado que dejan debe ser nuestra primera fuente de inspiración. ¿Para qué? Para tener la fuerza interior de que sí somos capaces de superar la desconfianza, el miedo y la vanidad y demostrar que podemos trabajar juntos por un futuro común.

Claro, se necesita más que voluntad y esperanza. Se necesita un liderazgo moral, que le dé legitimidad a los procesos de reconciliación: que movilice a los creyentes y motive a escépticos. Se necesita un liderazgo ético que exalte los valores esenciales de la humanidad: la vida, la libertad, la igualdad y la tolerancia. Y que reinvidique lo público para recuperar la confianza en nuestras instituciones. Pero, también, necesitamos un liderazgo legítimo, cuya fuente de poder no es la autoridad sino la humildad, y si esta se combina con ideas y carácter para defenderlas, podría ser capaz de hacer historia. El papa Francisco, hoy en los titulares del mundo, ha recogido en gran medida estas banderas.

Pero así como desde la sociedad hemos visto a una Colombia llena de vigor, dinamismo, y llena de liderazgos, no podemos decir lo mismo desde el Estado. La falta de Estado, su inacción y paquidermia, no es otra cosa que la crisis de la política y la falta de liderazgo público. Este mismo domingo, la portada de la revista SEMANA analizaba la caricatura en que se ha convertido la política colombiana, mientras la sociedad espera que sus líderes sean capaces de definir los grandes temas de la Nación. Cómo no recordar a Nicanor Restrepo, que fue un hombre que encarnó los valores y el compromiso de quien debe ser un verdadero líder empresarial en la Colombia de hoy. O al general Mora, quien fue un gran mariscal de campo en la guerra y hoy es el primer soldado al servicio de la paz.

Kennedy en el año 1963 pronunció un gran discurso ante la American University, cuatro meses antes de su asesinato, y que parece escrito para la realidad colombiana actual:

“Primero examinemos nuestra actitud hacia la paz. Demasiados de nosotros piensan que es imposible. Muchos otros que es irreal. Pero esa es una creencia derrotista. Nos lleva a la conclusión de que la guerra es inevitable, de que la humanidad está atrapada por fuerzas que no controlamos. No podemos aceptar esa visión. Nuestros problemas son problemas hechos por el hombre. Y, por lo tanto, deben ser resueltos por el hombre. Ningún problema sobre el destino de la humanidad puede estar más allá del ser humano”.

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