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| 2/12/2006 12:00:00 AM

Prólogo y capítulo del libro 'Armero, luto permanente'<br>Luz García

Prólogo Cuando por alguna razón alguien me interroga sobre los acontecimientos de Armero y me pregunta con insistencia qué familia perdí, cómo fue la experiencia, cómo me enteré, qué hice, qué sentí, y tantas otras cosas, generalmente limito mis respuestas a monosílabos. Es como si los tentáculos de mi memoria aprisionaran con fuerza cada recuerdo para que no escape y sellaran mi garganta para que mis palabras no salgan. Por eso decidí escribir para que mis recuerdos y mis palabras no mueran conmigo y algún día mis hijos y los hijos de sus hijos sepan lo que se vivió antes, durante y después del 13 de Noviembre de 1.985, en Armero, en Ex-Armero. Escribo porque se me facilita más que hablar, porque explorando lo que guardo en cada una de mis células quiero explotarlo, porque aquí fluyen los recuerdos y puedo plasmar en el papel la secuencia del dolor y del caos de aquellos días a veces largos como carrileras y a veces cortos como pasos de palomas y de aquellas noches de sueños ausentes, de incertidumbres y dolor en el alma, de gritos ahogados, de almohadas humedecidas con llanto, de tristezas que no acaban. Escribo porque me gusta, porque nadie me interrumpe, porque después de una frase no surge una pregunta. Escribo porque no me gusta hablar de esta tragedia excepto con las personas que también llevan este dolor por dentro. Pero paradójicamente cuando me entero que alguien sufre creyendo que su dolor es el más grande, el que no tiene límites, el más agobiador, entonces comparto con ellos su dolor y les hablo del tiempo. De ese tiempo que nos ayuda a comprenderlo todo, matizando los recuerdos y devolviéndonos la fe y la esperanza perdidas. De ese tiempo que nos enseña que no es posible evitar lo inevitable y de ese tiempo que nos enseña que la muerte no tiene solución porque ella misma es la gran solución. AHÍ, EN LA TERCERA COSTILLA
La Historia de Carmen Amaya
Ese día tenía 45 años. Comerciante, propietaria de la "Farmacia Armero". Casada con Hely Acosta, propietario de la "Joyería Acosta". "Esa tarde fue fría y desde las cuatro en adelante empezó a llover ceniza y era como un rocío que mojaba el piso en las calles. Yo estaba en la droguería y como a las siete y media cerramos y me fui con mi marido Hely para la casa. En el camino comentamos que el día estaba como raro y que la gente estaba asustada y el pueblo muy solo, pero pensamos que era porque estaba lloviendo. -Como está lloviendo, la gente se esconde - dijo Hely y seguimos. A las diez y media de la noche sonó el teléfono. Hely se levantó y contestó. Le pregunté quién había llamado y no me respondió. Me levanté y fui hacia donde estaban los muchachos, me devolví a la alcoba y le volví a preguntar: -Neida, me dijo. Neida era la mamá de una niña pequeñita que teníamos ahí en la casa, hija de Germán, mi hijo mayor . En la calle se sentía mucho tropel, mucho ruido de carro y le comenté a Hely que la gente estaba corriendo. Salimos y caía arena, puse las manos y se me llenaron de arena. -¿Que será lo que está pasando, mire lo que cae del cielo?, le dije. -Camine, me ordenó. Mi sobrina tenía la niña pequeñita. Me fui a despertar los muchachos. -¡Párense, vístanse rápido! Pero no alcanzamos, ya eso estaba ahí. No había luz. Entré a la alcoba por mi hija pequeña que tenía seis años. La tierra temblaba y rugía, y cuando la iba a agarrar la tierra me echaba para atrás. Cuando por fin la alcancé, no podíamos subir al carro, entonces se la entregué a la empleada y traté de abrir el portón pero el lodo lo devolvió con tanta fuerza que por un trisito casi me mata, me pasó rozando y pum, partió la pared en dos. Todos estábamos juntos pero no podíamos subirnos a los carros, era horrible, la casa empezó a dar vueltas muy rápido, como unas frutas en una licuadora. Estaba aturdida. ¿Qué sería? Y ahí llegó el lodo y no sé que más pasó, no recuerdo. Cuando desperté ya eso me estaba invadiendo y lo único que dije fue: -Señor, tú me diste la vida, aquí te la entrego. Luego ese lodo me arrastraba por sitios muy estrechos. En mi inconciencia pensaba ¿será que estoy muerta?. Cuando desperté estaba muy lejos. Sentí que los oídos me sonaban muy duro, como una campana terrible y de pronto sentí que esa campana se iba retirando . . . retirando. Fue cuestión de segundos. Cuando abrí los ojos estaba encima de un poco de lodo y escombros. -¿Dónde estoy?, grité. En la oscuridad vi dos manos y escuché una voz: - ¡Mamá! - Era Juan, uno de mis hijos. Le pregunté por los otros hermanos. -Estoy solo, me respondió. Yo estaba quieta y empecé a meter las manos en el lodo y encontré una sábana, y la jale, y saqué a mi sobrina quien yacía inconsciente. Entre Juan y yo la revivimos. La pequeña hija de Germán ya no estaba con ella. No encontramos a nadie más. Nosotros vivíamos en la 13 con 22 y la avalancha en segundos nos arrastró en diagonal al hospital cerca de la doce. Fui a mover las piernas y me di cuenta que estaba herida. Teníamos que agarrarnos de algo fuerte e impulsarnos; el dolor en la pierna era áspero, pero callé. Si nos parábamos nos hundíamos. Permanecimos acostados sobre el lodo y resbalarnos para poder alcanzar el techo. Cuando aclaró, ellos se asustaron porque me vieron la herida y toda esa cantidad de carne que me colgaba. Yo estaba tranquila. No podía caminar, había perdido la batata y el pie no me daba. Amanecimos en el techo. Oíamos muchos gritos de auxilio. Juan quería irse a auxiliarlos pero yo lo retuve, porque me daba miedo perderlo devorado por el fango. A las siete de la mañana nos dimos cuenta de la magnitud de la situación. En esas llegó mi hijo Germán, y al preguntarle por el papá me contó el doloroso episodio. Hely siempre decía "cuando uno no sirve para nada, para que vivir" y se tocaba el lado del corazón y repetía "la tercera costilla, ahí queda. Esa es la realidad". Le había caído una pared encima. Germán lo auxilió y logró quitarle la pared, pero tenía las piernas astilladas. -Mijo aquí me quedo, ya tenemos cuatro horas en el lodo y la gangrena nos viene encima, ¿entonces para que vamos a vivir con esto?, le dijo a Germán. Cuando amaneció y llegaron los primeros socorristas Hely mandó a Germán a buscar algo. Llamó a un socorrista y le pidió que le prestara una navaja para cortarse el cinturón. Germán regresó y el socorrista le dijo asustado: -Él me dijo que le prestara la navaja y mire lo que hizo . Se había quitado la vida. Perdí a Hely, la niña de Germán y a Elías mi hijo de 14 años. Más tarde me rescataron en un helicóptero, me llevaron a Lérida, me bañaron y me mandaron para Ibagué. Ahí nos reunimos todos. Después me sacaron en avioneta y fui atendida en el Hospital Pablo Tobón Uribe de Medellín. A Hely se le hizo una tumba allá en Armero y después lo sacamos y lo llevamos a Lérida". Actualmente doña Carmen Amaya vive en Lérida y es propietaria de la Droguería Armero. Presenta grandes cicatrices en sus piernas y en su alma.
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